Espiritual

Antivirus 10: Unidad

Esta es la iglesia que Cristo formó, la iglesia verdadera: una iglesia unida no solo en torno a las doctrinas, sino unida en amparar a los que más pequeños, débiles e incomprendidos por el mundo.

Esta es la iglesia que Cristo formó, la iglesia verdadera: una iglesia unida no solo en torno a las doctrinas, sino unida en amparar a los que más pequeños, débiles e incomprendidos por el mundo.

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La unidad anhelada y lejana

Cuántas veces hemos orado para que Dios sea nuestro Rey… Personalmente se lo he pedido muchas veces. Escuché en las iglesias esta petición a lo largo de mis años en la iglesia. Aunque esta frase no se usa mucho: “Señor Jesús, sé mi Rey”, entendemos que Cristo es nuestro Rey, porque él es el que reina sobre nuestro ser. Ahora, uno de los significados más completos del reinado de Cristo es la unidad completa en su cuerpo como comunidad de creyentes.

O sea, si hablamos de un reino espiritual, la unidad es la que da propósito al cumplimiento de nuestra existencia eclesial. Te describo una realidad que veo en algunas de nuestras comunidades y la que tú también seguramente has visto: la condición de desunión. No siempre hay unidad entre los creyentes. Es complicado dar con la fórmula para permanecer unidos.

Para superar esta contradicción, intento reflexionar para hallar respuestas… ¡Acompáñame!

Cantamos los sábados juntos. Creemos que la unidad es fundamental. Oramos sobre este punto. Tratamos de defenderla. Se dedican esfuerzos serios para mantenerla. Sin embargo, la unidad es una cima elevada. Para alcanzar esa cumbre armoniosa de la unidad nos cuesta horas de sacrificios. Cuando parece que estamos por fin unidos, de repente, por simples estupideces relacionales, la perdemos en cuestión de minutos.

No te asustes. Te lo digo, no porque he alcanzado la cima. Llegar a acuerdos en juntas, grupos o círculos de todo tipo es difícil. ¿Sabes cuál ha sido uno de los mayores asombros para mí? Estar en un grupo de oración y empezar a discutir sobre cómo orar, en lugar de dialogar con Dios. Incluso allí, en lo más íntimo de una reunión espiritual, he podido vivir la desunión. Por eso, me he preguntado muchas veces: ¿por qué nos cuesta tanto conseguir la unidad? A esta pregunta intentaré responderte y si no lo consigo, por favor, no te decepciones conmigo. Quiero presentarte mi visión, y si tenemos algún día oportunidad me gustaría que me contaras tu experiencia sobre este tema.

Vamos allá…

¿Por qué nos cuesta tanto conseguir la unidad?

¿Será porque el egoísmo nos separa de los demás? Fuente de discusión y de rechazo frente a los que piensan diferente. Reconocer que somos iguales, como seres humanos, es una ofensiva diaria. Hay algo que la Biblia llama pecado, y se traduce por un estado de desobediencia hacia las ordenanzas divinas. Una rebelión hacia la normalidad. Dos de las características más arraigadas en ese ambiente son el egoísmo y el orgullo.

Podríamos establecer el siguiente lema para una persona guiada por estas características: “Yo soy mejor que el otro y por eso, tengo derecho a tener más ventajas.”  Y la cruzada se lleva en torno a los resultados y trofeos para demostrar que uno es más grande que el otro.

Todos nos encontramos inmersos en la carrera de demostrar a los demás nuestra valía; y de aquí, entiendo yo, que surge también la falta de unidad. El miedo de que los demás nos abandonen entorpece nuestros sentidos para ceder al impulso de destacar, como si de eso dependiera nuestra supervivencia.

En casos de crisis, la sociedad se vuelve caótica y eso, no excluye a la iglesia. Nos preguntamos qué es básico para la conservación de los elementos esenciales. De improvisto, la gente empieza a decir que eso y lo otro no es necesario. Y cada uno en función de su perspectiva busca las alternativas más sobresalientes. Así surgen las grandes luchas por destacar y gritar a cuatro vientos que lo mío es lo más importante para superar la dificultad. Y la verdad es que él/la más fuerte, el/la más guapo/a parece triunfar. Y ésta línea anárquica va dejando atrás personas tan sensibles y vulnerables.

En las grandes tribulaciones

Si pudiera levantaría mi voz por encima del frenético ruido apocalíptico de las plagas… ¿Me ayudas? Y créeme, no sería para hacerme un hueco para aumentar las visualizaciones que aplauden a los renombrados “profetas” que aparecen en todo tipo de artículos prediciendo conspiraciones y acaparando a muchos de nosotros. No sé en qué medida esta lectura serviría a ese propósito. A través de una reflexión pequeña, quiero levantar mi voz para decir a mi comunidad adventista, que en las grandes tribulaciones debemos fortalecer la unidad reconociendo que Dios es el que otorga dones a cada uno. Pero según ¿qué criterio? Quizás te sorprenda lo que voy a escribir. No obstante, es cierto. Dios, el Rey de las naciones, da dones según su agrado. A él le gusta dar a cada uno talentos, dones, funciones para el beneficio de todos. Reconocer esto, significa fortalecer la unidad del cuerpo espiritual.

Entonces, seamos claros: si tu hermano/a, vecino/a, amigo/a, tiene algo que tú no tienes, es exactamente lo que Dios quiso hacer en su designio para darnos cuenta que unidos superaremos las pruebas. En tiempos de bonanza la unidad es un elemento invisible. En los días negros es cuando la unidad reluce. En días luminosos nadie insiste en la unidad porque parece que todos somos capaces de salir adelante sin ningún apoyo, pero cuando las olas golpean el barco echamos de menos la participación de todos, grandes o pequeños.

Ir al paso

En el reino de Cristo la unidad resplandece, cuando pensamos como el patriarca Jacob, después del reencuentro con su hermano Esaú, de ir al paso del ganado, al paso de los niños; ir al paso, es decir, poco a poco, no para superar y ver quién puede salvarse, sino acompañar hasta llegar al hogar. El asunto no es llegar antes, sino ir en la dirección correcta. Pero todos. Sanos y enfermos. Jóvenes y ancianos. ¡Unidos!

¡No tengas prisas! Por allí se predica tanto de salir y dejar atrás a los demás, los más vulnerables, los que no pueden planificar, los que no tienen tanto como nosotros para dar. Salir de las ciudades, como si de eso dependiera la salvación. Huir a los montes, como si esa acción, en sí misma, te protegería de la oscuridad que vendrá sobre todo el mundo.

Yo no quiero huir dejando atrás a los que no pueden huir. ¿Has pensado que hay personas que no pueden huir aunque quieran? El Señor quiere ver en su iglesia unidad frente a las vicisitudes. Prefiero estar unido a Dios y a su iglesia que huir buscando mejores posiciones dejando atrás a los que me necesitan.

Una ciudad de refugio

Permanecer unidos con los que más nos necesitan ahora es cumplir con el propósito del Señor al concebir la iglesia: una ciudad de refugio para todos los que busquen un Salvador.

Ese Jesús, el Cristo glorioso, que resplandece en nosotros porque peleamos para quedar al lado de los indefensos, unidos hasta cuando el cielo se abra. Y créeme, aunque no lo queramos reconocer, todos tenemos un lado débil. Y todos, en algún punto somos expuestos. Por eso, estando unidos en la misma fe nos protegeremos. Esta es la iglesia que Cristo formó, la iglesia verdadera: una iglesia unida no solo en torno a las doctrinas, sino unida en amparar a los que más pequeños, débiles e incomprendidos por el mundo.

Autor: Richard Ruszuly, secretario ministerial de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en España.