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Roberto se había portado mal otra vez. No tenía la intención de hacerlo, pero el agua del lago estaba tan clara que… aunque no tenía bañador, acabó por meterse en el agua sin pensarlo dos veces. Cuando el rato de diversión acabó…Roberto se miró. Estaba totalmente empapado. ¿Qué le diría a su mamá cuando regresara a casa? Caminó lentamente pensando que el sol podría secarle un poco mientras caminaba hasta allí. Pero el sol casi se había puesto. Cuando Roberto abrió la puerta su casa, aún podía sentir la humedad de toda su ropa mojada. Entonces decidió contarle a su mamá una excusa en la que había estado pensando durante todo el camino de regreso.

Porque, tristemente, Roberto no siempre decía la verdad. Su mamá, su papá y su maestra habían tratado de corregirlo, y él había prometido a su mamá que no volvería a mentir. Y lo había recordado por el camino. Por eso no se sentía muy a gusto al pensar que iba a decirle a su mamá algo que no era cierto.

Pero Roberto se dijo: “Le diré que me empujaron… ¡o que me caí! Seguro que mamá no llega a saber nunca que me tiré”.

El pequeño se sentía bastante tranquilo al abrir la puerta y entrar en la cocina.  Sabía que era la hora de cenar, pero su padre ese día llegaría más tarde. Solamente tendría que lidiar con su madre.

Nada más entrar en casa vio a su mamá bajar la vista y mirar sus ropa mojada con profunda tristeza… y entonces él se miró también… A la luz de la cocina tenía mucho peor aspecto que en el lago. Al principio Roberto no dijo nada, pero podía ver, aun sin mirar, los ojos de su madre mirándole de reojo… con aquel disgusto…  Entonces pensó en arreglar un poco mejor el cuento, poner un poco más de verdad en él y quizás así su mamá no sospecharía nada.

¡Cuánto deseaba Roberto que la mamá dijera algo en vez de mirarle solamente! Pero ella estaba ocupada sirviendo la cena y no le dijo una sola palabra. Generalmente Roberto tenía mucha hambre, pero esta vez no se atrevió a sentarse a la mesa tan mojado como estaba.

De la mesa se dirigió a su habitación. Allí se sentó a los pies de la cama pensando en el cuento que había planeado decirle a su mamá. Pero en ese preciso momento recordó la mirada triste de su madre y se acordó de Jesús. Entonces se arrodilló al lado de su cama y dijo: “Querido Jesús: Siento haber planeado decir tantas cosas que no son ciertas. Perdóname y ayúdame a decir siempre la verdad”.

Pocos minutos más tarde, oyó un golpecito en su puerta. “Adelante”, -dijo-. La puerta se abrió lentamente y entró su mamá. La mamá sonrió y le entregó un pijama recién salido de la secadora. ¡Que a gusto se lo puso! ¡Aún estaban calentito! No, no podía mentirle a su mamá. De modo que le contó la verdad, no la historia que había estado planeando que le contaría mientras regresaba a la casa. La culpa era solamente suya. Él se había empapado solito, y, lo que es peor… ¡a conciencia!. Su mamá le abrazó y juntos oraron a Jesús, pidiéndole perdón, solicitando su ayuda para portase mejor y no ceder a la tentación y dar las gracias por la decisión de Roberto, de decir la verdad.

 

Anómimo. Enviado por Eunice Laveda. Adaptada por Esther Azón. 

Foto: Bonnie Kittle en Unsplash

Revista Adventista de España