“La Luz en las tinieblas resplandece” (1 Juan 1:5)

A finales de octubre y comienzo de noviembre, el norte del mundo entra en lo que alguna vez llamaron: “la mitad oscura del año”. Pobladores del norte, en tierras que hoy conocemos como Irlanda, terminaban las cosechas y todo se recogía, listos para entrar en un largo invierno que los acompañaría hasta abril-mayo, cuando al fin llegaba la esperada “mitad clara” del año.

En estas épocas, cuando comenzaban los días grises y más oscuros, cuando ya no se podía sembrar, ni disfrutar del verde de los campos, los celtas instauraron costumbres que hasta hoy nos acompañan. Ellos festejaban la llegada de un año nuevo. Era un momento para valorar todo lo que se tenía y para recordar a los que ya no estaban. Creían que el mundo sobrenatural se encontraba con el nuestro y que había una pequeña ventana donde los espíritus buenos y malos se entrecruzaban. Los que habían muerto podían ser homenajeados y de alguna manera, podían volver a estar cerca de ellos. Además, esos días, serían visitados por un espíritu especialmente maligno que iba pidiendo “truco o trato” a todo aquel que encontraba, si las familias no hacían “trato” y no le daban lo que él quería, el “truco” llegaba en forma de hechicería o maldición, haciéndoles pasar un año nuevo lleno de desgracias. Por eso esperaban que, dejando parte de la cosecha en sus puertas, con pasteles de manzana o calabaza, se alcanzara un trato y les tocase un año nuevo bueno.

Lo que pasó fue que, un buen día, los pobladores del norte fueron conquistados por pueblos romanos, y éstos traían sus propias creencias y rituales. Creían en su dioses, pero no tenían muy claro qué pasaba cuando la gente se moría. Tenían sus propias celebraciones cuando llegaba la estación oscura, y sus propios festejos para el día de todos los santos. Ambos pobladores convivieron e inevitablemente las creencias se mezclaron. Aquella fiesta celta y los rituales “nuevos” terminaron de dar forma a lo que hoy conocemos como Halloween. Puedes investigar más sobre esto en Google.

Los humanos (todos) tememos a la muerte, no le encontramos explicación ni sentido. Por mucho que peleemos como cristianos por no unirnos a esta fiesta, debemos entender que para otros es una forma de afrontar lo inexplicable, burlarse de ella, imitarla y explorar el sinsentido. Con ella vienen supersticiones, leyendas, rituales y tradiciones que hoy en día ni siquiera se piensan demasiado. Los niños solo saben que por estos días se comerán muchos dulces, se jugará a disfrazarse y de alguna manera los miedos individuales serán colectivos, y solo eso ya les hará sentirse más fuertes, aunque será momentáneo. Cuando el juego deja de ser colectivo, por las noches, en la soledad de su habitación, en lugar de reducirse los miedos estos aumentan, pesadillas, terrores nocturnos, suelen acompañar a la resaca de las noches de Halloween.

El arte de la guerra: es un libro que explica la teoría de un guerrero chino llamado Sun Tzu que dejó todo un compendio filosófico sobre cómo pelear para ganar una batalla, que ha alimentado las fuerzas militares de todos los tiempos ¿Por qué traigo este libro? Pues porque siempre decimos que estamos en guerra, ¿no es así? Vivimos en territorio enemigo, ¡aunque el resto de los humanos no son nuestros enemigos!. Estamos en guerra y si bien conocemos el final, mientras duren nuestros días, digo yo que tendremos que aprender a luchar, o al menos conocer la táctica del “enemigo”, que vuelvo a decir, no son los demás seres humanos, “porque no peleamos con huestes de este mundo”.

El arte de la guerra dice que en realidad, las pequeñas batallas son apenas distracciones para el verdadero objetivo final, que suele tener que ver con un fin superior. En el normal de los casos, fines políticos, y en relación a Halloween, pues el objetivo mayor del general de las tropas de este planeta, es continuar distrayendo a las generaciones y volviendo todas las verdades del evangelio en un simple mito más, “porque es mentiroso, y padre de mentira” (Juan 8:44). Vivimos en este planeta, y debemos recordar que esta pequeña batalla llamada Halloween no es el verdadero objetivo final de lucha.

Con todas estas ideas en mi mente, surgió nuestra historia familiar en relación a Halloween. Nuestras hijas comenzaron a crecer y a sorprenderse cada año más con todo lo que acontecía esa noche. Los vecinos y amiguitos se disfrazaban y se divertían en el patio de la comunidad, venían a casa a tocar la puerta. El primer año, que eran muy pequeñas aún, apagamos la luz e hicimos como que no estábamos. Pero para el año siguiente, fue con ellas que ya no pudimos disimular que no estábamos, teníamos que dar un sentido y una explicación a todo lo que estaba ocurriendo. Sus amigos tocaban la puerta, ¿por qué no abrir?.

Entonces, así surgió en casa nuestro propio juego, los niños iban a venir con disfraces que asustaban, y nosotros queríamos criar hijas fuertes, que se enfrentaran a la realidad y que no tuviesen por qué estar siempre al margen de su propio mundo y sus culturas. Así que les explicamos con detalle qué era lo que se festejaba. Les ayudamos a comprender a sus amigos, que como no conocen al Jesús que conocemos en casa, no entienden que todos los muertos duermen, y gracias al cielo no andan lamentándose por nuestro planeta. Pero les dimos la opción de “jugar a nuestra manera”. Ellas se iban a disfrazar de “Guardianes de la luz”. Como en ese día todo es oscuridad, nosotros defenderíamos la luz.

El disfraz fue sencillo (cada uno puede inventarse el suyo): con bolsas de negras de basura abiertas en el fondo, se hace un excelente traje improvisado, como una capa, se le pone un cinturón, y, por ejemplo, un dibujo impreso de la serie “Cazafantasmas” en el pecho o en la espalda (esto es solo por ponerle algo de gracia al disfraz). Luego los complementos son a gusto del consumidor, una gorra, una mochila, etc. Lo indispensable es llevar una linterna (cuanto más grande mejor), y cuando se acercan los amigos disfrazados o golpean la puerta, se les ilumina en la cara y se les dice: “Somos los guardianes de la luz, no nos gusta la oscuridad, ni creemos en las máscaras. Dime quién eres en verdad y te daré un dulce”.

En aquellos días nuestras hijas eran pequeñas, así que sobre todo lo hicimos nosotros como padres, jugando con ellas y con los niños que vinieron. Pero compartí esta idea con una amiga que tenía hijos un poquito más grandes y sus hijos se divirtieron mucho y se sintieron muy orgullosos de su papel de guardianes de la luz. De hecho, una de las vecinas de esta amiga, que no tenía nuestras creencias pero que tampoco estaba cómoda con esta fiesta, permitió a sus hijos sumarse a los “Guardianes de la luz”. La experiencia para ellos fue mucho más positiva que esconderse o demonizar a sus amigos y vecinos.

Personalmente he podido comprobar que este tipo de conductas que integran creencias con la vida real, dan a los niños (y adultos) una seguridad y satisfacción mayor. Les permite sentirse parte del resto de sus iguales, les regala una mejor convivencia con la diferencia, les educan en respeto hacia el que no piensa igual y sobre todo les refuerza sus propias creencias y, en este caso, les libra de los miedos que generan estos “monstruos” andantes. Porque ellos mismos, con la ayuda de la linterna (y en realidad, de sus creencias) los enfrentan.

Considero más saludable y “cristiana” esta forma de “estar en el mundo, pero no ser de él”. Siendo, por ejemplo, “guardianes de la luz”. Porque “Dios es luz” (1 Juan 1:5) y “el que dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas” (1 Juan 2:9).

Respetar, compartir, saber convivir. Valores que trascienden los simples noes que a veces tenemos como cristianos.

Maijo Roth. School&Home 

Foto: Jarl Schmidt en Unsplash

 

El contenido de las páginas externas no es responsabilidad de la Revista Adventista. La Revista Adventista se reserva el derecho de aprobar, ocultar o excluir comentarios que sean ofensivos y que denigren la imagen de cualquier persona o institución. Tampoco serán aceptados anuncios comerciales. Por favor, que tu comentario sea respetuoso y cortés con el autor y con otros lectores.