Espiritual

Atrevámonos a luchar correctamente

Los dioses de este mundo hacen un lugar bien grande incluso a Cristo, con tal de que ellos no pierdan su adoración.

Los dioses de este mundo hacen un lugar bien grande incluso a Cristo, con tal de que ellos no pierdan su adoración.

«Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales» (Efesios 6:12).

Quiero detenerme en una reflexión sobre este pasaje donde se nos indica una lucha espiritual más allá de lo que estamos viendo con nuestros ojos.

¡Qué gran honor tener al Señor como Dios nuestro! Cuando Jehová indica en su segundo mandamiento “no tener otros dioses”, significa que no haya otros “señores” y “dioses” que reclamen nuestra atención y tiempo.

Otros dioses

En el contexto de la crisis actual, los “dioses” gritan con desesperación para hacerse un hueco en nuestros corazones y en nuestros púlpitos.

Te sorprenderás cuántos dioses de los pueblos vecinos menciona el Antiguo Testamento. No los quiero poner por escrito. Sería para mí una carga referirme a ellos. No los quiero ni siquiera en esta hoja. Aquí quiero mencionar a Cristo, que es mi Dios, nuestro Dios. El Dios de la Iglesia Adventista.

Sin embargo, te diré que para llegar a servir a los dioses ajenos, la comunidad de los creyentes será (o lo está) sometida a un duro periodo de persecución y no será para renunciar a Cristo como Señor. Los demás dioses no tienen nada en contra del politeísmo. Los dioses de este mundo hacen un lugar bien grande incluso a Cristo, con tal de que ellos no pierdan su adoración.

Por tanto, percibo que los dioses no irán en la línea de querer alejar a Cristo de nuestra religión. Saben que daríamos la vida por Cristo. Ellos buscan otra cosa. Algo más fácil para dividirnos. Planificarán sus estrategias para centrarnos en nuestras diferencias doctrinales, musicales, lingüísticas, raciales, culturales, ideológicas, políticas y un sinfín de diferencias; e intentarán engañarnos para decirnos que cada uno, para ser puro y limpio, tendrá que luchar por esas diferencias…

Os digo, mis hermanos, que la mayor diferencia en torno a la cual debemos luchar hasta el final es nuestro testimonio de que la sangre de Cristo tiene poder para perdonar y limpiar a todo aquel que se acerca a él, incluso a nosotros. Demos nuestra vida por esta verdad. Por favor, sacrifiquemos toda nuestra energía para que esta gran verdad no nos la arrebate nadie.

No permitamos que las diferencias de cualquier tipo nos aparte de esta adoración común. En torno a Cristo, como Señor, es la realidad maravillosa de una iglesia que acepta a un Soberano poderoso, que está a punto de venir para redimir a su pueblo.

¿Estás dispuesto a rendirte?

Démosle todo a Cristo. A él le pertenece todo cuanto somos. ¿Está mi alma dispuesta a rendirse a Él? ¿Estaremos nosotros dispuestos a sacrificarlo todo por la honra de Cristo? Los ángeles lo tienen tan claro: «El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza» (Apocalipsis 5:12).

Miro con preocupación cómo mi iglesia pasa por un período tan complicado en donde se levantan altares de adoración a los dioses de este mundo…

No obstante, no quiero que pienses en lo más común y “mundanal”. Quizás es fácil para nosotros distinguir y decir lo que es Babilonia y lo que no lo es. Tenemos tantas prisas en lanzarnos para distinguir lo bueno de malo. ¡No voy para allá!

Estoy hablando de cómo las huestes de las tinieblas, los dioses de este mundo nos hacen dividirnos como pueblo. Nos alejan de Cristo, manantial de vida…

¿Y cómo lo están consiguiendo? Me referiré solo a algunos…

  • Cuando yo me veo mejor que mi hermano/a, sirvo al dios de la vanidad, y me voy a casa sin ser justificado (Lucas 18:9-14). ¡Y eso, ocurre en el templo, no en “Babilonia”!
  • Cuando yo tengo contiendas con otros hermanos sobre qué predicador es mi preferido, estoy sirviendo a hombres y no al Cristo crucificado (1 Corintios 1: 11-13). ¡Y eso, pasa en nuestras iglesias, no fuera del templo!
  • Si yo me olvido de atender a los huérfanos y a las viudas siendo un modelo de vida recta, sirvo a una falsa religión, aunque mi nombre esté en los registros de la iglesia (Santiago 1:27). ¡Y eso, puede pasar en tu comunidad, y no tanto en toda la sociedad!
  • Cuando yo ofendo con mi palabra encendemos “bosques”… una palabra… dicha sin pensar… un mensaje por las redes sociales. ¡Cuánto dolor y amargura! Cuando esto hago yo en mi iglesia es porque sirvo al dios de la sabiduría terrenal (Santiago 3:1-16). Y lo vuelvo a repetir, esto no debería pasar entro nosotros.

¿Cristo desplazado?

Me detengo aquí con mi corazón abierto y vulnerable delante de vosotros, líderes de la casa de Dios. El Cristo crucificado a quién todos queremos servir está siendo desplazado por todo tipo de otros falsos dioses que intentan arrebatarnos la unidad y la comunión fraternal.

Cristo, está allí donde nos reunimos en su nombre. Allí es su iglesia. En su nombre estamos bajo el yugo de Cristo, para aceptarnos con amor divino aunque seamos diferentes. ¡Y lo somos! Dios lo quiso así. Él puso diversidad de dones en su iglesia. Él quiere que podamos llegar a la unidad de la fe. Somos el pueblo de Dios, solamente cuando a Cristo lo hacemos nuestro Señor. Pero Cristo no está donde unos se salen de la grey porque se consideran iluminados, mejores que sus pobres y necesitados hermanos. ¿Qué evangelio es este?

Vientos de doctrinas

Desde mis noches de oración miro con preocupación este periodo de crisis por todo tipo de vientos de doctrinas que golpean el barco de la comunidad adventista. El apóstol Pablo nos advertía: «estratagemas de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error» (Efesios 4:14). El hombre engañador engaña porque cree de todo su corazón en su mentira. Sin embargo, está extraviado  y “detonará” todo lo que está a su alrededor para imponer a todos los demás sus criterios.

No soy más que tú, mi hermano. Desde mis profundas debilidades miro a Cristo y entiendo que él me salvó por su sangre rociada en la cruz. Te estoy hablando imaginándome que estoy cerca de la cruz, donde los dos estamos contemplando a Cristo. ¡Oh, cuánto más quisiera estar cerca de la cruz de mi Salvador! De allí te hablo, y si me ves que no reflejo a mi Señor, perdóname. Intento acercarme al Cordero que lo dio todo por mí.

Mirando la cara de Jesús

Quizás mirando la cara de Cristo ensangrentada por mí, te diría lo siguiente a ti, como líder del pueblo de Dios:

Debemos recuperar a Cristo en nuestros púlpitos. Él es el camino estrecho. Hay falta de pan espiritual cuando a Cristo no se le otorga el honor de presidir nuestros consejos. Es más que una oración en nombre de Cristo,  y ni siquiera un sermón lleno de versículos que proclamen a Cristo. ¡Es algo más que esto! Vidas transformadas por el poder de la resurrección de Cristo.

Dulces son esas palabras: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne» (Romanos 8).

Ellen G. White nos anima con estas palabras, indicando la importancia de exaltar a Cristo como el Salvador de su pueblo:

La iglesia, que está por entrar en su más severo conflicto, será el objeto más querido en la tierra para Dios. La confederación del mal será impulsada por un poder de abajo, y Satanás arrojará todo vituperio posible sobre los escogidos, a quienes no puede engañar y alucinar con sus invenciones y falsedades satánicas. Pero exaltado “por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados”, Cristo, nuestro representante y nuestra cabeza, ¿cerrará su corazón, o retirará su mano, o dejará de cumplir su promesa? No; nunca, nunca.” (Testimonios para los Ministros, página 19).

Te mando todo mi amor en Cristo.

Autor: Richard Ruszuly, secretario ministerial de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en España.
Imagen: Photo by Joshua Earle on Unsplash