Hace muchos años, en una ciudad del oriente de Colombia, vivía Miguelito con sus padres y su hermanita. Miguelito era el mayor de los hermanos y tenía seis años, mientras que su hermanita tenía cuatro.

El padre de la familia había viajado a la selva del Carare con el fin de explotar las finas maderas que hay en aquel lugar. Luego de varias semanas de ausencia, volvió al hogar trayendo regalos para todos y contando sus experiencias vividas en la selva.

Pellín, el lorito

Entre las muchas curiosidades traídas, estaba un loro herido. El papá de Miguelito lo había encontrado tirado en el suelo, con sus plumas mojadas, el ala rota, y dando gritos en procura de auxilio. El papá le había curado el ala, pero no había quedado del todo bien y como no podía volver a la selva, porque sería presa fácil de otros animales, decidió llevarlo a casa.

-¡Qué lindo es el lorito! -exclamaron los niños.

-¿Puede hablar el lorito, papá? -preguntó el niño.

-Claro que sí -replicó el padre-; los loros pueden imitar los sonidos que escuchan a su alrededor y por eso imitan las palabras que más oyen.

-¡Qué bueno! -dijeron los niños-; le vamos a enseñar a hablar.

-Pero niños -dijo la madre-, ¿no han pensado en ponerle nombre al lorito?

Los niños callaron por un momento y luego decidieron llamarlo Pellín.

El corito favorito de Pellín

Pellín comenzó a adaptarse al ambiente familiar y los niños le enseñaron a silbar un corito que dice:

“Cristo muy pronto del cielo vendrá”… También le enseñaron a decir “Cristo viene pronto”. Pellín repetía día tras día esta frase, hasta que llegó a ser algo muy familiar para él.

Cuando los niños jugaban a que hacían el culto, Pellín estaba presente, y cuando Miguelito hacía de predicador, Pellín decía desde su silla: “Cristo viene pronto”, ruuuuuuuaa…

Los niños estaban tan contentos con su nuevo “amigo”, que a todos los que venían a la casa se lo mostraban y le pedían repetir la frase “Cristo viene pronto”, ruuuuuuuaa…

Pellín se pierde

Un sábado mientras estaban en la iglesia, no se sabe cómo, Pellín se escapó de la jaula; quizá vagó por la casa y al no ver a sus amiguitos para jugar con ellos, se sintió solo, y decidió abrir sus alas para emprender una gran aventura, tal vez la más interesante de cuantas haya protagonizado un lorito.

Pellín partió en raudo vuelo sobre las casas del barrio, atravesó gran parte de la ciudad y finalmente, como su ala no funcionaba bien “aterrizó” en la copa de un árbol en un parque, no muy lejos de su casa. Tenía hambre y deseaba comer algo.

De pronto… Pellín sintió la voz de unos niños que habían ido a jugar en el pequeño bosque del parque. Decidió bajar para recibir comida. Los pequeños le alimentaron, y fueron tan amables con él que se marchó con ellos.

Entretanto, Miguelito y su hermanita habían llegado de la iglesia y, para su sorpresa no encontraron a Pellín por ninguna parte. Emita comenzó a llorar, pero se consoló con las palabras del padre, quien le había dicho que a esas aves les gusta salir a pasear por los alrededores y luego regresan. Pero no ocurrió así con Pellín, porque  ahora estaba ahora muy lejos, en la casa de unos nuevos amos, que no sabían que se había escapado.

Los días comenzaron a pasar y Pellín no apareció por ninguna parte, ni se encontró rastro alguno de su aventura.

Pellín “habla” de Jesús a su nueva familia

Mientras tanto Pellín estaba acostumbrándose a su nuevo hogar y a sus nuevos dueños a quienes también les gustaba hablar con él. Pellín permaneció muy callado al principio, pues todo le parecía muy extraño. Sin embargo, un día comenzó a chillar y a silbar lo que había aprendido en su hogar anterior. Sus nuevos amos, Carlos, Joaquín y la hermanita Elsy,  escucharon las primeras notas del corito “Cristo muy pronto del cielo vendrá”… Esas eran melodías desconocidas para todos ellos.

-¡Mamá! -exclamaron los niños-. El lorito dice que Cristo viene pronto. Parece que ha estado en casa de algún religioso o en casa de algún protestante, y se escapó de allí.

Pasaban los días y el lorito seguía repitiendo la misma frase.

Cierto sábado los niños fueron a casa de sus abuelitos. En aquel lugar había una iglesia donde se hacían cultos los sábados, y los domingos permanecía cerrada.

Llevados por la curiosidad, los niños entraron en la iglesia; de pronto…

-¡Mira Carlos! -dijo Joaquín-; en ese cartel dice: “Cristo viene pronto, prepárate”.

-Volvamos el próximo sábado a ver qué más hacen aquí.

La familia de Pellín conoce a Jesús en la iglesia

De modo que volvieron el sábado siguiente, y esta vez llegaron, más temprano. Al entrar, una señorita los invitó a la escuela sabática para los niños. Allí se sintieron muy contentos hasta que, de pronto, escucharon el mismo corito que silbaba el torito…

Nuestros tres amiguitos se miraron sorprendidos y pensaron que valía la pena seguir asistiendo a la escuela sabática para niños.

Al sábado siguiente llegaron a la iglesia en compañía de su madre, quien estaba deseosa de conocer lo que ocurría en la “iglesia del lorito”. Pronto decidieron hacerse miembros de la escuela sabática. Más tarde la madre comenzó a recibir estudios bíblicos, y al cabo de varios meses, se bautizó.

Ese día, al dar su testimonio, la señora contó la forma en que habían recibido el mensaje de salvación. Entre la congregación estaban dos niños que conocían a Pellín; se trataba de Miguel y Ema. Al concluir el culto les saludaron y la niña le dijo:

-Ese lorito se llama Pellín y es nuestro.

La señora sonrió amablemente y llevó a Miguelito y a Ema a su casa para que pudieran llevarse a Pellín.

Pellín vuelve a casa

Este conoció a sus verdaderos amos enseguida, y volvió a su casa ese mismo día después de ocho largos meses de ausencia como “evangelista”. El padre de Miguelito regaló a los nuevos conversos otro lorito para reemplazar a Pellín. Un año después el padre de Carlos, Joaquín y Elsy también fue bautizado en la iglesia adventista y ahora todos los niños estudian juntos para servir algún día, así como lo hizo el famoso lorito. ¡

Felicitaciones, Pellin!

Autor: Vicente Duarte Rodríguez

Selección de materiales de Eunice Laveda, miembro de la Iglesia Adventista del 7º Día en Castellón. Responsable, junto con su esposo, Sergio Fustero, de la web de recursos para la E.S. Fustero.es

Fotos: Camilo Ayala en Unsplash  Lacie Slezak on Unsplash

 

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