Espiritual

Miércoles: “UNA MESA EN LA TIERRA, UNA MESA EN EL CIELO”

Marcos 2: 3-17 UNA MESA EN LA TIERRA, UNA MESA EN EL CIELO. ¿Cómo determinamos a quién aceptamos y a…

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Marcos 2: 3-17

UNA MESA EN LA TIERRA, UNA MESA EN EL CIELO.

¿Cómo determinamos a quién aceptamos y a quién excluimos de nuestro círculo de amigos? ¿Acaso les pasamos un test en nuestra mente para determinar su “valor”? ¿Se basa en su religión, su religiosidad, o su estatus social? ¿Tienen que ser Cristianos, en términos generales, o tienen que ser específicamente Adventistas del Séptimo Día? ¿Tienen que ser amigos de forma regular y activos en Facebook o eres algo más flexible?

Tomemos unos minutos y dividámonos en grupos. Contestemos la siguiente pregunta: ¿Cómo determinamos quién entra y quién no entra en nuestro círculo de amigos?

Si hubo una cosa acerca de Jesús que incomodaba a los dirigentes y gobernantes de su época por encima de cualquier otra, y que confundía a sus discípulos, era la manera en que trataba a los marginados de la sociedad. Todo el mundo creía que cuando viniera el Mesías restauraría a Israel a su estado de privilegio con Dios, pero nadie esperaba que en el reino se aceptara a todo el mundo, a cualquier persona de cualquier estatus social.

La inclusión de ‘los marginados de la sociedad’ en el reino y en el favor de Dios fue algo inesperado, y que tomó a todos de sorpresa. Sin embargo, esto es lo que hace que el ministerio de Jesús sea tan hermoso y atractivo al leer los evangelios.

En Marcos 2:13-17 se pinta un cuadro del reino que Jesús vino a establecer, no solo en la sociedad israelita, sino también en el corazón de sus discípulos.

UNA MESA DE SEPARACIÓN

Leví, también conocido como Mateo, es un recaudador de impuestos. Es odiado tanto por los judíos como por los gentiles, porque él cobra impuestos para los romanos. Los romanos establecían los impuestos, pero nadie sabía a ciencia cierta cuánto se debía pagar excepto los recaudadores de impuestos. Así que, era la práctica habitual de los recaudadores cobrar un poco más de lo exigido, y así quedarse con el sobrante. Leví era aún más odiado, porque él, siendo judío, cobraba los impuestos a su propia gente para dárselos a los invasores romanos. Se lo consideraba peor que a los propios gentiles. A decir de todos, él no era material para el reino, y mucho menos para ser discípulo. Como judío, había sido criado en la iglesia, había asistido al Club de Exploradores, a Pioneros, a la Sociedad de Jóvenes, a la Escuela Sabática; era Guía Mayor, y tenía las principales Especialidades de su tiempo. Pero en algún momento de su vida, se sintió fascinado por las luces de las grandes ciudades, fue arrastrado como el hijo pródigo, y pensó que hacer dinero fácil le daría la felicidad. Es muy curioso lo que uno estaría dispuesta a hacer para tomar un atajo hacia la felicidad. Leví se pasó de la raya y se fue a trabajar del lado de los enemigos, en contra de su propia gente.

Como sucede en el caso de muchos jóvenes que transitan por el camino de Leví, tarde o temprano se dan cuenta de que la búsqueda de la felicidad apartados de Dios es como pelar cebollas; al final se dan cuenta de que no hay nada adentro. En realidad, Leví no sabía cómo procesar su angustia. No podía ir a la sinagoga, porque sabía lo que seguramente le esperaba: el rechazo por parte de su propia gente. De modo que lo mantuvo en secreto, hasta que pasó Jesús, que tiene una manera muy peculiar de llegar justo a tiempo.

EL PODER DEL AMOR

Los versículos 13 y 14 dicen que Jesús se acercó y pasó intencionalmente frente al despacho de recaudación de impuestos, donde se encontraba trabajando Leví, y le dijo de forma directa: “Sígueme.” Aquí hay algo que es sencillamente muy profundo acerca del reino, y que no podemos dejar pasar.

Jesús no espera a que la gente lo descubra o lo encuentre a Él. Él va y los encuentra primero. Nosotros no podemos esperar hasta que la gente nos encuentre; el reino de Dios busca a los perdidos de forma activa, se mete en los tugurios donde ellos están. La invitación “Sígueme” se da para confirmar el amor de Dios por Leví, aunque él es un marginado de la sociedad judía de su tiempo.

Si la gente sabe que es amada y aceptada por Dios, aún cuando estén “en los puestos de recaudación de impuestos” de la vida que ellos mismos se han creado, y que les hacen ser odiados por la sociedad, hay un poder transformador de Dios que les capacita para levantarse de donde están e ir a donde Él está. ¡Al mundo no le importará lo que sabemos hasta que sepan que nos importa!

Hay tres lecciones básicas que se nos presentan en los versículos 13-14.

1. ¡Las vidas dan poder a las vidas!

Las enseñanzas de Jesús que más van a afectar a la gente en la mayoría de nuestras sociedades son las que están escritas en nuestra existencia diaria. La vida, las acciones y las palabras de Jesús son una y la misma cosa. Él enseñaba lo que vivía, y lo que Él decía era un reflejo de quién Él verdaderamente era. ¡Esto es lo que hará que las personas dejen los lugares donde se encuentran y nos sigan al nosotros seguir a Jesús!

2. ¡Es imposible ignorar el amor constante!

La constancia es la consecuencia de entender el valor que Dios da a las personas a las que Él nos envía. Las acciones de Jesús hacia los perdidos se mantuvo constante a través de todo su ministerio y a través de toda su vida. Jesús no amaba accidentalmente, y en ello debemos imitarle. El amor es, en la experiencia humana, lo que más intencionalmente podemos dar. El amor no puede darse accidentalmente ni por casualidad. Ésta es la razón por la cual el amor tiene un efecto tan transformador.

3. ¡Jesús se asocia con los marginados de la sociedad!

En Juan 3:17 Jesús le dijo a Nicodemo que Dios no envió a su Hijo a condenar el mundo, sino a salvar al mundo. Jesús muestra su compromiso con ese ideal al pasar más tiempo con los rechazados y despreciados por la sociedad, trayéndolos a la verdad del reino de Dios. ¿Y cuál es esa verdad? Esa verdad consiste en que Dios asocia su amor y su vida con ellos sin pedir disculpas por ello.

Marcos nos recuerda que Leví se levantó y dejó su despacho. ¡Lo dejó todo! Ya no puede volver, ni tampoco quiere. La nueva dirección que ha tomado su vida es de mucho mayor envergadura que su antigua realidad. ¿Cuál es el resultado de esta nueva dirección? Él extiende el amor que ha recibido del Reino a Jesús y a sus semejantes. Se ha pasado su vida laboral preparando una mesa en la cual recoger impuestos para los romanos, lo que lo ha convertido en un marginado; pero ahora él prepara una mesa para Jesús en su propia casa.

UNA MESA PARA JESÚS

En Marcos 2:15 Leví prepara una gran fiesta, un tremendo banquete al que invita a Jesús. Pero veamos quién más ha sido invitado a esta gran fiesta: a la mesa con Jesús están los otros recaudadores de impuestos, los pecadores y los despreciados por la sociedad. No se hace distinción entre ellos y los discípulos del Maestro. El texto simplemente indica que “eran muchos los que seguían a Jesús.”

El banquete de Mateo para sus amigos ‘pecadores y despreciados’ nos recuerda el banquete de bodas al que se refiere Jesús en una de sus parábolas del reino del tiempo del fin registrada en Mateo 22. El banquete estaba lleno de toda clase de personas, “buenas y malas.” Lo extraño en cuanto a esta parábola es que aquellos que finalmente llegaron a la fiesta no fueron los que habían sido invitados originalmente. Los que habían sido invitados desde el principio nunca llegaron. Todo estaba listo: la mesa estaba servida, la banda estaba lista para tocar la marcha nupcial; el Rey estaba a la puerta, y el hijo estaba esperando a la novia, la iglesia, pero no apareció nadie. El Rey envió a sus siervos a recordarles a los invitados que los esperaba en la fiesta, pero estaban demasiado ocupados con sus negocios personales, y no tenían tiempo para el Rey ni para su Hijo; y algunos hasta se incomodaron con la insistencia de la invitación del Rey, de manera que maltrataron a los siervos inocentes, e incluso asesinaron a algunos de ellos.

Yo me pregunto a quién se estaría refiriendo Jesús con esta parábola. Es muy fácil señalar inmediatamente con el dedo al pueblo judío que rechazó al Hijo del Rey. Pero ¿y qué de los religiosos de hoy? ¿Y qué de mí mismo? ¿Estoy yo tan preocupado y ocupado con mis propios intereses personales que no escucho el llamado más importante de mi vida, la invitación del Rey? ¿Me impaciento yo con aquellos enviados por el Rey para recordarme la invitación? ¡Quién sabe!

Así que el Rey concluye enviando a sus siervos a abrir la invitación a la gente de las calles, a quien encuentren, a quien quiera escuchar y aceptar la invitación de venir, y muy pronto la sala del banquete se llena con los invitados.

¡Qué hermoso cuadro del amor sin límites de Jesús por la humanidad perdida!

Pero volvamos a Leví. La invitación que él hizo a sus amigos ‘pecadores y despreciados’ por la sociedad es un poderoso testimonio de una vida que ha sido cambiada por el amor y la aceptación de Jesús. Jesús llamó a Leví de un oficio, de una mesa que lo separaba de la humanidad y de la salvación; y Leví prepara una mesa para Jesús que trae la salvación y la humanidad a un glorioso encuentro.

Como siempre, hay aquellos a quienes no les gusta la idea de que el reino pueda ser un lugar en el cual Jesús no tenga favoritos, en donde todos sean igualmente amados por Él. Como resultado de esto, el versículo 16 dice que algunos se quejaron, pero Jesús deja bien claro que son los enfermos los que necesitan ayuda, y que esa es la razón por la cual Él les extiende su mano.

LECCIONES DE LA MESA DE JESÚS

El hecho de que Leví abriera su hogar, no solamente a Jesús, sino también a todos los que solían sentarse con él en las mesas de recaudación de impuestos, nos abre cuatro ideas importantes acerca del Reino y de Jesús, que no podemos pasar por alto.

1. En la mesa de Jesús no siempre están sentados los que nos resultan más obvios.

Nunca podemos pensar que sabemos a quién quiere salvar Jesús y a quién no. Cuando Jesús afirma: “quien quiera” eso es exactamente lo que Él quiere decir. Jamás debemos juzgar quién puede y quién no puede salvarse. Seamos una iglesia que no solamente abra sus puertas, su mesa de amor, a los que pensamos que se lo ‘merecen’ y que son los perfiles más “obvios” para nosotros.

2.Una mesa para Jesús es una mesa abierta.

Aún hoy día a muchos les espanta la idea de abrir las puertas de la iglesia a cualquiera y a todos, y sin embargo la misión del reino es salvar a todos y cada uno diariamente. No nos toca a nosotros determinar en qué corazón el Espíritu Santo va a tocar. Solo nos corresponde a nosotros ver los resultados, y entonces, darles la bienvenida a la familia del reino para que también puedan crecer en amor y en gracia. Hagamos siempre de nuestra mesa una mesa abierta, sabiendo que Jesús se sienta especialmente en estas mesas.

3.Una mesa para Jesús recuerda quién solía sentarse allí.

Leví nunca se olvidó del lugar de dónde había salido, ni de quienes se sentaban con él a la mesa antes de que Jesús lo llamara. Es demasiado fácil para nosotros, como cristianos, olvidarnos del lugar donde Jesús nos encontró, y cuánto nos ha hecho avanzar y crecer por su gracia. Jesús quiere que recordemos a las personas que hemos dejado atrás cuando lo encontramos a Él y comenzamos a seguirlo. Él quiere que recordemos a quienes hacíamos sentar a nuestras mesas, y que les hagamos espacio en nuestras nuevas mesas. Es necesario que seamos cuidadosos de no volvernos ‘demasiado salvos’. Las personas que se vuelven ‘demasiado salvas’ miran hacia atrás, a las personas con las que se asociaban antes, con desdén y desprecio, porque ahora ellas tienen una nueva vida que es muy diferente de su vida antigua. Pero como hizo Leví, al nosotros encontrar esta nueva vida en Jesús, tenemos que recordar a las personas que hemos dejado atrás, y hacerles espacio en nuestras nuevas mesas.

4.Una mesa para Jesús nunca pide disculpas, sino que siempre defiende a quien se sienta allí.

Jesús nunca pidió disculpas por las personas que se sentaron a su mesa. Él siempre defendió tanto su presencia allí como las razones por las que se sentaban con él. Él vino a demostrar, primero con sus hechos, y luego con sus palabras, que Dios estaba verdaderamente con nosotros. Él no se distanció a sí mismo de aquellos a quienes los gobernantes del Templo creían que estaban fuera del alcance de Dios, y que, por lo tanto, no eran merecedores de ser ayudados ni de recibir la salvación.

Vivimos en una sociedad que ya no escucha nuestras palabras, pero que está atenta a nuestras acciones. El antiguo refrán sigue siendo cierto: “Obras son amores, que no buenas razones”. Y es que una acción vale más que mil palabras. La vida y el amor de Jesús en nosotros se conocerán siempre por cámo defendemos a los marginados y a los faltos de amor en nuestra sociedad. Jesús se esmeró precisamente en defender a los marginados y a los faltos de amor para darnos ejemplo de cómo vivir con los demás, y los unos con los otros.

5.Finalmente, Jesús es el único camino a la mesa.

Volvamos brevemente a la parábola del banquete de bodas. El Rey había hecho provisión para que cada invitado tuviera, a la puerta, su vestido de bodas listo. Sin embargo algunos rechazaron el vestido de bodas que se les había preparado. En el tiempo del fin, nuestro único acceso al banquete de bodas del Reino eterno es el manto de justicia que Jesús nos provee gratuitamente a través de su preciosa sangre vertida en el Calvario. En este manto de justicia no hay ni un solo hilo de hechura o fabricación humana. Nuestra única parte en esto es aceptarlo como don del Cielo.

Pero estamos felices de que es Dios y solamente Dios quien toma la decisión final acerca de nuestro acceso final al Reino eterno, porque nosotros no conocemos el corazón de las personas. Nuestra tarea es ser generosos al dar la invitación a toda la humanidad y dejar la separación de buenos y malos al Único que lee los motivos y las intenciones del corazón humano.

Cada uno de nosotros somos Mesas para Jesús: nuestros hogares, nuestras iglesias, nuestras aulas, nuestros automóviles. Aún las páginas y los comentarios en Facebook, Instagram, y Twitter pueden ser Mesas para Jesús, si escogemos usarlos de tal manera que, por su medio, le demos gloria a Él.

¿Es posible que, para una Iglesia que lucha para hacer que el Evangelio tenga un impacto real en nuestras sociedades seculares occidentales, Jesús lo haya hecho tan simple como abrir nuestros hogares? ¿Es posible que las verdaderas buenas nuevas del Reino que Jesús nos está pidiendo que impartamos sean nuestras vidas transformadas y nuestras mesas abiertas? ¿Es posible que lo que Jesús está pidiéndonos es que compartamos nuestras vidas transfor- madas, porque ellas hablan más alto que cualquier sermón?

Mientras estamos ocupados buscando, tratando de dar con nuestra próxima gran idea, posiblemente la gran idea sea prepararle una mesa a Jesús.

Tomemos tiempo para orar ahora mismo por tres cosas:

1. ¡Que nos demos cuenta de nuestra necesidad de un Salvador ahora mismo!

2. Que creemos espacios / mesas en los que puedan encontrarse Jesús y la sociedad que nos rodea.

3. Que yo no nunca me avergüence de quien Jesús elija para compartir la mesa.

PREGUNTAS PARA COMENTAR

  1. “La sociedad secular ya no escucha información con el fin de encontrar la verdad, sino que busca la verdad encarnada en la vida de una persona.” ¿Cuáles son las implicaciones para la iglesia de una afirmación como ésta?
  2. ¿Cómo podemos ayudar a las personas a descubrir el valor que tienen y que son incapaces de ver, y que sin embargo nosotros detectamos de inmediato?
  3. ¿Cuáles son algunas de las situaciones que puedes observar en tu comunidad y en las que te deberías involucrar?
  4. Habla acerca de la gente en tu vida que ha influido positivamente en tu forma de ver a los demás.
  5. ¡La cosa más difícil que nos pide Jesús a la espera de Su segunda venida es amar a un mundo perdido! ¿Cuál es el aspecto de ese amor para la mayoría de la iglesia adventista?
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