Espiritual

Los dos pactos

Necesitamos creer en el pacto de salvación que Jesús firmó con Su sangre. No podemos hacer nada para salvarnos. Es Él quien lo hace, si le aceptamos.

Necesitamos creer en el pacto de salvación que Jesús firmó con Su sangre. No podemos hacer nada para salvarnos. Es Él quien lo hace, si le aceptamos.

Poco tiempo después de que Dios diera los Diez Mandamientos a Moisés en el monte Sinaí, leemos en la Biblia que el pueblo de Israel, a una, proclamó lo siguiente: “Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos” (Éxodo 24:7). Tales palabras denotaban celo por el Señor. Mostraban deseo de agradarle. Pero, ¿eran conforme a ciencia? ¿Evidenciaban conocimiento del Señor y de Su obra? Para responder a estos interrogantes, repasemos acontecimientos que habían tenido lugar anteriormente.

Tan atrás como justo después de la caída, Dios, hablando a la serpiente, pronunció estas palabras: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza” (Génesis 3:15). Dios estaba prometiendo que la simiente de la mujer, nuestro Señor Jesucristo, infligiría una herida mortal –en la cabeza– a la serpiente. O, lo que es lo mismo, el poder de ésta sucumbiría.

Más adelante, ya en tiempos de Abraham, Dios le promete a éste una descendencia (Génesis 12:7). También le promete que en él, en Abraham, serían benditas todas las familias de la tierra (Génesis 12:3). Y Pablo nos aclara en Gálatas 3:16 que esas promesas hechas a Abraham tienen su cumplimiento en Cristo, la simiente de Abraham. En Cristo, simiente de Abraham, serían benditas todas las familias de la tierra.

Maravillosa bendición

¿En qué consistía esa misteriosa bendición? Lo vemos claramente descrito en el Nuevo Testamento: “Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto que Dios hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham: En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra. A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad” (Hechos 3:25,26). La bendición consiste en que Cristo nos limpie de toda maldad (1 Juan 1:9). ¡Sólo Dios puede realizar tamaño milagro! Y esta promesa es tan firme que Dios la confirma jurándola (Génesis 22:16-18): “Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento” (Hebreos 6:17).

La Ley en el Sinaí no invalida la promesa

Volviendo a nuestro inicio, ¿tenía por tanto sentido la promesa hecha por el pueblo de Israel en Éxodo 24:7? Pablo nos da algún indicio: “El pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo, la ley que vino cuatrocientos treinta años después no lo abroga para invalidar la promesa” (Gálatas 3:17). En otras palabras, la proclamación de la Ley en el Sinaí no invalida la promesa –y juramento– que hizo Dios a Abraham, y previamente a Adán y Eva cuando hablaba a la serpiente.

El compromiso del pueblo de Israel en Éxodo 24:7 era de hacer aquello que Dios ya había prometido llevar a cabo. Parece insensato, ¿verdad? Pero la realidad es que se trata únicamente de una réplica de nuestra realidad en muchísimas ocasiones. Y hasta Abraham, el padre de la fe (Romanos 4:16), incurrió en actitudes semejantes. Veíamos anteriormente que Dios había prometido a Abraham una descendencia. Ante la aparente demora en el cumplimiento de la promesa, Abraham y Sara deciden ¡cumplir ellos la promesa de Dios! ¿Cómo? Ni más ni menos que haciendo Abraham concebir a Agar, la esclava de Sara (Génesis 16:2). De ahí nació Ismael, pero éste no era la promesa de Dios, sino la obra de hombres según su iniciativa y entendimiento. Dios así se lo confirma a Abraham (Génesis 17:21).

Muchos años después, Pablo se ve obligado a reprender a los Gálatas por una circunstancia casi idéntica. Los gálatas intentaban alcanzar justificación por obras –por circuncisión–, así que Pablo se ve en la tesitura de volver a predicarles el Evangelio –la buena nueva–, consistente básicamente en la promesa de Dios a Abraham (Gálatas 3:8). ¡El Evangelio es una promesa de Dios, no nuestra! ¡Son buenas nuevas, muy buenas! Nuestros vanos intentos de “ayudar” a Dios tal y como hizo Abraham, al concebir con Agar, no denotan sino falta de fe. Lo cual arruina nuestra justificación, la obra de Dios.

El contraste entre los dos pactos

Pablo utiliza la carta a los Gálatas para poner en contraste dos pactos (Gálatas 4:24), los cuales no son sino dos formas distintas –una errada y la otra no– de entender a Dios. Uno de los pactos –simbolizado en Agar y en Sinaí– es para esclavitud (Gálatas 4:25). El otro –simbolizado en Sara– es para libertad (Gálatas 4:26). El primero representa las obras de la carne –nuestras iniciativas de ayudar a Dios–, mientras que el segundo es una promesa y juramento inmutables de Dios (Gálatas 4:23).

Al segundo de los pactos la Biblia lo llama “Pacto Eterno” (Génesis 17:7) o “Nuevo Pacto” (Hebreos 8:8,13; 9:15; 12:24), y al primero “antiguo pacto” (2 Corintios 3:14) o “primer pacto” (Hebreos 8:13; 9:15). Aunque el Nuevo Pacto o Pacto Eterno se formula mucho antes –ya en el Edén (Génesis 3:15)–, se llama “Nuevo” porque se sella con la sangre de Cristo (Marcos 14:24), mientras que el antiguo pacto se sella mucho antes con la sangre de animales (Éxodo 24:8).

El antiguo pacto no sirve ni ha servido nunca para salvación: Dios ha salvado siempre a las personas de la misma manera: justificándolos por la fe, según la promesa del Nuevo Pacto. Fue así con Abraham y con muchos otros en el Antiguo Testamento, y sigue siendo igual hoy en día. El dispensacionalismo no existe: Dios no salva de maneras distintas a los hombres según la época. La realidad es que antiguo y Nuevo Pacto se entremezclan en todas las épocas.

Abraham creyó en el Nuevo pacto 

Abraham, mucho antes de los tiempos de Cristo, y, como vimos anteriormente, después de haber vacilado en su fe, ejerció fe genuina en la promesa del Nuevo Pacto: “Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía su unigénito, habiéndosele dicho: En Isaac te será llamada descendencia” (Hebreos 11:17,18). Y nosotros, ahora, en pleno siglo XXI, somos hallados en numerosísimas ocasiones enmarañados en los autoengaños del antiguo pacto.

¿Creeremos nosotros en el Nuevo pacto?

Como le sucedió a Abraham en su caminar, numerosas veces encontramos las promesas de Dios muy lejos de alcanzar cumplimiento. Nuestra lógica y nuestro corto entendimiento nos dicen con frecuencia que son una quimera. Particularmente, se nos hace complicado creer que ni aun Dios pueda redimir nuestra triste vida de pecado e infidelidad a Él. Pero el Todopoderoso lo ha jurado “para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros” (Hebreos 6:18).

Como nuestro padre Abraham (Gálatas 3:29), somos llamados a creer “contra toda esperanza” (Romanos 4:18). La Biblia nos asegura que habrá un remanente final que guardará “la fe de Jesús” (Apocalipsis 14:12). Ellos experimentarán lo que nos dice Ezequiel 16:61,62: “Y te acordarás de tus caminos y te avergonzarás, cuando recibas a tus hermanas, las mayores que tú y las menores que tú, las cuales yo te daré por hijas, mas no por tu pacto, sino por mi pacto que yo confirmaré contigo; y sabrás que yo soy Jehová”.

“Si fuéremos infieles, él permanece fiel; Él no puede negarse a sí mismo” (2 Timoteo 2:13).

Autor: Fernando Arenales. Iglesia Adventista de Cardedeu.
Imagen: Photo by Gift Habeshaw on Unsplash