Los padres deben comprender su responsabilidad

El padre y la madre deberían ser los primeros maestros de sus hijos.—Manuscrito 67, 1903. CN 21.1

Los padres y las madres deben comprender su responsabilidad. El mundo está lleno de trampas para los jóvenes. Muchísimos son atraídos por una vida de placeres egoístas y sensuales. No pueden discernir los peligros ocultos o el fin temible de la senda que a ellos les parece camino de la felicidad. Cediendo a sus apetitos y pasiones, malgastan sus energías, y millones quedan perdidos para este mundo y para el venidero. Los padres deberían recordar siempre que sus hijos tienen que arrostrar estas tentaciones. Deben preparar al niño desde antes de su nacimiento para predisponerlo a pelear con éxito las batallas contra el mal.El Ministerio de Curación, 287. CN 21.2

Los padres necesitan a cada paso una sabiduría más que humana a fin de comprender cómo educar mejor a sus hijos para una vida útil y feliz aquí, y para un servicio más elevado y un mayor gozo en el más allá.—The Review and Herald, 13 de septiembre de 1881. CN 21.3

La educación infantil una parte importante del plan de Dios

La educación de los niños constituye una parte importante del plan de Dios para demostrar el poder del cristianismo. Una solemne responsabilidad reposa sobre los padres en el sentido de educar a sus hijos para que cuando salgan al mundo, hagan bien y no mal a aquellos con quienes se asocien.—The Signs of the Times, 25 de septiembre de 1901. CN 21.4

Los padres no deberían considerar livianamente la obra de educar a sus hijos, ni descuidarla por ningún motivo. Deberían emplear mucho tiempo estudiando cuidadosamente las leyes que regulan nuestro organismo. Deberían hacer su primer objetivo el conocer cabalmente la manera debida de tratar con sus hijos, a fin de proporcionarles mentes y cuerpos sanos. . . . CN 21.5

Muchos que profesan ser seguidores de Cristo descuidan tristemente sus deberes domésticos; no perciben la sagrada importancia de la responsabilidad que Dios ha encomendado en sus manos, de moldear los caracteres de sus hijos de tal modo que posean una fibra moral que les permita resistir a las numerosas tentaciones que entrampan los pies de la juventud.—Pacific Health Journal, abril de 1890. CN 22.1

Es necesaria la colaboración con Dios

Cristo no le pidió a su Padre que retirara a los discípulos del mundo, sino que los guardara del mal en el mundo para protegerlos de caer en las tentaciones que encontrarían en todas partes. Los padres y las madres deberían ofrecer esta misma oración en favor de sus hijos. ¿Pero han de rogar a Dios y luego dejar que sus hijos hagan como les plazca? Dios no puede proteger del mal a los hijos si los padres no colaboran con él. Los progenitores deben realizar su obra valiente y gozosamente, manifestando un esfuerzo incansable.—The Review and Herald, 9 de julio de 1901. CN 22.2

Si los padres comprendieran que nunca quedarán libres de la responsabilidad de educar y formar a sus hijos para Dios, si hicieran su obra con fe, colaborando con Dios mediante oración ferviente y trabajo, tendrían éxito en llevar a sus hijos al Salvador.—The Signs of the Times, 9 de abril de 1896. CN 22.3

Cómo cumplió su responsabilidad un matrimonio

Un ángel celestial acudió a instruir a Zacarías y Elisabet acerca de la manera como deberían educar a su hijo, a fin de trabajar en armonía con Dios en la preparación de un mensajero que anunciara el advenimiento de Cristo. Como padres debían colaborar fielmente con Dios en formar en Juan un carácter que lo capacitara para realizar la parte que Dios le había asignado como obrero competente. CN 22.4

Juan les había nacido a una edad avanzada, era hijo de un milagro, y los padres pudieron pensar que tenía una tarea especial que realizar para el Señor y que el Señor lo cuidaría. Pero los padres no razonaron en esa forma; se retiraron a un lugar alejado, donde su hijo no estuviera expuesto a las tentaciones de la vida ciudadana, o fuera inducido a alejarse del consejo y la instrucción que ellos como padres le darían. Cumplieron su parte en desarrollar en el niño un carácter que en todo sentido satisfaría el propósito para el cual Dios lo había traído a la existencia. . . . Cumplieron sagradamente su obligación.—The Signs of the Times, 16 de abril de 1896. CN 23.1

Considerad a los hijos como un legado

Los padres deben considerar a sus hijos como un legado de Dios para ser educados para la familia celestial. Educadlos en el temor y amor de Dios, porque “el temor de Dios es el principio de la sabiduría”.—The Signs of the Times, 16 de abril de 1896. CN 23.2

Los que son leales a Dios lo manifestarán en la vida doméstica. Considerarán la educación de sus hijos como una obra sagrada encomendada por el Altísimo.—Manuscrito 103, 1902. CN 23.3

Los padres deben calificarse como maestros cristianos

La importantísima obra de los padres es muy descuidada. Despertad, padres, de vuestro sueño espiritual y comprended que la primera enseñanza que reciben los niños debéis dársela vosotros. Debéis enseñar a vuestros pequeños a conocer a Dios. Debéis realizar esta obra antes de que Satanás siembre sus semillas en sus corazones. Dios llama a sus hijos, y deben ser conducidos hacia él, educados en hábitos de trabajo, limpieza y orden. Esta es la disciplina que Cristo desea que reciban.—The Review and Herald, 9 de octubre de 1900. CN 23.4

El pecado estará a la puerta de los padres a menos que se despierten y se capaciten para ser maestros inteligentes, seguros y cristianos.—Manuscrito 38, 1895. CN 24.1

Es necesaria la unidad entre los padres

El esposo y la esposa han de estar estrechamente unidos en su obra en la escuela del hogar Deben ser muy suaves y cuidadosos en su manera de hablar, no sea que abran una puerta a la tentación a través de la cual Satanás entre para ganar victoria tras victoria. Deben ser mutuamente bondadosos y corteses, obrando en tal forma que puedan respetarse recíprocamente. Cada uno ha de ayudar al otro a fin de rodear al hogar de una atmósfera agradable y sana. No deberían discutir en presencia de sus hijos. Deberían conservar siempre la dignidad cristiana.Carta 272, 1903. CN 24.2

El instructor especial para cada hijo

La madre siempre debería ocupar un lugar sobresaliente en esta obra de educar a sus hijos. En tanto que tareas graves e importantes reposan sobre el padre, la madre mediante una asociación casi constante con sus hijos, especialmente en sus años más tiernos, siempre debe ser su instructora especial y compañera.—Pacific Health Journal, enero de 1890. CN 24.3

Una educación más amplia que la mera instrucción

Los padres deben aprender la lección de la obediencia implícita a la voz de Dios, que les habla desde su Palabra; y al aprender esta lección, pueden enseñar a sus hijos la obediencia mediante el precepto y el ejemplo. Esta es la obra que debería realizarse en el hogar. Aquellos que la hagan se elevarán a sí mismos al comprender que deben elevar también a sus hijos. Esta educación significa mucho más que una mera instrucción.—Manuscrito 84, 1897. CN 24.4

Una obra esporádica no es aceptable

La obra que se realice esporádicamente en el hogar no pasará la prueba del juicio. La fe y las obras han de ser combinadas por los padres cristianos. Así como Abrahán continuó guiando a su familia después de él, también los padres de la actualidad han de guiar a sus familias después de ellos. La norma que cada padre debe defender es ésta: “Que guarden el camino de Jehová”. Todo otro camino es una senda que conduce, no a la ciudad de Dios, sino a las filas del destructor.—The Review and Herald, 30 de marzo de 1897. CN 24.5

Que los padres revisen su obra

¿Quisieran repasar su obra los padres en lo que atañe a la educación y preparación de sus hijos, y considerar si acaso han cumplido plenamente su deber con esperanza y fe para que esos niños sean una corona de gozo en el día del Señor Jesús? ¿Han trabajado por el bienestar de sus hijos, de tal modo que Jesús pueda contemplarlos desde el cielo y santificar sus esfuerzos mediante su Espíritu? Padres, a vosotros os toca preparar a vuestros hijos para ser útiles en esta vida en el grado más alto, y compartir la gloria final de lo que ha de venir.—Good Health, enero de 1880.

Ellen G. White. Todos los textos pertenecen a su libro: La Conducción del niño. Capítulo 2. 

Foto: Sandy Millar on Unsplash

 

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