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Somos iguales porque somos diferentes. Nuestras diferencias nos hacen únicos, por eso es absurdo compararnos. Para convivir, simplemente necesitamos aprender a respetarnos. 

Cada niño es distinto, y defenderé hasta la saciedad su derecho a serlo. Solamente somos iguales en que somos diferentes. Esa diferencia es lo que nos hace únicos y especiales. El querer igualarnos nos causa sufrimiento, frustración, problemas de convivencia, faltas de respeto y bullying. Sí, porque el acoso escolar comienza por no aceptar las diferencias del otro. Y no solamente en el aula, los adultos también lo hacemos.

La palabra respeto, según la RAE (Real Academia de la Lengua Española) viene del latín «respectus», (‘acción de mirar atrás’, ‘atención, consideración, miramiento’).

1. m. Veneración, acatamiento que se hace a alguien.

2. m. Miramiento, consideración, deferencia.

Y respetar sería:

1. tr. Tener respeto, veneración, acatamiento.

2. tr. Tener miramiento (respeto, atención).

Me gusta lo de atención. Tal vez podríamos decir que respetar a alguien sería ponerle atención, «verle».

El respeto se asocia con el acatamiento que se hace a alguien; incluye atención y cortesía. El respeto es un valor que permite al ser humano reconocer, aceptar, apreciar y valorar las cualidades del prójimo y sus derechos.

Todos tenemos debilidades, fortalezas, inteligencias, dones y entornos diferentes. Nadie es mejor que nadie. Y si lográsemos comprender esto tan sencillo, la sociedad cambiaría para mejor. Un médico no sabe arreglar un motor; y un mecánico no puede tratar una enfermedad. Nos necesitamos unos a otros. Eso es lo que nos iguala: somos diferentes y complementarios. Por eso debemos aceptarnos, amarnos y respetarnos. Resulta enriquecedor. El otro nunca será como yo, ¡pero eso es genial si consigo verle más allá de mis prejuicios! No es mejor, no es peor, es simplemente «otro».

El pájaro y la tortuga

No podemos comparar a un pájaro con una tortuga. Son distintos. La tortuga jamás podrá volar, por mucho que nos empeñemos en obligarla; yel pájaro no tendrá jamás un espacio propio dentro de sí mismo, por mucho que le pueda gustar la idea. De hecho, si obligamos a la tortuga a alzar el vuelo, se despeñará y morirá. Y si forzamos al pájaro a refugiarse en sí mismo y a caminar por tierra siempre, se frustrará y deprimirá. Vivirá con problemas de ansiedad y depresión toda su vida, hasta que comprenda quién es realmente, cuáles son sus dones y para qué ha sido creado. Ya lo decía Albert Einstein: «Todos somos genios. Pero si juzgas a un pez por su habilidad de trepar árboles, vivirá toda su vida pensando que es un inútil».

Tardé un poco en comprenderlo porque fui educada en el sistema, pero el tener un hermano con una inteligencia superior a la media nacional, que le situaba fuera del mismo, me hizo ver las cosas desde otra perspectiva.

No soy educadora. Soy teóloga, comunicadora, hija, hermana, esposa y madre. Y aunque es cierto que tuve el privilegio de ser profesora de religión durante un año en una sustitución de Secundaria, y disfruté de un verano enseñando historia de España a un grupo de americanos, con mi experiencia (ni mucha ni poca, la mía), me atrevo a afirmar que las comparaciones dañan las relaciones. La competencia es la ridícula manera que tienen algunos para sentirse superiores a otros. Lo verdaderamente importante es aprender a respetarnos y a colaborar. ¿Pueden competir un mono y un perro en trepar a un árbol? ¿Pueden hacerlo en olfatear la pista de un desaparecido? ¡Qué absurdo! Cada uno es bueno en una cosa distinta. Ninguno es mejor o peor que el otro. Porque son diferentes, su valor es exactamente el mismo.

Enseñemos a los niños a vivir

Educamos a los niños para ganarse la vida, pero no les enseñamos a vivir. Los valores son vitales, y el del respeto es básico. Nuestra sociedad actual carece de este valor, y por eso estamos como estamos.

En el colegio de mi hijo, todos los años, trabajan un valor. E incluso componen una canción basada en él, para iniciar y despedir el día. Este año ese valor es el respeto. Pienso que si realmente educásemos a nuestros hijos (y a nosotros mismos), en la asimilación de ese valor, el mundo sería un lugar mejor.

El respeto es una manera de amar. Es la base. No puedo amar al otro sin respetarlo. En cualquier relación humana, incluso con el entorno, el respeto es vital. Respetar a los padres; a los maestros; respetar a los compañeros; la naturaleza, respetar a Dios… Entender, y aceptar, que el otro es diferente, y que eso no le hace peor… que no es ni mejor, ni peor, es diferente. Eso es básico para la sana convivencia y la salud mental.

Del mismo modo, a nivel espiritual, no puedo decir que amo a Dios, o llamarme “cristiana” (seguidora de Cristo), si no le respeto. Si no le obedezco, si no le tomo en cuenta en mi vida, ¿cómo puedo decir que le quiero si no le respeto y le tomo en consideración sus consejos?

En el matrimonio; con los hijos; con los familiares y amigos; en la escuela…, todo se derrumba cuando falta el respeto. Es el principio del fin.

Respetar es una decisión

respeto

Sí, porque el respeto, como el amor, es una decisión. Es un ejercicio de la voluntad. El verdadero amor no es un sentimiento, es una decisión… una acción que Jesús nos propone:

  • «Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios» (1 Juan 4: 7).
  • «Os doy un mandamiento nuevo: Amaos unos a otros; como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros. Vuestro amor mutuo será el distintivo por el que todo el mundo os reconocerá como discípulos míos». (Juan 13:3 4-35)

Jesús puede pedirnos que amemos porque el amor es más que un sentimiento, es acción. Es decidir aceptar (y respetar) al otro, ¡y hacerlo! Y gracias a Dios, se puede educar.

Podemos pensar que es un problema social, una afección del «mundo» Pero a veces los cristianos, en las iglesias y en las escuelas, nos faltamos muchísimo el respeto unos a otros. Competimos, comparamos, criticamos, juzgamos mal… ¡Todo lo contrario de lo que Jesús nos pidió! ¡Y nuestros hijos lo están viendo! Luego no nos sorprendamos si no son capaces de respetar a otros, cuando nosotros tampoco lo hacemos.

La base del amor al prójimo es el respeto. Es entender que somos diferentes y que todos valemos lo mismo. Es aceptar al otro como es, con sus errores y defectos, reconociendo los propios, y estando dispuestos a caminar con él hacia adelante y hacia arriba de la mano de Jesús. Amar más, y criticar menos. Dejar los juicios negativos y comprender que solamente Dios tiene potestad para corregir y cambiar. A nosotros nunca se nos pidió juzgar a los hermanos. Tan solo se nos dijo: aprende a amarlos. Y no de cualquier manera… sino como Jesús te ha amado, y les ha amado, hasta lo sumo, hasta dar la vida. Del todo.

Muchos de nuestros jóvenes se van de la iglesia porque, simplemente, no se sienten respetados. No se sienten amados. Solamente les señalamos todo lo que no hacen bien. «¡No te vistas así!», «¡No hagas tal cosa!», etc.

¿Qué tal si en lugar de criticarles decidiésemos amarles, acompañarles y ayudarles a mejorar? Sí, es más largo, y más difícil. Requerirá un esfuerzo personal por nuestra parte, pero es lo que Jesús quiere que hagamos. Por supuesto, criticar es muhísimo más fácil.

Podemos ayudar, guiar, mostrar el camino, a nuestro hermano, a nuestro joven o nuestro adolescente, cuando se ha perdido, ¡por supuesto! Pero siempre, con amor y respeto. Sabiendo que nosotros tenemos un montón de imperfecciones también con las que luchar, y que solamente Cristo es perfecto. Únicamente podemos ser perfectos en Él.

Y es que sí somos iguales porque somos diferentes en dones y capacidades, también lo somos en nuestras distintas maneras de pecar. ¡Y todas nos alejan de Dios! Por eso necesitamos aprender a respetar y amar, de verdad, a los demás. Y eso solamente es posible de la mano de Jesús.

Amar es de valientes

Amar es de valientes. Como diría el humorista Dani Rovira: «¿Sabes que es de valientes? Decir ¡Te quiero! Porque yo mi vida la quiero compartir con gente que dice te quiero». No puedo estar más de acuerdo, ¿y tú?

Tal vez eso de «amar a los demás» sea un topicazo que nos cuesta digerir (o que pensamos que ya hacemos, pero no). Por eso, comencemos por el germen del amor: el respeto. Y hagámoslo desde temprana edad, porque cuanto antes lo aprendan los niños a respetar, menos daño se harán y harán a los demás.

Enseñando a los niños el valor del respeto

¿Cómo podemos enseñar a nuestros niños a respetar al otro? ¡Con el ejemplo! No hay otra manera. Nuestros hijos respetarán y amarán a los demás en la medida en la que nosotros mostremos respeto y cariño por los otros, ¡y en la manera en la que nosotros les respetemos a ellos, y les hagamos respetarnos también! (¡Atención a este punto!)

Como cristianos, tenemos una enorme «tarea pendiente» en este sentido. Los mayores problemas de los niños en las escuelas; de las familias; y de los cristianos en las iglesias están cimentados en la falta de respeto.

Ojalá seamos sabios y podamos mirar a Cristo, y su carácter de amor y aceptación pueda reflejarse en nosotros y a través de nosotros.

Sin duda, también seremos objeto de faltas de respeto, de falsos «cartelitos», de juicios y de críticas. Si ese es el caso, mantengámonos en el sitio, «por mucho que alguien escupa a las cataratas del Niágara, no logrará reducir su grandeza». Demostremos quienes somos en realidad con dignidad y paciencia. El Señor, con el tiempo, suele poner las cosas en su lugar.

Todos necesitamos conocer más del carácter de Jesús, estudiando el Nuevo Testamento y leyendo el libro, de Elena White: El Deseado de todas las gentes. Un libro maravilloso, que le retrata con ningún otro. Te lo recomiendo.

Conclusión

Mi deseo es que aprendamos a respetar a Dios; a nosotros mismos; a nuestras parejas; a nuestros hijos; y a todos los que nos rodean, para que de ese modo nuestra sociedad cambie. Y ojalá seamos conscientes de que el cambio debe comenzar con nosotros y seguirá con la educación de nuestros niños en casa. ¿Cómo? Permitiendo que el Espíritu Santo trabaje en nuestros corazones. Por eso el respeto a Dios es lo primero, porque de ese respeto partirá todo lo demás. Él nos ayudará a cambiar.

Él ha prometido: «Y os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y que guardéis mis juicios, y los pongáis por obra». (Ezequiel 11:19-20). Dios ha prometido trabajar en nuestro interior, si le dejamos: «porque Dios es el que en vosotros produce tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Filipenses 2:13).

Y es que la teoría no vale de nada sin la práctica. Mira en tu corazón, ¿hay respeto hacia Dios y hacia los demás?, ¿hay respeto hacia ti mismo y hacia lo que te rodea?, ¿estás inculcando este maravilloso valor en tus hijos?, ¿lo están viendo en ti? Ojalá sea así.

Autora: Esther Azón, teóloga y comunicadora.
Foto de Tengyart en Unsplash

4 comentarios

  • Manuela Hernández Sanchez dice:

    Maravillosa tu valoración del respeto a uno mismo y a los demás. Un gran escrito Te quiero
    Manolita

  • Isabel Cervantes dice:

    Muchas gracias por tan buen y oportuno artículo. Que el Señor nos ayude a reflexionar sobre este importante tema, para que podamos mejorar nuestro respeto hacia los que nos rodean, y sobre todo en la iglesia.

    • Esther Azón. Revista Adventista dice:

      Muchas gracias por tu comentario, Isabel. Que el Señor nos ayude a amar más y mejor. Bendiciones.