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Biblia UniversalismoLee la primera parte en: Universalismo, 1ª Parte: ¿Todos seremos salvos?

En la primera parte de este artículo pudimos ver que en los últimos años, un renovado enfoque universalista está influyendo en el cristianismo actual. La redención de todos los seres racionales es una de las alternativas soteriológicas más antiguas adoptada por algunos cristianos desde de los primeros siglos del cristianismo.

Pero ¿la Biblia afirma que todos se salvarán? ¿Puede el amoroso Dios castigar y exterminar a los pecadores? ¿Qué implicaciones escatológicas tiene este enfoque? Para responder a estas cuestiones, en la primera parte pudimos ver los pilares básicos del universalismo, y vamos ahora con ciertas objeciones a esas premisas ofrecidas por las propias Escrituras.

¿Todos y muchos?

Las Escrituras evidencian de principio a fin las acciones divinas para redimir al ser humano. Por amor Dios entregó a su Hijo para salvar a la humanidad (Juan 3: 16). Por ello, los autores bíblicos enfatizaron el deseo divino de salvar a todos (cf. 1 Tim. 2: 4). El deseo divino no determina quienes se salvarán o se perderán, o que todos serán salvos.

La vida eterna siempre estuvo condicionada a la justificación y la santificación en Cristo durante la vida del creyente (Juan 5: 21; 15: 1-5; Hech. 13: 46- 48; Jud. 21; Tito 1: 1-3; 1 Cor. 15: 53; Gál. 6: 7-8; 1 Juan 5: 20; Apoc. 22: 14). Las promesas de inmortalidad solo encuentran su cumplimiento en él. No todas las personas aceptarán a Cristo o serán santificadas por el Espíritu en obediencia a su voluntad (Hech. 5: 32; Efe. 1: 3-14). Por esta razón, las Escrituras destacan que Jesús dio su vida en rescate por muchos (Mar. 10: 45; 14: 24 cf. Mat. 20: 28; 26: 28; Heb. 9: 28).

En la Gran Comisión evangélica, él registró la condición para ser salvo: «El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, será condenado» (Mar. 16: 16, BLP). Cada persona elije en esta vida cuál será su destino final (Deut. 30: 15-19; Jos. 24: 15; 1 Rey. 18: 21; Eze. 18: 31-32; Juan 3: 19-21; 6: 35; Apoc. 21: 6; 22: 17).

Al inicio mencionamos que los universalistas proponen una buena cantidad de pasajes referentes a la salvación de «todos» en Cristo, pero esto es una idea inconclusa. Los contextos inmediatos y teológicos muestran otra interpretación más acorde a lo expresado en todo el canon bíblico. Millard Erickson de manera acertada afirma «que estos versículos argumentan a favor de la expiación universal, pero no necesariamente a favor de la salvación universal».[1]

Romanos 5:18

Entre los pasajes más utilizados se encuentra Romanos 5: 18. En su contexto desde el versículo 12 hasta el 21, el apóstol contrasta la condenación divina a causa del pecado de Adán con la salvación ganada por Cristo. El pecado afectó a todos los seres humanos, por esta razón, la salvación es ofrecida igualmente a todos. Sin embargo, algunos la aceptan y otros la rechazan. Esto es lo que se evidencia en el contexto. No todos se salvarán, sino solo «muchos». En el versículo 15 se especifica que «muchos» murieron y que abundó la gracia en Cristo para «muchos». Además, el versículo 17 asevera que «mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y el don de la justicia». Luego, en el versículo 19 se vuelve a destacar que «por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos».

En 1 Corintios 15: 22, Pablo afirma que «en Cristo todos serán vivificados», es decir, resucitados y glorificados. Aquí no se está hablando de toda la humanidad, sino de los creyentes. El apóstol restringe el significado de «todos» en el siguiente versículo: «Cristo, las primicias; después, cuando él venga, los que le pertenecen» (vers. 13, NVI). Pablo se dirige a los creyentes. La esperanza de glorificación es para quienes resucitan en el regreso de Cristo (1, 16-19, 31, 50-58; cf. 1 Tes. 4: 13-17; Apoc. 20: 5).

Con respecto a la supuesta confesión de todos los redimidos expresada en Filipenses 2: 9-10, la misma epístola destaca que algunos se perderán porque se oponen al evangelio (1:29). Por ello Pablo los exhorta a permanecer en la fe frente a los «enemigos de la cruz de Cristo, cuyo fin es perdición» (3: 19-20, BA). Finalmente, el apóstol destaca que la recompensa por la fe será la glorificación cuando Cristo vuelva (3: 21).

«Todos»

La crítica a la exégesis y teología universalista es por la manera arbitraria de entender el término «todos», como haciendo referencia que Dios salvará a los impíos en Cristo. El uso bíblico de la palabra «todo» alude a la totalidad en el sentido absoluto (Jos. 3: 7; 1 Sam. 10: 23; 2 Sam. 15: 24; Sal. 145: 9; Mar. 5: 9, 12) o a una cantidad general sin implicar plenitud (Deut. 28: 12; Job 17 :6; Isa. 52: 10; Mat. 2: 3; 3: 5-6; 4: 24; 10: 22; 24: 39; Mar. 1: 5; Luc. 2: 2, 10; 4: 22; Juan 3: 26).

Este último uso es utilizado en ciertas ocasiones con fines retóricos para enfatizar cantidad. Por ejemplo, Marcos 1: 5 menciona que las personas de «toda la provincia de Judea, y todos los de Jerusalén» iban a Juan «y eran bautizados por él en el río Jordán». Francis Chan y Preston Sprinkle afirman que aquí «no significa cada persona de manera individual de Juda— hombre, mujer y niños. “Todo” aquí simplemente denota un número grande de personas».[2]

¿Es posible conocer si los autores bíblicos lo utilizan de manera retórica o literal? Sí, por medio del contexto inmediato y teológico. Así que los textos utilizados por los universalistas, interpretados de manera cuidadosa, apuntan a la salvación de los creyentes fieles, no a la humanidad en general.

¿Podemos perder el reino de Dios?

La posibilidad de perder el reino de Dios fue una enseñanza concreta de Jesús.[3] La persona puede perder la vida eterna (Mar. 8: 36) y ser rechazado por el Padre delante de los ángeles (Mat. 10: 32-33; Mar. 8: 38; Luc. 9: 26; 12: 8-9). Jesús afirma que la salvación se pierde al pecar contra el Espíritu Santo: «no será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero» (Mat. 12: 32 cf. Mar. 3: 28-29; Heb. 6: 4-6; 10: 26-31). En varias parábolas se evidencia el destino de aquellos que aceptan el evangelio y de los que rechazan (Mat. 7: 13, 21-23; 8: 12; 13: 40-42, 49-50; 22: 13-14; 23: 13; 24: 51). Además, el sermón escatológico de Jesús enseña dos destinos finales para el juicio futuro (Mat. 24: 31, 40-41; 25: 12, 30, 41).

Pablo destaca que el evangelio es poder de Dios para el que cree (Rom 1:16-17), sea judío o gentil. En otras palabras, el evangelio tiene un alcance universal, sin distinción de nacionalidad. Pero la salvación está condicionada a la fe del creyente y su santificación (Rom. 5: 9; 2 Cor. 5: 10; Gál. 6: 7-10; Efe. 1: 13-14; 2: 1-10; 4: 17-24). De lo contrario, la salvación se pierde (1 Cor. 9: 23-27; 10: 1-13; 2 Cor. 6: 1; 1 Tes. 3: 5; Gál. 1: 6; 3: 4, 11; 4: 9). Pablo destaca de forma contundente el destino de los justificados en Cristo y de aquellos que no aceptan la provisión realizada por Dios para salvación (Rom. 2: 7-8).

En el Apocalipsis, las promesas de inmortalidad fueron expresadas a los vencedores. Son variadas las imágenes utilizadas para describir la glorificación futura de los creyentes victoriosos (2: 5, 7, 10, 17, 28; 3: 12, 21; 7: 9, 14; 14: 3-5; 15: 2; 22: 14). Muchos no entrarán en la Santa ciudad por causa de sus inmoralidades e impurezas (21: 8, 27; 22: 11).

La muerte y la vida después de la muerte

La Biblia enseña que después de la muerte no habrá posibilidades de elegir y experimentar el eterno amor divino. La muerte es el proceso inverso de la creación. Es la desintegración total del ser humano (Sal. 104: 29; 146: 4; Ecl. 12: 7).[4] Por lo tanto, la concepción antropológica que distingue el cuerpo y el alma como entidades diferentes, donde el alma puede continuar con vida en un lugar intermedio, no cuenta con apoyo bíblico.[5]

Hebreos 9: 27 afirma que todas las personas «mueren una vez y luego son juzgadas». Dios es el Juez de justos e injustos (Gén. 18: 25; Sal. 7: 11; Jer. 11: 20; Rom. 12: 19). Ellos serán juzgados antes de la restauración de todas las cosas (Apoc. 14: 6; 18: 2; 19: 1-2). La Biblia presenta una responsabilidad moral y una urgente respuesta en vida (Mat. 25: 46; Gál. 6: 7; 2 Cor. 5: 10; 6: 1-2; Heb. 3: 154: 11). La parábola del rico y Lázaro enseña que luego de la muerte no hay forma de revertir las decisiones tomadas en vida (Luc. 16: 23-31). El juicio final de Dios es irreversible.

La justicia y el amor de Dios

Los universalistas enfatizan que la ira y el castigo de Dios son contradictorios con su amor. Si él es amor, ¿cómo puede castigar por la eternidad o destruir para siempre? Este dilema surge por una falta de comprensión de la integración que existe entre los atributos morales de santidad y justicia con el atributo del amor.[6]

La ira divina es compatible con su misericordia para el pecador y el justo (Éxo. 20: 5-6; 33: 6-7; Núm. 14: 18; Deut. 7: 9-10; Sal. 103: 8; Jon. 4: 2; Miq. 7: 18; Juan 3: 15-18). Su ira es una intervención justa y santa ante los pecados y las injusticias cometidos por los opresores del pueblo de Dios (Isa. 42: 13; 59: 17; Zac. 1: 14; 8: 2; Nahúm 1: 2; Eze. 25: 3-7, 12-14; Amós 1: 11, 13; Abdías 10-16; Sof. 2: 8).

La ira divina escatológica es el castigo que recibirán aquellos que rechacen la salvación ofrecida por Dios a través de Cristo (Juan 3: 36; 1 Tes. 1: 9-10; 2: 8-12; Apoc. 14: 9-10). El elemento moral es importante para comprender las razones divinas del castigo, el cual finalizará con la destrucción final.

La muerte final

Algunos universalistas también afirman que Dios castigó a las naciones con fines redentivos y disciplinarios (Sal. 78: 32-39; Lam. 3: 31-33). Si bien los castigos divinos tenían el propósito de restaurar, este estaba dirigido principalmente al remanente fiel (Isa. 10: 20; 37: 31; Abdías 1: 17).[7] Sin embargo, debe considerarse que las amonestaciones y castigos disciplinarios muchas veces no fueron efectivos a causa de la rebeldía del pueblo (Isa. 1: 5; Mal. 1: 6, 12; 2: 2, 8-9; 3: 13-14).

La destrucción escatológica será en el lago de fuego y azufre. Esta es una de las expresiones más gráficas para describir la retribución justa de Dios hacia todos los infieles e impíos. Esta se ejecutará después del milenio. El fuego exterminador arderá hasta que todos ellos sean destruidos definitivamente (Apoc. 20: 8-10; 20: 14; 21: 8; 20: 15).[8] La muerte final o segunda muerte será la retribución por la desobediencia al Creador; cada uno morirá por sus propios pecados. Después de aquella muerte no habrá más vida para quienes hayan sido condenados; es decir, dejarán de existir eternamente.

Es importante tener en mente que este fuego no es purificador. Es verdad que en ocasiones la imagen del fuego es utilizada metafóricamente para describir la purificación del carácter cristiano, pero es mencionado en el contexto de las pruebas y las aflicciones de la vida (Mal. 3: 2; 1 Cor. 3: 13-15; 1 Ped. 1: 7). En las referencias escatológicas, en cambio, el fuego es utilizado para describir la destrucción de los pecadores.

El propósito final de Dios: Restauración edénica

El propósito de Dios es restaurar la relación armónica entre los seres humanos y el gobierno celestial. Aunque la Tierra se encuentra en completa rebelión contra las leyes divinas, ella se convertirá en el centro de gobierno universal de Dios. El Edén restaurado será el clímax final de las profecías sobre reconciliación, comunión y servicio al Padre y al Cordero (Apoc. 21: 3-4). Por ello, el profeta exclama: «Esta es la morada que Dios ha establecido entre los seres humanos. Habitará con ellos, ellos serán su pueblo y él será su Dios». (21: 3, BLP).

Para aquel entonces, como bien afirma Ranko Stefanovic, «Dios y la humanidad no estarán más separados; los redimidos ahora viven en la misma presencia de Dios para siempre, y sin barreras».[9] Estas promesas se cumplirán en la consumación escatológica y soteriológica de la humanidad glorificada en la nueva Jerusalén (Apoc. 21: 122 :5). El establecimiento del reino de Dios cumplirá las profecías del Antiguo y el Nuevo Testamento relativas a la reconciliación de Dios con su pueblo. Será el cumplimento de la restauración profetizada por Pedro en Hechos 3: 21.

Conclusión

Hoy, muchos cristianos aceptan el universalismo en su afán de señalar que incluso los impíos serán salvos; de lo contrario, Dios realmente no sería un ser amoroso como atestiguan las Escrituras. Sin embargo, como hemos visto en este estudio, tal concepción proviene de una mala comprensión de la Biblia, influenciada por fuentes apócrifas y presuposiciones teológicas y filosóficas que desvirtúan la economía de la salvación.

La salvación se encuentra al alcance de todos, sí, pero las Escrituras son claras al afirmar que muchos aceptarán la salvación mientras que otros no lo harán. Además, si todos fueran a salvarse, por ejemplo, ¿qué sentido tendría la Gran Comisión (Mat. 28: 19-20)? Por lo tanto, solo los creyentes justificados y santificados serán glorificados para vivir junto a Dios y al Cordero por siempre en la Nueva Jerusalén.

Autores: Christian Varela y Joel Iparraguirre. Joel Iparraguirre tiene una licenciatura en Teología y actualmente se desempeña como editor en la Editorial Safeliz, España. Christian Varela tiene una maestría en Teología y viene desempeñándose como pastor distrital en Córdoba, Argentina.


Imagen: Foto de Aaron Burden en Unsplash 

NOTAS Y REFERENCIAS:

[1] Erickson, Teología sistemática, p. 1026.
[2] Francis Chan y Preston Sprinkle, Erasing Hell (Colorado Springs: David C. Cook, 2011), p. 29.
[3] I. Howard Marshall, «The New Testament Does Not Teach Universal Salvation», en Universal Salvation? The Current Debate. ed. Robin A. Parry y Christopher H. Partridge (Grand, Rapids, MI/Cambridge, U.K: Eerdmans, 2003), p. 56.
[4] Véase Christian Varela, «¿Vuelve un espíritu a Dios?», Theologika  31, nº 1 (2016): pp. 76-102.
[5] Para mayores detalles, véase Félix H. Cortez, «Death and Future Hope in the Hebrew Bible», en «What are Human Beings that You Remember Them?», ed. Clinton Wahlen (Silver Spring, MD: Biblical Research Institute, 2015), pp. 95-106; idem, «Death and Hell in the New Testament», en «What are Human Beings that You Remember Them?», pp. 183-204;  Niels- Erik A. Andreasen, «Muerte: Su origen, naturaleza y destrucción final», en Tratado de teología adventista del séptimo día, ed. George W. Reid (Buenos Aires: ACES, 2009), pp. 257-393.
[6] Véase Frank M. Hasel, «¿Cómo podemos reconciliar la ira de Dios con su amor?», (Documento a publicarse, 2023)..
[7] John G. Stackhouse Jr. «A Terminal Punishment Response», en Four View son Hell, ed. Preston Sprinkle (Grand Rapids: Zondervan, 2016), p. 135.
[8] Christian Varela, «El lago de fuego y la segunda muerte en el Apocalipsis: ¿sufrimiento sin fin o destrucción final para los pecadores?», Memrah 4 (2022): pp. 25-50.
[9] Ranko Stefanovic, Revelación de Jesucristo. Comentario del libro del Apocalipsis (Berrien Springs, MI: Andrews University Press, 2013), p. 589.

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