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Cuando Dios enseña como adorar, él da la oportunidad de elegir a sus hijos.

«Adoramos todo lo que es agradable, todo lo que es cómodo, todo lo que es material. Adoramos cosas». (Alexander Solzhenitsyn)

La Biblia nos presenta cada aspecto de la verdadera adoración. Conocer estos principios nos dará seguridad de que estamos siendo verdaderos adoradores. De acuerdo con Cristo, «Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre, tales adoradores, busca que le adoren» (Juan 4:23).

Todos los libros de la Biblia presentan algún principio de adoración, pero uno de ellos fue escrito con el principal objetivo de enseñar cómo adorar. Se trata de Levítico. Con la salida del pueblo de Israel de Egipto, esa instrucción era necesaria. Durante mucho tiempo, ellos habían sido esclavos. Por ese motivo, su adoración a Dios había sido ridiculizada, diluida en las costumbres egipcias o se les había impedido adorar.

Entonces, Dios envía a Moisés para rescatarlos y, poco después del rescate, el Señor presenta la siguiente orientación: «Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos» (Éxodo 25:8). Dios no quería liberarlos de Egipto para que vivieran como quisieran. Él tenía planeado estar cerca del pueblo. Como sabemos, solo es posible acercarse a Dios por medio de la verdadera adoración.

En el último capítulo del libro de Éxodo, encontramos la siguiente afirmación: «[…] Así acabó Moisés la obra. Entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo. Y no podía Moisés entrar en el tabernáculo de reunión, porque la nube estaba sobre él, y la gloria de Jehová lo llenaba» (Éxodo 40:33-35).

¿Cómo adorar?

El santuario estaba terminado, pero nadie podía entrar en él. Para ir a la presencia de Dios, primeramente, el pueblo debía aprender a adorarlo. En ese punto, inicia el libro de Levítico, que «enseña al pueblo fallido de Dios cómo adorar y vivir con su Redentor en estrecha cercanía mientras él habita entre ellos. El libro revela el carácter divino con relación a la naturaleza humana y el plan del Señor de perdonar y limpiar a los pecadores por medio del sacrificio para que así podamos adorarlo».[1]

Mientras que el libro de Éxodo presenta al ser humano siendo redimido, Levítico presenta al ser humano adorando al Dios que lo redimió. En Éxodo, el énfasis está en Dios acercándose para salvar; en Levítico, el énfasis es que el ser humano se acerca para adorar al Dios que lo salvó. Por eso, si queremos entender la verdadera adoración, debemos comenzar por el libro bíblico de la adoración, que es Levítico. ¿Sabe qué tenemos en común con los israelitas que recibieron el libro de Levítico? Tenemos la necesidad de adorar. Somos criaturas espirituales, y el impulso para la adoración es una de las necesidades humanas básicas que Dios proyectó en nuestro corazón.

Una de las orientaciones del libro de Levítico acerca de la adoración correcta está en el capítulo 19. Allí, Dios orienta a su pueblo sobre cómo adorarlo por medio de la obediencia. Si usted lee ese texto con atención, va a percibir que 15 veces se repite la expresión: «Yo soy el Señor» (v. 2, 3, 4, 10, 12, 14, 16, 18, 25, 28, 30, 31, 32, 34, 36, 37).

Hay un motivo para tantas repeticiones. En la literatura judía, este recurso tiene la función de enfatizar lo que se está diciendo. Eso se ve a lo largo de toda la Biblia. Entonces, cuando Moisés escribe 15 veces la frase «Yo soy el Señor», no lo hace porque le sobraba tinta, sino para darle un énfasis al texto. Por medio de Moisés, Dios está queriendo enseñarnos que, para adorarlo, necesitamos, en primer lugar, decidir quién es el señor de nuestra vida. Dios está diciendo: «Yo soy el Señor del universo y de todo lo que existe, pero usted tiene que decidir si yo seré el Señor de su vida». Debemos entender que nos volvemos siervos de lo que adoramos, y que todos adoramos a alguien o a algo. El problema es que, muchas veces, estamos adorando seres o cosas incorrectas.

La voluntad del yo o de Dios

En la práctica, esta decisión de decidir quién es el señor de nuestra adoración ocurre de la siguiente manera: cuando despertamos y no vamos a la presencia de Dios para buscarlo por medio de la devoción personal o familiar, no solo estamos dejando de tener un momento en la presencia de Dios, sino que también estamos afirmando que somos señores de nuestro tiempo, pues hacemos lo que queremos con el tiempo y no lo que Dios quiere.

Cuando decidimos ingerir alimentos o sustancias que sabemos que destruyen nuestro cuerpo, la consecuencia inmediata no es el perjuicio para la salud, sino la afirmación de que somos señores de nuestro cuerpo y hacemos con él lo que bien entendemos. Cuando, al final de un mes de trabajo, decidimos que no devolveremos los diezmos y las ofrendas, no estamos simplemente dejando de llevar dinero a la iglesia, sino que estamos decidiendo que somos señores de los recursos financieros.

Entonces, si queremos adorar verdaderamente, debemos decidir quién es el señor de nuestra vida. ¿Quién nos gobernará: nuestra voluntad o el Señor Dios?

NOTA: Este texto es una versión resumida del quinto capítulo del libro del autor de este artículo, titulado Heredeiros do reino (Herederos del reino) publicado por la Casa Publicadora Brasileña (CPB). Una serie de lecciones para su vida con base en el libro de Daniel.

Autor: Josanan Alves de Barros Júnior, teólogo y actual director del departamento de Mayordomía Cristiana de la sede sudamericana de la Iglesia Adventista.
Imagen: Shutterstock

Referencias:

[1] Roy Gane, Commentary on Leviticus, p. 11.

Publicación original: Deponer las armas

Revista Adventista de España