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¿Quién no ha oído la fábula del elefante y el escorpión? El elefante se disponía a cruzar un caudaloso río. Su imponente tamaño impediría que fuera arrastrado por la corriente. No era este el caso del escorpión, que también quería pasar al otro lado. Así, le propuso al elefante que le permitiera cruzar sobre su lomo. El gigante se negó rotundamente. «¡Si me aguijonearas, yo moriría!» «¿Por qué haría yo algo así, si también moriría?», contestó el escorpión. Aquello pareció razonable al elefante, y accedió. Cuando estaban en medio del río, el elefante sintió una aguda punzada en su lomo. Pasmado, exclamó: «¿Por qué lo hiciste? ¡Ahora ambos moriremos!» Contestó el escorpión: «No pude evitarlo, es parte de mi naturaleza». Lo mismo ocurre con el mal. Tarde o temprano, solo produce sufrimiento. Es parte de su naturaleza (Juan 8:44). Como un bumerán de acción – consecuencia.

Es común en la literatura apocalíptica bíblica que se destaque algún punto por insistencia, representándolo de maneras diferentes en distintos lugares del documento. Daniel 2, 7, 8 y 11 son un claro ejemplo de esto. Los metales, las bestias y los reyes del norte y del sur representan lo mismo: potencias políticas y político-religiosas del pasado, del presente y del futuro. En Apocalipsis 17, la súbita ruptura de la alianza entre un conglomerado de poderes políticos (la bestia y sus cuernos) y la multiforme apostasía espiritual (la prostituta-adúltera) está en paralelo con la simbólica desaparición de las aguas del Éufrates en ocasión de la sexta copa de Apocalipsis 16 (ver también Apoc. 17:15).

El mal y los malos

La ciudad-ramera Babilonia pierde finalmente el apoyo de sus amantes, de la bestia que antes fue su cabalgadura y su consorte ilegítimo (Apoc. 17:2; 18:3, 9). El mal nunca es redituable, siempre paga con el mal. No hay lealtad entre quienes se asocian con el mal y para lo malo. El mal no solo es destructivo; también es autodestructivo. Este fenómeno se parece a lo que pasa con el bumerán, que siempre regresa a quien lo arrojó.

El clamor del Cielo en Apocalipsis 12:12 es: «Ay de los moradores de la tierra y del mar…» ¿Quiénes son estos moradores? Los mismos que ruegan a los montes y a las piedras que los oculten del Cordero en ocasión de su regreso glorioso a la Tierra (Apoc. 6:15-17).

Los mismos que hostigan a los fieles de Dios y blasfeman contra él en el contexto final de las copas (Apoc. 16). Son quienes «no tienen reposo de día ni de noche» tras haber echado su suerte con los poderes de las tinieblas disfrazados de luz (Apoc. 14:11; 2 Cor. 11:14). Son quienes ansiarán morir (Apoc. 9:6) a causa de la insoportable tortura mental, emocional y espiritual que les infligirá el dragón Satanás, el mismo que los convenció de que la marca de la bestia los ponía a salvo del sufrimiento que ahora experimentan y para el que ya no habrá entonces restricción divina.

Acción – consecuencia

Dios no es el autor de sus padecimientos, sino quien restringe temporariamente la acción letal del mal sobre los propios agentes de este hasta que confirman pública e indeclinablemente su adherencia al dragón y al dúo bestial de Apocalipsis 13 (Apoc. 7:2, 3; 9:1-21; 2 Tes. 2:9-12; 1 Cor. 5:5). El efecto bumerán, la inexorable ley de la siembra y la cosecha, de la acción y la reacción, los alcanzará finalmente. Quien juega con fuego se quema. Entre las coaliciones del mal, todo vale, incluso traicionar a los aliados.

El talón de Aquiles de la delincuencia, por muy organizada que esté, es la deslealtad entre cómplices. Golpes o crímenes aparentemente perfectos fueron descubiertos cuando algún integrante de la banda traicionó al resto por despecho o por ambición. «El salario del pecado es la muerte» (Rom. 6:23). Es el escenario que nos presenta Juan: «Los diez cuernos y la bestia que has visto le cobrarán odio a la prostituta. Causarán su ruina y la dejarán desnuda; devorarán su cuerpo y la destruirán con fuego» (Apoc. 17:16, NVI).

Autor: Hugo Cotro, pastor, doctor en teología y docente universitario de destacada trayectoria. Actualmente, ejerce su ministerio como profesor en la Universidad Adventista del Plata, Entre Ríos, Rep. Argentina.
Imagen: Foto de Zhivko Minkov en Unsplash

 

PUBLICACIÓN ORIGINAL: El efecto bumerán

 

Revista Adventista de España