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Hablar del pecado es adentrarse en un tema delicado. Delicado porque el hombre pecador difícilmente podrá entender lo que es. Una cosa es aceptar lo que Dios nos dice acerca del pecado y otra cosa es comprender lo que realmente es. Sin duda nosotros creemos en Dios, por eso cuando hablamos del pecado, lo hacemos correctamente: enfocamos lo negativo del mismo, lo desechamos y recomendamos mantenernos alejados de él. Ahora bien, ¿qué ocurre a nivel vivencial? Justamente lo contrario. Nos gusta discutir qué es y qué no es pecado. Nos gusta clarificar hasta dónde se puede llegar sin pecar, incluso con frecuencia justificamos el pecado por las circunstancias que nos toca vivir. Es decir, a nivel teológico, tenemos una visión adecuada de lo que es el pecado, pero a nivel cotidiano tenemos un serio problema con él.

¿Por qué ocurre esto? La razón está en la esencia, es decir, nuestra naturaleza. Al tener una naturaleza caída, nos encontramos más cómodos con las cosas del pecado que con los consejos de Dios. Pongamos un ejemplo, si alguien te hace daño de alguna manera, bien sea con palabras o con hechos, tú te encontrarás más a gusto pensando mal de esa persona y deseando vengarte, que haciendo uso de la paciencia, la comprensión y el perdón. El pecado no sólo nos atrae, sino que con frecuencia nos encontramos a gusto con él. Por eso la propuesta que Dios nos hace es de luchar, de rechazo y de huida. No es fácil seguir los consejos que Dios nos propone y movernos a un nivel diferente del que normalmente lo hacemos. Comentemos esto.

LAS DIFERENTES DIANAS.
El pecado se define como errar el blanco, no hacer diana. La pregunta es ¿cuál es nuestra diana?, ¿a dónde tenemos que llegar? ¿Cuál debe ser el objetivo al que tenemos que apuntar para que cada día podamos acercarnos más a él? Aquí es donde está el problema.

Me gusta ver cómo la Escritura se pone en nuestro lugar y de ahí busca que vayamos progresando en nuestra comprensión del pecado. No es fácil llegar a ver el ideal que Dios tiene para nosotros, por eso la Biblia nos presentará ese ideal de una forma progresiva. Y es de esta manera que encontraremos en las Escrituras tres definiciones diferentes acerca de lo que es pecado. La primera se encuentra en 1ª Juan 3:4, la segunda en Romanos 14:23 y la tercera en Santiago 4:17. Analicemos las tres definiciones porque en ellas encontraremos algo interesante.

1ª Juan 3: 4Porque el pecado es transgresión de la ley”. Los judíos tenían la ley como la base de todo. Ellos creían que la salvación dependía del cumplimiento meticuloso de esa ley. Hacer esto suponía acertar la diana, es decir, no pecar.

Romanos 14: 23Todo lo que no proviene de fe, es pecado”. Como podéis ver esta definición es diferente a la anterior. Va más lejos y centra la atención en un nivel superior. Lo que importa no es la letra de una ley sino la proximidad al autor de esa ley. Aquí pecado no tendría el enfoque de desobediencia a unas normas, sino de lejanía de Dios. No se centra en la importancia de la letra sino en el lugar donde tú estás. ¿En qué sentido? La fe pertenece al ámbito espiritual y tiene por lo tanto que ver con Dios. El que se separa de Dios comete pecado, aunque guarde la letra de la ley.

Santiago 4: 17Porque el que sabe hacer lo bueno y no lo hace le es pecado”. Aquí la atención no se centra ni en la ley ni en la proximidad con Dios, sino en la motivación con la que tú haces las cosas. La motivación que Dios pide es una motivación muy alta: el amor. Por eso tener una motivación que no vaya más allá de lo meramente justo o de tener una buena relación con Dios, es errar la diana.

Las tres definiciones son como tres dianas a las que hay que apuntar y alcanzar: la primera es la obediencia, la segunda es la dependencia de Dios y la tercera es el amor, como motor que debe mover nuestra vida. ¿Cuál de las tres dianas es la mejor? ¿A qué diana debemos apuntar para no errar? Todas las preguntas que se hagan en esta dirección están equivocadas porque en realidad cada una de estas dianas forma parte de un todo, cada una depende de la otra y separadas no funcionarán. De lo que se trata es de aunar las tres en una y después apuntar e intentar hacer blanco en esta diana.

Nuestro planteamiento de vida debe centrarse, pues, en tres ámbitos marcados por los tres textos que acabamos de ver: debemos obedecer lo que Dios nos pide, debemos estar cerca de Dios para conocerle y recibir su ayuda y su poder, y, debemos ser movidos por el amor y no por otros intereses. Cuando no hacemos esto, nos equivocamos, erramos el blanco, porque estaremos construyendo un cristianismo incompleto y por lo tanto inmaduro.

¿Qué te parece? ¿Fácil o difícil? No hace falta que respondas, con los recursos humanos no es posible alcanzar el blanco. Para hacer diana necesitamos la ayuda y el poder divino. La dificultad estriba en darnos cuenta de que esto es así. Creer que yo puedo y que con una sola diana es suficiente, es cometer un grave error. Necesitamos a Dios, y necesitamos aunar las tres dianas.

Pienso ahora en el joven rico. Él fue con la pregunta adecuada: “Maestro ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna?”. Y Jesús le presentó la primera diana. “Guarda los mandamientos…” y él respondió: “Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud”. Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres… ven y sígueme.” Si te fijas bien, Jesús le presentó las otras dos dianas juntas. Y aquel hombre no pudiendo hacerlo se fue. ¿Dónde estuvo su error? En pensar que todo se reducía a la obediencia de una ley con los esfuerzos humanos.

CONCLUSIÓN
Resumamos lo dicho hasta aquí. Si pecado es errar el blanco, la clave está en considerar la diana a la que debemos mirar y alcanzar así como los recursos para que esto se haga realidad. Tomar una diana equivocada es malograr esfuerzos, sacrificios y luchas. Depender de uno mismo para alcanzar el ideal de Dios es fracasar desde el principio. Necesitamos pues clarificar estas dos cosas; después podemos luchar, sacrificarnos o hacer lo que sea necesario. Sin duda el esfuerzo aplicado tendrá su recompensa, y si hoy no conseguimos dar en el blanco, cada día nos acercaremos más hasta que un día seamos tan certeros que no sólo daremos en la diana, sino que lograremos alcanzar su centro.

Dios se siente muy feliz al ver a sus hijos conseguir su ideal. Que Dios te bendiga y te ayude a ser un cristiano victorioso. AMÉN

Revista Adventista de España