Skip to main content

“El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” (1 Juan 3:8)

Solferino

Cuando el suizo Henry Dunant tenía 31 años, llegó por un viaje de negocios al norte de Italia, y se encontró con un espectáculo terrible de desastre humano. Era junio de 1859, y las colinas que rodeaban el pueblo de Solferino habían presenciado una de las batallas más feroces del siglo XIX. Se habían enfrentado los ejércitos de Francia y sus aliados contra las tropas del emperador de Austria. Un total de doscientos veinte mil soldados.

Dunant presenció el dantesco espectáculo de los campos sobre los cuales yacían, esparcidos por doquier, casi treinta mil muertos y heridos, ensangrentados; muchos agonizando y gritando de dolor y de sed. Conmovido por esas escenas trágicas, Dunant se apresuró a organizar a los pobladores de la zona, principalmente mujeres, para asistir a los sobrevivientes. En un libro que escribió poco después de regresar a su Ginebra natal, relata dramáticamente los detalles de esa feroz batalla y la tarea a la cual se abocó inmediatamente, movido por la compasión: “Vendar las heridas, lavar los cuerpos ensangrentados, cubiertos de barro y de parásitos; entre lamentos y alaridos de dolor, en una atmósfera rescaldada y corrompida”.

Un llamamiento humanitario

Los horrores de Solferino lo llevaron a lanzar un conmovedor llamamiento humanitario. Dijo Dunant: “¿No se podría, en tiempo de paz, fundar sociedades cuya finalidad sea prestar, o hacer que se preste, en tiempo de guerra, asistencia a los heridos? ¿No sería de desear que un Congreso formulase algún principio internacional, convencional y sagrado que sirviera de base a estas sociedades?”

Dunant viajó por varios países de Europa, gastando sus ahorros, para promover esa idea. Algunos años después vio los resultados de su prédica, al participar en la fundación de la Cruz Roja Internacional, un organismo neutral e imparcial, que hoy constituye la red humanitaria más grande del mundo.

En 1901, Dunant recibió el primer Premio Nobel de la Paz. Y, aunque había quedado en la indigencia al gastar todos sus ahorros, igualmente donó los fondos del premio a proyectos humanitarios. Fue un hombre que transformó su compasión en acción, para beneficio de millones en todo el mundo.

La compasión 

La compasión es una fortaleza del carácter que produce cuidado, empatía y simpatía, que permite la conexión y la preocupación por los otros. Recientemente, la compasión ha atraído la atención de los investigadores; y se ha encontrado que los comportamientos compasivos proveen salud psicológica inmediata y a largo plazo, como beneficio para las personas que la practican. La compasión puede incluso proporcionar un mecanismo para hacer frente a los acontecimientos estresantes de la vida y a las crisis.

Una enorme cantidad de libros y artículos científicos avalan la importancia de la compasión, con una gran abundancia de evidencias empíricas. Paul Gilbert, quien dirige la Fundación “Compassion Mind”, ha sugerido que la idea de la compasión se aplica en tres niveles: la compasión que recibimos de otros, la compasión que ejercemos sobre los demás y la compasión hacia uno mismo. Cada uno de estos niveles puede desarrollarse con distintas prácticas.

Por ejemplo, podemos imaginarnos a nosotros mismos como personas compasivas, pensando cómo somos cuando somos lo mejor que podemos ser. Aprenderemos a prestar atención a nuestras mejores cualidades interiores para tratar de vivir según ellas.

Otra práctica que ayuda a sentir compasión hacia los otros es meditar sobre personas compasivas, como en Jesucristo, el ideal humano de la compasión, imaginándonos cómo trataba a la gente (por ejemplo, al curar al paralítico [Juan 5] o al dar vista al ciego [Juan 9]). Esas experiencias de ejercicio de la compasión pueden dotarnos de sabiduría y fuerza para confortarnos en los momentos difíciles, e ideas prácticas para ayudar a otros a enfrentar la adversidad.

La literatura especializada afirma que la práctica de la compasión proporciona mejoras duraderas en la felicidad propia, la autoestima, la solidaridad y el bienestar social.

Para fortalecer esta digna fortaleza del carácter, te propongo que apliques la compasión en todas las circunstancias posibles, tanto con los demás como contigo mismo, siendo más amable y generoso con los demás y con tu propia persona.

Autor: Mario Pereyra, doctor en psicología de destacada trayectoria, docente universitario, y autor de numerosos libros y trabajos de investigación.
Imangen: Foto de Zac Durant en Unsplash

 

PUBLICACIÓN ORIGINAL: La virtud de la compasión

Revista Adventista de España