En los últimos días ha circulado una fotografía en la que varios líderes religiosos aparecen reunidos alrededor del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, orando por él y pidiendo protección divina. La imagen ha generado debate entre muchos cristianos. No por el hecho de orar por un gobernante —algo que la Biblia claramente recomienda—, sino por lo que esa escena puede sugerir sobre la relación entre la fe y el poder político.

El apóstol Pablo escribió: «Recomiendo, ante todo, que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por toda la humanidad, y especialmente por los gobernantes y todas las autoridades, para que vivamos una vida tranquila y sosegada» (1 Timoteo 2:1-2). El consejo es claro: los cristianos deben orar por quienes ejercen autoridad. Orar para que Dios les conceda sabiduría, para que gobiernen con justicia y para que sus decisiones favorezcan la paz.
Sin embargo, la oración cristiana por los gobernantes no es una aprobación automática de sus decisiones ni una petición para que prosperen determinados proyectos políticos. Es una súplica para que Dios ilumine sus conciencias, los guíe hacia la justicia y les recuerde el valor de cada vida humana. Orar por los gobernantes no significa necesariamente orar a favor de sus políticas.
Separación entre Iglesia y Estado
La tradición protestante, y de manera particular la Iglesia Adventista del Séptimo Día, ha defendido históricamente la separación entre la Iglesia y el Estado. Jesús mismo expresó este principio cuando dijo: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».
La misión de la iglesia no es sostener el poder político ni identificarse con proyectos partidistas, sino anunciar el evangelio del Reino de Dios.
La historia cristiana muestra que cuando religión y poder político se fusionan, el resultado rara vez ha sido fiel al espíritu del evangelio. Con frecuencia, la fe ha sido utilizada para legitimar intereses nacionales, conflictos armados o persecuciones religiosas. La reflexión adventista sobre la historia —expresada, entre otros lugares, en El Conflicto de los Siglos de Elena White— advierte precisamente del peligro que surge cuando desaparece la separación entre la iglesia y el poder civil.
Al mismo tiempo, la neutralidad política de la iglesia no significa indiferencia moral. El evangelio sigue llamando a defender la dignidad humana, la libertad de conciencia y el valor de cada vida. La iglesia no está llamada a bendecir el poder, sino a recordar los principios del Reino de Dios.
De hecho, la Biblia presenta a menudo a los mensajeros de Dios no como legitimadores del poder, sino como su conciencia moral. Natán confrontó al rey David por su pecado. Elías denunció la injusticia del rey Acab. Juan el Bautista reprendió públicamente a Herodes. La voz profética de la fe no consiste en sacralizar a los gobernantes, sino en recordarles que también ellos están bajo la autoridad de Dios.
Oración y prudencia
Tampoco la oración cristiana depende de la calidad moral de un gobernante. Pablo escribió su exhortación en un contexto en el que las autoridades del Imperio romano distaban mucho de ser modelos de justicia. Aun así, los cristianos oraban por ellas, no para legitimar su poder, sino para que Dios obrara en sus corazones y para que se preservara la paz.
Por eso, aunque cada creyente pueda tener sus propias convicciones políticas, la iglesia como comunidad debe ser prudente al vincular su testimonio con líderes o proyectos concretos. Su vocación es recordar que el camino de Cristo no se construye sobre la ley del más fuerte.
Jesús no enseñó la supremacía del poder, sino la ley del amor. Sus seguidores están llamados a amar al prójimo, a defender la dignidad humana y a lamentar —no celebrar— la muerte de los inocentes.
Los cristianos oramos por todos los gobernantes, pero pertenecemos a otro reino. Nuestra misión no es bendecir el poder político, sino recordar al mundo el carácter de Dios: justicia, misericordia y amor.
Autor: Óscar López Teulé, presidente de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en España.


