Espiritual

Vosotros sois mis testigos

«¿Qué habéis visto, qué habéis conocido, del poder de Cristo? Esta es la clase de testimonio que pide el Señor, y por cuya falta sufren las iglesias» (EGW)

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«¿Qué habéis visto, qué habéis conocido, del poder de Cristo? Esta es la clase de testimonio que pide el Señor, y por cuya falta sufren las iglesias» (EGW)

Mientras escribo estas líneas vienen a mi mente dos imágenes: las ciudades y poblaciones de nuestro campo (la Unión Adventista Española, UAE) donde aún no tenemos presencia adventista, y las voces de los pequeños grupos ya establecidos que piden ayuda y que luchan por crecer. Hoy son más ciertas las palabras de Jesús al ver el testimonio de la mujer samaritana en su ciudad: «Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega» (Juan 4: 35).

¿Qué estrategia seguir?

Pienso en estrategias, en proyectos, en ideas, en recursos disponibles de los que podamos echar mano, en personas, en nuevos modelos de evangelización de aquí o de más allá, y entre esa maraña de pensamientos surge una frase pronunciada por Jesús in extremis, justo mientras era llevado al cielo; una frase que ya había sido expresada siglos atrás: «Sois mis testigos» (Isa. 43: 10, 12).

Estas palabras, declaradas mucho antes por el profeta Isaías, en tiempos de crisis espiritual en Israel, fueron retomadas por Jesús y dichas como “su última voluntad” a sus discípulos y a su iglesia antes de ser recibido arriba en el cielo: «Me seréis testigos» (Hech. 1: 8). Un mensaje que sigue hoy en vigor y adquiere aún más urgencia con el paso de los años.

Isaías, por inspiración divina y Jesús, el Hijo de Dios, convocaron a sus seguidores más cercanos y a sus oyentes a ser testigos. «Sois mis testigos», esta es la experiencia, el grado, la capacidad que se nos invita a asumir. Damos gracias a Dios por los miembros –los creyentes–, por los líderes destacados, por los misioneros en tierras lejanas, por los predicadores de la Palabra, por los ministros o pastores. Sin duda todos ellos, tú y yo necesitamos la experiencia de ser testigos.

¿Por qué ser testigo?

¿Y por qué ser testigo? ¿Quién es un testigo? Es aquel que ha visto, ha oído, ha experimentado de forma personal un hecho, un acontecimiento. No podrá ser un testigo quien solo ha leído o escuchado de algo, por más documentado que pueda estar. Será, en todo caso, una persona con mucha información y conocimiento de algo, pero nunca un testigo.

Debemos explorar nuevos métodos, crear nuevos materiales, usar los recursos más actualizados posible para llegar a la sociedad actual, al hombre y mujer de estos días. «Estudie, haga planes e idee métodos todo obrero en la viña del Maestro, para alcanzar a la gente donde está» (Ev, p. 94).

Los proyectos, los materiales y los recursos son necesarios, pero la mayor necesidad que experimentamos hoy es la de creyentes que puedan oír Su voz a través de su Palabra, que puedan contemplar Su gloria por medio de la oración y que experimenten cómo Su carácter va reemplazando al viejo hombre, de forma que nuestra familia, amigos y demás personas con quienes nos relacionemos puedan ver a Jesús y se admiren al reconocer que hemos estado con el Maestro, como ocurrió con los discípulos de antaño (ver Hech. 4: 12).

¿Qué has visto y oído?

Como creyentes del siglo XXI tenemos la necesidad de una experiencia de aposento alto, de forma que ante las dificultades y obstáculos para la evangelización podamos decir: «Nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (Hech. 4: 20) y oremos así: «Concede a tus siervos el proclamar tu palabra sin temor alguno. Por eso, extiende tu mano para sanar y hacer señales y prodigios mediante el nombre de tu santo siervo Jesús». Y «después de haber orado, tembló el lugar en que estaban reunidos; todos fueron llenos del Espíritu Santo, y proclamaban la palabra de Dios sin temor alguno» (Hech. 4: 29-31).

Una experiencia así nos llevará a vivir como lo describe Juan el discípulo amado: «Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos […], eso testificamos y os anunciamos» (1 Juan 1: 1-3). Esta experiencia eliminará la falta de caridad fraterna que se dibuja tan a menudo entre los creyentes y nos llevará a lo que Tertuliano, en el siglo II, escribió de los testigos de ese momento: «Mirad cómo se aman, como están dispuestos a morir el uno por el otro», pues todos eran cuidados, existía una red de pastoreo donde nadie era desatendido en ninguna de sus necesidades y, a pesar de las dificultades que enfrentaba aquella naciente iglesia, «iban por todas partes anunciando el evangelio» (Hech. 2: 44-46; 8: 4).

Testigos fieles

«Nuestro Salvador pide testigos fieles en estos tiempos de formalismo religioso […]. Muchos son los que pueden decir lo que hicieron, osaron, sufrieron y disfrutaron los hombres grandes y buenos de las generaciones pasadas […]. Pero al par que son tan ardorosos en cuanto a presentar a otros cristianos como testigos por Jesús, no parecen tener ninguna nueva ni oportuna experiencia propia que relatar» (OE, p. 289).

Recordemos que la venida del Señor está precedida por la predicación del evangelio, pero no de cualquier manera. Como ya hemos dicho, las estrategias, los proyectos son necesarios, pero si estos no van acompañados de una testificación personal (ver Mat. 24: 14), será como metal que resuena y címbalo que retiñe. La cuestión es: «¿Qué habéis visto, qué habéis conocido, del poder de Cristo? Esta es la clase de testimonio que pide el Señor, y por cuya falta sufren las iglesias» (ibid.).

Te invito a que juntos aceptemos el llamado de Jesús a sus discípulos aquel día memorable en el monte del Olivar, que seamos sus testigos fieles, que brillemos en todo lugar y en todo momento, comenzando en nuestro “Jerusalén”, nuestro propio hogar, y así el plan de Dios para iluminar a este mundo con las buenas nuevas no sea ya solo un proyecto, un sueño, sino una realidad.

¿Te animas a comenzar ese proceso de discipulado en tu vida? ¿Quieres oír el susurro de la dulce voz de Jesús que te diga: “Serás mi testigo”?

Oro para que eso suceda conmigo y contigo y con muchos más. Creo que esta es nuestra necesidad actual. Los campos están listos; rogad, pues al Señor de la mies que envíe obreros, “testigos”, a su mies (Mat. 9: 38).

Autor: Gabriel Díaz. Responsable de Min. Personal -Evangelismo – Esc. Sabática y Misión Global de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en España.
Imágen: Photo by Jeremy McKnight on Unsplash

Notas: 

Ev: Evangelismo, de Ellen G. White.
OE: Obreros Evangélicos, de Ellen G. White.

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