Espiritual

C.S. Día 41. La liberación del pueblo de Dios

La Segunda Venida de Cristo es el día de la liberación. Las tumbas no pueden retener a aquellos que durmieron en Jesús. Su voz poderosa los despierta y los llama de nuevo a la existencia.

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La Segunda Venida de Cristo es el día de la liberación. Las tumbas no pueden retener a aquellos que durmieron en Jesús. Su voz poderosa los despierta y los llama de nuevo a la existencia.

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En la hora más sombría cuando parezca que el poder del mal está por vencer, aparecerá el símbolo de la alianza divina. Se oirá la voz clara y melodiosa de Dios que dice a sus hijos: “Enderezaos”. Los labios de los que guardaron la fe pronuncian una aclamación de victoria largamente soñada. “Es a medianoche cuando Dios manifiesta su poder para librar a su pueblo. Sale el sol en todo su esplendor. Se suceden señales y prodigios con rapidez… La naturaleza entera parece trastornada” y se oye una voz del cielo que proclama con poder: “Hecho es” (Apc.16:17).

La voz sacude los cielos y la tierra y se produce un terremoto cual no fue jamás desde que los hombres han estado sobre la tierra” (Apc.16:18). Este terremoto hace que los mismos fundamentos del plantea parezcan ceder. “El mar es azotado con furor… Se hunden cordilleras. Desaparecen islas habitadas… y las más soberbias ciudades de la tierra son arrasadas”.

El momento de la resurrección

Los sepulcros se abren y ‘muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados. Unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua’ (Dn.12:2). ‘Los que le traspasaron’ (Apc.1:7), los que se mofaron y se rieron de la agonía de Cristo y los enemigos más acérrimos de su verdad y de su pueblo, son resucitados. Podrán mirarle en su gloria y ver el honor con que serán recompensados los fieles y obedientes”.

Allí están los sacerdotes y los crueles soldados que se burlaron y dañaron a Jesús. La majestuosidad de Dios, su poder eterno e incomparable hace que los demonios tiemblen y confiesen la divinidad de Cristo. Mientras, los hombres claman por misericordia, acosados por el terror.

Los 10 mandamientos aparecen escritos en el cielo

Es el día anunciado por los profetas, el día de Jehová donde el resplandor de su majestad acabará con la altivez y soberbia de los hombres. Las caras de los fieles, “poco antes tan pálidas, tan llenas de ansiedad y tan demacradas, brillan ahora de admiración, fe y amor”. La ley divina es de nuevo revelada ante los hombres. Los diez preceptos que el mundo rechazó (los 10 mandamientos de la ley de Dios) son vistos en el cielo “inscritos como con letras de fuego”.

Es triste y desesperante ver a aquellos que pisotearon la ley y enseñaron que ésta había sido abolida porque se dan cuenta que no tienen disculpa. “Reconocen demasiado tarde que el día de reposo del cuarto mandamiento es la señal del Dios vivo. Ven demasiado tarde la verdadera naturaleza de su falso día de reposo y el fundamento arenoso sobre el cual construyeron. Se dan cuenta de que han estado luchando contra Dios”.

Desde el cielo se oye la voz de Dios que proclama el día y la hora de la venida de Jesús, y promulga a su pueblo el pacto eterno”.

Una pequeña nube negra, señal del Hijo del Hombre

Pronto aparece en el este una pequeña nube negra, de un tamaño como la mitad de la palma de la mano. Es la nube que envuelve al Salvador y que a la distancia parece rodeada de oscuridad. El pueblo de Dios sabe que es la señal del Hijo del hombre. En silencio solemne la contemplan mientras va acercándose a la tierra, volviéndose más luminosa y más gloriosa hasta convertirse en una gran nube blanca, cuya base es como fuego consumidor, y sobre ella el arco iris del pacto. Jesús marcha al frente como un gran conquistador.

Ya no es “varón de dolores”, que haya de beber el amargo cáliz de la afrenta y de la maldición; victorioso en el cielo y en la tierra, viene a juzgar a vivos y muertos… Con cantos celestiales los santos ángeles, en inmensa e innumerable muchedumbre, le acompañan en el descenso. El firmamento parece lleno de formas radiantes. Ninguna pluma humana puede describir la escena, ni mente mortal alguna es capaz de concebir su esplendor…

A medida que va acercándose la nube viviente, todos los ojos ven al Príncipe de la vida. Ninguna corona de espinas hiere ya sus sagradas sienes, ceñidas ahora por gloriosa diadema. Su rostro brilla más que la luz deslumbradora del sol de mediodía. ‘Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de señores” (Apc.19:16).

«Este es nuestro Dios, le hemos esperado y nos salvará»

Todo queda en silencio ante su presencia. Entonces se oye la voz de Jesús, que dice: “¡Sea suficiente mi gracia!”. Los justos lanzan un grito de triunfo mientras los ángeles cantan la victoria de Cristo. La escena es grandiosa: mientras “el cielo se recoge como un libro que se enrolla, la tierra tiembla ante su presencia, y todo monte y toda isla se mueven de sus lugares, […]

Los reyes de la tierra y los príncipes, y los ricos, y los capitanes, y los fuertes, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes” esperando que alguien los oculte de la ira del que está sentado en el trono y del Cordero. Ya no hay más burlas. Solo queda el dolor para los que rechazaron la gracia que recuerdan “avisos despreciados, invitaciones rechazadas, privilegios desdeñados”. En medio del espanto de los que rechazaron a Jesús, se pueden oír “las voces de los santos que exclaman en unánime júbilo: ‘¡He aquí este es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará!” (Is.25:9).

La tuba no retiene a los que durmieron en Jesús

Las tumbas no pueden retener a aquellos que durmieron en Jesús. Su voz poderosa los despierta y los llama de nuevo a la existencia. Los resucitados se levantan con la lozanía y el vigor de eterna juventud y unen sus voces con “los justos vivos en prolongada y alegre aclamación de victoria: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿dónde, oh sepulcro, tu victoria?” Entre los que despiertan, destaca la soberbia altura de Adán..

La degeneración que el pecado había causado en la raza humana es borrada y en la presencia de Cristo, todas las imperfecciones y deformidades desaparecen y “en un momento, en un abrir de ojos” los “fieles discípulos de Cristo aparecerán en “la hermosura de Jehová nuestro Dios”, reflejando en espíritu, cuerpo y alma la imagen perfecta de su Señor”.

Santos ángeles llevan niñitos a los brazos de sus madres. Amigos, a quienes la muerte tenía separados desde largo tiempo, se reúnen para no separarse más, y con cantos de alegría suben juntos a la ciudad de Dios”.

El viaje que hemos estado esperando

Es el viaje que hemos estado esperando. Las palabras no bastan para describir lo que ocurrirá a las puertas de la eterna morada. Nos reuniremos alrededor del Rey, “cuya majestuosa estatura sobrepasa en mucho a la de los santos y de los ángeles, y cuyo rostro irradia amor benigno sobre ellos”.

Sobre la cabeza de los vencedores, Jesús coloca una corona de gloria y en cada corona, “un nombre nuevo”. La música resuena y los redimidos cantan: “Al que nos amó, y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre, y nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios y su Padre; a él sea gloria e imperio para siempre jamás” (Apc.1:5-6). Entonces Jesús abre las puertas de la ciudad y con la voz más armoniosa que jamás hayamos oído pronuncia la bendición: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”.

Con amor inexpresable, Jesús admite a sus fieles “en el gozo de su Señor”. El Salvador se regocija al ver en el reino de gloria las almas que fueron salvadas por su agonía y humillación. Y los redimidos participarán de este gozo, al contemplar entre los bienvenidos a aquellos a quienes ganaron para Cristo por sus oraciones, sus trabajos y sacrificios de amor.

El encuentro entre Jesús y Adán

Jesús presenta al Padre a todos los redimidos y entonces se produce una escena preciosa: es el encuentro entre el primer Adán y Jesús. Al ver las heridas que el pecado ocasionó en el Salvador, Adán cae de rodillas a los pies de Jesús y exclama: “¡Digno, digno es el Cordero que fue inmolado!”. El Salvador lo levanta con ternura y lo invita a disfrutar de lo que un día se perdió.

Reconoce aquellos árboles, las vides que sus manos cultivaron las flores que habían sido su deleite. Comprende “que este es en verdad el Edén restaurado y que es mucho más hermoso ahora que cuando él fue expulsado” y come feliz del fruto del árbol de la vida que el Salvador le ofrece.

La emoción es intensa. Los ángeles que fueron testigos de la caída del hombre, del precio de la salvación y del encuentro entre Adán y Jesús unen sus voces a la alabanza que acompaña este precioso momento. La multitud de los redimidos está en pie sobre el mar de cristal, frente al trono y cantan ese cántico nuevo que solo ellos pueden cantar: “Es el cántico de Moisés y del Cordero, un canto de liberación”.

Dios enjugará toda lágrima

Han seguido al Cordero dondequiera que fuere y a partir de este momento saben que “no tendrán más hambre, ni sed, y el sol no caerá sobre ellos, ni otro ningún calor. Porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes vivas de aguas: y Dios limpiará toda lágrima de los ojos de ellos” (Apc.7:14-17). “Ya no seguirán siendo débiles, afligidos, dispersos y oprimidos. De aquí en adelante estarán siempre con el Señor”.

En esta vida, podemos apenas empezar a comprender el tema maravilloso de la redención. Con nuestra inteligencia limitada podemos considerar con todo fervor la ignominia y la gloria, la vida y la muerte, la justicia y la misericordia que se tocan en la cruz; pero ni con la mayor tensión de nuestras facultades mentales llegamos a comprender todo su significado. La largura y anchura, la profundidad y altura del amor redentor se comprenden tan solo confusamente.

Conoceremos mejor el precio de nuestra salvación

El plan de la redención no se entenderá por completo ni siquiera cuando los rescatados vean como serán vistos ellos mismos y conozcan como serán conocidos; pero a través de las edades sin fin, nuevas verdades se desplegarán continuamente ante la mente admirada y deleitada. Aunque las aflicciones, las penas y las tentaciones terrenales hayan concluido, y aunque la causa de ellas haya sido suprimida, el pueblo de Dios tendrá siempre un conocimiento claro e inteligente de lo que costó su salvación”.

En una de mis declaraciones favoritas, Elena White afirma: “La cruz de Cristo será la ciencia y el canto de los redimidos durante toda la eternidad. En el Cristo glorificado, contemplarán al Cristo crucificado”. El Amado de Dios, la Majestad del cielo, el Creador de todo y Aquel al que los ángeles se deleitan en adorar, se humilló para levantar al hombre caído. Llevó la culpa y la vergüenza del pecado dando su vida en el Calvario para que nosotros tengamos vida.

Al contemplar el sacrificio de Cristo, entenderemos su amor

Este pensamiento “despertará eternamente la admiración y adoración del universo”. El misterio de la cruz explica todos los demás misterios. Al contemplar el sacrificio de Cristo, entendemos los atributos de Dios: su misericordia, compasión y amor paternal se unen a la santidad, justicia y poder. En este lado de la eternidad, al conocer a Jesús, nos resulta hermoso y atractivo. Al otro lado de la eternidad entenderemos que no se “hubiera podido idear otro plan para salvarnos que el del sacrificio de su Hijo”.

Autor: Óscar López. Presidente de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en España. 

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