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Educar no es un asunto fácil, ni es un asunto baladí, ni tampoco es competencia exclusiva de uno de los cónyuges. La compresión de lo que significa educar ha cambiado profundamente a lo largo de la historia. Existen varias teorías que pueden ser consultadas al respecto y que no vamos a esbozar aquí. Lo que tiene de común educar como concepto a lo largo de la historia es la idea de elevar a alguien de un estado de conocimiento y habilidad inferior a otro superior, de acuerdo con los cánones y buenas costumbres sociales y adaptado a los convencionalismos imperantes.

Criar es un estado primitivo y original de lo que hoy concebimos como educar. En el mundo de la Biblia ambos conceptos están muy unidos. Por las connotaciones que se establecen entre criar y amamantar, la mujer ha quedado ligada a la cría de los hijos de una forma mucho más intensa que el hombre. En castellano, se denomina “ama de cría” a la mujer que amamanta a los niños que han perdido la oportunidad de serlo por sus propias madres o que, teniendo dicha oportunidad, son amamantados de forma insuficiente. Cuando vemos un bebé hermoso solemos decir que está “bien criado”. La madre se convertía también en traductora del mundo para su hijo y de su hijo para el mundo. “Infante” significa ‘el que aún no puede hablar’ y, dada esta la incapacidad natural, las madres se convierten en las palabras de sus hijos y para sus hijos.

Superada la infancia más tierna, la palabra criar va a adquirir otras connotaciones. La niñez va ligada a los comportamientos y a la adaptación del niño al ámbito social que está más allá del hogar. Un malcriado es aquel que no reconoce la autoridad de los padres, asunto gravísimo en el mundo bíblico, o no sabe comportarse de forma adecuada en sociedad. Normalmente esto se convierte en medida de la virtud del individuo y lo remite a una posición social.

Delimitando responsabilidades

En las sociedades primitivas podemos encontrar principalmente dos tipos de estructuras familiares: la matriarcal y la patriarcal. Estas estructuras serán determinantes a la hora de criar a los hijos. El matriarcado es un tipo de familia muy extendido en las sociedades de ámbito agrícola. Muchos piensan, erróneamente, que matriarcado es igual a que la madre ejerce la autoridad en la familia, pero el matriarcado tiene que ver con la determinación del parentesco por la madre. Los niños pertenecen a la familia y al grupo social de su madre. Las sociedades ganaderas, sobre todo pastoriles, suelen ser patriarcales. La familia israelita es claramente patriarcal.

En las sociedades modernas el papel de los padres ha cambiado. La incorporación de la mujer al mercado laboral de forma progresiva e inexorable ha modificado el modo en que los hijos son educados. Las necesidades creadas por una sociedad tecnificada de políticas económicas liberales han hecho que ambos cónyuges deban trabajar. Esto significa que la responsabilidad que antes, en las sociedades preindustriales, recaía sobre la madre recaiga ahora sobre ambos. La conciliación de trabajo y familia es un asunto que afecta a hombres y mujeres por igual. Ambos se distribuyen las responsabilidades para satisfacer la demanda familiar de atención, bienes y servicios (no siempre por este orden). A nivel legal hay una supuesta paridad en las responsabilidades, en plural; pero a nivel espiritual, las exigencias no son así, no cabe el plural. La responsabilidad de criar y educar a los hijos es única. Los hijos son responsabilidad de sus padres ante a Dios. Él no demandará más de uno que de otro, la separación es ficticia en el plano espiritual.

Modelos imperfectos

Un hombre y una mujer no son suficientes para educar a un hijo, al menos no espiritualmente. Los padres deben ser asistidos por el Espíritu Santo, no para que la educación sea perfecta, sino reparable y mejorada. Los padres nos equivocamos en algún momento. Esta circunstancia no debería desanimar a nadie. Dios conoce nuestra condición y sabe lo que somos.

Un ser de naturaleza caída y tendente al pecado, que se frustra en su lucha interior entre lo que es y lo que quiere ser no parece que sea el modelo idóneo. Pero no hay nadie mejor para educar a un ser de similares características, no en el sentido de lo que son si no en la lucha que supone lo que quieren ser. Cuando un padre cae y se levanta por la gracia de Dios o una madre yerra y rectifica por amor a su Creador está sentando las bases educativas de sus hijos, las únicas que pueden mostrar de forma realista y positiva cuál es la lucha que el hijo o la hija va a mantener el resto de su vida.

La sociedad es el entorno inadecuado en el que se desarrollan las culturas y los planes educativos. Ninguna sociedad humana es buena, ninguna refleja a Cristo. A veces tendemos a confundir educación cultural con educación espiritual. Si bien es cierto que nuestra cultura nos proporciona los parámetros en los que valoramos la espiritualidad, también es cierto que esto es una forma de sacralizar la cultura que crea un racismo cultural que se extrapola a la educación espiritual.

En las culturas en las que el estado lo tutela todo, la familia se concibe como una extensión del mismo estado. Los sistemas totalitarios y los demócratas en los que ha imperado la cultura del bienestar han dado a luz sistemas educativos que obligan a los padres a instalarse en segunda fila respecto a determinadas áreas educativas.

Los profesores no son los responsables de la educación de nuestros hijos, los hijos se educan en casa y aprenden en las instituciones educativas. Educar y enseñar no son la misma cosa. Criar a un hijo implica mucho más que una mera transmisión de información. Enseñar es dar, educar es darse.

No es ni la mujer en exclusiva ni el estado los que deben responder a la cuestión de quién es el responsable de los hijos. Solo los que han recibido hijos deben responder a la pregunta divina: «¿Qué hiciste con los hijos que te di?» Porque los creyentes sabemos que nuestros hijos son, primeramente, de Dios.

La pregunta de las preguntas

«¿Qué hiciste con los hijos que te di?»

Pienso en los modelos de padre y madre que nos da la Biblia y encuentro dos que me resultan sorprendentes: el padre del hijo pródigo y la madre de Santiago y de Juan.

El padre del hijo pródigo es el modelo de padre que Jesús escoge para representar a su Padre en relación a nosotros mismos. Vamos a analizar el título de esta reflexión en tres momentos diferentes del relato.

1. En el comienzo de la narración aparece un hijo que no quiere estar ni con su padre ni con su hermano. No quiere estar en casa porque siente que la presencia de su padre es un atentado contra su libertad, quiere marcharse con lo suyo para hacer lo que realmente desea: pasarlo muy bien. No se contiene en el consumo, no planifica para el mañana y traspasa los límites morales. Es aquí donde primero podríamos reprochar al padre: «¡Vaya hijo que has criado!» La conducta del hijo no deja muy bien parado al responsable de su crianza, que aparece como excesivamente compresivo, demasiado permisivo, ama “demasiado”.

2. Después está el padre que cada día escruta el horizonte en busca de su hijo porque espera que vuelva. Es la imagen dolorosa y patética de un padre paciente y esperanzado. Esta imagen nos enternece, aquí el reproche se convierte en lamento compartido: «¡Vaya hijo que has criado!» Aquí quien no sale muy bien parado es el hijo, ¿cómo puede un padre así de bueno haber criado a un hijo tan malcriado? El hijo no tiene solución, es un díscolo.

3. Por último tenemos el momento final, el desenlace de la historia. El hijo vuelve en sí porque cuando se va, no lo está. Es un loco que no puede hacer otra cosa que locuras. Recuerda cómo fue criado, lo bien educado que su padre había procurado que fuera, ¡hasta los sirvientes están mejor criados que él! Vuelve a casa apesadumbrado y piensa en decirle a su padre: «¡Vaya hijo que soy a pesar de tu crianza! ¡Vaya hijo que has criado!» Aquí suena a reproche y censura propia; la exclamación se convierte en confesión descarnada. El padre no oye a su hijo, solo lo abraza y lo besa. El padre es feliz porque está en casa el hijo que ha criado. El padre no puede dejar de apreciar la buena crianza de su hijo, pues no lo preparó para que no se equivocase sino para ser capaz de rectificar y volver a la casa de su padre. Esto es lo que también ocurre con el hijo mayor, circunstancia que deja la historia abierta. Aquí no aparece ninguna madre.

La madre de Santiago y Juan es una madraza. Quiere que sus hijos estén bien posicionados, como todas las madres. No duda en intervenir para beneficiar a sus hijos, como todas las madres (Mat. 20: 20-22).

No podemos pedirle a las madres ni a los padres que no se equivoquen, sería inhumano. No podemos pedirle a una madre que no abogue por sus hijos, ni podemos esperar que no quiera para ellos lo mejor. Una madre es una madre. Esta madre seguía a sus hijos y estos seguían a Jesús. Estoy seguro que ella pensaba que sus hijos no podían estar en mejor lugar que junto a Cristo. Aun así se equivocaba. Ella había criado unos hijos brillantes, a dos líderes natos. Esta madre no pide nada descabellado desde una visión puramente humana. Cualquiera que viese a los «hijos del trueno» diría con razón: «¡Vaya hijos que has criado!» Sería un grito de admiración y respeto (cuando no miedo). Zebedeo no aparece por ningún sitio, no le pide a Jesús ningún favor para sus hijos, pero la madre sí. Jesús tenía un destino mejor para Juan y Santiago que el que puede proceder del amor de una madre. Esta mujer permaneció frente a la cruz sosteniendo a María, la madre de Jesús (Mat. 27: 56).

Conclusión

Dios nos da los hijos para que los criemos y eduquemos. La responsabilidad es de aquellos a quien Dios se los da: padre y madre. Solo con la ayuda y asistencia divina podemos criar bien a nuestros hijos. La crianza da como resultado la capacidad de reaccionar ante la caída y el pecado, volviendo a Dios, nuestro Padre. Esperamos que cuando nuestros hijos crucen el umbral del cielo, Dios nos diga: «¡Vaya hijos que habéis criado!»

Revista Adventista de España