Sociedad

Repensando al inmigrante: «De Egipto llamé a mi Hijo»

Hay un largo camino hacia la identidad del inmigrante como emanación de Cristo. De momento, vayamos aplicando misericordia para con él.

Hay un largo camino hacia la identidad del inmigrante como emanación de Cristo. De momento, vayamos aplicando misericordia para con él.

Hace unos días, fui impactado por una representación modernizada de la tradicional escena «la huida de la sagrada familia» a Egipto. El pintor iconográfico Kelly Latimore, decidió convertir a José, María y Jesús en una familia latina de inmigrantes intentando cruzar en la noche la frontera a Estados Unidos.[1] El tema de la inmigración y los refugiados se ha revalorizado durante los últimos años. Las causas de este fenómeno están bien documentadas: desde persecuciones religiosas y políticas, guerras civiles o entre coaliciones de otras naciones; violencia social, la pobreza extrema o la opresión de regímenes dictatoriales. Son muchas las causas que llevan a millones de personas a migrar a regiones estables, no solo por lo económico sino por lo social y político.

Foto viral en Twitter

Ante este panorama las naciones desarrolladas que han sido alcanzadas por la migración intentan buscar soluciones, lo que he generado amplios debates que tratan de ponderar el impacto sobre los refugiados. Las políticas de deportación y segregación entre familias migrantes, los casos visibilizados durante 2018 de niños inmigrantes siendo separados de sus padres y encerrados en jaulas en Estados Unidos, hicieron imposible sostener el silencio.[2] ¿Cuál debería ser la reacción de los cristianos ante este tema? ¿Es posible conciliar la impasibilidad con el Evangelio?

El hijo de Dios y el inmigrante

Al hacer una lectura cuidadosa de los Evangelios, es posible encontrar una relación profunda entre el Hijo del hombre y el inmigrante. No como una mera enseñanza con propósitos éticos o morales, sino una interpretación de la figura mesiánica y del propósito del Reino de Dios en el hombre. El discurso del Cristo obliga a repensar al inmigrante como una extensión de Él, en otras palabras, Él personifica esta condición: «[…] Fui extranjero [ξένος (xénos)], y me invitaron a su hogar» (Mt 25:35 NTV). Esta afirmación se fundamenta en varios aspectos:

  • Jesús es el Verbo de Dios que se hizo carne, Él abandonó el cielo –su lugar de origen– para vivir entre los humanos, a fin de redimirlos.
  • Desciende de una línea de inmigrantes, comenzando por Abraham, el periodo en Egipto, personas errantes del desierto buscando la tierra prometida y de deportados a Babilonia (Mt 1:1-17).
  • En su precoz existencia humana fue obligado a convertirse en un refugiado, tras la matanza de Herodes (Mt 2:13-23).
  • El reino de Dios requiere de los redimidos convertirse en peregrinos, ya que su verdadera ciudadanía está en los cielos.
  • Y finalmente la salvación consiste en amar al «‘Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente’, y: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’» (Lc 10 27).

«Xénos», el inmigrante

De modo que cuando Jesús dijo: «fui extranjero», lo hace consciente de las cargas e implicaciones sociales, afectivas, económicas y religiosas que conlleva en sí mismo el término. ¿Qué significa ser un extranjero? Los escritores del Nuevo Testamento emplearon la palabra griega ξένος (xénos), que básicamente significa un extraño, alguien desconocido que no pertenece a una comunidad o clan.[3] En el griego antiguo era un extranjero, especialmente errante, mendigo, inmigrante, forastero o refugiado.[4] Las connotaciones son negativas en muchos casos, dado que carece de estatus o sentido de pertenencia, es solo uno desconocido que se abre camino entre la sociedad establecida.

Por el contexto de Mateo, ξένος (xénos) está siendo usado por Jesús dentro de una categoría desfavorable, al mismo nivel que los «hambrientos, sedientos, desnudos, los enfermos y los privados de libertad» (Mt 25:34-36); de aquellos que por su condición social no pueden suplir necesidades básicas indispensables para vivir, se ven forzados a convertirse en inmigrantes. Necesitan el auxilio de otros para poder salir de esta condición, Cristo los visibiliza al pedirle a sus seguidores que rediman con actos de generosidad a los desamparados. Así, la autoridad del Evangelio para requerir esto de los cristianos se sostiene solamente porque Cristo padeció esta condición.

Cristo y el inmigrante

Es posible imaginar por qué ese arraigo tan fuerte entre el emigrante y el Cristo: la experiencia vivida en su infancia, aquella noche que relata Mateo (Mt 2:13-23), un padre desesperado que huye de un régimen totalitario y sanguinario con su esposa e hijo para salvar sus vidas… El acto en sí mismo pondera la realidad de millones de inmigrantes en la actualidad, el deseo de vivir. En la experiencia de Jesús, huir significó dejar todo, tomar lo necesario o indispensable para sostenerse en el camino, en busca de estabilidad en Egipto. Por supuesto que cuando él dice: «fui forastero» (Mt 25:35 RV60), no se detiene a categorizar las necesidades, el que emigra lo hace por diversas razones, y sin importar cuales sean, la decisión es motivada por un sentido de supervivencia digna.

Durante cuatro años, Jesús y sus padres vivieron en Egipto, retornaron a su país solamente cuando el peligro había pasado. Desde el punto de vista escatológico, la figura de Egipto es negativa, dada su arrogancia contra Dios y la esclavitud a la que sometió a los hebreos (Gn 15:13); generalmente el nombre es sinónimo de esclavitud (Dt 5:6; Miq 6:4). Sin embargo, dadas las circunstancias hostiles que obligaron a la familia de Jesús a huir, Egipto se convirtió momentáneamente en refugio, un lugar de protección para el Mesías.

«De Egipto llamé a mi hijo»

El Evangelio de Mateo ubicó esta situación de movilidad en la profecía mesiánica del profeta Oseas: «‘De Egipto llamé a mi hijo’» (Mt 2:15 cf. Os 11:1). Se puede reflexionar que el mismo Dios reconoce la migración como un mecanismo válido para salvaguardar la integridad humana; es Él quien inició el llamado a José para migrar a Egipto como escape, donde la familia estuvo acompañada por la Providencia Divina. De modo que la movilidad se convierte en una parte integral de la misión mesiánica del Hijo, quien viene a redimir al oprimido. Y Cristo reconoció esta dimensión al personificar esta movilidad. Un acto de salvación. ¿Cuántos se ven obligados a huir, convirtiéndose en migrantes? A estos también la fe les acompaña en su travesía en busca de la liberación.

El migrante, en ese caso, no es un mero sujeto de la casualidad, sino que con justa razón está movido por la fe, sus causas para emprender ese largo camino están justificadas y enraizadas en la misma persona del Cristo. Ahora los cristianos estamos desafiados a ver al migrante como un sujeto teologal; estudiar los factores de movilidad y asistirle nos conectará con Cristo. Un cristiano que es impasible ante el sufrimiento de los migrantes, sea por indiferencia o porque él mismo los causa  mediante la explotación, la persecución o el maltrato en cualquiera de sus esferas, destruye con sus actos al Cristo y la misión redentora. En otras palabras, no se es cristiano cuando se niega al Cristo.

Más allá de la justicia

Jesús no solo se conforma en personificar, sino que va más allá al hacer justicia: «Les aseguro que todo lo que no hicieron por el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron por mí» (Mt 25:44 NVI). Esto compromete profundamente al Evangelio con el inmigrante. Desde el punto de vista legal, las leyes civiles no pueden estar por encima de la legislación divina: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». Si bien Jesús enseñó el respeto por las leyes humanas (Lc 20:25), ubicó éstas por debajo de los requerimientos del Reino de los cielos (Mt 20:26 cf. Lc 14:1-6): «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5:29). En palabras claras del teólogo católico Alberto Ares:

Así, con respecto a la migración, si una ley civil excluye al pobre sin tener en cuenta la ley natural, como aquellas leyes que penalizan al que da cobijo al necesitado o promueven la explotación o la extorsión, por ejemplo diríamos que son leyes injustas. Si una ley civil favorece o permite que miles de personas mueran en el mar sin capacidad de sobrevivir, esa ley no toma en cuenta la ley divina de no matar, y del mismo modo sería una ley injusta. En algunos casos, la injusticia puede llegar a legalizarse cuando las estructuras sociales favorecen a la clase privilegiada y excluye a los más vulnerables ¿Debe un cristiano obedecer una ley injusta?[5]

Buscar refugio no es un crimen

No se puede criminalizar las necesidades de quien busca refugio. Suponer que el hambre o la sed son crímenes y que deben ser ignoradas; apoyar la separación de niños vulnerables o indefensos de sus padres para hacinarlos en jaulas, es un ataque directo hacia Jesús. Ningún cristiano puede apoyarse en leyes civiles que violenten los mandatos divinos, o negarle asistencia al migrante dado que su principal obediencia es hacia Cristo. El Evangelio no permite que los cristianos seamos impasibles ante la movilidad humana: «¡Terrible cosa es caer en las manos del Dios vivo!» (He 10:31).

Tenemos un largo camino por delante en la construcción teológica de la identidad del inmigrante como emanación de Cristo, pero mientras lo reflexionamos, vayamos aplicando la misericordia hacia los inmigrantes. Solo mediante la protección y asistencia, nos iremos conectando con Jesús, el forastero.

Reflexión

*Debo admitir lo complejo que ha sido para mí reflexionar al inmigrante desde la teología, no porque haya ausencia de éste en las Escrituras, sino porque (a) hemos sido poco desafiados a repensar al migrante como sujeto teologal; es decir, verlo como una extensión del Cristo. (b) Solo se adquiere un panorama real del tema cuando uno se convierte en un migrante o refugiado; la experiencia de dejar a la familia  o perder amigos, la impotencia de no poder hacer nada ante las injusticias o la frustración ante el sufrimiento. La incertidumbre del futuro, junto a la esperanza de poder alcanzar la absolución, van modelando la identidad de quien emigra.

Autor: Daniel A. Mora. Ha sido editor de los libros: Apartadas para el ministerio. Una perspectiva adventista sobre la ordenación (Lima: Ediciones Fortaleza, 2015) y Elena G. de White: Manteniendo viva la visión (Venezuela: Ediciones SETAVEN, 2015). Autor del capítulo «Mujeres pastoras del siglo XIX en la Iglesia Adventista del Séptimo Día»
Imagen: Photo by John Moore/Getty Images North America /AFP. imagen ganadora del World Press Photo 2019. (Los miembros del jurado estimaron que la foto, que dio la vuelta al mundo, ilustra «una violencia de otro tipo, que es psicológica»).

Notas:

[1]Kelly Latimore, «Refugees la sagrada familia», Kelly Latimore,  https://kellylatimoreicons.com/gallery/img_2361/

[2]«Estados Unidos: niños inmigrantes encerrados en jaulas», Clarín, https://www.clarin.com/mundo/unidos-ninos-inmigrantes-encerrados-jaulas_0_rkS8wjI-X.html

[3]«ξένος», en A Greek-English Lexicon of the New Testament, ed. Joseph Henry Thayer, CD-ROM BibleWorks, versión 8.0.013z.1 [Norfolk, VA: Bible Works, 2009]).

[4]«ξένος», en Greek- English Lexicon of the New Testament, 2da ed., eds. Johannes E. Louw y Eugene A. Nida, CD-ROM BibleWorks, versión 8.0.013z.1 [Norfolk, VA: Bible Works, 2009]).

[5] Alberto Ares, «¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos? Transitando una teología de las migraciones», Corintios XIII, vol.1 no. 157 (2016): 77.