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«Solo la presencia de Cristo puede hacer felices a hombres y mujeres. Cristo puede transformar todas las aguas comunes de la vida en vino celestial. El hogar viene a ser entonces un Edén de bienaventuranza; la familia, un hermoso símbolo de la familia celestial» (El hogar cristiano, pág. 24).

Si hay una palabra que realmente define el sentimiento de comenzar una nueva etapa junto a la persona que quieres es la ilusión.

La ilusión está estrechamente relacionada con las expectativas, las emociones, la alegría y la esperanza.

En primer lugar, el hecho de iniciar una nueva vida genera ciertas esperanzas, ideas que llenan tu mente acerca de cómo será esa etapa que está aún por comenzar. Cuando pienso en ello, no puedo más que viajar un año atrás y remontarme a cuando imaginaba y planificaba cómo sería mi nuevo hogar, cuáles serían mis responsabilidades, de qué manera organizaría el tiempo, las tareas, la economía, en definitiva, cómo crearía desde cero mi propia familia.

Por supuesto, las expectativas que se generan cuando piensas en todo ello son muy altas porque uno espera y desea que, gracias a la perfecta combinación de amor, ilusión, respeto y colaboración, todas esas tareas ayuden a construir un núcleo familiar único y armonioso. Único porque parte de dos personas que aportan lo más personal y genuino de sí mismos, haciendo que esa unión dé como resultado una combinación extraordinaria y especial. Y, del mismo modo, armonioso porque ambas partes se complementan, contribuyendo cada uno a enriquecer el vínculo formado.

Sin embargo, la mayor expectativa surge al imaginar cómo Dios va a unir todas esas piezas, ayudando a crecer y fortalecer la alianza que hemos creado, para que los planes ideados dejen de ser meros deseos o intenciones y se conviertan en una realidad diaria.

En segundo lugar, no podemos separar la ilusión de una emoción tan grande como la alegría. Esta es la que brinda energía, la que aporta una chispa de entusiasmo, la que permite soñar e imaginar y la que ayuda a sobrellevar incluso las cargas más pesadas.

La verdadera alegría se experimenta plenamente cuando se comparte con los demás y es ahí donde radica su mayor virtud. Tener una propia familia es un motivo de alegría imposible de disfrutar individualmente, ha de ser compartida y contagiada, de modo que sea uno de los pilares en los que se cimente dicha unión. Sin embargo, es difícil vivir con una alegría constante cuando vivimos en un mundo injusto, lleno de dolor y sufrimiento a nuestro alrededor. La familia, por consiguiente, no puede vivir aislada de estos acontecimientos puesto que, sin lugar a dudas, muchas veces se verá afectada por ellos. Por esta razón, es sumamente necesario cultivar la alegría en el núcleo familiar, hacer de ella uno de los elementos imprescindibles en el día a día para que, cuando surjan la tristeza, el rencor o el desánimo, exista la necesidad de volver a su estado natural, reviviendo esa dicha que permite solucionar la mayoría de los problemas y nos hace más felices.

La alegría, en el contexto familiar, ha de conducir al perfeccionamiento, a alcanzar objetivos comunes así como metas positivas que ayuden en todo momento a fortalecer un vínculo que no está exento de recibir influencias negativas pero que, gracias a unos buenos cimientos y a la ayuda de Dios, podrá conservar el gozo que lo caracteriza.

En tercer lugar, y como se indicaba al inicio, además de las expectativas y la alegría, la ilusión también está enlazada con las aspiraciones, los anhelos y la esperanza.

Por un lado, se aspira a construir sobre bases correctas, que permitan corregir los posibles errores que vemos a nuestro alrededor y que marcan la sociedad de impactos negativos como son las rupturas o los abandonos. De este modo, tener siempre en mente la aspiración de luchar contra este tipo de hechos hará de la familia un hogar más estable.

Por otro lado, construir una familia implica el anhelo de forjar una vida independiente, agradable y duradera, donde el diálogo, el perdón o la reconciliación sean siempre los puntos fuertes de esa unión. La gran ventaja de construir desde cero es la posibilidad de crear un modelo de vida que permita establecer todas estas bases de antemano, convirtiéndolas en pilares inamovibles y sabiendo que, con la ayuda y dirección de Dios, podrán llevarse a cabo de la mejor manera posible.

No obstante, por encima de las aspiraciones y los anhelos, creemos que lo más importante es la esperanza. Tener la firme convicción de crear una familia que perdure por la eternidad es lo que mantiene viva la ilusión. Este es el objetivo primordial que nunca tenemos que perder de vista. No debemos estrechar lazos únicamente terrenales sino mantenerlos y conservarlos para que permanezcan unidos hasta que el Señor regres.

“El árbol de los problemas”

Después de haber profundizado en los conceptos que mayor relación tienen con la ilusión y, concretamente, con la de crear una nueva familia, conviene no solo mencionarlos sino experimentarlos y ver de qué manera se pueden aplicar en nuestra rutina diaria.

Personalmente, cuando me embarqué en la fantástica aventura de iniciar una familia hubo un relato que llamó poderosamente mi atención: “El árbol de los problemas” y que está directamente relacionado con los términos anteriormente expuestos:

Hace algunos años, un hombre albergaba la idea de convertir una de sus propiedades más antiguas en un gran casa de campo, donde pudiera pasar todo el tiempo libre que tuviera junto a su familia. Para ello contrató a un carpintero, el cual se encargaría de todos los detalles logísticos de la restauración y así, podrían finalizar la tarea en menos tiempo.

Un día, el hombre decidió ir a la propiedad para verificar que todos los trabajos se estaban realizando correctamente pero, en ese momento, se percató de que el carpintero no estaba teniendo un buen día. Su cortadora eléctrica se había estropeado haciéndole perder dos horas de trabajo. Después de arreglarla, un corte de electricidad en el pueblo le hizo perder dos horas más. Para colmo, tratando de recuperar el tiempo que había perdido, partió dos cierres de su cortadora intentando ir más deprisa. Parecía que nada podía ir peor pero seguían aumentando los contratiempos. Ya finalizando la jornada, el pegamento que tenía no le alcanzó para mezclar su fórmula secreta de acabado, con lo cual lo dejó todo sin terminar. Desesperado, decidió irse a su casa pero no pudo ya que, cuando se disponía a marchar, su camión se negó a arrancar.

Por supuesto, el dueño de la granja se ofreció a llevarlo y observó que mientras recorrían los hermosos paisajes en el coche, el carpintero iba en silencio meditando, incluso parecía un poco molesto por los desaires que el día le había jugado.

Después de treinta minutos de recorrido llegaron a la casa del carpintero. En ese momento, en vez de despedirse, éste lo invitó a quedarse a cenar y conocer a su familia. Mientras ambos se dirigían a la puerta de la casa, el carpintero se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol de color verde intenso y muy hermoso. Acarició varias ramas con sus manos mientras admiraba sus preciosas hojas.

Cuando abrió la puerta de entrada, ocurrió una sorprendente transformación. Su bronceada cara estaba llena de sonrisas y alegría. Sus hijos se lanzaron sobre él dando vueltas en la sala. Le dio un beso a su esposa, lo presentó y se dispusieron a comer. Al finalizar la cena, ya despidiéndose, lo acompañó hasta el coche. Cuando pasaron nuevamente cerca del árbol, la curiosidad fue tan grande que el hombre no puedo resistirse a preguntar acerca de lo que le había visto hacer un rato antes. Le recordó su conducta frente al árbol. Entonces, el carpintero respondió: «¡Oh!, ese es mi árbol de los problemas». Y luego procedió a explicarse: «sé que no puedo evitar tener dificultades en mi trabajo, percances y alteraciones en mi estado de ánimo, pero una cosa sí es segura: esos problemas no pertenecen ni a mi esposa ni tampoco a mis hijos. Así que simplemente, cada noche cuando llego a casa, los cuelgo en el “árbol de los problemas”. Luego, por la mañana los recojo nuevamente porque tengo que solucionarlos. Lo divertido es, dijo sonriendo el carpintero, que cuando salgo por la mañana a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior».

El dueño de la propiedad se subió a su coche meditando sobre la estrategia del carpintero. Entonces se dijo a sí mismo: «valió la pena el paseo de hoy». Cuando llegó, se dispuso a seleccionar su árbol de los problemas y, desde entones, cada vez que llegaba a su hogar se dedicaba a colgar en él todo aquello que pudiera afectar a la paz y a la alegría de su familia.

Este relato, en el que vemos varios elementos de ficción, tiene un gran trasfondo que me ayudó a ver reflejados los tres conceptos que hemos estado citando.

El protagonista de esta historia tenía una ilusión: convertir una vieja propiedad en un hogar confortable. Esa ilusión le hacía albergar ciertas expectativas, ya que con esa reforma esperaba pasar más tiempo de calidad con su familia. A medida que avanza la historia, vemos que el personaje secundario cobra protagonismo y nos da una gran lección. El carpintero tenía como premisa fundamental no empañar la armonía y la felicidad de su familia con ningún aspecto laboral ni personal. Este hecho nos ayuda a reflexionar sobre la importancia de dejar aparcados ciertos problemas que puedan influir negativamente en el núcleo familiar.

Por supuesto, no quiere decir que no debamos compartir nuestras cargas personales, nuestros problemas o frustraciones con nuestros seres queridos, porque ellos son los primeros que nos pueden escuchar, com- prender y ayudar a solucionar total o parcialmente aquello que nos ocurre. Este plano comunicativo es necesario e imprescindible en la familia, el problema aparece cuando pasamos únicamente de comunicar nuestros problemas a trasladarlos a las personas que nos rodean, proyectando en ellas nuestra rabia o frustración. Este es el punto crucial que debemos evitar para mantener, siempre que sea posible, un ambiente pacífico y agradable.

Finalmente, el cuento nos introduce un elemento de ficción: “el árbol de los problemas”, que sirve para albergar todo aquello que le sucede al carpintero y que no quiere traspasar a su familia. Como cristianos, no disponemos de un “árbol de los problemas” sino que tenemos la gran ventaja de contar con el Ser que los puede solucionar. Tenemos a Dios en nuestra vida para contarle y poner en sus manos todo aquello que nos preocupa, sabiendo que en él tenemos la mejor fuente de sabiduría y ayuda posible.

Conclusión

Tras estas reflexiones, no puedo más que proponer para la construcción diaria de la familia, el mantenimiento y la mejora del proyecto que todos iniciamos tiempo atrás, seguir soñando e imaginando como este irá creciendo, fortaleciéndose y perfeccionándose. No dejar de tener expectativas, puesto que siempre hay nuevas metas y horizontes por alcanzar. Asimismo, propongo mantener el núcleo familiar lleno de alegría, intentando no enturbiarlo con elementos externos que no aporten algo positivo. Y, por último y lo más importante, albergar la esperanza de mantener la familia siempre unida ya que esto es lo que le da sentido e ilusión, saber que ese núcleo permanecerá firme y bendecido por la eternidad.

Revista Adventista de España