Hay muchas formas de considerar a Cristo. Por ejemplo: hay cuatro evangelios en el Nuevo Testamento. Cada uno presenta a Cristo resaltando algún aspecto de su vida y obra.

Para Mateo, Jesús es Dios con nosotros. Así lo indica al inicio del evangelio, al presentar a Cristo como “Emmanuel, que significa Dios con nosotros” (Mateo 1:23); y al finalizar su registro de la historia de Jesús, lo hace con sus palabras finales a los discípulos: “Y yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20).

El evangelio de Marcos destaca a Jesús como el Todopoderoso. Inicia con la predicación de Juan que anunciaba que vendría uno “más poderoso” y su registro resalta los hechos portentosos de Cristo concluyendo que también le otorgará poder a sus seguidores: “Estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios, hablarán nuevas lenguas, tomarán serpientes en las manos y, aunque beban cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Marcos 16:17-18).

A Lucas le gusta mostrar a Jesús como el Salvador. Pone en boca de María la alabanza a Dios como Salvador (Lucas 1:47), en el mensaje de los ángeles a los pastores el nacimiento de “un Salvador, que es Cristo el Señor” (2:11), y Simeón tomó a Jesús en sus brazos y exclamó que habían visto sus ojos la salvación (2:24), Juan el bautista proclamando que toda “carne vería la salvación de Dios” (3:2), y los momentos en que Jesús realizaba milagros diciendo “tu fe te ha salvado” (7:50; 8:48, 50; 17:19; 18:42) y hacia el final del evangelio destaca que “el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido2 (Lucas 19:10).

El último evangelio, el de Juan, presenta a Cristo como la Palabra de Dios hecha carne, aquella en la que hay que creer para tener vida (Juan 1:14). Juan dice, “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:16-17). Y concluye su registro de la vida de Cristo con las siguientes palabras, “Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31).

Aunque mucho más se podría decir de Cristo como “Dios con nosotros”, ese Dios que se hizo carne para traer vida y que actuó poderosamente en nuestro favor para salvarnos, no todos lo consideraron así en su tiempo. Por ejemplo, cuando Jesús llegó a su propio pueblo, Nazaret, sufrió una triste decepción. Era el lugar que lo vio crecer, que lo apreció por su forma de ser, en cuya sinagoga presentó en qué consistía su ministerio público basado en la profecía de Isaías que decía, “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos y a predicar el año agradable del Señor” (Lucas 4:18-19). Sin embargo, aunque se maravillaban de sus palabras de gracia no quisieron creer la evidencia que presentaba sobre su divinidad. Dudaron de su persona, ¿quién es este Jesús? ¿Acaso se cree el Mesías? ¿No es el hijo del carpintero? Llegaron al punto de intentar matarlo. Y debido a su incredulidad, Jesús no pudo hacer allí ningún milagro como en las otras aldeas que visitó (Lucas 4). Para ese pueblo, Jesús fue solo el hijo del carpintero.

Nuestra situación ante Dios no depende de la cantidad de luz o comprensión que tenemos sobre un tema, sino de lo que hacemos con esa luz. Aquellos que sin conocer a Dios escogen hacer lo correcto se encuentran en mejor situación que los que recibieron mucha luz y dicen servirlo contradiciendo en su vida esa luz que recibieron. Cristo se presenta como Dios para toda la humanidad. Un Dios generoso y con deseos de relacionarse con los seres humanos. Reflexionemos sobre cómo consideramos a Jesús, si solo como el hijo del carpintero o como Dios que está con nosotros en forma poderosa para salvarnos si creemos en él.

 

Silvia C. Scholtus Dra. en Teología Coordinadora del Centro Histórico Adventista Universidad Adventista del Plata, Argentina

Foto: Dominik Scythe en Unsplash

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