Espiritual

Espacio y tiempo reversibles

Gracias, Señor, por poner delante de mí la victoria final sobre el mal de manera tan vívida en el Apocalipsis como si ya fuera un hecho.

Gracias, Señor, por poner delante de mí la victoria final sobre el mal de manera tan vívida en el Apocalipsis como si ya fuera un hecho.

“Estuve en espíritu en el día del Señor” (Apoc. 1: 10; versión Torres Amat).

Una de las peculiaridades del Apocalipsis es su plasticidad espacial y temporal. En él, Juan es capaz de ir en visión de un escenario a otro del conflicto cósmico, y de viajar hacia atrás y hacia adelante en el tiempo sin moverse de su presente histórico. En 1: 10, por ejemplo, anuncia que buena parte del contenido visionario de su libro tiene que ver con el desenlace final de la historia, con el momento futuro de la intervención divina en los asuntos humanos, con “el día de Jehová” del Antiguo Testamento.[1] La enorme brecha temporal que separaba su época del futuro distante es así zanjada en un abrir y cerrar de ojos.

La historia del conflicto entre el bien y el mal, de principio a fin

Otro ejemplo notable de reversibilidad espacial y temporal se encuentra en Apocalipsis 12, el corazón mismo del libro junto con el capítulo 13. Allí se recorre la historia del conflicto entre el bien y el mal desde su origen mismo en el cielo hasta su fin, coincidente con la entronización del rey Mesías. Se pasa asimismo revista a la historia del pueblo de Dios, representado como su esposa, desde la promesa de un Salvador, hecha a Eva en Génesis 3: 15, hasta el fin mismo. Pasado, presente y futuro se alternan, entrelazan, revierten y superponen una y otra vez en esa síntesis de la historia de la salvación. En el Apocalipsis, futuro, presente y pasado son a menudo contiguos e intercambiables. El cielo y la tierra también se alternan, entrelazan y revierten vez tras vez como escenarios del conflicto entre el bien y el mal.

Del dragón al pueblo de Dios y viceversa

 Así, en Apocalipsis 12 se pasa del inicio de la era cristiana (vers. 2) a la guerra, aún futura para Juan, del dragón contra el pueblo de Dios (vers. 3, 4a[2]), para volver al comienzo (vers. 4b, 5), y de allí nuevamente al ataque del dragón, mediado por la iglesia medieval, contra los fieles de Dios (vers. 6). De allí, Juan vuelve atrás en visión hasta el pasado remoto y contempla en algún lugar del universo la expulsión de los ángeles rebeldes, con Lucifer a la cabeza (vers. 7-9).[3]

Acto seguido, es testigo en el futuro distante de la instalación del reino de Dios y la vindicación de sus fieles (vers. 10, 11). Inmediatamente, vuelve en los versículos 13 a 16 a la guerra librada por el dragón contra los fieles de Dios (la mujer), esta vez a partir del ascenso y entronización del Mesías en el año 31,[4] y hasta el fin del conflicto, con un final deliberadamente abierto en los versículos 17 y 18, un desafío e invitación implícitos y semejantes al de Apocalipsis 13: 9, 19; 14: 12. Incluso el éxodo, la persecución lanzada por el dragón faraónico[5] en pos del pueblo de Dios recién liberado, el peregrinaje en el desierto[6] y aun la rebelión de Coré, Datán y Abirán (12: 16) son aludidos en el capítulo 12.

Habla como dragón, ¿eco del engaño de la serpiente?

A su vez, muchos han visto en el “habla como dragón” de Apoc. 13: 11 un eco del engaño de la serpiente (drákōn en griego) a la mujer en el Edén (Apoc. 12: 9), en el comienzo mismo del conflicto en la tierra.  Del mismo modo, en los siete sellos, trompetas y copas, se pasa revista a la parte crucial de la historia del gran conflicto desde una perspectiva cada vez diferente, con lo que la estructura narrativa y literaria del Apocalipsis se asemeja a una espiral extendida, en la que se combinan la recapitulación y la progresión, como en Daniel 2, 7, 8 y 11. En cada ciclo, la victoria final de Dios y de sus fieles está siempre a la vista como anticipo y garantía que los alienta a proseguir hacia y hasta la anhelada meta.

Una oración para hoy: Gracias, Señor, por poner delante de mí la victoria final sobre el mal de manera tan vívida en el Apocalipsis como si ya fuera un hecho. Ayúdame a no perder de vista la meta a pesar de los obstáculos en mi camino.

Hugo Cotro. Pastor, doctor en Teología y docente universitario de destacada trayectoria. Actualmente ejerce su ministerio como profesor en la Universidad Adventista del Plata, Entre Ríos, Rep. Argentina.
Imagen: Photo by Louis Maniquet on Unsplash

NOTAS:

[1]Variantes de la expresión griega traducida como “día del Señor” en Apoc. 1: 10 aparecen también en la versión griega de Isa. 13: 9; Eze. 30: 3; Joel 2: 1, 11; Amós 5: 18, 20; Abdías 1: 15; Sof. 1: 7, 14; 2: 2; Zac. 14: 1; Mal. 4: 5; cf. 2 Tes.  2: 2. La visión de Juan pudo haber tenido lugar en sábado (Gén. 2: 2, 3; Éxo. 20: 8-11; Deut. 5: 12-15), observado por la iglesia cristiana hasta el siglo IV, cuando el culto dominical al sol fue cristianizado e impuesto en occidente. Véase al respecto Samuele Bacchiocchi, From Sabbath to Sunday: A Historical Investigation of the Rise of Sunday Observance in Early Christianity (Roma: The Pontifical Gregorian University Press, 1977); Ranko Stefanovic, “´The Lord’s Day´ of Revelation 1:10 in The Current Debate”, Andrews University Seminary Studies 49 (2), 2011, 261-284.

[2]Nótese que, a diferencia de 12: 9, donde tanto el dragón como sus “ángeles” (no dice “estrellas”) son arrojados a la tierra por Dios, en 12: 3 es el dragón, no Dios, quien arroja parte de las “estrellas” (no dice “ángeles”) a la tierra, lo que armoniza con Dan. 8: 10, 24, donde el pueblo fiel de Dios (8: 24) es comparado con estrellas (8: 10; 12: 3) echadas por tierra y pisoteadas por el mismo poder representado en Dan. 7: 25 como un cuerno o poder derivado del imperio romano (la cuarta bestia de Dan. 7).                          

[3]La “sangre del Cordero” mencionada en 12: 11 en conexión con la expulsión del dragón acusador en 12: 10 sugiere una doble derrota y expulsión del dragón. La primera ocurrida en un momento indeterminado del pasado remoto, antes de la historia (12: 7-9), y otra en ocasión de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, cuando resucitó y ascendió tras desenmascarar con su vida y su muerte a Satanás como mentiroso y asesino ante el universo, vindicando así el carácter de Dios ante el universo (Apoc. 12: 10, 11; ver Gén. 3: 1-5; Juan 8: 44; 12: 31-33; 1 Juan 3: 8).

[4]Herodes ya no es aquí el instrumento del dragón contra el pueblo de Dios, como en el vers. 4, sino que se vale ahora de los líderes del judaísmo (véase Mat. 5: 10-12; 23: 29-39; Mar. 13: 9-13; Hech. 8: 1-3; Apoc. 2: 9; 3: 9).

[5]Sal. 73: 13, 14; Isa. 19: 1, 5; 27: 1; 30: 7; 51: 9, 10; Eze. 29: 3; 32: 2, 3.

[6]Acerca del número 42 en Apoc. 13: 5 como una posible alusión, junto con los 1.260 años de persecución medieval contra los disidentes cristianos (Apoc. 12: 6, 14), a las 42 ocasiones en que el pueblo de Dios se detuvo en el desierto durante los 42 años de su travesía hacia la Tierra Prometida según Núm. 14: 34 y 33: 1-50, véase Roy Naden, The Lamb among the beasts [El Cordero en medio de las bestias] (Hagerstown: Review and Herald, 1996), 170. 171.