La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto” (Apoc. 1: 1)

El Nuevo Testamento rebosa de certeza acerca del inminente regreso de Jesús a la tierra tras el cumplimiento de algunos eventos anunciados proféticamente en sus páginas. El Apocalipsis no sólo participa de esa certeza inminentista, sino que es donde ella resulta más patente. La carta profética y visionaria de Juan no sólo comienza y termina con esa nota de urgencia (1: 1, 3, 7; 22: 7, 10, 12, 20), sino que está saturada de expresiones como “pronto”, “en breve” y “el tiempo está cerca”.

En vista de ello, ¿cómo explicar el hecho de que ya hayan transcurrido veinte siglos sin que esa expectativa se haya cumplido? ¿Estaba Juan equivocado? ¿Acaso no provino su mensaje de Dios?

Para empezar, no sólo la revelación divina es progresiva, sino también su comprensión por parte de los seres humanos, incluso de los mismos escritores bíblicos que la recibieron y registraron. En otras palabras, la comprensión plena, de más largo alcance, de las revelaciones que Juan recibió en el siglo I era algo que estaba, en buena medida, más allá de su capacidad. Algo semejante ocurrió con Daniel siete siglos antes: “Y yo oí, mas no entendí. Y dije: Señor mío, ¿cuál será el fin de estas cosas? El respondió: . . . estas palabras están cerradas, selladas hasta el tiempo del fin” (Dan. 12: 8, 9; cf. vers. 4; 8: 26), el tiempo cuando Dios habría de iluminar a los que buscaran entender las profecías. A eso se refiere la “ciencia” o conocimiento mencionados en Daniel 12: 4.

Así, por ejemplo, el Espíritu Santo habilitó a Pedro en Hechos 2: 16-21 para percibir en la profecía de Joel 2: 28-32 una dimensión ulterior de cumplimiento que Joel no captó siete siglos antes.[1] Del mismo modo, Jesús no sólo profetizó la destrucción de Jerusalén a manos de los romanos en el año 70, sino que usó ese cumplimiento parcial de la profecía como una prefiguración histórica del cumplimiento pleno y escatológico de ella al fin de los tiempos, en ocasión de su regreso a la tierra (Mat. 24; Mar. 13; Luc. 21).[2]

En otro orden de cosas, algunos han definido a la profecía bíblica como “el rollo de la historia extendido por Dios de antemano ante los seres humanos” (cf. Juan 14: 29; Dan. 12: 4). Esto significa que en el Apocalipsis no sólo hubo relevancia y significado para Juan y su público inmediato, las iglesias del Asia Menor, tanto en el siglo I como en el futuro cercano y mediato, así como antes lo hubo para Daniel y su pueblo cautivo en Babilonia en el siglo VII a.C. Puesto que el conflicto entre el bien y el mal se ha desarrollado ininterrumpidamente en distintos escenarios y con distintos protagonistas a lo largo de la historia, las profecías de Daniel y del Apocalipsis tienen que ver tanto con el pasado como con el presente y el futuro, cercano y lejano. De allí que tanto las cartas a las siete iglesias como los sellos, las trompetas y las copas iluminan el desarrollo de la lucha entre el Cordero y el dragón particularmente desde el siglo primero en adelante y hasta el mismo fin.

En ese contexto, el historicismo ha visto en el terremoto de Lisboa de 1755, en el oscurecimiento del sol y la luna ocurridos en Norteamérica en 1780, y en la caída de las estrellas fugaces en la misma región en 1833 un cumplimiento de las señales descritas tanto en los evangelios (Mat. 24: 29, 30; Mar. 13: 24-26; Luc. 21: 25-27) como en el sexto sello (Apoc. 6: 12-17).

En el idioma original del Apocalipsis, la secuencia entre esas señales astronómicas precursoras del regreso de Cristo y este evento es continua e ininterrumpida. En tal sentido, es interesante que todas esas señales ocurrieron unas tras otras con una separación de apenas algunas décadas entre sí. Sin embargo, ese patrón de cumplimiento se discontinuó tras la lluvia meteórica de 1833. Ya han pasado casi dos siglos desde ese último evento sin que Cristo haya aún regresado. Explicando esa demora ajena a los planes originales de Dios, Elena de White escribió cincuenta años después, en 1883: “Si después del gran chasco de 1844 los adventistas se hubiesen mantenido firmes en su fe, y unidos en la providencia de Dios que abría el camino hubieran proseguido recibiendo el mensaje del tercer ángel y proclamándolo al mundo con el poder del Espíritu Santo, habrían visto la salvación de Dios y el Señor hubiera obrado poderosamente acompañando sus esfuerzos, se habría completado la obra y Cristo habría venido… para recibir a su pueblo y darle su recompensa”.[3]

¿Cuán pronto es “pronto”? No tan pronto como Juan parece haber pensado y anhelado.[4] No tan tarde como el siglo XXI según los planes originales de Dios. ¿Cuánto falta aún? En nuestro caso, y a diferencia de Juan, textos como Lucas 24: 14; 2 Pedro 3: 12 y declaraciones de como la citada anteriormente indican que falta tanto tiempo como el que el remanente fiel de Dios, lleno del Espíritu Santo, demore en compartir, por testimonio hablado y vivido, las buenas nuevas del amor de Dios y de su regreso con quienes aún las ignoran. En su soberanía y presciencia, Dios sabe cuándo ocurrirá exactamente esa cooperación plena entre lo divino y lo humano. Por eso, su regreso mismo es una garantía. A su vez, las condiciones actuales del planeta y de la humanidad parecen indicar claramente que nuestra anhelada redención está muy cerca.

Una oración para hoy: Señor Jesucristo, que yo anhele tanto tu regreso que no deje de compartir el gozo de la salvación con aquellos a quienes pongas hoy en mi camino. Sí, ven Señor Jesús.

Hugo Cotro. Pastor, doctor en Teología y docente universitario. Actualmente ejerce su ministerio como profesor en la Universidad Adventista del Plata, Entre Ríos, Rep. Argentina.

Foto: Ales Krivec en Unsplash

 

[1]Elena de White, a su vez, fue habilitada por el mismo Espíritu para discernir en esa misma profecía un cumplimiento pleno que ni Pedro ni Joel advirtieron. Véase en tal sentido El conflicto de los siglos, 1ª ed. (Boise, EE.UU.: Publicaciones Interamericanas, 1981), 12, 517.

[2] Véase El Deseado de todas las gentes, 1ª ed. (Boise, EE.UU.: Publicaciones Interamericanas,1984), 581-591.

[3]Mensajes selectos, 1ª ed. (Boise, EE.UU.: Publicaciones Interamericanas,1966), tomo 1, 77, 78.

[4]Acerca del sentido de inminencia que satura todo el mensaje del Apocalipsis como evidencia de una escatología más bien de corto plazo, Jon Paulien comenta: “Es probable que ninguno de los escritores bíblicos haya previsto la enorme extensión de la era cristiana” (“The Hermeneutics of Biblical Apocalyptic,” en Understanding Scripture: An Adventist Approach, ed. George W. Reid (Silver Spring, MD: Biblical Research Institute, 2005),  268.

 

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