Espiritual

Escuela Sabática de menores: Las Bienaventuranzas

Para el sábado 19 de enero de 2019 Esta lección está basada en Mateo 5:1-16, Lucas 6:17-26, El Deseado de…

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Para el sábado 19 de enero de 2019

Esta lección está basada en Mateo 5:1-16, Lucas 6:17-26, El Deseado de todas las gentes, capítulo 31 y El discurso maestro de Jesucristo Las Bienaventuranzas.

Hoy estudiaremos el motivo por el cual el reino de Dios y sus secretos contribuyen a que seamos felices.

  • Felices los pobres en espíritu.

    • ¿Quiénes son los pobres en espíritu?
      • Es el hombre, pobre o rico, que se reconoce necesitado de aprender, de crecer, de ser perdonado.
      • El que, al sentirse pobre y desamparado, pone toda su confianza en Dios y acepta su voluntad.
    • ¿Qué premio reciben?
      • De ellos es el reino de los cielos. Pues al aceptar la voluntad de Dios forman parte de su reino.
    • “Los que comprenden bien que les es imposible salvarse y que por sí mismos no pueden hacer ningún acto justo son los que aprecian la ayuda que les ofrece Cristo. Estos son los pobres en espíritu, a quienes él llama bienaventurados” (DMJ, pg. 12).
  • Felices los que lloran.

    • ¿Quiénes son los que lloran?
      • Son aquellas personas que se apenan por el pecado, las injusticias y el sufrimiento de este mundo.
      • Los que se ven indignos y pecaminosos al compararse con Jesús. Esto los lleva al arrepentimiento y a pedir perdón.
    • ¿Qué premio reciben?
      • Son consolados. Ya sea porque sus pecados son perdonados, o porque terminará el mal en este mundo, cuando Jesús venga por segunda vez.
      • Dios consuela, cura y fortalece a la persona que llora.
    • “Dios no desea que quedemos abrumados de tristeza, con el corazón angustiado y quebrantado. Quiere que alcemos los ojos y veamos su rostro amante… Nos ha amado con un amor sempiterno y nos ha rodeado de misericordia. Podemos apoyar el corazón en él y meditar a todas horas en su bondad. El elevará el alma más allá de la tristeza y perplejidad cotidianas, hasta un reino de paz” (DMJ, pg. 16).
  • Felices los mansos.

    • ¿Quiénes son los mansos?
      • Son los que aceptan con humildad y obediencia la conducción de Dios.
      • La persona mansa soporta injusticias sin reaccionar con ira y abruptamente, sino con el debido equilibrio, estabilidad y tranquilidad.
    • ¿Qué premio reciben?
      • Heredarán la tierra. Feliz la persona entregada y dominada por Dios, pues estará en paz consigo misma, con su prójimo y con Dios, porque vivirá con la actitud del que está de viaje a la tierra prometida.
      • La tierra que heredarán los mansos no es igual a ésta, sino una tierra libre de pecado, de maldad y de dolor.
    • “La mansedumbre de Cristo manifestada en el hogar hará felices a los miembros de la familia; no incita a los altercados, no responde con ira, sino que calma el mal humor y difunde una amabilidad que sienten todos los que están dentro de su círculo encantado. Dondequiera que se la abrigue, hace de las familias de la tierra una parte de la gran familia celestial” (DMJ, pg. 19).
  • Felices los que tiene hambre y sed de justicia.

    • ¿Quiénes son los que tienen hambre y sed de justicia?
      • Son los que anhelan que Dios haga justicia con la misma intensidad que el hambriento y el sediento anhelan un poco de comida o agua para salvar su vida.
      • Son personas imperfectas, falibles y pecadoras, que están sintiendo hambre y sed de la justicia de Dios para el perdón y justificación de sus propios pecados, y por los que son víctimas de las injusticias de nuestra sociedad.
    • ¿Qué premio reciben?
      • Serán saciados. El Espíritu Santo satisface su hambre y sed de justicia llenando su vida y la vida de los que viven en su entorno con emociones y sentimientos positivos, de amor, de cordialidad, de tolerancia que colmarán su vida de felicidad.
    • “Si en nuestra alma sentimos necesidad, si tenemos hambre y sed de justicia, ello es una indicación de que Cristo influyó en nuestro corazón para que le pidamos que haga, por intermedio del Espíritu Santo, lo que nos es imposible a nosotros” (DMJ, pg. 21).
  • Felices los misericordiosos.

    • ¿Quiénes son los misericordiosos?
      • Son los que expresan el amor compasivo de Dios en sus vidas.
      • Pase lo que pase amarán con un amor trascendente y fiel en cada momento. Es un amor compasivo, que salva y no condena. Un amor que no se agota nunca. Un amor que se manifiesta haciendo el bien a los demás.
    • ¿Qué premio reciben?
      • Reciben la misericordia, la bondad y el amor fiel, eterno y trascendente de Dios.
    • “Hay dulce paz para el espíritu compasivo, una bendita satisfacción en la vida de servicio desinteresado por el bienestar ajeno. El Espíritu Santo que mora en el alma y se manifiesta en la vida ablandará los corazones endurecidos y despertará en ellos simpatía y ternura… Y en la hora de necesidad final, los compasivos se refugiarán en la misericordia del clemente Salvador y serán recibidos en las moradas eternas” (DMJ, pg. 24).
  • Felices los de corazón puro.

    • ¿Quiénes son los de corazón puro?
      • Los que son fieles en los pensamientos y motivos del alma, libres del orgullo y del amor propio; humildes y generosos.
      • Son los que han sido justificados por la fe, cuyo corazón ha recibido la limpieza del perdón por medio del Espíritu Santo. Se mantienen en comunión diaria con Dios, para que sus intenciones, imaginaciones, emociones y deseos sean puros.
    • ¿Qué premio reciben?
      • Verán a Dios. Los que se mantengan en comunión diaria con Dios, serán vestidos con las vestiduras blancas de la justicia de Cristo, entonces conocerán a Dios y serán felices por la eternidad.
    • “En el que vaya aprendiendo de Jesús se manifestará creciente repugnancia por los hábitos descuidados, el lenguaje vulgar y los pensamientos impuros. Cuando Cristo viva en el corazón, habrá limpieza y cultura en el pensamiento y en los modales” (DMJ, pg. 25).
  • Felices los pacificadores.

    • ¿Quiénes son los pacificadores?
      • Son los que siembran la paz, la tolerancia y la sana convivencia, sin hacer concesiones, ni negar sus principios.
      • Aquellos que buscan la paz con Dios.
      • Son los que se reconcilian con Dios, se reconcilian consigo mismo, y buscan reconciliar a sus semejantes.
    • ¿Qué premio reciben?
      • Serán llamados hijos de Dios. Por la paz de Dios que se manifiesta en su vida y en sus acciones, las personas reconocerán que son hijos de Dios.
    • “No hay otro fundamento para la paz. La gracia de Cristo, aceptada en el corazón, vence la enemistad, apacigua la lucha y llena el alma de amor… El corazón que está de acuerdo con Dios participa de la paz del cielo y esparcirá a su alrededor una influencia bendita. El espíritu de paz se asentará como rocío sobre los corazones cansados y turbados por la lucha del mundo” (DMJ, pg. 27).
  • Felices los perseguidos por causa de la justicia.

    • ¿Quiénes son los perseguidos por causa de la justicia?
      • Son los que sufren dificultades a causa de sus creencias religiosas, y de su forma pura de vivir (guardar el sábado, preservar las virtudes, defender el matrimonio bíblico, la libertad de conciencia, etc.).
      • Son los rechazados por su propia familia o por la sociedad a causa de su fe.
    • ¿Qué premio reciben?
      • El reino de los Cielos. Si alguien es digno de que lo persigan por ser discípulo de Jesús, eso quiere decir que verdaderamente lo es, la persecución es su certificado de autenticidad, una especie de acreditación de su discipulado.
      • El que no teme sufrir por anunciar y vivir el evangelio que Cristo vino a traer al mundo es ciertamente una persona bienaventurada, feliz, porque participará del reino de los Cielos.
    • “Aunque el Señor no prometió eximir a su pueblo de tribulación, le prometió algo mucho mejor… Si somos llamados a entrar en el horno de fuego por amor de Jesús, él estará a nuestro lado, así como estuvo con los tres fieles en Babilonia… Siendo participantes de los padecimientos de Cristo, están destinados a compartir también su gloria” (DMJ, pg. 29-30).
  • Felices los que son insultados, maltratados y acusados falsamente.

    • ¿Quiénes son insultados, maltratados y acusados falsamente?
      • Los que predican a Jesús son, a menudo, insultados, maltratados o acusados falsamente.
      • Si nos mantenemos firmes, Dios puede usar estas malas circunstancias para que, a pesar de todo, muchos puedan conocerlo.
    • ¿Qué premio reciben?
      • Tendrán una gran recompensa en los Cielos. Pensemos en el gran premio que nos espera y en que, en todas las circunstancias, Dios siempre está con nosotros.
    • “Aunque la calumnia puede ennegrecer el nombre, no puede manchar el carácter. Este es guardado por Dios. Mientras no consintamos en pecar, no hay poder humano o satánico que pueda dejar una mancha en el alma. El hombre cuyo corazón se apoya en Dios es, en la hora de las pruebas más aflictivas y en las circunstancias más desalentadoras, exactamente el mismo que cuando se veía en la prosperidad, cuando parecía gozar de la luz y el favor de Dios. Sus palabras, sus motivos, sus hechos, pueden ser desfigurados y falseados, pero no le importa; para él están en juego otros intereses de mayor importancia” (DMJ, pg. 31).
  • Esparciendo la felicidad a otros siendo la sal de la tierra y la luz del mundo.

    • “Cuando Dios llama sal a sus hijos, quiere enseñarles que se propone hacerlos súbditos de su gracia para que contribuyan a salvar a otros” (DMJ, pg. 33).
    • “El Salvador miró al grupo que lo acompañaba, luego al sol naciente, y dijo a sus discípulos: “Vosotros sois la luz del mundo”. Así como sale el sol en su misión de amor para disipar las sombras de la noche y despertar el mundo, los seguidores de Cristo también han de salir para derramar la luz del cielo sobre los que se encuentran en las tinieblas del error y el pecado” (DMJ, pg. 35).
    • Jesús, el Salvador, es la única luz que puede disipar las tinieblas de un mundo caído en el pecado. Nosotros somos los mensajeros a través de los cuales esa luz llega a todas las personas.

Resumen: Tomando en cuenta que Dios nos ama, aceptamos sus valores y los compartimos con los demás.

Historias para reflexionar

Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. (Mateo 5:9)

Una pelea en el altillo

Por Roselyn Edwards

Sandra ayudó a su mamá a colocar la colcha azul. La cama supletoria que había en el cuarto de Sandra estaba lista para su amiga. En esa ocasión Norma no se quedaría solamente una noche, sino seis noches seguidas, porque sus padres tenían que ausentarse por una semana.

A Sandra le resultaba muy agradable tener compañía para ir a la escuela. Le encantaba la idea de abrir dos bolsitas idénticas a mediodía cuando comieran su merienda en la escuela, gozar luego de la compañía de Norma cuando regresaran a casa, y, por añadidura, compartir el cuarto con su mejor amiga.

-Qué lindo sería que fuéramos hermanas y pudiéramos vivir siempre en la misma casa -dijo Sandra.

-Eso sería formidable -estuvo de acuerdo Norma.

El sábado de mañana se prepararon para ir juntas a la iglesia, y el domingo se sintieron muy felices porque tenían por delante todo un día para jugar juntas.

-No podemos jugar afuera -observó Norma-. Mira cómo está el tiempo-. Era un día gris, lloviznaba y nevaba un poco.

-¡Ya sé lo que podemos hacer! -dijo Sandra-. ¡Subir al altillo y jugar con las muñecas de papel! Allí tenemos mucho lugar para extender nuestras familias de papel sobre los baúles y las cajas. Cerca de la chimenea hay un estupendo rincón calentito para jugar a que tenemos una escuela o un hospital de muñecas.

Sandra y Norma habían jugado juntas con muñecas de papel desde que eran muy pequeñas, aún antes de que fueran a la escuela. Había ciertas cosas que siempre las hacían de la misma forma, ya fuera que jugaran en el subsuelo o sótano de la casa de Norma, o en el altillo de la casa de Sandra.

Cada una de ellas tenía sus muñecas de papel guardadas en una caja resistente, de modo que podían llevarlas de una casa a otra, y viceversa. Detrás de cada una de las muñecas de papel estaba el nombre de la muñeca y el de la dueña, y de esa forma nunca se les mezclaban.

Cuando comenzaban a jugar juntas, siempre extendían las muñecas de papel en una hilera sobre el piso. Luego se turnaban para elegir las muñecas con las cuales jugaría cada una. El día que jugaban en la casa de Norma, Sandra era la primera que elegía porque era la visita. Cuando lo hacían en la casa de Sandra, Norma era la primera.

Ese domingo por la mañana, a Norma le tocó elegir primero y escogió a la “Srta. Campanilla Azul”. La Srta. Campanilla Azul era la muñeca que más les gustaba a ambas niñas. En realidad era de Norma, pero como siempre compartían sus muñecas y se turnaban para elegirlas, Sandra jugaba con ella casi tanto como Norma. Era una hermosa muñeca rubia con grandes ojos azules. Tenía una gran colección de vestidos de papel. Hasta tenía un uniforme de enfermera. Si jugaban al hospital con las muñecas, la Srta. Campanilla Azul era la enfermera jefa. Y si jugaban a la escuela, la Srta. Campanilla Azul era la maestra. La niña que la escogía tenía que hablar por ella como maestra o como enfermera.

-Yo tomaré al Sr. Daniel -dijo Sandra. El Sr. Daniel era el más apuesto caballero entre todos los muñecos de papel.

-Y yo tomaré a Bárbara -anunció Norma, extendiendo la mano para tomar una muñeca de cartón.

-Yo elijo a Luisa -dijo Sandra.

Cuando ya se habían repartido todas las muñecas de papel, cada niña arregló por familias, en un lado del altillo, las que había elegido. Entonces las muñecas comenzaron a actuar. Ese domingo de mañana la Srta. Campanilla Azul sería la maestra y todos los muñequitos y muñequitas de papel irían a la escuela.

La mañana pasó volando y antes de que se dieran cuenta, el almuerzo estaba sobre la mesa. Después de la comida las niñas secaron los platos y luego se dirigieron de nuevo al altillo.

-Elijamos de nuevo las muñecas y juguemos esta tarde al hospital -sugirió Sandra.

-Muy bien -estuvo de acuerdo Norma, Y comenzó a poner en hilera las muñecas sobre el suelo para que luego cada una pudiera hacer su elección. Cuando todas estuvieron alineadas, les echó una mirada.

-Yo elijo a a Srta. Campanilla Azul -dijo.

-Eso no es justo -objetó Sandra-. Esta mañana tú la elegiste.

-Bueno, cuando yo elijo primero significa que puedo elegir; ¿no es así?

-Pero esta tarde yo la quiero. No es justo que tú siempre elijas primero siendo que vas a estar aquí toda la semana.

-Pero esta muñeca es mía y yo soy la visita aun cuando esté toda la semana en tu casa. La visita siempre elige primero.

Sandra no tenía la intención de discutir con su mejor amiga; pero antes de que se dieran cuenta estaban peleando y en realidad se estaban gritando una a otra.

-Ojalá no estuvieras aquí -gritó finalmente Sandra-. ¿Por qué no te vas a tu casa? Yo no quiero que estés más en mi casa.

Al oír eso, los ojos de Norma se llenaron de lágrimas. Tiró las muñecas de papel que tenía en la mano, se dio vuelta y salió sin decir palabra.

Sandra recogió lentamente todas las muñecas de papel y las guardó en sus respectivas cajas. Le pesó mucho lo que le había dicho a Norma. Se propuso entonces seguir a Norma para decirle cuánto sentía lo que había hecho. Cuando terminó de guardar las muñecas, bajó del altillo y comenzó a buscar a su amiga, pero Norma no estaba en el dormitorio. Sandra fue a la sala, pero Norma no estaba allí. Fue entonces a la cocina, donde la mamá estaba horneando galletitas, pero allí no había ni rastros de Norma.

-¿Dónde está Norma? -preguntó Sandra.

-¿No estaba contigo? -le preguntó a su vez la mamá, mirándola-. ¿Tuvieron una pelea?

Sandra bajó la cabeza.

-Sí… Pero quiero decirle que siento mucho lo que le dije.

La mamá y Sandra registraron toda la casa. No pudieron encontrar a Norma por ninguna parte.

-Fíjate si su abrigo está en el guardarropas del vestíbulo -dijo la mamá. ¡El abrigo había desaparecido! Cuando el papá llegó a la casa, él y Sandra recorrieron las calles de alrededor, pero tampoco encontraron a Norma. Finalmente el papá detuvo el automóvil en el camino de entrada de su propia casa y, volviéndose a Sandra, solemnemente le dijo: -Esto es bastante serio. Nosotros somos responsables por Norma hasta que sus padres regresen y piensa qué terrible sería que le sucediera algo. Ahora quiero que me digas exactamente qué fue lo que le dijiste a Norma que la indujo a abandonar el altillo.

-Bueno… – al recordar sus propias palabras, aún a ella misma le parecían terribles -.

-Vamos -dijo el papá-. Esto es sumamente importante.

-Creo que le dije que quería que ella se fuera a su casa -admitió Sandra.

-¿Crees? -puntualizó el papá-

-Bueno, en realidad… estoy segura. Eso fue lo que dije.

-Entonces, vayamos a su casa.

El papá aparcó el coche en el camino de entrada de la casa de Norma, se bajó y trató de abrir la puerta del frente. Estaba cerrada con llave. Fue luego a la puerta de entrada del costado, que daba al garaje. Tampoco pudo abrirla. Sacudió la cabeza y comenzó a regresar al automóvil. Luego vaciló y regresó para mirar detrás del garaje. Sandra no pudo aguantar por más tiempo. Bajó del automóvil y siguió al papá.

Dio vuelta a la esquina de la casa precisamente a tiempo para escuchar al papá cuando decía:

-¡Hola!, ¿qué significa esto?

Norma estaba acurrucada en un rincón donde el garaje se unía con la casa. Tenía la cabeza entre las rodillas y estaba tiritando de frío, y sollozando.

-Norma -exclamó Sandra-, siento mucho lo que dije. Yo quiero que estés en mi casa. Perdóname por lo que te dije. No quise decirte que te fueras a tu casa -y Sandra también comenzó a llorar.

-Te llevaré al automóvil- dijo el papá a Norma-. Te llevaremos a nuestra casa y te pondremos en la bañera con agua calentita. Espero que no te enfermes por haberte mojado y enfriado.

-Yo también lo siento- dijo Norma cuando pudo hablar-. Debiera haber permitido que tú también jugaras parte del tiempo con la Srta. Campanilla Azul. Cuando Norma entró en calor, las niñas esparcieron de nuevo las muñecas de papel en el dormitorio. Esta vez jugaron tan pacíficamente como de costumbre.

Ahora, cuando Sandra se siente tentada a decirle palabras hirientes a una amiga, enseguida recuerda aquel día frío y lluvioso, y no lo hace.

 

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. (Mateo 5:7)

El nuevo compañero de juegos

Por Garnet Marning

Raúl y Enrique tenían un coche rojo nuevo. Les encantaba conducirlo por el jardín. Esa mañana jugaron todo el tiempo afuera, con él. Primero Enrique llevaba a Raúl, y luego éste a Enrique. A veces los dos apoyaban una rodilla en el coche, y con el otro pie lo empujaban a lo largo de la acera. En el patio de delante de su casa había una bajada, y uno al otro se llevaban en el coche, empujándolo por el declive. Se divertían de lo lindo. La mañana se les pasó volando y muy pronto llegó la hora de comer.

-Esta tarde vamos a tener un invitado -les anunció la madre cuando entraron a comer-. Tía Etna va a traer un muchacho vecino suyo para que juegue con vosotros.

-¡Qué bien! Nos vamos a divertir con un chico más para jugar con el coche nuevo -dijo Enrique.

Raúl también se alegró.

Pronto terminaron de comer, lavaron los platos y los guardaron. Luego los muchachos salieron para jugar con su coche, pero decidieron volver a casa para esperar a su visita. Al entrar en la cocina vieron que en ese momento llegaba la tía Etna. Notaron que se bajaba del carro y daba la vuelta al otro lado para abrirle la puerta al muchachito que había venido sentado a su lado.

Entonces ocurrió algo raro. El muchachito se deslizó fuera de su asiento, se arrojó al suelo y comenzó a gatear hacia el coche rojo.

-Ven adentro a saludar a Raúl y a Enrique, y a su mamá, antes de ir a jugar, Teodoro -le dijo la tía Etna ayudándolo a subir los escalones.

-¿Por qué no se pone de pie y camina? -le preguntaron Raúl y Enrique a su madre mientras lo observaban.

-Vengan a ayudarme a preparar limonada -les pidió su mamá-. Tráiganme los vasos.

Mientras los muchachos le ayudaban a preparar la limonada, la mamá les contó brevemente la historia de Teodoro.

-Cuando Teodoro nació, la parte inferior de su cuerpo estaba paralizada. Los médicos le dijeron a su mamá que era  parapléjico. Nunca podrá llegar a caminar como vosotros, correr o jugar a la pelota, ni hacer ninguna de las cosas que tanto os gusta hacer a los muchachos sanos. Pero, no obstante, es un muchachito alegre, y le va a gustar ir en el coche nuevo si le lleváis.

-Ven, Enrique -dijo Raúl-. Ayudemos a Teodoro a bajar los escalones, y a subir al coche, y vamos a dar un paseo.

Mientras la mamá y la tía Etna conversaban, escuchaban la risa feliz de los tres muchachos.

Cuando llegó el momento de despedirse, Raúl dijo:

-Ven cuando quieras, Teodoro. Nos hemos divertido mucho jugando contigo.

-Sí, ven -repitió Enrique.

-Muchachos -dijo la madre rodeándolos con sus brazos-, me alegro porque se portaron tan bien con Teodoro. Y estoy segura de que Jesús también se alegra por eso.

-Estoy contento -dijo Enrique-. Es un muchacho muy alegre y nos ha caído muy bien. A pesar de lo duro que debe ser vivir sin poder caminar, él es muy valiente y nos ha dado una lección a los dos. Sentimos que su amistad nos va a hacer mucho bien. Gracias a Teodoro vemos la vida desde otra perspectiva y nos hemos dado cuenta de que tenemos que estar más agradecidos y ser más positivos, como es él. Es un verdadero ejemplo para nosotros y damos gracias a Jesús por su amistad.

Resumen, y selección de materiales, de Eunice Laveda, miembro de la Iglesia Adventista del 7º Día en Castellón. Responsable, junto con su esposo, Sergio Fustero, de la web de recursos para la E.S. Fustero.es

Photo: Radu Florin en Unsplash

 

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