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Disciplina eclesiástica. Tema complejo y sensible donde los haya. Permitid que comience mi escrito presentando el principio que estableció Jesús y que da sentido a la comunidad cristiana que conocemos como iglesia: De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra será desatado en el cielo (Mat. 18: 18). La iglesia, definida por Pablo como columna y defensa de la verdad (1 Tim. 3: 15), tiene el privilegio y la obligación de seguir, cuidadosamente, las instrucciones dadas por el Salvador al tratar con los miembros de iglesia que se equivocan. (EGW, Consejos para la iglesia, pág. 463).

No podemos añadir ni quitar, a la Palabra de Dios

En relación a la Palabra de Dios, se nos enseña que añadir o quitar del mensaje tiene consecuencias terribles. Así lo advierte Juan cuando, al terminar el libro de Apocalipsis, dice que quien añada o quite algo de lo escrito en el libro recibirá las plagas que están escritas en este libro, y Dios quitará su parte del libro de la vida y de la santa ciudad (Apoc. 22: 18-19). Moisés estableció el mismo principio cuando escribió: No añadáis ni quitéis palabra alguna a lo que yo os mando. (Deut. 4: 2). «Así dice Jehová«, sigue siendo la norma para la iglesia, por mucho que los tiempos y las costumbres cambien.

Así pues la iglesia no puede, ni tiene potestad alguna, para adaptar la verdad bíblica a los tiempos que corren. Las opiniones son pasajeras, pero los principios son eternos. Si el principio que da sentido a todo es el amor, conviene recordar que el amor no se define por emociones humanas, sino por la revelación divina. Depender de las emociones es algo traicionero que nos puede llevar a la confusión. El profeta Isaías advirtió en ese sentido con estas palabras: ¡Ay de los que a lo malo dicen bueno y a lo bueno malo! (Isa. 5: 20).

Ahora bien, ¿qué podría hacer que la iglesia, columna y baluarte de la verdad, pasara a llamar a lo bueno malo y a lo bueno malo? Cuesta imagina que esto pueda ocurrir. Pero la Biblia advierte de ello y, por herético que suene, es necesario que reflexionemos sobre tal peligro. Como veremos más adelante, cuando el cariño por alguien está por encima de la Palabra divina se impide a la iglesia ser fiel en su misión de levantar la verdad.

El amor no justifica la desobediencia

El apóstol Pablo, alguien de quien no se puede dudar, en cuanto al conocimiento de la gracia divina y la defensa del amor como «vínculo perfecto» (Col. 3: 14) en las relaciones humanas, afirma en términos poco ambiguos que un poquito de levadura fermenta toda la masa. (1 Cor. 5: 6). El contexto de tal afirmación tiene que ver con la disciplina a la que la iglesia es llamada en relación con aquellos que, llamándose cristianos deciden actuar deliberada y sistemáticamente en contra de lo que la Biblia enseña.

El que escribió las siguientes palabras: Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia. Soportaos unos a otros y perdonaos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Sobre todo, vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. (Col. 3: 12-14). También dijo: os escribí para que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con el tal ni aun comáis. (1 Cor. 5: 11).

Querida iglesia: amar lo es todo, pero el amor no debe justificar las actitudes que contradicen la Palabra de Dios. Es Pablo el que exhorta a la iglesia a lamentar ciertas actitudes y a «expulsar» a quienes las cometen. (1 Cor. 5: 2). Es el mismo Pablo quien se alegra por el resultado redentor que tuvo la acción de la iglesia para con aquel que, en amor, fue disciplinado para salvación. (2 Cor. 2: 5-8). La reprensión hecha con amor es un medio para alcanzar al pecador, pero si el amor es la excusa para no reprender al pecador, entonces ese amor muestra no comprender que lo que Jesús busca es la salvación y no solo la no confrontación.

La iglesia debe ser fiel

El problema es cuando, en nombre del amor, la comprensión y la tolerancia, a la iglesia se le impide actuar con fidelidad. Elena White comparte una experiencia que me hizo pensar: El prejuicio que se ha levantado contra nosotros porque hemos reprendido los males cuya existencia Dios me reveló, y la acusación que se ha suscitado de que somos duros y severos, es injusta. Dios nos ordena hablar, y no queremos callar. Si hay males evidentes entre su pueblo, y si los hijos de Dios los pasan por alto con indiferencia, en realidad éstos sostienen y justifican al pecador, son igualmente culpables y causarán como aquél el desagrado de Dios, porque serán hechos responsables de los pecados de los culpables.

Se me han mostrado en visión muchos casos que provocaron el desagrado de Dios por la negligencia de sus siervos al tratar con los males y pecados que existían entre ellos. Los que excusaron estos males fueron considerados por el pueblo como personas de disposición muy amable, simplemente porque rehuían el desempeño de un claro deber bíblico. La tarea no era agradable para sus sentimientos; por lo tanto, la eludían. (EGW, 1JT pág. 334).

Acusar a la iglesia de dura y severa, por ser fiel a la Palabra de Dios, es algo injusto. Ignorar con indiferencia los males y pecados que abundan en la iglesia traerá consecuencias que hoy muchos parecen querer ignorar.

En relación a esto, Jesús nos enseñó algo que nos puede costar llegar a entender, pero que es necesario que forme parte de nuestra fe: El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí. (Mat. 10: 37). En el Antiguo Testamento leemos que si te incita tu hermano, el hijo de tu madre, o tu hijo, tu hija, tu mujer o tu amigo íntimo a servir a dioses ajenos… no consentirás con él ni prestarás tu oído. (Deut. 13: 6-8).

Amar no es justificar, ni condenar. Amar es restaurar

Quizás sea esta la razón por la que Jesús dijo que cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna. (Mat. 29: 19). ¿Implica esto que si soy cristiano tengo que dejar de amar a los que ya no piensan como yo? De ninguna manera, sino más bien todo lo contrario. Es precisamente al pecador al que más debemos mostrar nuestro amor en el precioso nombre de Jesús. Amar no es justificar y, desde luego, tampoco es condenar. Cuando la iglesia disciplina, no debe condenar, sino restaurar. Atar en la tierra lo que ha sido atado en el cielo implica poner la revelación divina por encima de la emoción humana.

En relación a esto, Elena White escribe: Esta declaración (Mateo 18:18) rige para todos los siglos. A la iglesia ha sido conferido el poder de actuar en lugar de Cristo. Es instrumento de Dios para la conservación del orden y la disciplina entre su pueblo. En ella ha delegado el Señor el poder para arreglar todas las cuestiones relativas a su prosperidad, pureza y orden. A ella le incumbe la responsabilidad de excluir de su comunión a los que no son dignos de ella, a los que por conducta anticristiana deshonrarían la verdad. Cuanto haga la iglesia que esté de acuerdo con las indicaciones dadas en la Palabra de Dios será ratificado en el cielo. (EGW, 7TI, pág. 250).

Dios te bendiga, amada iglesia. Sé fiel, pase lo que pase. No hagas acepción de personas y restaura siempre con amor.

Autor: Óscar López, presidente de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en España.
Imagen: Photo by Sixteen Miles Out on Unsplash 

2 comentarios

  • Gladys Calsino Curie dice:

    Amén. Seamos fieles a la palabra de Dios.

  • Isabel Iniesta dice:

    Me parece muy oportuno este mensaje, creo que es hora de que al pecado se le llame por su nombre, estamos viviendo según veo una dejadez tremenda, como dirigentes de la iglesia tenemos una gran responsabilidad y si no somos capaces de cumplirla Dios nos pedira cuenta. Gracias,