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C.S. Día 28. La verdadera conversión es esencial

Para que exista una verdadera conversión, una transformación del carácter a imagen del de Cristo, debe haber arrepentimiento, obediencia y santificación.

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Para que exista una verdadera conversión, una transformación del carácter a imagen del de Cristo, debe haber arrepentimiento, obediencia y santificación.

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Este capítulo está dedicado a hablar de los efectos que tiene en las vidas de los creyentes la Palabra de Dios cuando es predicada con fidelidad. El apóstol Pablo declara que “el Evangelio es poder de Dios para salvar a todo aquel que cree” (Rom.1:16) y dondequiera es predicado el evangelio, la verdad ilumina la conciencia del que escucha convenciéndolo por el Espíritu de pecado, justicia y juicio. La Palabra reconcilia al hombre con Dios y lo invita a aceptar al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Al ir a Jesús, por la acción del Espíritu, el creyente entiende la magnitud del pecado que lo ha separado de Dios y vive un arrepentimiento que le hace vivir una vida diferente como nueva criatura en Cristo Jesús.

Donde había orgullo ahora hay humildad. Si había vanidad ahora hay discreción. Donde había corrupción ahora hay pureza. El apóstol Santiago enfatiza en la necesidad de una fe que se vive acompañada de obras, es decir, resultados. De estos resultados habla Jesús cuando habla de “frutos dignos de arrepentimiento”. Elena White afirma que “una reforma en la vida es la única prueba segura de un verdadero arrepentimiento”.

La verdadera conversión incluye transformación 

En contraste con esta verdadera reforma ocasionada por el Espíritu en la vida del creyente, Elena White expone otro tipo de reavivamientos que, según afirma, “excitan las emociones y satisfacen la inclinación por lo nuevo y extraordinario”. Habla de aquellos servicios religiosos que buscan apelar a las sensaciones o emociones pero que manifiestan poco interés en lo que la Biblia dice cuando contradice lo que ellos quieren. Creyentes que no están dispuestos a negarse a sí mismos, que no renuncian al orgullo o amor por cosas mundanas. Personas que no se parecen a Jesús ni están dispuestos a ser mansos y humildes como Él lo fue. Elena White afirma con tristeza que “el poder de la piedad ha desaparecido casi enteramente de muchas de las iglesias”.

Cuando la fe es una moda, pero no transforma el corazón, entonces la verdadera piedad o influencia del Espíritu no se percibe como debería ser. Leemos que “dondequiera que los hombres descuiden el testimonio de la Biblia y se alejen de las verdades claras que sirven para probar el alma y que requieren abnegación y desprendimiento del mundo, podemos estar seguros de que Dios no dispensa allí sus bendiciones”.

Cristo no abolió la Ley, la cumplió

En la misma línea de pensamiento, podemos leer: “Un concepto falso del carácter perpetuo y obligatorio de la ley divina ha hecho incurrir en errores respecto a la conversión y santificación, y como resultado se ha rebajado el nivel de la piedad en la iglesia… Muchos maestros en religión aseveran que Cristo abolió la ley por su muerte, y que desde entonces los hombres se ven libres de sus exigencias. Algunos la representan como yugo enojoso, y en contraposición con la esclavitud de la ley, presentan la libertad de que se debe gozar bajo el evangelio

Querido amigo, la creencia “de que Cristo abolió con su muerte la ley de su Padre no tiene fundamento. Si hubiese sido posible cambiar la ley o abolirla, entonces Cristo no habría tenido por qué morir para salvar al hombre de la penalidad del pecado. La muerte de Cristo, lejos de abolir la ley, prueba que es inmutable”. Jesús dijo: “No penséis que vine a invalidar la leyhasta que pasen el cielo y la tierra, ni siquiera una jota ni una tilde pasará de la ley” (Mt.5:17-18). La ley de Dios, por su naturaleza misma, es inmutable. Es una revelación de la voluntad y del carácter de su Autor. Dios es amor, y su ley es amor. Sus dos grandes principios son el amor a Dios y al hombre; por eso Pablo afirma de forma contundente: “El amor es el cumplimiento de la ley” (Rom.13:10).

Además de amor, el carácter de Dios es justicia y verdad. De nuevo, tal es la naturaleza de su ley. Dice el salmista: “Tu ley es la verdad… todos tus mandamientos son justos” (Slm.119:142, 172). Ya en el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo declara: “La ley es santa, y el mandamiento, santo y justo y bueno” (Rom.7:12).

Ley y reconciliación

La ley que se dice abolida en la cruz es expresión del pensamiento y voluntad de Dios y, por lo tanto, ha de ser tan duradera como su Autor. Reconciliar al hombre con Dios no es simplemente un sentimiento de amor fruto de la emoción, es ponerlo de acuerdo con los principios de su ley, verdadero fundamento de su gobierno.

Esta reconciliación no puede existir sin reconocimiento de pecado. El Espíritu tiene como fin convencernos de dicho pecado que es lo que hará que sintamos necesidad de un Salvador. Pablo declara que “por la ley es el conocimiento del pecado” (Rom.3:20) ya que como dirá Juan, “el pecado es transgresión de la ley” (1ª Jn. 3:4).

La ley es un espejo que muestra la imagen de un carácter perfecto y justo, y nos permite discernir los defectos de nuestro propio carácter. La ley es importante porque si el hombre no ve su condición perdida como transgresor de la ley de Dios, no puede ver con claridad su necesidad del perdón. E

ste un asunto trascendental y es por ello que Elena White aclara: “la ley revela al hombre sus pecados, pero no dispone ningún remedio. Mientras promete vida al que obedece, declara que la muerte es lo que le toca al transgresor. Solo el evangelio de Cristo puede librarle de la condenación o de la mancha del pecado”. La ley muestra el pecado, pero no salva del mismo. Para ello, el creyente tiene que ir a Cristo por fe y, mediante la acción del Espíritu, vivir un verdadero arrepentimiento. 

La santificación: un camino hacia adelante y hacia arriba

La santificación es el proceso mediante el cual nuestro carácter deformado por el pecado es hecho semejante al de Cristo por la acción del Espíritu en nosotros. Este proceso es fundamental en la vida de los creyentes. El cristiano sentirá las tentaciones del pecado, pero luchará continuamente contra él. Aquí es donde se necesita la ayuda de Cristo. La debilidad humana se une con la fuerza divina, y la fe exclama: “Gracias a Dios, que nos da la victoria por el Señor nuestro Jesucristo” (1ªCor.15:57). Por si esta idea no ha quedado lo suficientemente clara, Elena White aclara que la obra de santificación “no se puede realizar sino por la fe en Cristo, por el poder del Espíritu de Dios que habite en el corazón”.

La Biblia enseña que esta obra de santificación es progresiva. En un precioso pasaje de la carta a los Filipenses, Pablo escribió: “Una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús” (Fil.3:13).

Necesidad de arrepentimiento, para poder cambiar

Es por ello que en ese capítulo podemos leer las siguientes palabras: “No puede haber glorificación de sí mismo, ni arrogantes pretensiones de estar libre de pecado, por parte de aquellos que andan a la sombra de la cruz del Calvario. Los que viven más cerca de Jesús son también los que mejor ven la fragilidad y culpabilidad de la humanidad, y su sola esperanza se cifra en los méritos de un Salvador crucificado y resucitado”. El que se ve libre de pecado “es porque no tiene verdadero concepto de la pureza y perfección supremas de Jesús ni de la maldad y horror del pecado. Cuanto más lejos esté de Cristo y más yerre acerca del carácter y los pedidos de Dios, más justo se cree”.

Una fe que solo emociona, pero no cambia no es fe. Una fe que no humilla, pero enorgullece no es fe. El deseo de llevar una religión fácil, que no exija luchas, ni desprendimiento, ni ruptura con las locuras del mundo, puede ser popular pero no es fe. Aunque San Juan habla mucho del amor en sus epístolas, no vacila en poner de manifiesto el verdadero carácter de esa clase de personas que pretenden ser santificadas y seguir transgrediendo la ley de Dios. “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es mentiroso, y no hay verdad en él; mas el que guarda su palabra, verdaderamente en este se ha perfeccionado el amor de Dios”. (1ªJn. 2:4, 5).

La santificación expuesta en las Santas Escrituras abarca todo el ser: espíritu, cuerpo y alma. El cristiano conservará todas sus facultades en la mejor condición posible. Su cuerpo es templo del Espíritu Santo y “no se dejará esclavizar por ningún hábito pernicioso”. La vida del cristiano debe ser una vida de fe, de victoria y de gozo en Dios porque al contemplar a Cristo, su vida está siendo transformada.

La piedad primitiva volverá

Elena White anuncia con alegría que en todas las iglesias hay verdaderos discípulos de Cristo y declara que antes que los juicios de Dios caigan finalmente sobre la tierra, “habrá entre el pueblo de Dios un avivamiento de la piedad primitiva, cual no se ha visto nunca desde los tiempos apostólicos”.

Es precioso saber que habrá un tiempo en el que el Espíritu y el poder de Dios actuarán sobre muchos, tanto ministros como laicos, que “aceptarán gustosamente esas grandes verdades que Dios ha hecho proclamar en este tiempo a fin de preparar un pueblo para la segunda venida del Señor”.

Autor: Óscar López. Presidente de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en España. 

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