RAFAEL CALONGE: «LO MEJOR ESTÁ POR VENIR»
Hay personas que, después de toda una vida, consiguen resumir lo esencial en unas pocas palabras. El pastor Rafael Calonge Bombín dejó escritas dos frases que, leídas ahora, adquieren el valor de un legado: «Solo quiero el gozo de amar, ayudar y servir» y «Lo mejor está por venir».
Entre ambas cabe prácticamente toda una vida: la del pastor que sirvió, la del esposo y padre que amó, y la del creyente que llegó al final de su camino mirando hacia Cristo.
UNA VIDA DE MINISTERIO
Rafael Calonge nació el 5 de julio de 1940 en Logroño. Se bautizó el 15 de mayo de 1958, cuando tenía 17 años, y aquel compromiso de juventud terminaría orientando toda su existencia. El 24 de mayo de 1965 contrajo matrimonio con Concepción Angoy Otín, compañera de vida y también de un largo camino de servicio. De su matrimonio nacieron sus hijas, Lidia y Olga. Su formación incluyó estudios de Teología en Collonges, Bachiller Superior y estudios universitarios en Historia y Geografía.
El 1 de septiembre de 1971 comenzó oficialmente su ministerio. La Seu d’Urgell fue su primer destino. Después vendrían Tenerife y, tras su ordenación al ministerio en septiembre de 1977, Sagunto. Los años siguientes fueron sumando iglesias, ciudades y responsabilidades: Madrid, Carabanchel, Bilbao, diferentes departamentos de la Iglesia y una prolongada etapa vinculada a ADRA, donde llegó a desempeñar responsabilidades de dirección. Así, su ficha de servicio permite recorrer más de tres décadas de una vida estrechamente vinculada a la misión de la Iglesia.
Pero una ficha de servicio nunca puede contar toda la historia de un pastor. Puede registrar cuándo llegó a una iglesia y cuándo salió de ella. Puede conservar nombramientos y responsabilidades. Sin embargo, no puede registrar las conversaciones mantenidas en una casa, las visitas realizadas cuando alguien atravesaba una crisis, las oraciones compartidas junto a quien sufría, los consejos ofrecidos a tiempo o las innumerables ocasiones en las que el ministerio consistió, sencillamente, en estar al lado de alguien.
Esa otra parte del ministerio queda escrita en la memoria y en la vida de las personas.
Quizá por eso resulta tan significativa la frase que Rafael escogió para expresar lo que deseaba: «Solo quiero el gozo de amar, ayudar y servir». No habló de cargos ni de logros. Eligió tres verbos.
Amar. Ayudar. Servir.
No es difícil reconocer en ellos el Evangelio que procuró anunciar durante tantos años. Y tampoco es difícil relacionarlos con su prolongado servicio en ADRA. Allí, ayudar dejó de ser únicamente una buena intención para convertirse en una manera concreta de acercarse al ser humano necesitado.
«HE PELEADO LA BUENA BATALLA»
Durante el servicio de despedida, el pastor Antonio Martínez llevó a los presentes a las palabras de Pablo en 2 Timoteo 4. La imagen resultaba especialmente apropiada para recordar a Rafael:
«He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.» (2 Timoteo 4)
Antonio destacó una diferencia importante: en la vida peleamos muchas batallas, pero Pablo habla de haber peleado «la buena». Recorremos también muchos caminos, pero existe una carrera que conduce a la verdadera meta. Y podemos encontrar muchas expresiones de fe, pero la fe que merece ser guardada es aquella depositada en Dios, una fe que se cuida, se alimenta y se comparte.
Leídas a la luz de la vida de Rafael, aquellas palabras adquirían una profundidad especial.
Más de medio siglo había transcurrido desde aquel comienzo ministerial de 1971. Habían quedado atrás iglesias, responsabilidades, compañeros, proyectos, alegrías y también dificultades. Había una familia que había recorrido el camino con él. Y había muchas personas que, en diferentes momentos de su vida, habían recibido algo de su ministerio.
Por eso, el pastor Antonio Martínez introdujo otro pensamiento especialmente hermoso: llegará el día en que quienes dedicaron su existencia a servir podrán contemplar el fruto de su vida en las personas que estarán allí.
Quizá esa sea una de las recompensas más hermosas del ministerio: descubrir en la eternidad consecuencias que aquí nunca llegamos a conocer.
Personas a las que una palabra ayudó. Alguien que permaneció en la fe gracias a una conversación que quizá el propio pastor olvidó. Familias acompañadas en momentos difíciles. Vidas que se cruzaron durante unos meses o unos años y que volverán a encontrarse.
Como expresó Antonio con una imagen entrañable, entonces Rafael tendrá muchos abrazos que dar.
EL SEPULCRO NO TIENE LA ÚLTIMA PALABRA
Hay otra idea de aquella reflexión que merece permanecer. Ante una tumba, todo parece decir: «Aquí termina todo». Pero la esperanza cristiana responde: «No».
Antonio Martínez recordó que quienes aman la venida de Jesús esperan un día en el que el pecado habrá encontrado definitivamente su final; ya no existirán enfermedad, dolor ni incapacidad; dejarán de llegar malas noticias y tampoco habrá personas necesitadas a las que socorrer.
Incluso ADRA —señaló significativamente— habrá dejado de ser necesaria. No porque haya terminado la solidaridad, sino porque habrá desaparecido la necesidad.
Y llegará también el día del reencuentro. Los muertos en Cristo resucitarán y muchas de las despedidas que aquí parecieron definitivas dejarán de serlo. La existencia efímera dará paso a la eternidad y podremos estar con Jesús, escucharle y disfrutar de su presencia.
Esa era precisamente la esperanza hacia la que Rafael había dirigido su mirada. Entre sus propias anotaciones finales había escrito:
«Lo mejor está por venir.»
Es difícil encontrar una expresión más sencilla y, al mismo tiempo, más profundamente adventista para hablar de la muerte.
La fe cristiana no niega el dolor de la separación. Pero se niega a conceder a la muerte la última palabra.
El domingo 27 de septiembre, familiares, amigos, hermanos y compañeros de ministerio se reunieron en Madrid para despedir al pastor Rafael Calonge. En el programa preparado para aquella ocasión figuraban sus propias palabras: «Solo quiero el gozo de amar, ayudar y servir». Y junto a ellas estaba la promesa de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá».
Ahora podemos recordar sus destinos, los años de ministerio, las iglesias y las responsabilidades que asumió. Todo ello pertenece a su historia.
Pero quizá su legado pueda expresarse de una manera mucho más sencilla:
Amar mientras podamos amar.
Ayudar mientras alguien necesite nuestra ayuda.
Servir mientras Dios nos conceda fuerzas para hacerlo.
Y guardar la fe hasta terminar la carrera.
Porque llegará el día en que ya no habrá enfermedad, ni malas noticias, ni necesitados, ni despedidas. Llegará el día en que podremos ver el fruto que Dios produjo mediante una vida puesta a su servicio.
Rafael ha terminado su carrera. Quienes permanecemos continuamos la nuestra.
Y frente al silencio del sepulcro permanece la promesa de Cristo y aquella sencilla convicción que Rafael dejó escrita: «Lo mejor está por venir».


