Espiritual

A una iglesia peculiar, una carta espectacular (1ª Corintios)

Frente a la confusión, el desorden, etc. Pablo levanta, una vez más, a Jesús. Ante los desafíos hoy, debemos seguir la misma estrategia.

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Frente a la confusión, el desorden, etc. Pablo levanta, una vez más, a Jesús. Ante los desafíos hoy, debemos seguir la misma estrategia.

Introducción

Por la carta que Pablo le escribe a su iglesia podemos conocer a esa iglesia en la que nunca hemos estado. Aunque sabemos que Pablo ya había escrito alguna carta a la comunidad cristiana de Corinto, en la que conocemos con la primera de Corintios, nos habla de una iglesia confundida y desorientada. Cuando el pastor se dirige a su iglesia y, después de abordar varios problemas, afirma lo siguiente: “Las demás cosas las pondré en orden cuando vaya” (1ª Cor. 11:34), me está diciendo que las cosas en esa iglesia no están bien.

Si dice “las demás cosas” es porque hay una serie de temas conflictivos y complejos que ya ha abordado en su carta. Otras, quizás más sensibles o menos complicadas, será mejor dejarlas para cuando esté presente. Hay cosas que por carta no se pueden resolver ya que requieren presencia, supervisión, trato personal y cercanía.

Ahora bien, la iglesia a la que está escribiendo Pablo es la que se encuentra en la ciudad de Corinto. Esta ciudad era importante en el siglo primero. Capital próspera y rica de la provincia romana de Acaya, Corinto tenía un gran puerto marítimo al que acudían marineros del mundo entero atraídos no solo por el comercio, sino también por los placeres sexuales que las prostitutas sagradas de Afrodita brindaban a sus visitantes.

En esa ciudad marítima y próspera fundó Pablo una iglesia cristiana. Ser cristiano en una ciudad así requiere y exige ajustes constantes. Es un terreno familiar para muchos de nosotros. Creyentes en un ambiente hostil. En el caso de Corinto, una iglesia cristiana en un territorio idólatra.

Grecia es la cuna de la filosofía clásica y Pablo intenta aprovechar la cultura para presentar a un Jesús que trasciende lo cultural. Junto a las influencias griegas, la iglesia se ve afectada por las influencias judaizantes de aquellos que valoran más la circuncisión que la relación (1ª Cor. 7:19). El pastor tiene que recordarles: “los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos piedra de tropiezo y para los griegos locura, pero para los que Dios ha llamado, sean judíos o griegos, Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios” (1ª Cor. 1:22-24).

Pase lo que pase en cualquier iglesia, lo que es evidente es que “nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, que es Jesucristo” (1ª Cor. 3:11). Precisamente por perder de vista a Jesús, el desorden y la confusión se apoderan de la iglesia.

1. División

Y esto es lo que estaba pasando en Corinto. Pablo comienza su carta diciendo que “los de Cloé me han informado acerca de vosotros, de que hay entre vosotros contiendas” (1ª Cor. 1:11). Quizás no fuera lo más grave que estaba pasando en aquella iglesia, pero podemos ver que a Pablo le preocupaba especialmente la falta de unidad ya que era una clara evidencia de la falta de espiritualidad: “Mientras haya entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales y os portáis como los demás?” (1ª Cor. 3:3). Una vez más, cuando quiere tratar el tema del desorden en la celebración de la Cena del Señor, tiene que referirse a esta triste realidad: “Oigo decir que cuando os reunís como iglesia hay entre vosotros divisiones” (1ª Cor. 11:18).

Una comunidad dividida llena de celos, peleas y discusiones no es iglesia. En la iglesia de Cristo no hay divisiones, “sino que todos los miembros se preocupan los unos por los otros. De manera que, si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros se alegran con él” (1ª Cor. 12:25-26).
Solo puede haber unidad en el amor. No hay otro camino. Ni la profecía ni el conocimiento. Solo el amor. El amor verdadero “todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Ese amor nunca deja de ser” (1ª Cor. 13:7-8).

El amor triunfará en la iglesia. Es una promesa. Si edificamos sobre el fundamento, que es Cristo, el amor tendrá la última palabra en la iglesia y los conflictos cesarán. Lo contrario es una evidencia de la obra del enemigo entre nosotros. La cizaña seguirá presente en la iglesia hasta que el Señor vuelva, pero el amor triunfará.

2. Inmoralidad

“Se oye que entre vosotros que entre vosotros hay un caso de inmoralidad sexual…” (1ª Cor. 5:1). Parece que la religión de los vecinos adoradores a Afrodita iba extendiendo su influencia en la pequeña comunidad cristiana. Es lo que pasa cuando no cerramos las avenidas del alma. El diablo se cuela por las rendijas. El problema, según Pablo es que dicha actitud “ni siquiera se nombra entre los gentiles” (v. 1).

En una ciudad como Corinto donde la religión consistía en prostituirse y donde las heteras exhibían sus cualidades y habilidades como damas de compañía, Pablo dice que el hecho de que uno conviva con la mujer de su padre es indigno, incluso, del mundo gentil. El problema no es el delito, sino la hipocresía del que lo comete. No hay pecados más o menos graves, hay actitudes más o menos condenables.

El pastor le tiene que escribir a los miembros de su iglesia que “no os juntéis con los inmorales” (1ª Cor. 5:10). Pero Pablo no señala hacia afuera, sino que mira hacia adentro. A muchos cristianos les gusta hablar de la inmoralidad del mundo. Hay un sentimiento de bienestar cuando hablamos de lo mal que hacen los demás las cosas. Nos sentimos bien, protegidos, especiales y mejores cuando vemos lo inmorales que son los demás. Pero Pablo afirma lo siguiente: “No me refiero a que os apartéis de los inmorales de este mundo… más bien os escribo para que no os juntéis con aquellos que, llamándose hermanos, sean inmorales, avaros, idólatras, maldicientes, borrachos o ladrones” (1ª Cor. 5:10-11).

Duele, ¿verdad? Debería doler. Está escrito para que duela. Porque esta carta no está escrita para ellos, sino para nosotros. “A los que están fuera, Dios los juzgará” (1ª Cor. 5:13), pero a nosotros nos gusta ocupar el lugar de Dios. Vivimos en un mundo donde al cristianismo se le conoce más por lo que juzga que por lo que ama.

Ya lo dijo Jesús: “¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y os tragáis el camello!” (Mat. 23:24), es más fácil señalar al inmoral de fuera que al avaro o maldiciente de adentro. Además, “vosotros os sentís orgullosos de esto, en lugar de lamentarlo y expulsar de entre vosotros al que ha cometido tal acción” (1ª Cor. 5:2). Porque cuando se pierde de vista a Jesús, todo vale y perdemos de vista “que un poquito de levadura fermenta toda la masa” (v. 6).

3. Orgullo

El orgullo es la antítesis del amor. Se puede ser cristiano y orgulloso, siempre y cuando no sea Jesús el que ocupe el primer lugar en la vida del cristiano. Pablo escribe a los corintios y les dice: “No es bueno vuestro orgullo” (1ª Cor. 5:6). Una iglesia, sea la que sea, que se parece en mayor o menor medida a la de Corinto, es una iglesia que necesita dejar de hacer ruido. Le conviene callar y escuchar… y quizás oír que Jesús, en su preciosa misericordia, sigue a la puerta y llama a la espera de que se le permita entrar.

Pablo, en un lenguaje muy parecido al de Juan en el conocido mensaje a la iglesia de Laodicea que acabo de mencionar, le dice a la iglesia que su orgullo tiene que ver precisamente con ese orgullo espiritual que les hace sentirse satisfechos: “Ya estáis saciados, ya sois ricos, reináis sin nosotros” (1ª Cor. 4:8). Será necesario que los hermanos satisfechos con su propia condición espiritual recuerden que juzgamos por lo que tenemos delante de los ojos, pero Dios mira el corazón. Lo que para nosotros es riqueza, para Él es podrida llaga. Nuestro orgullo es nuestra miseria. Por eso, porque nos ama, nos recomienda esa compra sin dinero de oro refinado en fuego para ser ricos, vestiduras blancas que oculten la vergüenza de nuestra desnudez y colirio espiritual para vernos como Él nos ve.

A los sinceros, a los espirituales, el orgullo no les afecta como a “algunos que andan enorgullecidos, pensando que nunca iré a veros” (1ª Cor. 4:18). Pablo se remanga la túnica y frunce el ceño. Siempre los ha habido y siguen estando ahí. Los que se hacen fuertes mientras se esconden tras la multitud. Quienes tiran la piedra, pero esconden la mano. Los que critican, juzgan, atacan y perjuran. Lo hacen a la sombra, quizás escondidos tras el teclado de su ordenador. Olvidan que Dios “revela lo profundo y lo oculto; conoce lo que está en tinieblas” (Dn. 2:22) y que, por lo tanto, “no hay nada oculto que no haya de ser manifestado” (Mrc. 4:22).

Frente a los orgullosos, el consejo de Pablo: “No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, quien también iluminará lo que está oculto en la oscuridad y pondrá al descubierto las intenciones del corazón. Entonces, cada uno recibirá su alabanza de parte de Dios” (1ª Cor. 4:5).

Pues que así sea.

4. Desorden

He tenido dudas a la hora de darle título a este cuarto desafío en la iglesia de Corinto. Quizás sea yo, pero me parece que el culto a Afrodita y la presencia de las ya mencionadas heteras, tuvieron mucho que ver con lo que Pablo escribió a esta iglesia en Corinto.

Permíteme que comparta contigo lo que se dice de estas mujeres de compañía. Las hetera no eran prostitutas de burdel. Eran mujeres que recibían educación, poseían independencia económica y podían alcanzar un alto poder social. A diferencia de las demás mujeres, se dice de ellas que eran las únicas que podían participar en los simposios o reuniones sociales, siendo sus opiniones y creencias muy respetadas por los hombres.

Eran mujeres con poder e influencia. Admiradas por otras mujeres. Eran consideradas como el ideal y referente femenino de la época. Para ellas no todo era sexo, pero el sexo sí que era parte del todo.

Lo dejo en tus manos. Será el Espíritu el que te dirá si el ambiente cultural de Corinto tuvo algo que ver con la carta de Pablo a la comunidad cristiana de Corinto. Cada texto en su contexto para no crear una norma universal donde hay una necesidad local y particular. Pero esto es el ámbito del Espíritu.

A una iglesia a la que Pablo ha de recordar a los creyentes que “el que se une a una ramera, es un cuerpo con ella” (1ª Cor. 6:16), también se le dice: “como en todas las iglesias cristianas, que vuestras mujeres callen en las congregaciones” (1ª Cor. 14:33). Pablo no está prohibiendo a la mujer hablar de parte de Dios, lo que está diciendo es que la mujer no puede dedicarse a “charlar” mientras alguien está hablando (sea hombre o mujer) porque eso no genera más que confusión y desorden. ¿Estará una cosa relacionada con la otra? El texto de Pablo me dice que Corinto era diferente. Lo que pasaba en la iglesia de aquella ciudad no era “como en todas las iglesias cristianas”. A una necesidad particular, una orden específica.

Frente a una religión que hizo de la prostitución sagrada un negocio, Pablo afirma que “en el Señor, ni el hombre es sin la mujer ni la mujer sin el hombre” (1ª Cor. 11:11). La igualdad no es una reivindicación por obras, sino un resultado de la fe. Porque el fin no justifica los medios e imponer el ser igual a los demás nunca es el camino más seguro al ideal que Dios tiene para su iglesia.

Un tema complejo que Pablo no quiso tratar con “palabras de humana sabiduría” (1ª Cor. 2:13). Queriendo ser guiado por el Espíritu, no evitó tratar los temas complicados que tuvo que afrontar la iglesia a la que amaba como padre (1ª Cor. 4:15). Ahora, nosotros, al abordar problemas más o menos parecidos, necesitamos el mismo Espíritu, no sea que, lejos de dejarnos llevar por el Espíritu, acabemos usando la retórica o la sabiduría humana para acabar imponiendo nuestras propias ideas.

De todas formas, conviene recordar que “a pesar de todo, si alguno quiere discutir, sepa que ni nosotros ni las iglesias de Dios tenemos tal costumbre” (1ª Cor. 11:16). La iglesia no es un lugar para discutir opiniones personales, porque la opinión que todos necesitamos encontrar es la del Señor. El sabio Salomón nos recuerda: “Cuando vayas a la casa de Dios, guarda tus pasos. Acércate más para oír que para ofrecer el sacrificio de los necios… no permitas que tu boca ni tu corazón se apresuren a decir nada delante de Dios, porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra. Sean, por tanto, pocas tus palabras” (Ecl. 5:1-2).

Tampoco es de extrañar que Pablo hable de callar cuando acaba de afirmar que “Dios no es un Dios de confusión, sino de paz… [por eso], que todo se haga decentemente y con orden” (1ª Cor. 14:33, 40). Una ciudad marítima donde el tránsito de extranjeros era habitual implica que a la iglesia entraran muchos extranjeros con algo que decir, se les entendiese o no. Al caos idiomático, la reivindicación femenina de aquellas probables admiradoras de las heteras, símbolo de status y emancipación. Estas hermanas, al hablar, ridiculizaban a sus maridos y los ponían en evidencia.

Los entusiastas queriendo hablar sin respetar turnos. Las mujeres preguntando mientras que el que expone habla. Los extranjeros hablando sin que nadie los entienda. Ante tal desorden, Pablo se pregunta: ¿Qué dirán los no creyentes de vosotros? ¿No dirán que estáis locos?” (1ª Cor. 14:23). Me temo que sí, querido lector. Me temo que sí.

5. Confusión

Como ya hemos dicho, Pablo afirma en la carta que “las demás cosas las pondré en orden cuando vaya” (1ª Cor. 11:34), pero en este último desafío cursado por Pablo en esta primera carta, quisiera mencionar tres temas que están vinculados. Son desafíos teológicos y relacionales de una iglesia que ha perdido el rumbo.

“El conocimiento envanece, pero el amor edifica” (1ª Cor. 8:1) será el prisma a través del cual echaremos un vistazo a estos tres últimos elementos.

Si vives en la ciudad y has participado de las formas y festividades culturales, ahora que eres cristiano, hay ciertas cosas que, sin ser malas en sí mismas, te recuerdan a tu vida pasada. Imagina comer carne cuando toda la carne que habías comido hasta la fecha tenía que ver con tu antigua religión. Si toda la carne que has comido siempre ha pasado por un ritual, por una fiesta pagano-religiosa, ahora que te invitan a comer y te ponen carne delante, te sientes incómodo y mal.

Es normal. La asociación es automática y no la puedes evitar. Pablo afirma que todos sabemos que los ídolos no existen y que, por lo tanto, no son nada. La carne ofrecida a un ídolo es lo mismo que la carne del corral de confianza, pero por amor, no quiero que por lo que yo sé, mi hermano débil, por quien Cristo murió, se pierda. Podría comer de lo hay en la carnicería y podría comer de todo lo que un no creyente me ofrece, pero si decido no hacerlo será siempre por amor. Y es que, al cristiano, según Pablo, “todo le está permitido, pero no todo le conviene ni le edifica” (1ª Cor. 10:23).

Según Pablo, la base de todo lo que hagamos no debe ser prohibición o mandato, sino adoración: “si coméis o bebéis o hacéis otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1ª Cor. 10:31). Todo lo que somos, hacemos y creemos ha de tener como pilar principal el amor a Dios por encima de todo (ver Mateo 22:37).

Una iglesia envanecida, llena de conocimiento, pero falta de amor, será una iglesia que repita una y otra vez la cena del Señor “sin discernir” lo que está haciendo (1ª Cor. 11:29). Lo que se convierte en rutina, pero pierde el espíritu, ocasiona debilidad, enfermedad y muerte (v. 30). Hay practicas religiosas que solo tienen valor si vienen acompañadas de un autoexamen sincero. Donde no hay conversión, hay condenación.

Si el egoísmo ocupa el lugar de la fraternidad donde cada uno se “adelante para comer su propia cena”, lo que pasará es que “uno se queda con hambre y el otro está borracho” (1ª Cor. 11:21). Desde luego, no me hubiera gustado formar parte de una iglesia así. No me extraña que Pablo pregunte: “¿Qué esperáis que os diga? ¿Que os felicite? No puedo felicitaros por esto” (v. 22).

Yo tampoco podría.

Se acaba la carta de Pablo. Todavía tendría que escribir una segunda. Los desafíos de las iglesias son proporcionales a la complejidad de las personas que las forman. Si Cristo no es el fundamento y la razón de ser de la iglesia, no hay peor sitio al que pertenecer.

Antes de despedirse, en un capítulo trepidante, Pablo pregunta: “¿Cómo es que algunos de vosotros decís que no hay resurrección de los muertos?” (1ª Cor. 15:12). ¡Pero si es el fundamento de nuestra fe! Si Cristo no resucitó y no hay resurrección de los muertos, nuestra fe, nuestra religión es absurda. Si lees este capítulo, verás a Pablo conmocionado con las cosas que algunos llegan a decir. Sin andarse con rodeos, Pablo afirma: “Cristo ha resucitado de los muertos” (v. 20) y, por lo tanto, hablemos de la resurrección.

Desde mi punto de vista, un cristiano que no cree en la resurrección es tan absurdo como aquel que niega la personalidad del Espíritu o duda en cuanto a la identidad de Jesús. Los corintos necesitaron la contundencia de Pablo como algunos necesitan que se les diga que todavía hoy nadie sabe ni el día ni la hora o que todas aquellas cosas eran sombra de lo que había de venir.

Conclusión

Sin analizar en detalle todo lo que la carta expone, he mencionado los elementos más destacados de una carta escrita por un hombre con un corazón pastoral incomparable. Frente a la confusión teológica, el desorden litúrgico, la disfunción relacional, la influencia cultural y la amenaza fraccionaria, Pablo levanta una vez más a Jesús: “Me propuse no saber cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado” (1ª Cor. 2:2).

Frente a los desafíos que la iglesia afronta hoy, creo que debemos seguir la misma estrategia. Frente a las opiniones de los hombres, la voz del Espíritu cuyos dones a la iglesia permanecen “mientras esperamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él nos mantendrá firmes hasta el fin, para que seamos irreprensibles el día que nuestro Señor Jesucristo regrese” (1ª Cor. 1:7-8).

Autor: Óscar López, presidente de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en España.
Imagen: Photo by Nagesh Badu on Unsplash

 

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