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Mateo 5: 1-16

VALORES CONTRACULTURALES

El Reino de los cielos era –y sigue siendo- un tema muy importante para Jesús.

De hecho, algunos aseguran que mientras Él estuvo en la tierra, habló más acerca del Reino de los cielos que de ningún otro tema. Aparentemente el reino era la realidad más importante. Jesús contó muchas parábolas acerca del reino (Mateo 13). Él comparó el reino de los cielos (el reino de su Padre) con los reinos inferiores de esta tierra (Mateo 4:8-10). Él incluso describió su misión como el acercamiento el reino de los cielos a la misma tierra (Mateo 4:17). La oración de Jesús, “Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, en la tierra como en el cielo” (Mateo 6:10) nos muestra que Dios desea que los modos y maneras de su Reino conquisten las maneras y los modos de los reinos de este mundo.

El reino de los Cielos era –y sigue siendo- un tema muy importante para Jesús.

Un reino, por supuesto, tiene un rey. Dios es el Rey de su reino. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están en el trono. Ellos están al mando. Ellos hacen las leyes. La vida de Jesús describe de qué trata el reino. En su vida encontramos compasión, santidad, propósito, verdad y amor. En sus interacciones con la gente vemos cómo debe vivir la gente del Reino. Desde los milagros de sanidad hasta sus enseñanzas prácticas sobre el dinero hasta su muerte en la cruz podemos entender los valores de su reino. Jesús vino a revelar a Dios, para mostrarnos cómo Dios quiere que funcione el mundo. Cristo nos trae “la ley de la tierra”, que por supuesto, está construida sobre la ley de amor (Mateo 22:37).

Nuestro propósito aquí, sin embargo, no es identificar al Rey, ni las leyes ni las reglas del reino. En vez de eso, exploraremos la ciudadanía del reino. ¿Quién llega a formar parte del reino? En nuestro intento de responder a esta pregunta, analizaremos Mateo 5:1-14, que es el comienzo del famoso “Sermón del Monte” de Jesús. Es posible que sepáis que esta enseñanza es el gran discurso de Jesús sobre la vida ética – la vida que se vive en armonía con el reino de Dios. Pero en estos primeros versículos, Jesús desea primero explorar la pregunta sobre ‘quién’ cumple con los requisitos para ser miembro del reino.

REQUISITOS PARA SER MIEMBROS DEL REINO

Comencemos leyendo Mateo 5:1-2:

“Al ver la multitud, Jesús subió al monte y se sentó. Sus discípulos se le acercaron, y él comenzó a enseñarles.”

Una lectura rápida y casual de estos versículos podría dejarnos pensando que no tienen mucho sobre lo que reflexionar, aparte de darnos información básica y de poco interés. ‘Jesús estaba enseñando a la gente en el monte.’ Pero hay mucho más que esto. Sí, Jesús estaba enseñando. Él era un rabino, un maestro. Y sí, sentarse era la posición habitual de los rabinos para enseñar. Y sí, la palabra ‘discípulo’ significa “uno que está aprendiendo de un rabino,” y el campo abierto era un lugar común para enseñar, y una inclinación natural del terreno sería muy útil para generar un buen ambiente de aula de clases. Todo esto tiene sentido. Lo que no tiene sentido es esto: Jesús estaba enseñando a la ‘multitud’.

He aquí el problema: Tradicionalmente los rabinos eran muy selectivos en cuanto a sus discípulos. Solamente los mejores y los más inteligentes entraban en sus aulas. Solamente los que estaban bien conectados políticamente hallaban un asiento en sus anfiteatros. Solamente los que eran santos, justos, del linaje correcto, judíos y hombres podían matricularse en las escuelas. Si eras una mujer, los rabinos no te enseñaban nada. Si eras el hijo de un hombre pobre, los rabinos no te enseñaban nada. Si estabas enfermo, los rabinos no te enseñaban nada. Si eras un gentil, los rabinos, sin lugar a dudas, no te enseñaban nada. Si no cumplías con unos estándares de selección muy estrictos, simplemente se te había agotado la suerte.

Pero Jesús les está enseñando a la multitud. Jesús está tratando a las masas como quien es digno de ser enseñado. Aquí no hay un detector del valor intrínseco, ni una prueba de valía espiritual para aquellos que querían escuchar. La multitud es diversa: ricos, pobres hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, gente con coeficiente intelectual alto, y gente con un coeficiente intelectual bajo, gente que conoce la doctrina, y gente que no sabe nada de la doctrina. La decisión de Jesús de enseñar a la multitud –venid todos los que queráis- presenta una nueva visión de la membresía del reino, que es asombrosa. Los muros que protegen la comunidad amurallada están siendo derribados. La idea de que solo unos pocos son los escogidos de Dios – sus elegidos especiales – se está derruyendo. Jesás está desafiando esta idea.

Así que, ¿qué clase de personas ve Jesús en aquella ladera del monte?

Versículo 3: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.”

¿Habéis sido alguna vez “pobres en espíritu”? ¿Habéis estado alguna vez con el ánimo por el suelo? ¿Os habéis sentido desanimados y deprimidos alguna vez? ¿Os han cercado alguna vez las tinieblas, haciéndoos sentir completamente desesperanzados? ¿Habéis dudado alguna vez de que la vida es buena? ¿Habéis pensado alguna vez: Dios, realmente existes? ¿Os habéis sentido alguna vez vacíos, empobrecidos de espíritu y alma?

Jesús dice: “Vosotros sois bienaventurados.” ¿Qué quiere decir Él con esto? Que habéis sido escogidos por Dios. Que Dios os sonríe. Que Dios os ama. Animaos. Podéis tener algo de gozo incluso en medio de un gran sufrimiento. El simple hecho de que estéis desanimados no implica que os habéis apartado de alguna manera de Dios.

Vivimos en un mundo donde algunas veces las enfermedades mentales se miran con cierta sospecha. Aún hoy tenemos en menos a aquellos que necesitan terapia, a aquellos que necesitan hablar con algún profesional de la salud mental. Algunas veces asumimos que la depresión significa que “tal persona no está bien ni con Dios ni con la vida.” Al pensar en las personas que no están seguras de su capacidad para creer en Dios decimos “son agnósticos, ateos, incrédulos… están en verdaderos problemas con Dios.” Algunas veces asociamos el mal humor y la oscuridad mental con inadecuación para el reino de Dios. Pero nos olvidamos hasta de las palabras de Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46) Incluso Jesús, que vivió sin pecado, sintió que lo rodeaban las tinieblas. Incluso Jesús se preguntaba si Dios lo había abandonado. Una experiencia tan extrema como la de Jesús hubiera inducido a cualquiera de nosotros a dudar, e incluso a rechazar la realidad de Dios. Sin embargo, la experiencia de Jesús nos muestra que las experiencias extremas humanas no evidencian la ausencia de Dios. Es posible que seamos pobres en espíritu; puede ser que algunas veces tengamos que vivir con nuestras almas agobiadas por los problemas.

¡Pero esto no nos deja maldecidos! Al contrario, somos bendecidos. Somos amados. Somos invitados a participar del reino de los cielos, del reino de Jesús. Si hoy te sientes agobiado, recuerda que eres bendecido, que eres amado.

Jesús vuelve una vez más a mirar a la multitud que lo escucha, y les dice: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.” (Mateo 5:4)

El sufrimiento no es pecado. Aun Jesús “lloró” con la familia de Lázaro (Juan 11:35).

“No era sólo por su simpatía humana hacia María y Marta por lo que Jesús lloró. En sus lágrimas había un pesar que superaba tanto el pesar humano como los cielos superan a la tierra. Cristo no lloraba por Lázaro, pues iba a sacarlo de la tumba. Lloró porque muchos de los que estaban ahora llorando por Lázaro maquinarían pronto la muerte del que era la resurrección y la vida. ¡Pero cuán incapaces eran los judíos de interpretar debidamente sus lágrimas! Algunos que no podían ver como causa de su pesar sino las circunstancias de la escena que estaba delante de Él, dijeron suavemente: ‘Mirad cómo le amaba.’ Otros, tratando de sembrar incredulidad en el corazón de los presentes, decían con irritación: ‘¿No podía éste que abrió los ojos al ciego, hacer que éste ni muriera?’ Si Jesús era capaz de salvar a Lázaro, ¿por qué lo dejó morir?” (E. G. de White, El Deseado de Todas las Gentes, 490.3)

La membresía del reino no requiere felicidad perpetua. Podemos estar tristes y aún así estar en sintonía con el Salvador. Podemos lamentarnos y llorar –y aún con tintes de enojo. El sufrimiento incluye el enojarnos—enojarnos con nosotros mismos, con las circunstancias, con otros seres humanos, aun con Dios. Las emociones fuertes en conexión con el chasco y con la pérdida no son necesariamente contrarias a seguir a Jesús. La fidelidad a Dios no implica la eliminación de los sentimientos humanos. ¿Estás sufriendo? NO estás maldecido. Cree que eres bendecido, que eres amado por Dios.

Jesús continúa, en el versículo 5: “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.”

En nuestro mundo no se admira al humilde. La debilidad se percibe como un defecto. Admiramos a aquellos que son financieramente fuertes, atléticamente fuertes, fuertes en términos de las pobres definiciones que hacen los medios de la belleza. Nos gustan las personas que son emprendedoras. Nos gustan las personas que tienen una alta autoestima y confían en sí mismas. Nos gustan aquellas personas con agudeza e ingenio. Pero no somos grandes fans de las personas que son lentas, feas, pobres o aburridas. Y por supuesto, estos valores distorsionados se encuentran también dentro de la iglesia. Nos encantan los predicadores fuertes, los líderes fuertes, los hombres y las mujeres cristianos que saben apañárselas. ¿Pero los humildes? ¿Los débiles? ¿Los mansos? ¿Los que con frecuencia viven en los resquicios y en los recovecos, en las rendijas y en los agujeros de la vida? Pero aquí llega Jesús y dice que el reino de los cielos no es solamente para los evangelistas destacados y exitosos y los donantes ricos y los solistas con timbre de voz y oído perfectos. Él nos dice: “Bienaventurados los mansos.”

Y luego Jesús nuevamente dirige su mirada hacia la multitud, y dice: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.” (Mateo 5:6)

¡Increíble! ¡Qué contraste! En la comunidad cristiana celebramos a los que están bien alimentados en justicia. Amamos a los hombres santos y a las mujeres virtuosas y rectas. Amamos a los paladines de la oración y a los campeones en dar estudios bíblicos. Amamos a los que diezman hasta el último céntimo y no comen queso. ¡Los que están bien nutridos –el remanente del remanente del remanente—estos son los verdaderos hijos de Dios! Pero en este texto Jesús proclama una bendición, una palabra acerca del favor de Dios, para aquellos que están hambrientos y sedientos. Jesús está señalando a aquellos que no se han tomados sus vitaminas de santificación, a los que no están consumiendo sus tres comidas bien equilibradas de santidad cada día. Jesús dice: “Bienvenidos al reino aquellos de vosotros que estáis espiritualmente desnutridos y desfalleciendo. Hay suficiente espacio para aquellos que no son súper- santos.”

Y Jesús continúa: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores porque ellos serán llamados ‘hijos de Dios.” (Mateo 5:7-9)

Misericordia implica no exigir que se haga justicia cuando se merece que se haga justicia. Es la gracia. La pureza de corazón no implica la perfección, pero sí una confesión honesta y transparencia. Una persona de corazón puro reconoce, admite sus faltas y errores, reclama el don de la gracia de Dios y ansía ser como Jesús. Y ¿qué de los pacificadores? A los que procuran la paz les interesa menos obtener lo que es justo, y les interesa más trabajar por el bien común. Forman una comunidad de gracia. Puede ser que estas tres cualidades nos resulten atractivas, pero con mayor frecuencia admiramos lo contrario en la religión: Nos gustan los que disciplinan a los caídos; nos gustan los que mantienen una fachada de santidad; nos gustan los que conquistan. Muchas veces dejamos fuera, en el frío y la desidia, a la misericordia, la pureza de corazón y la búsqueda de la paz. Pero Jesús le dice a la multitud de discípulos: “Hacedlos pasar dentro, al calor y a la comodidad del salón de vuestras vidas.

Luego Jesús dice lo siguiente: “Bienaventurados los que padecen persecución, por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando os insulten y os persigan, y digan de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestra recompensa es grande en el cielo, que así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.” (Mateo 5:10-12)

Jesús les dice a los hombres y a las mujeres que están sentados en la ladera del monte que tengan mucha cautela y cuidado. El unirse al reino no va a ser fácil. Van a ser perseguidos. Van a ser escarnecidos. Van a ser torturados. Puede que hasta sean matados. El vivir en el reino no es disfrutar de la vida protegidos por gruesas paredes insalvables. El hacerse ciudadanos del reino de Cristo conlleva un precio.

Seremos perseguidos como lo fueron los profetas de antaño. ¿Y quién los estaba persiguiendo? Sí, es cierto que en algunas ocasiones los persiguieron fuerzas seculares, profanas y malignas –como Faraón, Acab, y Nabucodonosor. Pero los profetas también fueron perseguidos por los que profesaban estar haciendo el trabajo de Dios. En Mateo 21:33-46 Jesús nos relata una parábola que ilustra la larga historia de persecución –esta vez de manos de los dirigentes religiosos. Al concluir la parábola, los principales sacerdotes y los fariseos pudieron colegir que Jesús estaba “hablando de ellos.” ¡Qué ironía! Las personas que reclaman una posición de privilegio en el reino de Dios son los mismos que están luchando contra el reino. Da que pensar el hecho de que aquellos que se presentaban a sí mismos como los más santos, los más justos, los más religiosos, los más serios en cuanto a la depuración y la purificación de las sinagogas, –fueran justo esos los líderes religiosos que estaban haciéndole más daño a la iglesia. Sus corazones no eran puros. Ellos colocaban cargas pesadas sobre los demás, pero no ponían ni un dedo para ayudar a llevar esas cargas (Mateo 23:4). Y así las cosas, Jesús les dice a los que estaban entre la multitud que ya estaban sintiendo el estigma de la persecución: “No penséis que porque los dirigentes religiosos os están persiguiendo, vosotros estáis necesariamente equivocados. De hecho, son estos mismos hombres, estos mismos dirigentes religiosos los que se oponen a mí y a mi trabajo.” ¡Cuán audaz es Jesús al procurar enderezar el pensamiento de sus verdaderos seguidores, de los verdaderos miembros del reino!

LAS RESPONSABILIDADES DEL REINO

Y entonces Jesús reconduce su sermón. Durante estos primeros versículos, Él ha abierto las puertas de par en par – a los oprimidos, a los tristes, a los sencillos, a los marginados espiritualmente, a los humildes, a los que son mal vistos por los líderes de la religión formalista establecida. Y ahora, Él invita a la multitud a que crezca, a que alcancen la grandeza. Veamos Mateo 5:13-16:

“Vosostros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿cómo recobrará su sabor? Ya no sirve para nada, sino para que la gente la deseche y la pisotee.

Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una colina no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para cubrirla con un cajón. Por el contrario, se pone en la repisa para que alumbre a todos los que están en la casa. Haced brillar vuestra luz delante de todos, para que ellos puedan ver vuestras buenas obras y alaben al Padre que está en el cielo.”

Imaginad cómo tienen que haberles sonado estas palabras a aquellos que creían que no tenían valor alguno. Jesús les está diciendo: “Vosotros podéis marcar la diferencia. Vosotros podéis hacer mi trabajo. Vosotros podéis hacer que el mundo sea un mejor lugar en el que vivir. Vosotros podéis darle la vuelta a la tortilla y enderezar al mundo.” El mensaje de Jesús no es solamente de aceptación (Vosotros sois amados por Dios, y podéis formar parte de su reino), Su mensaje es también de confianza (Vosotros podéis hacer grandes cosas para Dios con vuestras vidas). “Yo os amo, y espero de vosotros cosas maravillosas.” Y las multitudes, que no habían sentido ni la ternura de Dios ni Su confianza en ellos, quearon asombradas.

UN LUGAR PARA TODOS

Y para concluir, voy a contaros una historia.

Hace unos pocos años, mi esposa y yo organizamos una fiesta para nuestra hija, Audrey, que era de edad de preescolar. Hay que pensarlo todo muy bien para que salga todo perfecto. Tomamos decisiones en cuanto a la clase de comida que íbamos a ofrecer, en cuanto a las decoraciones, en cuanto a los juegos, en cuanto a manualidades, para que fueran divertidas y no se hiciera demasiado lío, etc., teniendo en cuenta que todo era para niños de alrededor de cinco años.

Llegó la noche de la fiesta, y todo marchaba excepcionalmente bien. Los niños estaban disfrutando a lo grande, y percibíamos que los demás padres también estaban satisfechos. En un momento determinado, invitamos a los niños y a los padres a nuestro sótano. Tenemos allí un piano, y habíamos planificado hacer el juego de “las sillas musicales”. Formamos un círculo con diez sillas mirando hacia afuera, una para cada niño y cada niña de la fiesta. Mi esposa explicó las reglas del juego, y los niños tomaron sus asientos. Yo comencé a tocar, y los niños, siguiendo las reglas del juego, saltaron de sus sillas y comenzaron a correr alrededor del círculo. Mi esposa quitó una de las sillas, y yo toqué por unos segundos más, y entonces, la música se detuvo. Diez niños corrieron para sentarse en las nueve sillas disponibles. Todos pudieron encontrar asiento, con la excepción de un niño. Inmediatamente, este niñito miró a su mamá y a su papá, e irrumpió en llanto. Suspirando, corrió hacia ellos.

Mi esposa y yo nos miramos preguntándonos con la mirada qué había pasado. ¡Eso no salió como habíamos imaginado! Pero yo comencé a tocar el piano otra vez –y nueve niños y niñas corrían alrededor del círculo. Mi esposa quitó otra silla. Yo toqué unos segundos más, y la música se detuvo. Esta vez, nueve niñitos y niñitas corrieron hacia las ocho sillas en el círculo. Ocho de ellos encontraron sitio, dejando a una niñita sin asiento. Inmediatamente, irrumpió en llanto, miró a su mamá y a su papá, y corrió a sus brazos.

Mi esposa y yo nos miramos nuevamente. ¡Si no hacemos algo de inmediato, esto va a ir de mal en peor! Como pudimos, animamos a todos los niños agitados a que probaran el juego una vez más. Mi esposa volvió a colocar las dos sillas que había sacado del círculo, y todos los niños encontraron su asiento. Volví a tocar el piano… pero esta vez no se sacó ninguna silla del círculo. Toqué por unos segundos más, y la música se detuvo. Diez niñitos y niñitas corrieron a las diez sillas disponibles.

Todos encontraron sitio. Me gritaron de la alegría y de la emoción: “¡Pastor Alex, otra vez, otra vez! ¡Pastor Alex, toca otra vez!” Y jugamos aquel juego hasta que aquellos niños (y mis dedos) estuvieron agotados por completo.

El reino de los cielos tiene un asiento para cada uno. Hay suficiente sitio para cada niño, para cada niña, para cada hijo de Dios. La música del cielo invita a cada uno a unirse al juego celestial lleno de gozo y de alegría, y nos brinda la oportunidad de atraer a otros al juego.

No importa tu lugar en la vida. No importan las circunstancias por las que hayas pasado. No importa cómo ha sido tu pasado. Dios tiene un lugar para ti. ¿Te unirás al juego, y tomarás tu asiento?

 

PREGUNTAR PARA COMENTAR

  1. ¿Cómo te identificas con la metáfora del “reino” en una época en la que la mayor parte del mundo no vive bajo la autoridad de un rey o una reina? ¿Utilizará Dios la misma metáfora hoy? ¿Qué tal el presidente, el primer ministro o el gobernador? ¿Es diferente este lenguaje?
  2. ¿De qué maneras es la ciudadanía en el país de Dios diferente a otros tipos de ciudadanía?
  3. ¿Qué te sorprende de las cosas que Jesús enseñó y de a quiénes enseñó?
  4. ¿Cómo podemos estar seguros de que hay un asiento disponible para todos?

Revista Adventista de España