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Llevábamos siglos allí. Mucho antes de que aquellos hombres aprendieran a discutir sobre la ley, antes incluso de que algunos de ellos nacieran, nosotras ya descansábamos en el templo. Habíamos sentido miles de pasos sobre nosotras: peregrinos cansados, sacerdotes apresurados, ancianos apoyándose lentamente en sus bastones, niños corriendo entre columnas gigantescas mientras sus madres intentaban hacerlos callar.

Conocíamos el sonido de las oraciones sinceras y también el de la religión vacía. Sabíamos distinguir el temblor de un pecador arrepentido de la voz dura de quien se siente justo.

Pero aquella mañana fue distinta.

NOS ARRANCARON DEL SUELO

Nos arrancaron del suelo con violencia. Las manos que nos sujetaban estaban tensas. Había rabia en los dedos, prisa en la respiración y una especie de satisfacción oscura en los ojos de aquellos hombres. Arrastraban a una mujer. Apenas podía sostenerse en pie. La empujaron hasta dejarla delante del rabí galileo que enseñaba en el templo desde temprano.

Lo escuchamos todo. La acusación. La vergüenza pública. La referencia inmediata a Moisés. La pregunta tramposa.

«En la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?»

No les interesaba realmente la mujer. Tampoco la pureza del templo. Ni siquiera la ley que decían defender. Nosotras podíamos sentirlo en la fuerza con que nos apretaban: odiaban más a Jesús que al pecado de aquella mujer. Esperaban que eligiera entre la misericordia y la verdad para poder destruirlo con cualquiera de las dos respuestas.

Pero él no respondió de inmediato. Simplemente se inclinó. Mientras la rabia endurecía las manos que nos sujetaban, él tocaba el polvo del templo con sus dedos. Nosotras sentíamos dedos tensos, mandíbulas apretadas y respiraciones agitadas. Pero en él no había violencia. Sólo una calma imposible de explicar.

Después levantó la mirada y pronunció unas palabras que atravesaron el templo con más fuerza que cualquier grito:

«El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.»

Entonces ocurrió algo que nunca habíamos visto. El silencio empezó a pesar más que la violencia. Las manos comenzaron a aflojarse. Una a una fuimos cayendo sobre el suelo del templo. Primero nos soltaron los más viejos. Después los demás. Algunos evitaban mirar a Jesús. La vergüenza y el miedo habían tomado el lugar de la rabia mientras se alejaban en silencio. Ninguno soportó quedarse demasiado tiempo delante de la verdad.

Y allí quedó sólo Jesús con la mujer. El único verdaderamente santo fue el único que decidió no condenarla:

«Vete y no peques más.»

Nosotras habíamos sido levantadas para ejecutar muerte. Pero en las manos de Jesús, la verdad no destruía al pecador; lo llamaba a una vida nueva.

«YO SOY LA LUZ DEL MUNDO»

Sin embargo, la historia no terminó allí. Nos quedamos en el templo escuchándolo enseñar durante horas. Y cuanto más hablaba él, más incómodos estaban ellos.

«Yo soy la luz del mundo», dijo Jesús. Pero ellos amaban demasiado sus sombras. Jesús hablaba del Padre como quien lo conocía íntimamente. Decía que venía de arriba mientras ellos sólo sabían mirar las apariencias. Les advirtió que el tiempo se agotaba y que, si rechazaban la verdad, morirían en sus pecados. Pero ellos no entendían. O quizá no querían entender.

Se aferraban a Abraham como quien se aferra a una bandera religiosa. Repetían orgullosamente que nunca habían sido esclavos de nadie, sin darse cuenta de que el odio ya los había esclavizado por dentro.

Entonces Jesús pronunció palabras insoportables para quienes habían convertido la religión en un refugio para el orgullo:

«La verdad os hará libres.»

Aquello los irritó todavía más. Porque la verdad siempre resulta ofensiva para quien ya se cree justo. Jesús les dijo que Abraham habría reconocido su voz. Que los hijos verdaderos de Abraham no desean matar a quien trae la verdad de Dios. Les habló con una claridad brutal: el odio que llenaba sus corazones no venía del Padre celestial.

«Vosotros sois de vuestro padre el diablo, porque él ha sido homicida desde el principio.»

Cuando declaró: «Antes que Abraham fuese, yo soy», el templo entero pareció contener la respiración.

LA SEGUNDA VEZ

Entonces volvieron a buscarnos. Dedos tensos de nuevo. Las mandíbulas, apretadas. La misma furia de antes, disfrazada esta vez de celo espiritual. Nos levantaron del suelo por segunda vez aquel día. Pero esta vez, el hombre que tenían delante no bajaba la mirada avergonzado. Era el «Yo Soy».

Y todavía no había llegado su hora.

Cuando Jesús salió del templo, nosotras permanecimos allí. Frías. Silenciosas. Inmóviles.

Testigos mudos de un amor tan inmenso que, siglos después, todavía sigue haciendo hablar a las piedras en el templo.

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Revista Adventista de España
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