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«Nada nos asemeja tanto a Dios como estar siempre dispuestos a perdonar» (Juan Crisóstomo).

El chico se había ido de casa debido a los constantes desencuentros con sus padres. No coincidían en casi nada. Hasta había llegado a pensar que no eran sus verdaderos progenitores. Finalmente, un día cogió sus pertenencias y se fue. Su padre lo despidió desde el salón: «¡Vete y no vuelvas más!».

Que contradictorio es el ser humano, rechaza pero necesita acercamiento; se marcha, pero quiere volver; odia, pero necesita amor. Quienes han tomado posturas extremas suponen que no las van a cambiar. Pero las actitudes intransigentes producen más amarguras que soluciones. Se requiere otra cosa. «¡No vuelvas más!» no nos vale.

La reconciliación es vital.

No podemos vivir con la intranquilidad mental provocada por un alejamiento hostil durante mucho tiempo sin que nos cause algún tipo de problema mayor. Volver al diálogo y reconstruir la relación con nuestros seres queridos es muy importante para nuestras vidas. La reconciliación nos devuelve el equilibrio, la seguridad y la paz.

Asimismo, la reconciliación con Dios es la necesidad más profunda de cada ser humano. Es el elemento que da armonía a todo el conjunto de la vida. Las iglesias iCOR saben que invitar a las personas a reconciliarse con Dios solo es posible si se vive un espíritu de concordia dentro de sí mismas. Así que nuestras iglesias necesitan ese espíritu.

Jesús tuvo muchos enemigos. Lo acechaban para atraparle en alguna palabra que contradijera sus costumbres. Además, se pasaban murmurando sobre sus dichos y hechos. En una ocasión, sus oponentes llegaron a preguntarse por qué se juntaba con la gente despreciable. ¿Por qué se reía con esta clase de personas? Entonces, el Señor les dijo: «Supongamos que uno de vosotros tiene cien ovejas y pierde una de ellas. ¿No deja las noventa y nueve en el campo, y va en busca de la oveja perdida hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, lleno de alegría la carga en los hombros y vuelve a la casa. Al llegar, reúne a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alegraos conmigo; porque encontré la oveja que se me había perdido”. Os digo que así es también en el cielo: habrá más alegría por un solo pecador que se arrepienta, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse» (Lucas 15: 3-7).

Jesús es nuestra garantía.

Jesús tiene soluciones eficaces para la intransigencia humana. Da el primer paso para aclarar las cosas: «Venid, pongamos las cosas en claro —dice el Señor—. ¿Son vuestros pecados como la escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve! ¿Son rojos como la púrpura? ¡Quedarán como la lana!» (Isaías 1: 18).

¡Hay esperanza para cada uno de nosotros! No estamos solos ni abandonados. Para Dios, tenemos un inmenso valor, por eso no escatimó en dar a su Hijo para que accediéramos a la salvación. No hay imperfección, culpa, traición o acusación que no esté dentro de su capacidad de perdonar y restaurar. Él tiene especial cuidado de cada uno de sus hijos que sufren. Esa es la actitud conciliadora del Señor.

Hay demasiadas personas confundidas en este mundo. Como indica la parábola de la oveja perdida, son conscientes de que hay problemas, pero no saben definirlos ni encontrarles solución. Entonces aparece Dios con un diagnóstico bastante claro: los pecados escarlata son los que nos están envolviendo en una red imposible de escapar. Nos aprisionan, amargan, confunden y nos llenan de odio. Pero la reconciliación con el Creador del universo llena el vacío y la soledad del corazón humano. Solo el evangelio de la verdad trae el equilibrio a la mente y produce una alegría que nadie puede arrebatar.

El testimonio de Pablo.

El apóstol Pablo dice que no se avergüenza de ese evangelio porque proviene de Dios y es sumamente poderoso (Romanos 1: 16, 17). En su época, semejante afirmación era motivo de escándalo; pero para la propia experiencia de Pablo resultó revolucionaria. Su vida fue transformada. En un dibujo descubierto en zona arqueológica de Roma se observa a un esclavo cayendo de rodillas ante una figura crucificada con cabeza de asno. Debajo estaban escritas estas palabras: «Alexamenos adora a su dios», una burla hacia el cristianismo de aquel tiempo (1).

La proclamación de Pablo de que, mediante la crucifixión de Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo a sí mismo, era contradictoria con la sabiduría de la época. Después de todo, Dios era conocido como el motor inmóvil (concepto aristotélico) y, en general, los dioses griegos estaban caracterizados por su apátheia (apatía) e incapacidad de tener sentimientos y emociones. Para ellos, el cristianismo no elevaba el pensamiento humano, sino que lo hundía a las profundidades de lo absurdo.

Pablo aceptó la acusación contra la humilde cruz y las denuncias a las clases bajas que a ella se aferraban. Declaró que la mayor sabiduría de los hombres no había descubierto ni descrito al verdadero Dios. El Señor eligió lo que parecía ser insensato y débil para avergonzar a los sabios y fuertes de este mundo (1 Corintios 1: 27, 28). La razón humana es incapaz de hallar esa sabiduría. Sin la revelación divina es imposible que ese conocimiento esté al alcance de los hombres. Él, y no la filosofía o la retórica, hace posible nuestra reconciliación.

La restauración, una obra divina.

Las buenas noticias tienen que ver con la poderosa intervención de Dios en la historia humana para rescatar y restaurar. Dios hace por el hombre lo que este no puede hacer por sí mismo. Lo libera de las garras del pecado, así como de sus terribles consecuencias.

El Señor es omnipotente. Y su plan implica no solo redimirnos, sino también transformarnos. En su infinito amor, Dios quiere que volvamos a reflejar su imagen y semejanza en todos los ámbitos de la vida (Génesis 1: 26). Cuando el Señor iba a nacer en este mundo, el ángel indicó a José que su nombre debía ser Jesús, «porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mateo 1: 21). Así que Jesús no solo nos quita la culpabilidad del pecado, sino también sus efectos destructivos.

La presencia del Espíritu Santo renueva la mente y el corazón. Los tentáculos del pecado se van soltando de tal manera que deja de tener el dominio absoluto sobre la persona. La criatura se va transformando bajo la sabia influencia de Dios y los efectos perversos van perdiendo su poder.

Conclusión.

El creyente reconciliado es aquel que transmite a los demás los beneficios que ha recibido. La reconciliación experimentada debe trascender a su propia vida y experimentarla a través de hechos que redunden en beneficio de los demás. Ellos son seres necesitados de nuestra compasión y bondad porque acarrean los mismos problemas que nosotros teníamos antes de vivir en armonía con Dios.

Harvie M. Conn, profesor del Westminster Theological Seminary, asegura que la compasión debería abarcar no solamente a la persona que es transgresora, sino también a aquella contra quien se dirige la agresión: «Compasión significa más que ternura maternal; es más que la hija de Faraón viera llorar al bebé Moisés; es la hija de Faraón viendo llorar al bebé de un hebreo oprimido (Éxodo 2: 6). Es sensibilidad transformada en acción en beneficio del que fue víctima del pecado ajeno»(2). ¿Experimentamos una compasión similar hacia nuestro prójimo? ¿Sentimos una piedad semejante a la que Cristo tuvo respecto de la humanidad perdida?

John Jowett, conocido como el mayor predicador de su época, escribió: «El evangelio de un corazón quebrantado implica el ministerio de corazones sangrantes […] tan pronto como dejemos de sangrar, dejaremos de ser una bendición […] nunca podremos curar las necesidades que no sentimos»(3).

Nuestro Salvador ha de volver. Antes de despedirse de sus discípulos, les dejó una alentadora promesa: «¡No os angustiéis. Confiad en Dios, confiad también en mí. En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya os lo habría dicho. Voy a prepararos un lugar. Y si me voy y os lo preparo, vendré para llevaros conmigo. Así estaréis donde yo esté» (Juan 14: 1-3). «Mientras esperamos la venida del Señor tenemos que trabajar con diligencia. El saber que Cristo está a la puerta debe movernos a trabajar con más empeño por la salvación de nuestros semejantes. Así como Noé dio el aviso de Dios al pueblo antes del diluvio, así también todos los que entienden la palabra de Dios han de dar aviso al pueblo de esa generación»(4).

Que el Señor nos bendiga para que, con su ayuda y poder, experimentemos la reconciliación con nuestro buen Dios y nuestros semejantes.

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(1)  Ivan Blaze, El evangelio en la calle, Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1997, pág. 30.
(2)  Philip G. Samaan, El método de Cristo para testificar, Doral: Asociación Publicadora Interamericana, 1990, pág. 60.
(3) Ibíd., pág. 61.
(4) Elena White, Cristo nuestro Salvador, pág. 167.

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Para compartir

  1. ¿Por qué la reconciliación es tan importante en la vida del creyente?
  2. ¿Podría haber salvación sin reconciliación con Dios?
  3. ¿Hay algún paralelismo entre la reconciliación y la misión que el Señor nos ha encomendado?
  4. ¿En qué medida la restauración implica ceder algo de uno mismo?
  5. En la restauración del cristiano se sigue un Modelo. ¿Quién es y por qué?
Revista Adventista de España