Espiritual

El ecumenismo en los tiempos finales

Jesús buscaba una unidad espiritual del cuerpo de todos los creyentes. Una unidad invisible, sobre el único fundamento que es Cristo.

Jesús buscaba una unidad espiritual del cuerpo de todos los creyentes. Una unidad invisible, sobre el único fundamento que es Cristo.

Frente a la enorme división religiosa del mundo judío (fariseos, saduceos, celotes, herodianos, esenios), las disensiones constantes entre sus propios discípulos, buscando los mejores puestos en el supuesto futuro gobierno de su Maestro, y conociendo el fraccionamiento futuro de su iglesia, Jesús ora por la unidad: “que sean uno, así como nosotros somos uno” (Jn 17:22). Hoy el cristianismo ha tomado esa oración como el fundamento del movimiento ecuménico, que busca la unidad de las más de 33.000 denominaciones cristianas que hay en el mundo. En este artículo no entraremos en la historia de la formación del movimiento ecuménico,  solo presentaremos brevemente su configuración actual, sus pretensiones, peligros, y el papel fundamental que tendrá en los movimientos finales, anunciados por la profecía bíblica.

[puedes leer el artículo titulado El diálogo interreligioso para una visión complementaria de este asunto]

Breve configuración actual del ecumenismo

Dentro de un mundo globalizado, que parece unirse a todos los niveles, es normal que también se busque la unidad a nivel religioso mediante el movimiento ecuménico. Una de sus definiciones sería: “el movimiento ecuménico cristiano es el esfuerzo para convertir el ideal de la unidad cristiana en una realidad concreta aquí en el mundo por medio de la cooperación internacional y de la unión orgánica de las denominaciones.”

Este movimiento surgió en el siglo XX dentro del mundo protestante, e impulsado por él durante los primeros cincuenta años, culminando en la formación del Concilio Mundial de las Iglesias (CMI), que tuvo su primera asamblea en 1948. Actualmente agrupa 348 credos y confesiones religiosas con más de 600 millones de cristianos de 120 países. La Iglesia adventista no pertenece al CMI[1], porque como argumenta John Graz sobre este organismo ecuménico:

  1. Respeta las creencias de otro, pero es menos rígido acerca de sus creencias propias […] Para los ecuménicos, mostrar arrogancia doctrinal es especialmente pecaminoso.
  2. La verdad no es absoluta, sino relativa.
  3. Para muchos ecuménicos, la Biblia no es autoridad normativa. La prioridad es la experiencia.
  4. La prioridad es solucionar los problemas sociales y no salvar del pecado a cada ser humano.[2]

Aunque la Iglesia católica primero fue hostil al ecumenismo protestante, todo cambió con el Concilio Vaticano II (1962-1965) y su decreto alentando el ecumenismo Unitatis redintegratio (1964). De aquí surgió el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos (CPPUC), cuyo primer presidente fue el cardenal Agustín Bea, y que trabaja exclusivamente para la unión con las iglesias protestantes, así como el acercamiento a las iglesias orientales y al judaísmo. Desde entonces se ha desarrollado un dialogo y colaboración constante entre el CPPUC católico y el CMI protestante, apoyado por varias encíclicas de los papas actuales como la Ut unum sint (1995) de  Juan Pablo II. Pero realmente, ¿esperan católicos y protestantes el mismo tipo de unión? ¿O nada tiene que ver la unión que buscan los católicos con la que esperan los no católicos? Podríamos sintetizar el ecumenismo actual en tres interpretaciones de unión:

  1. Unidad cristiana solo a nivel espiritual, sin una organización que la sustente, entre hermanos que se fundamentan en la doctrina neotestamentaria y en una vivencia con Jesús. Hoy todavía gran parte de las iglesias protestantes están a favor de esta visión ecuménica.
  2. La unidad cristiana debe demostrarse mediante un “federalismo eclesiástico”, a través de consejos y asociaciones locales, nacionales y mundiales que demuestren una unidad esencial, pero manteniendo la identidad denominacional y sin unión orgánica. Actualmente el CMI se rige por esta organización federativa, aunque su finalidad es alcanzar la unión orgánica.
  3. La unidad cristiana debe manifestarse en una sola unidad eclesiástica mundial. De momento se tolera a los creyentes que tienen las visiones anteriores, esperando que entiendan la necesidad de esta unión completa en un único redil. Este es el ecumenismo por el que lucha la Iglesia católica.[3]

Hoy Roma propugna y lidera un ecumenismo que aparentemente busca la reconciliación de los cristianos, mediante el acercamiento colectivo de las diversas confesiones, pero esta reunificación solo se concibe como el retorno de los hermanos separados al seno de la madre iglesia.[4]

El ecumenismo para Roma

En su encíclica sobre la unidad de la iglesia,  Satis  cognitum (1896), León XIII establece las dimensiones esenciales de la unidad según la voluntad de Jesucristo. En  primer lugar, la unidad en la fe, pero sujeta al magisterio auténtico y perenne de la Iglesia, para mantener la unidad de pensamiento. Esta unidad de fieles, como sociedad,  conlleva ineludiblemente un poder supremo que la gobierne. El Primado de Pedro fue instituido por Cristo con esta finalidad, y por lo tanto la sumisión al papa es el principio irrenunciable a la unidad visible de la Iglesia. Esto fue confirmado en 1949 por la Congregación del Santo Oficio en Ecclesia catholica, donde se fijan los verdaderos principios del ecumenismo católico, dejando muy claro que la verdadera unión no podrá obtenerse sino en la verdad total e íntegra de toda doctrina católica.

Juan XXIII (1958), el fundador del Vaticano II, que abre la Iglesia al mundo e institucionaliza el ecumenismo católico, declara en su encíclica Ad Petri Cathedram  que la “unidad  de doctrina, de gobierno y de culto” con la que Cristo ha enriquecido a su iglesia falta en las comunidades separadas. Su sucesor Pablo VI, en la apertura de la segunda sesión del Vaticano II, mostró con precisión la finalidad ecuménica del concilio y la postura frente a los hermanos separados:

“…este concilio, al mismo tiempo que llama, cuenta y guarda en el redil de Cristo las ovejas que lo forman y que le pertenecen con pleno y justo derecho, abre también la puerta, levanta la voz y espera ansioso tantas otras ovejas de Cristo que no están todavía en el único redil.”[5]

En esta interpretación tan particular de la parábola de la oveja perdida, Roma se considera “el único y auténtico redil”, donde el Espíritu Santo quiere reintegrar a todas “las ovejas perdidas” que un día abandonaron, según ellos, la única Iglesia cristiana verdadera. El papa se considera el único y verdadero pastor, al que Cristo ha comisionado para buscar y traer de nuevo al verdadero redil a los hermanos separados. Esto nos muestra, que por mucho diálogo y acercamiento ecuménico que hoy manifieste, Roma no ha renunciado ni un ápice a sus pretensiones de supremacía, ni lo hará jamás.

Raíces greco-romanas del ecumenismo católico

Pero ¿dónde se gestó esta voluntad irrenunciable de Roma a la supremacía y al dominio global? Para entender esto, solo hay que indagar un poco en sus raíces greco-romanas. Ambos imperios buscaron el dominio universal de la tierra, bajo el término oikoumenē.

“En el concepto de ecumenismo político antiguo está implícito una serie de temas y aspectos de gran complejidad como la unidad de la humanidad en el pensamiento antiguo, la idea de desarrollo, progreso y evolución; pero también es un concepto que implica conquista de territorios, pueblos y sociedades (…). Implica dominio, hegemonía, formas de gobiernos autocráticos y autoritarios, exclusión, discriminación y demonización de las diversas formas de alteridades y sus manifestaciones.”[6]

Ya Aristóteles había intuido que la organización de poderes supraciudadanos sobre amplias extensiones geográficas habría de dar paso a nuevas formas de gobierno en manos de hombres providenciales.[7] Hombres como Alejandro Magno o Augusto consideraron que la divinidad les había designado con el derecho de conquistar y dominar, pero también de pacificar y organizar el mundo entero (oikoumenē).

Este mismo concepto fue heredado por Roma, especialmente desde la época de Augusto, y  muy bien argumentado por historiadores clásicos como Polibio, Virgilio  y Estrabón. Entendieron que el gobierno de “un dominio universal anulaba las posibilidades de un gobierno constitucional, ni siquiera, de la constitución mixta y equilibrada de la que Roma había hecho gala”[8]. Además, era necesario que se le encargara esta misión a una sola persona, como si fuera un padre (ESTRAB., VI 4, 2; C 288). Augusto entendió que esta persona era él, investido con poderes imperiales y divinos (augusto), y consideró que la concesión del título de Pater Patriae era el cenit de su poder. Este título que se concedió a muchos emperadores romanos, se considera uno de los posibles orígenes del nombre del papa.[9]

Cuando Constantino I el grande “se convirtió” al cristianismo, lo hizo con fines exclusivamente geopolíticos, para asegurar la frágil cohesión de la oikoumenē romana. Con este fin convocó el Concilio de Nicea en el 325, donde fueron invitados los obispos de todo el «oikoumenē». En este concilio, la Iglesia cristiana comenzó a coligar la unión espiritual entre creyentes pedida por Cristo, con todos los conceptos de unión y dominio geopolíticos ecuménicos romanos. Cuando el Imperio romano occidental desapareció (476), el obispo de Roma ocupó el lugar de los emperadores, y adoptó toda su ideología religiosa y geopolítica ecuménica, a la que nunca ha renunciado desde entonces.

El ecumenismo en la profecía

El libro del profeta Daniel, en sus cuatro grandes visiones (Dn 2, 7, 8, 11),  describe muy detalladamente cómo la Roma papal sería el extraño sucesor del Imperio romano occidental, después de su caída frente a las invasiones bárbaras. En todas ellas, se manifiesta el deseo constante de unión de la Roma papal (barro, cuerno con ojos y boca, cuerno pequeño, rey del norte) con los diez reyes-reinos (trozos de hierro, diez cuernos, rey del sur) que dividieron al Imperio romano. Estos reinos no solo fundaron Europa, sino que colonizaron todo el resto del mundo, haciendo copias de sí mismos en toda la oikoumenē. Por eso son diez, porque en la Biblia el diez nos habla de totalidad,[10] lo que indica que el Imperio romano fue totalmente dividido en lo que hoy son todas las naciones del mundo.  Pero la profecía y la historia de la Edad Media nos confirman con todo detalle que esa unión “ecuménica” con todas las naciones del mundo siempre fue liderada y buscada por la Roma papal en su propio beneficio. El resultado fue la sumisión total del poder político, por 1260 años, al dominio constante y a la supremacía de la Iglesia católica.

Y mientras Roma tuvo la supremacía sobre el poder político de todas las naciones del viejo mundo, ¿qué “ecumenismo” mantuvo con las otras religiones? Actuó con la misma intransigencia y violencia que el Imperio romano con sus enemigos. No olvidemos las Cruzadas contra todos los que Roma denominaba infieles, y que causaron millones de muertos; o la Sagrada Congregación del Santo Oficio de la Romana y Universal Inquisición que torturó y mató a millares de “herejes” por toda Europa.

Más de mil años antes de esta tragedia, el profeta Daniel ya había previsto estas acciones mortíferas de Roma: “hacía guerra contra los santos y los vencía” (Dn 7:21); “destruirá a los fuertes y al pueblo de los santos”  (8:24); “durante algunos días [1260 años][11] caerán a espada y a fuego, en cautividad y despojo” (11:33). Por eso Juan, en el Apocalipsis, nos presenta a la Roma papal como una “mujer ebria de la sangre de los santos y de la sangre de los mártires de Jesús” (Ap 17:6).  Hoy Roma llama a estos mártires “hermanos separados”, y pide perdón por los errores pasados. Pero ¿ha cambiado Roma realmente en sus pretensiones de supremacía? ¿O solo adopta una cara bondadosa, hasta que recupere toda su supremacía perdida frente a la Revolución francesa?

“La iglesia papal no abandonará nunca su pretensión a la infalibilidad. (…) Deróguense las medidas restrictivas impuestas en la actualidad por los gobiernos civiles y déjesele a Roma que recupere su antiguo poder y se verán resucitar en el acto su tiranía y sus persecuciones. (…) La iglesia romana abarca mucho en sus planes y modos de operación. Emplea toda clase de estratagemas para extender su influencia y aumentar su poder, mientras se prepara para una lucha violenta y resuelta a fin de recuperar el gobierno del mundo, restablecer las persecuciones y deshacer todo lo que el protestantismo ha hecho. El catolicismo está ganando terreno en todas direcciones” (El Gran Conflicto, 621-622)

El profeta Daniel advierte que poco antes de la segunda venida de Cristo, este poder “saldrá con gran ira para destruir y matar a muchos” (Dn 11:44). Apocalipsis 13 se suma al libro de Daniel, explicando cómo en un futuro próximo se creará una confederación mundial, que liderada por el protestantismo de los Estados Unidos de América, se unirá con el papado y le dará de nuevo el poder absoluto y perseguidor que tuvo durante la Edad Media. El versículo 15 es explícito al mostrar que este poder no solo hablará, sino que matará a todo el que no lo adore (13:15). Y Apocalipsis 17 deja claro que su ámbito de acción será mundial, porque de nuevo aparecen “los diez reyes(totalidad), que le entregarán al papado su poder y autoridad.

“Merced a los dos errores capitales, el de la inmortalidad del alma y el de la santidad del domingo, Satanás prenderá a los hombres en sus redes. Mientras aquél forma la base del espiritismo, éste crea un lazo de simpatía con Roma. Los protestantes de los Estados Unidos serán los primeros en tender las manos a través de un doble abismo al espiritismo y al poder romano; y bajo la influencia de esta triple alianza ese país marchará en las huellas de Roma, pisoteando los derechos de la conciencia” (Conflicto de los Siglos, 645).

Esta triste realidad no solo la vemos los adventistas y Elena de White. Escritores de la talla intelectual de Fiódor Dostoiewski, en su famoso capítulo El gran inquisidor, éste mantiene un monologo con Jesús, al que ha encarcelado, explicándole cuáles son los planes de Roma para el mundo:

“…nosotros (…) dueños de Roma y la espada de César, nos declaramos los amos del mundo. Sin embargo, nuestra conquista no ha acabado aún, está todavía en su etapa inicial, falta mucho para verla concluida; la tierra ha de sufrir aún durante mucho tiempo; pero nosotros conseguiremos nuestro objeto, seremos el César y, entonces, nos preocuparemos de la felicidad universal. (…) Y nosotros nos sentaremos sobre la bestia y levantaremos una copa en la que se leerá la palabra “Misterio”. Y entonces, sólo entonces, empezará para los hombres el reinado de la paz y de la dicha. (…) Les convenceremos de que no serán verdaderamente libres, sino cuando nos hayan confiado su libertad.”[12]

Conclusión

Hoy Roma se sorprende que con todos los cambios efectuado por el Vaticano II, la Iglesia adventista no acepte entrar en ningún convenio ecuménico y que siga viendo con absoluto recelo a un papa tan amigable como Francisco.[13] Pero la explicación es sencilla: con un conocimiento profundo de la historia pasada, y con una interpretación historicista de las profecías que nos permiten ver de forma clara e irrefutable el desarrollo de la historia de la Iglesia, desde sus orígenes hasta la segunda venida, no podemos entrar en una senda que está repitiendo los mismos errores del pasado.

No importa la cara bondadosa que hoy adopta Roma en su dialogo ecuménico, la Iglesia adventista solo tiene un redil al que anhela llegar: la nueva Jerusalén celestial. Solo tiene un pastor: Cristo. Y solo puede guiarse en sus decisiones por un “escrito está”. Esta última fue una de las expresiones más repetidas de Jesús frente a las tradiciones religiosas de su época; frente a las dudas y emociones de los que le rodeaban, presionándole para cambiar su modo de actuar; y frente al propio tentador, cuando pretendía su adoración a cambio del poder absoluto sobre “todos los reinos de la oikoumenē” (Lc 4:5).

Jesús sabía bien lo que era el ecumenismo romano. Nació bajo un edicto ecuménico de Augusto que buscaba afianzar su dominio geopolítico ordenando “que todo el oikoumenē  fuera empadronado” (Lc 2:1). Y nada más comenzar su ministerio, el diablo lo tentó ofreciéndole el dominio de esa oikoumenē. La contestación de Jesús fue “Al Señor tu Dios adorarás y solo a él servirás” (Lc 4:8). Y en su ministerio se volvió a ratificar cuando dijo “dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (Mc 12:17). La Iglesia adventista nunca aceptará entrar en lo que Cristo rechazó.

Sin duda Jesús quería la unidad de su Iglesia, y oró por ello. Pero Jesús buscaba una unidad espiritual del cuerpo de todos los creyentes. Una unidad invisible, sustentada por el Espíritu Santo, fundamentada en una misma fe, asentada en la “sola escritura”, y sobre el único fundamento que es Cristo. Hoy muchos cristianos de todas las denominaciones creen en esta unión espiritual de todas las ovejas de Cristo; buscan la verdad y son sensibles al llamado del Espíritu. Pronto oirán la voz del verdadero pastor llamando, y habrá un rebaño y un pastor” (Jn 10:16).

Autor: Sergio Martorell, secretario general de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en España.
Photo by Alex Grodkiewicz on Unsplash

NOTAS: 

[1]  Séptimo Día Adventista Iglesia, World Council of Churches, https://www.oikoumene.org/en/church-families/seventh-day-adventist-church?searchterm=adventist

[2] Graz, John, Temas de fe y libertad (Buenos Aires: ACES, 2009) 209

[3]  Anderson,  Justo, Historia de los bautistas, Tomo I (Colombia: Casa Bautista de Publicaciones 2004), 168-169

[4] Jose Mª Gomez-Heras, “Notas para una historia del ecumenismo católico desde sus orígenes al Vaticano II”, Diálogo Ecuménico, tomo 3, n.º 12, 1968, 412.

[5]  Concilio   Vaticano  II.   Constituciones.   Decretos.   Declaraciones  (Madrid,  BAC.  1965) 765-766.

[6] Mª José. Hidalgo de la Vega, “Algunas reflexiones sobre los límites del ecumenismo en el Imperio  Romano” Gerión, , 23, núm. 1, 2005, 274.

[7] Juan Manuel Cortés Copete, “Ecúmene, imperio y sofística”, Stud. hist., H.ª antig. 26, 2008, 135

[8] Ibidem

[9] Bastús i Carrera, Vicenç Joaquín. Diccionario histórico enciclopédico, Tomo IV (Barcelona: Roca,  1831) 454.

[10] Diez mandamientos, diez fuentes, diez candelabros, diez mesas, diez vírgenes, diez dracmas, etc.

[11] Los corchetes son nuestros.

[12] Fiódor Dostoyevski, Los hermanos Karamazov, (Freeditorial, 1879) 233

[13] Luis Santamaría del Río, Para los adventistas, el Papa sigue siendo el Anticristo, InfoCatolica, http://www.infocatolica.com/blog/infories.php/1409181156-para-los-adventistas-el-papa