Espiritual

C.S. Día 34. El misterio de la inmortalidad

Cristo murió en nuestro lugar, pagó el precio de nuestro rescate. Es un regalo divino que permitirá que algún día podamos reunirnos con aquellos que ya no están.

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Cristo murió en nuestro lugar, pagó el precio de nuestro rescate. Es un regalo divino que permitirá que algún día podamos reunirnos con aquellos que ya no están.

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El engaño de Satanás y la elección del ser humano

Tras su expulsión del cielo, Satanás se propuso engañar a la raza humana. Sabía que su caída ocasionaría dolor en el corazón de Dios y diseñó una estrategia que le pudiera dar éxito. Sin presentarse con su verdadero carácter, puesto que esto hubiera ocasionado que Adán y Eva lo rechazaran, usó el disfraz y el engaño para hacerse pasar por quien no era.

¿Conque Dios os ha dicho: no comáis de todo árbol del huerto?” (Gn.3:1) fue la pregunta con la que entabló diálogo con Eva. Ya la tenía en su trampa. Le hizo ver que Dios era egoísta, restrictivo y mentiroso, haciéndole dudar del que antes había sido su amante Creador. Dios había advertido a la pareja que, si comían del fruto, con certeza iban a morir. La atrevida serpiente declaró: “No moriréis” … Escogieron creer al que mintió y desobedecer al que había dicho la verdad. Dios le dijo a Adán “Polvo eres, y al polvo volverás” mientras que la serpiente había dicho: “Vuestros ojos serán abiertos” … Cuando probaron el amargo fruto de la transgresión, se dieron cuenta que el plan de Dios era el único que les hubiera preservado del mal.

La consecuencia de traicionar a Dios

La consecuencia de la decisión del hombre es la muerte. Solo en Cristo, declara el texto bíblico, el hombre puede llegar a la “inmortalidad por el evangelio” (2ª Tim.1:10). Vivir ahora depende de creer. El “no moriréis” de Satanás fue “el primer sermón que haya sido jamás predicado sobre la inmortalidad del alma” pero no fue el último porque se oye “desde los púlpitos de la cristiandad, y es recibido por la mayoría de los hombres”. A pesar de que el texto dice claramente: “El alma que pecare, esa morirá” (Ez.18:20), la mayoría de cristianos creen que cuando uno muere, el alma vive eternamente. En la estrategia del enemigo, el primer paso fue el de convencer a los hombres de la inmortalidad natural del hombre para hacerle creer después que Dios, como cruel y vengativo tirano, castiga con el tormento eterno del infierno a todos aquellos que no le agradan.

Los engaños del enemigo

La mentira de los tormentos eternos

Se percibe a Dios con los atributos del enemigo. El gran seductor se esfuerza en atribuir su propia crueldad a nuestro Padre celestial. Presenta un mundo de libertad que, en realidad, no es más que una cruel servidumbre que lleva a la muerte. Es repugnante pensar que la cruel enseñanza según la cual los impíos son atormentados “con fuego y azufre en un infierno que arde eternamente, y por los pecados de una corta vida terrenal deben sufrir tormentos” es predicado en los púlpitos de la cristiandad. La Biblia es clara cuando Dios declara: “¡Vivo yo! dice Jehová el Señor, que no me complazco en la muerte del inicuo, sino antes en que vuelva el inicuo de su camino y viva. Volveos, volveos de vuestros caminos malos, pues ¿por qué moriréis?” (Ez.33:11). ¿Puede acaso el grito horrorizado del que sufre ser música para los oídos de Aquel que es amor infinito?

Como bien dice Elena White, es “incalculable el daño que ha producido la herejía de los tormentos eternos”. Los hombres rechazan al Dios del terror sin conocer al Dios de amor, de bondad y de misericordia que presenta la Biblia. Estas ideas espantosas se han propagado por el mundo desde los púlpitos consiguiendo que miles y hasta millones de se hagan escépticos y dejen de creer. Es verdaderamente inexplicable que los ministros de Cristo hayan aceptado esta herejía y la hayan proclamado, pero es el peligro que tiene alejarse de la Palabra y aceptar falsas enseñanzas.

El engaño de que se salvará toda la humanidad

Otra falsa enseñanza es justamente la contraria. Suponiendo que el alma es inmortal y, siendo que Dios es amor, hay quienes no ven otra alternativa: toda la humanidad será finalmente salvada. Así se estimula que vivamos vidas desordenadas sin tomarnos en serio la obra del Espíritu en nosotros. La intención del enemigo con tales sofismas es engañar a muchos y arrullarlos en la cuna de una seguridad que los llevará a la destrucción. Elena White se opone a tal visión al afirmar lo siguiente: “Los que se lisonjean con la idea de que Dios es demasiado misericordioso para ejecutar su justicia contra los pecadores, no tienen más que mirar a la cruz del Calvario. La muerte del inmaculado Hijo de Dios testifica que “la paga del pecado es muerte”.

La eternidad para quienes serán felices viviendo con Dios

Dios es amor y destruirá el pecado para siempre. Y lo hará porque precisamente Él es amor y “todas las manifestaciones de su justicia retributiva estarán perfectamente en armonía con el carácter de Dios, de un Dios misericordioso, paciente y benévolo”. Mi querido amigo, Dios no fuerza a nadie porque se complace en una relación de amor. Quiere que se le aprecie por lo que es, por su sabiduría y amor. La eternidad es para aquellos que se sienten atraídos por sus atributos de bondad, misericordia y amor y viven poniendo en práctica estos principios con Su ayuda. Si Dios ejecuta su justicia sobre los malos es para el bien del universo, y hasta para el bien de aquellos sobre quienes recaen sus juicios. El quisiera hacerlos felices, si pudiera hacerlo de acuerdo con las leyes de su gobierno y la justicia de su carácter, pero ellos desprecian su amor, invalidan su ley y rechazan su misericordia.

Elena White afirma: “La verdad no agradará nunca al mentiroso; la mansedumbre no satisfará jamás a la vanidad y al orgullo; la pureza no puede ser aceptada por el disoluto; el amor desinteresado no tiene atractivo para el egoísta. ¿Qué goces podría ofrecer el cielo a los que están completamente absorbidos en los intereses egoístas de la tierra?... Una vida de rebelión contra Dios los ha inhabilitado para el cielo. La pureza, la santidad y la paz que reinan allí serían para ellos un tormento; la gloria de Dios, un fuego consumidor. Ansiarían huir de aquel santo lugar. Desearían que la destrucción los cubriese de la faz de Aquel que murió para redimirlos. La suerte de los malos queda determinada por la propia elección de ellos. Su exclusión del cielo es un acto de su propia voluntad y un acto de justicia y misericordia por parte de Dios”.

Los muertos ya no existen, hasta el día de la resurrección

Es cierto que, a consecuencia del pecado de Adán, la muerte pasó a toda la raza humana, pero “en ningún pasaje de las Santas Escrituras se encuentra declaración alguna de que los justos reciban su recompensa y los malos su castigo en el momento de la muerte. La Biblia enseña a las claras que los muertos no van inmediatamente al cielo. Se les representa como si estuvieran durmiendo hasta el día de la resurrección. Largo o corto, el tiempo no les parecerá más que un momento. Duermen hasta que la trompeta de Dios los despierte para entrar en una gloriosa inmortalidad”. La teoría de la inmortalidad del alma fue una de aquellas falsas doctrinas que vinieron del paganismo y quedaron incorporadas en el cristianismo.

La Biblia enseña con claridad que tiene que haber resurrección, “así de justos como de injustos” (Hch. 24:15). Jesús afirma en el Evangelio de Juan que “todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y los que hicieron bien, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron mal a resurrección de condenación” (Jn.5:28-29). Pero de los malos se dice: “Serán como si no hubieran sido” (Abdías 16) poniendo así, fin al pecado y a toda la desolación y las ruinas que de él procedieron.

Los muertos no van al cielo al morir

Según la creencia popular, los redimidos en el cielo están al cabo de todo lo que pasa en la tierra, y especialmente de lo que les pasa a los amigos que dejaron atrás. ¿Pero cómo podría ser fuente de dicha para los muertos el tener conocimiento de las aflicciones y congojas de los vivos, el ver los pecados cometidos por aquellos a quienes aman y verlos sufrir todas las penas, desilusiones y angustias de la vida?” El testimonio del sabio Salomón es claro: “Porque los que viven saben que han de morir: mas los muertos nada saben… También su amor, su odio y su envidia murió ya: ni tiene ya más parte en el siglo, en todo lo que se hace debajo del sol” (Ecl.9:5-6). El Salmista declara: “Porque en la muerte no hay memoria de ti: ¿Quién te loará en el sepulcro?” (Slm.6:5) y más adelante leemos: “No son los muertos los que alaban a Jehová, ni todos los que bajan al silencio” (Slm.115:7).  Jesús dijo claramente: “Voy a prepararos el lugar. Y si yo voy y os lo preparo, vendré otra vez y os llevaré conmigo” (Jn.14:3).

Lo cierto, mi querido amigo, es que en Cristo hay victoria sobre la muerte. Él murió en nuestro lugar, pagó el precio de nuestro rescate. Es un regalo divino que permitirá que algún día no muy lejano podamos reunirnos con aquellos que ya no están. Así lo declara la Biblia: “Porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptibles … Porque es necesario que este cuerpo corruptible se revista de incorrupción, y que este cuerpo mortal se revista de inmortalidad. Y cuando este cuerpo corruptible se haya revestido de incorrupción, y este cuerpo mortal se haya revestido de inmortalidad, entonces será verificado el dicho que está escrito: ¡Tragada ha sido la muerte con victoria!” (1ªCor.15:52.54). ¡Amén!

Autor: Óscar López. Presidente de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en España. 

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