Espiritual

Segundo sábado: Intercediendo por la unidad de la iglesia

En el último mundial de fútbol, año 2010, toda España estaba atenta a la evolución de la selección española. Incluso…

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En el último mundial de fútbol, año 2010, toda España estaba atenta a la evolución de la selección española. Incluso aquellos que normalmente no están interesados en este deporte, fueron cautivados por el desarrollo de nuestro equipo.

Hubo muchos comentarios, la mayoría a favor de la forma cómo estaban jugando. Pero hubo algo que se destacó sobre todo lo demás: la unidad. No había quien buscara destacar por encima de los otros. Todos trabajaban con una gran armonía, apoyándose los unos a otros. Se pudo comprobar que, en varias ocasiones, se buscó desestabilizar el trabajo organizado y bien medido de todo el equipo. Esto me hizo pensar mucho en nuestra familia y en nuestra iglesia; en los momentos difíciles por los que a veces pasamos y tendremos que pasar; en el intento constante del enemigo por destruir los planes de unidad entre nosotros, y con Jesús, nuestro compañero de viaje.

Con frecuencia nuestras familias y nuestra iglesia sufren los ataques del enemigo para desestabilizar la unidad entre nosotros. Como iglesia, enfrentamos el aumento del relativismo espiritual de los creyentes en el que cada persona cree tener derecho a imponer sus propias opiniones a los demás (Norman Gulley, Cristo Viene, ACES, 1998, pág. 33). Todo es cuestionado; la realidad ya no tiene un propósito definido ni un objetivo. Por eso, todo es relativo. Verdades que han sido siempre la razón de nuestra vida espiritual, hoy son cuestionadas. No faltan personas que, sin tener ningún reparo, levantan su voz en contra de ellas.

Igualmente, nuestras familias enfrentan hoy problemas graves que están produciendo rupturas matrimoniales al mismo nivel que fuera de nuestras iglesias. La pérdida de valores morales, la falta de comunicación entre cónyuges e hijos, la separación física de familias por buscar una estabilidad económica, están dando como resultado conflictos preocupantes.

¿Y qué decir de nuestra identidad como creyentes adventistas del séptimo día? La identidad de nuestro pueblo se puede ver en nuestras enseñanzas y en nuestra manera de vivirlas. ¿Qué ven en nosotros? ¿Qué ven en nuestras familias? La gente nos observa, aunque no seamos conscientes de ello. ¿Ven a cristianos adventistas que viven su fe, de forma comprometida y entregada, no importa dónde estén? ¿O quizá ven simples cristianos sin una identidad definida y sin un rumbo claro? ¿Qué ven en ti? ¿Qué tipo de familia ven en nosotros? ¿Qué imagen estamos dando nosotros a los demás con nuestro comportamiento puertas adentro y puertas afuera?

Nuestra iglesia está creciendo a un ritmo importante. Cada año se unen a nuestras filas, más de un millón de personas en todo el mundo, 2.889 adventistas al día (Revista Adventista, agosto 2010, pág. 5). Esto es un excelente motivo de gozo y de gratitud a Dios, porque su obra sigue imparable. Sin embargo, esto plantea también grandes desafíos, como el aumento de la diversidad en nuestra iglesia (idioma, cultura, raza, historia; hijos cada uno de su propia tierra, aunque lleguen a ser adventistas). Se requiere, por tanto, mucha comprensión y tolerancia entre todos nosotros. Tenemos que ser un pueblo respetuoso respecto a las otras culturas, gustos, música, tipo de adoración, forma de vestir, de hablar, de comer y de vivir, etcétera.

Por eso, el tema de la unidad en la familia y en la iglesia, en una sociedad multicultural como la nuestra, es un asunto de máxima prioridad. El plan de Dios es que «seamos uno». Si esa unidad se rompe, corremos el riesgo de desintegrarnos como familia y como iglesia única (Félix Cortes A., Ministerio Adventista, año 60, nº 2, marzo-abril 2003, pág. 14).

Es verdad que, como iglesia, nos falta una mayor unidad, y muchas cosas que cambiar, pero «deberíamos recordar que la iglesia, aunque débil y defectuosa, constituye el único objeto en la tierra al cual Cristo otorga su consideración suprema» (Elena White, Mensajes selectos, vol. 2, pág. 457).

«No hay en este mundo nada que sea tan amado para Dios como su iglesia. No hay nada que él guarde con cuidado más celoso» (Elena White, Joyas de los testimonios, vol. 2, pág. 381).

«Jesús amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella, y él la restaurará, la refinará, ennoblecerá y elevará para que subsista firmemente en medio de las influencias corruptoras de este mundo. Hombres designados por Dios han sido escogidos para velar con celoso cuidado… para que la iglesia no sea destruida por los malos designios de Satanás, sino que subsista en el mundo y fomente la gloria de Dios entre los hombres» (Elena White, Testimonios para los ministros, vol. 2, págs. 52, 53).

No es una iglesia más, sino la iglesia de Cristo. Es la iglesia que necesita mejorar en muchos aspectos, pero delante de la cual, el Señor va al frente, pues es «Dios quien encabeza la obra y él pondrá en orden todas las cosas. Si hay que realizar ajustes en la plana directiva de la obra, Dios se ocupará de eso y enderezará todo lo que esté torcido. Tengamos fe en que Dios conducirá con seguridad hasta el puerto el noble barco que lleva al pueblo de Dios» (Elena White, Mensajes selectos, vol. 2, pág. 449 [1892]).

La iglesia de Laodicea será la última iglesia antes de que Jesús vuelva en gloria y majestad. Somos una gran familia llamada por Dios a permanecer unidos entre nosotros, y todos juntos con Aquél que nos ha sostenido hasta el día de hoy.

«Un pueblo llamado por Dios a estar unidos en un cuerpo simétrico, sujeto a la inteligencia santificada del conjunto. […] Dios está conduciendo a un pueblo para que se coloque en perfecta unidad sobre la plataforma de la verdad eterna (Elena White, Joyas de los testimonios, vol. 1, págs. 444-448).

¿Por qué poner tanto énfasis en la unidad entre todos nosotros? Porque se necesita llegar a la unidad apostólica que dio como resultado el derramamiento del Espíritu Santo. Esto difícilmente sucederá si como familias no somos capaces de vivir la unidad en el hogar. Este debería ser nuestra prioridad más grande.

Nuestra iglesia difícilmente permanecerá unida si nuestras familias no lo están. El que se preocupa de este tema en un ámbito más pequeño en número (familiar), también lo hará en el ámbito mayor, que es la iglesia.

«De este modo todos sabrán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros» (Juan13: 35). ¿Qué trato muestro yo en casa? ¿Qué ven mis hijos en mí? ¿Cómo me ve mi esposa cuando estoy en la iglesia? ¿Soy diferente fuera que dentro del hogar? Tenemos que hacer grandes esfuerzos por mantener la unidad en la familia y en la iglesia como algo prioritario. Esto solo puede ser posible si hay entre nosotros un auténtico reavivamiento, como en Pentecostés, que llegaron a estar «todos unánimes juntos» (Hechos 2: 1, RV 1995).

Esto implica más que una reunión de personas; indica una unidad en espíritu, en propósitos y en sentimientos.

Con demasiada frecuencia se percibe desunión en nuestras propias familias y, a menudo, la tensión familiar termina por afectar también a la unidad de la iglesia.

¿Y cómo es posible llegar a esta unidad? Cuando mantenemos un tiempo real de contacto con Dios por medio de la oración; cuando dedicamos mayor tiempo a estudiar las Escrituras, intentando descubrir el plan de Dios para nuestras vidas; cuando sentimos pesar por aquellos que perecen sin conocer al Señor; cuando obedeces la voz del Espíritu Santo que te dice: “Ve y pide perdón” o “No digas eso porque vas a lastimar a tu esposa” o “No actúes así porque hieres a tu hermano” o “Reconoce tu pecado y pide perdón” o… Esto solo es posible cuando mantenemos una relación tan íntima con Jesús, que su Espíritu nos guía hasta en los detalles más pequeños de nuestra vida familiar y en nuestras propias iglesias.

Ha llegado la hora de efectuar cambios significativos en nuestros hogares y en nuestras iglesias; pero esos cambios solo se producirán cuando primero sucedan en nuestra propia vida personal.

Elena White escribió: «Lo que causa división y discordia en las familias y en la iglesia es la separación de Cristo. Acercarse a Cristo es acercarse unos a otros. El secreto de la verdadera unidad en la iglesia y en la familia no estriba en la diplomacia ni en la administración, ni en un esfuerzo sobrehumano para vencer las dificultades –aunque habrá que hacer mucho de esto- sino en una unión con Cristo. […] Cuanto más nos acerquemos a Cristo tanto más cerca estaremos uno del otro» (El hogar cristiano, pág. 158).

Hoy más que nunca, necesitamos despertar de nuevo el culto en familia, pasar tiempo diario a solas con Jesús, alimentándonos abundantemente de su Palabra, orando y alabando su nombre.

No son tiempos fáciles ni para la familia, ni para nuestra iglesia. Son tiempos difíciles para ambas instituciones divinas, pues los zarandeos en todas direcciones están afectando a muchos. En cuanto a la vida espiritual, está señalado que habrá quienes abandonarán la fe, lo mismo que ha sucedido en todas las épocas. Seguirán habiendo familias destrozadas. Serán tiempos de dificultad cuando se distinguirán los verdaderos creyentes de los que no lo son.

«El permanecer de pie en defensa de la verdad y la justicia cuando la mayoría nos abandone, el pelear las batallas del Señor cuando los campeones sean pocos, esta será nuestra prueba. En este tiempo, debemos obtener el calor de la frialdad de los demás, valor de su cobardía, y lealtad de su traición» (Elena White, Joyas de los testimonios, vol. 2, pág. 31).

Nuestra iglesia atravesará momentos en que parezca estar a punto de perecer, «pero no caerá» (Elena White, Mensajes selectos, vol. 2, pág. 436), porque es la iglesia verdadera de Dios.

Hay que tomar decisiones claras si queremos seguir adelante. Debemos crecer en la gracia, en casa o donde nos encontremos. Tanto en el hogar como en la iglesia, «debo velar sobre mi espíritu, mis acciones y mis palabras; dedicar tiempo a fortalecer mis principios rectos. Debo meditar en la Palabra de Dios noche y día e introducirla en mi vida práctica» (Elena White, El hogar cristiano, pág. 159).

Este es el tiempo glorioso que nos ha tocado vivir, y en el que ninguno debiera quedar al margen. Es un tiempo de decisión y de compromiso con Dios; de milagros junto al Maestro; de triunfo del Espíritu de Dios manifestado a través de todos sus seguidores, en favor de los perdidos. Es tiempo de ver los cambios del Señor en nuestras vidas, en nuestras familias, en nuestras iglesias, en todo el pueblo de Dios en la redondez de la tierra.

¿Qué decisión vas a tomar con relación a tu Dios, a tu familia y a tu iglesia?

Cuando el poder del Espíritu descienda sobre todos sus hijos comprometidos con él, se manifestará en forma poderosa. «Miles de voces predicarán el mensaje por toda la tierra. Se realizarán milagros, los enfermos sanarán y signos y prodigios seguirán a los creyentes» (Elena White, El conflicto de los siglos, pág. 612).

Yo deseo, con todas mis fuerzas, que Dios pueda transformar tu vida por completo. Que la presencia de su Santo Espíritu pueda evidenciarse en una familia unida, que contagie a la iglesia porque hayamos aprendido a hacer de Dios lo más importante en nuestras vidas, y que así, capacitados por Dios, podamos terminar la tarea de alcanzar con su Espíritu a todos aquellos que todavía viven en tinieblas, y mueren sin esperanza.

Bienvenidos a los días en que el Señor manifestará su poder en todos los que hayan aprendido a hacer de su relación con él lo más importante en sus vidas.

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