Espiritual

Sobre el calentamiento global y el climatizador cristiano

Ante el aumento de la temperatura del mal, estamos llamados a ser «climatizadores» o mejor… pacificadores. Sin importar lo que recibamos, elijamos dar amor y paz.

Ante el aumento de la temperatura del mal, estamos llamados a ser "climatizadores" o mejor... pacificadores. Sin importar lo que recibamos, elijamos dar amor y paz.

Escribo estas líneas desde una sala de espera de la estación de Sants. Es día de huelga general y cientos de manifestantes se hallan en Paseo de Gracia. Las previas, fueron noches de alboroto y fuego. Los violentos de cada una de las caras del prisma social se enfrentan al sentido común. Pero, tristemente, nuestra mirada no solo se enfoca en la Barcelona de las desavenencias. También hemos de detenernos en las frustraciones y reacciones de kurdos, de hongkoneses, de ecuatorianos, de chilenos, de brexitados y del perro de mis vecinos que resuelve su soledad con interminables ladrido-gemidos.

Hace unos días, en una tertulia de esas que le echan cara a la madrugada, alguien cometía un lapsus linguae que me resultó muy clarificador de los tiempos que vivimos. Hablando del calentamiento global, dijo:

  • Uno de los efectos evidentes es el aumento del mal, perdón, del mar.
    Y pensé:
  • ¡Cuánta verdad! Del mar y del mal.

Cristianos, climatizadores de entornos

Cuando Jesús pronosticó eso de “guerras y rumores de guerras” (Mt 24,6) estaba hablando de esto, de esta inseguridad y violencia que nos circunda. Se nos compara con los tiempos de Noé (Mt 24,37-38) y no hay que olvidar que a ellos se los adjetivaba de violentos.[1] Hablamos de violencia desaforada y de dimensiones casi épicas pero, en este calentamiento global de las emociones, también hay violencia cotidiana: faenillas de andar por casa, trastadas eclesiales o jugarretas laborales. Se nos nota que estamos en un ambiente bastante caldeadete y nos toca, como buenos cristianos (¿puede haber de otro tipo?) crear atmósferas con menos toxicidad. En términos de temperatura, debiéramos ser climatizadores de entornos.

Quizá no podamos decidir sobre acciones municipales, nacionales o supranacionales pero nadie nos impide enfrentar las “faenillas” con afanosos afectos, las “trastadas” con trastoques (como decía Jesús, amando lo antipático) y las “jugarretas” con distensionantes jugueteos.

El mediático Rafael Santandreu insiste en que hay que combatir las neurona terribilizadoras con amor (+ afecto), surrealismo (+ trastoques) y humor (+ jugueteos). Al leerlo o escucharlo (que algún que otro audiolibro cae de tanto en tanto), cosas del teologar, me acuerdo de Cristo, el mejor coaching de la historia.

Diseñados para ser felices

Específicamente, me retrotraigo a una planicie al norte de Palestina (perdón, Eres-Israel para los más sensibles). Allí, sentados en el pasto y con el lago de Galilea como mochila vieron cómo el joven rabbí de Nazaret se sentó a enseñar. Comenzó con palabras sobre la existencia (Haggadah – Mt 5,1-16) y dejó para los momentos de concentración dispersa las palabras sobre normativa y reglamentos eclesiásticos (Halakah – Mt 5, 17-7,29). Y no se le ocurrió otra cosa que decir, a esas pobres criaturas que estaban más perdidas que ovejas sin pastor, que no solo hay que ser felices sino que ya lo son.

  • ¿Felices? ¿De qué? Nos gustaría ser autónomos y estamos bajo el colonialismo de Roma. Deseamos adorar en el Templo sin intrusos al control. ¡Ya está bien de pagar impuestos a un imperio centralista! En estas condiciones no se puede ser feliz – podía exclamar cualquier judío o galileo de aquel momento.

La felicidad se escoge

La felicidad es un bien perseguido durante generaciones y por multitudes porque forma parte de nuestro código genético. Estamos diseñados para ser felices. Jesús comienza su clase inaugural no solo con la probabilidad de ser felices en el futuro sino con la afirmación de que ya los somos. ¿Por qué? Porque la felicidad encuentra su origen en la actitud. No podemos escoger los avatares de la vida pero sí la actitud por la que vamos a optar para afrontar esos avatares. Cuando Jesús nos oferta la felicidad como presente, habla de una felicidad razonable que adquiere existencia por el deseo personal de que exista. Además, el deseo de que exista desde mis realidades. Sea pobre de espíritu, lloroso, manso, hambriento y sediento de justicia, misericordioso, puro, perseguido, despreciado o fabricante de paz.

¿Ser feliz pacificando?

¿Ser feliz pacificando? Esa última afirmación parecería una contradicción en un mundo en el que “estar en paz” se asocia con el confort. Para que un pacificador actúe necesita que existan conflictos que pacificar (una situación que no atrae demasiado a los hijos de la posmodernidad que tienen cierta tendencia evitativa). Pero Jesús lo indica con suma claridad: “Felices los pacificadores” (Mt 5,9). Para hallar la felicidad en medio de la tensión hay que tener mucha entereza, resiliencia y, sobre todo, seguridad en el apoyo divino. Entereza que surge de una columna vertebral ideológica clara, coherente y consecuente. Resiliencia que se fundamenta en el ejercicio cotidiano de la honestidad y la justicia. Seguridad que emana de una relación íntima y constante con Dios.

Para ser pacificador hay que librar muchas batallas y la primera empieza con uno mismo. Porque un pacificador:[2]

  • Experimenta paz en su interior.

    • No es posible aportar lo que no se tiene. Vivir la paz permite compartir la paz. No es necesario tener el depósito lleno para ser pacificador pero es imprescindible haber vivido y procurado experiencias de paz.
  • Tiene una relación personal con Dios.

    • Todo es más fácil cuando nuestro vínculo con el Señor es el adecuado. Vivencias transcendentes, trascienden.
  • Identifica sus debilidades y fortalezas.

    • Ser pacificador no es ser superhéroe. Los superhéroes solo existen en la ficción (aunque de tanto contemplarse parezcan cada día menos virtuales). Somos personas y hemos sido bendecidos con habilidades pero, por las irregularidades que genera el pecado, también tenemos debilidades. Conocer nuestros límites nos permite ser más eficientes en el esfuerzo de la benignidad.
  • Es agradecido con la vida y las personas.

    • Una verdadera comprensión de la existencia lleva, inexorablemente, al reconocimiento. La gratitud nos coloca en el eje de la empatía, de la generosidad y del compromiso. Mueve más voluntades un corazón agradecido que multitud de estrategias. Agradecer es vindicar y al colocar a alguien en su lugar correcto se generan equilibrios.
  • Construye una sociedad que considera los valores éticos.

    • Hay estructuras valiosas y estructuras espurias. Hay quien vive del evento circunstancial y quien edifica proyectos con anhelo de eternidad. El conflicto social solo genera más conflictos. Sin embargo, valores como el respeto, el reconocimiento, la confianza, la honestidad o la cooperación construyen el tejido social de la buena gente.

Jesús afirma que los verdaderos pacificadores tienen resultados en los otros, en los que precisan ser pacificados, por eso “serán llamados hijos de Dios”. El agredido o el agresor, el reactivo o el contrarreactivo, el violento o el violentado, cuando son conducidos a la paz (no paz de cementerio sino paz de plenitud vital) reconocen lo especial del que los acompañó hasta allí.

Llamados a bajar la temperatura del mal

El negocio de nuestro Padre (si anhelamos la adjetivación de “Hijos de Dios”) es la fabricación de la paz. Sea por el medio que sea (amor, surrealismo o humor) somos llamados a bajar la temperatura para que el mal no aumente más. Empecemos por nosotros. Experimentemos con nuestra familia (mejores palabras, más diálogo) y hagamos la prueba con nuestros hermanos de iglesia (pensando bien de ellos, tratándolos como si los quisiéramos). Cuando adquiramos experiencia, lancémonos al mundo, a nuestros vecinos y conocidos. Reavivemos la paz. Convivamos en paz. Desvivámonos por la paz.

Escribo estas líneas con el anhelo de que los Santos salgamos de las salas de espera y sopor para clamar que ha llegado la estación de la esperanza. Ya está bien de huelgas testimoniales porque es tiempo de manifestar que hemos paseado por la Gracia y que hay de sobra para todos. Respetando los prismas, reflejemos, refractemos o descompongamos la Luz. Sea como sea, siempre la Luz que da verdadero sentido a la existencia. Saludemos con la fuerza de la paz a todos, frustrados y reactivos, e, incluso, al perro de mis vecinos (que la criatura no tiene la culpa de que lo dejen solo).

«La paz os dejo, mi paz os doy»

No importa el resultado de los violentos, ni siquiera cómo va a acabar todo lo de estos días. No es que no sea relevante para muchos, que lo es, sino porque no se puede contener el tsunami de la paz. Al final vencerá el Pacificador de los pacificadores, es una promesa. Así concluye la Historia y nuestras historias. Nos quedamos, mientras acaece el momento anhelado, con sus palabras: “La paz os dejo, mi paz os doy. No la doy como la da el mundo. No permitáis que se confunda vuestro corazón ni tengáis miedo.” (Jn 14,27)

Autor: Víctor Armenteros, responsable de los departamentos de Gestión de Vida Cristiana y Educación de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en España.
Imagen: Photo by Tamara Menzi on Unsplash

NOTAS:

[1] Gn 6,11 denomina a los antediluvianos como ḥamas (violentos) y es una palabra muy relacionada con ḥam que significa “caliente”.

[2] Conceptos tomados de González, R.; Zabala, C. y Berruela, H. (2008). Diseño curricular para la construcción de una cultura de paz, Avances en supervisión educativa, 10, 1-16.

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