Espiritual

Escuela sabática de menores: La isla de las visiones

Recluido en la isla de Patmos, Juan ya no podía predicar. Pero escribió todo lo que Jesús le mostró. Cuando deseamos compartir a Cristo, Él nos ayuda siempre a poder hacerlo.

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Recluido en la isla de Patmos, Juan ya no podía predicar. Pero escribió todo lo que Jesús le mostró. Cuando deseamos compartir a Cristo, Él nos ayuda siempre a poder hacerlo.

Para el sábado 1 de junio de 2019.

Esta lección está basada en Apocalipsis 1. Los hechos de los apóstoles, capítulo 56-57.

  • El juez.

    • Domiciano fue emperador de Roma desde el año 81 hasta el año 96. Fue un emperador tiránico y cruel.
    • Domiciano perseguía a aquellos que se negaban a adorar a los dioses romanos en general y a reconocer el origen divino del emperador en particular.
    • Por esta razón, aceptó las acusaciones de los judíos contra Juan.
  • Los testigos.

    • Los judíos odiaban todas las enseñanzas de los seguidores de Jesús. Habían apedreado, encarcelado y destruido a muchos cristianos.
    • Como Juan era el último apóstol, creían que, si mataban a Juan, desaparecería el cristianismo. Por esta razón, los judíos acusaron a Juan y éste fue llevado a juicio ante el emperador.
    • Los dirigentes judíos fueron hasta Roma para asistir al juicio y pagaron a testigos falsos para que mintiesen. Acusaron a Juan de herejías contra el emperador y sus dioses.
    • Esperaban que Domiciano le condenase a muerte.
  • El reo.

    • Juan, el último apóstol de Jesús que quedaba con vida, se dedicaba a contar la historia de Jesús con palabras convincentes y milagros. Por su testimonio, muchos se convertían al cristianismo.
    • Juan fue llamado a Roma para ser juzgado.
    • Su juicio le recordó al que había presenciado cuando Jesús fue juzgado ante el Sanedrín. Él era inocente. Había testigos falsos. Querían la muerte del reo. Lo trataban con odio y violencia. El juez estaba airado contra él.
    • Recordando cómo Jesús se había mantenido calmado y con una actitud correcta y digna, “Juan se defendió de una manera clara y convincente, y con tal sencillez y candor que sus palabras tuvieron un efecto poderoso. Sus oyentes quedaron atónitos ante su sabiduría y elocuencia” (HAp. 455).
  • La condena.

    • El emperador Domiciano no podía contradecir los razonamientos de Juan, ni competir con el poder que acompañaba su exposición de la verdad; pero se propuso ejecutarlo.
    • Lo condenó a ser echado a una caldera de aceite hirviendo. Al hundirse en el aceite, Dios protegió a Juan, pues quedó flotando como si fuera un corcho sin sufrir ningún daño.
    • Mientras flotaba en el aceite, Juan exclamó: “Mi Maestro se sometió pacientemente a todo lo que hicieron Satanás y sus ángeles para humillarlo y torturarlo. Dio su vida para salvar al mundo. Me siento honrado de que se me permita sufrir por su causa. Soy un hombre débil y pecador. Solamente Cristo fue santo, inocente e inmaculado. No cometió pecado, ni fue hallado engaño en su boca” (HAp. 455).
    • Juan fue retirado de la caldera por los mismos hombres que lo habían echado en ella.
  • La isla de las visiones.

    • Como no pudo matarlo, Domiciano lo condenó al destierro en una pequeña isla llamada Patmos. Esperaba que así no pudiese dar testimonio de Jesús nunca más.
    • Patmos es una pequeña isla griega árida y rocosa frente a la costa de Turquía. Allí, los romanos habían establecido una colonia penal.
    • Juan ya no podía hablar a multitudes, ni ir por las iglesias para predicar a Jesús. Pero allí se le reveló Jesús personalmente. Aunque estaba solo, Jesús aún estaba con él.
    • Se le presentó como el Alfa y Omega (principio y fin). Le aseguró que Él cuidaría de la iglesia hasta el fin. Y le asignó una tarea: escribir todo lo que viese en visión para beneficio de todo el mundo a través de todas las edades.

Resumen: Adoramos a Jesús porque es el Hijo de Dios y el Señor de nuestras vidas.

Actividades

Preguntas y respuestas

Lee Apocalipsis 1 y responde a estas preguntas:

Apocalipsis 1:1-2.

  • ¿Qué significa Apocalipsis?
  • ¿Para qué se reveló Jesús a Juan?
  • ¿Estás dispuesto a dar testimonio de la Biblia, de Jesús y de lo que Dios ha hecho en tu vida, como lo hizo Juan?

Apocalipsis 1:3.

  • ¿Qué significa ser bienaventurado?
  • ¿Haciendo qué tres cosas serás bienaventurado?
  • ¿Cuán cerca crees que está por suceder lo escrito en Apocalipsis?

Apocalipsis 1:4-8.

  • ¿Cómo se presenta el Padre? ¿Y el Espíritu Santo? ¿Cómo se presenta Jesús?
  • ¿Qué significa la expresión “Alfa y Omega”?
  • ¿Cómo puedes tú alabar y darle gloria a Dios?

Apocalipsis 1:9-18.

  • ¿Por qué estaba Juan en Patmos?
  • ¿A qué iglesias tenía que escribir cartas?
  • ¿Cómo se muestra Jesús a Juan?
  • ¿Por qué le dijo Jesús a Juan que no debía tener miedo?
  • ¿Cómo puedes reconocer hoy a Jesús cuando te habla?

Apocalipsis 1:19-20.

  • Estrellas: ¿Qué representan las estrellas que Jesús tenía en su mano?
  • Candelabros: ¿Qué representan los candelabros por entre los que se paseaba Jesús?
  • ¿Qué tranquilidad te da saber que Jesús dirige tu iglesia y se preocupa por ella?

Toma la decisión hoy de servir a Dios, alabarle, y transmitir su mensaje, así como lo hizo Juan.

Adorar a Dios

Juan adoraba a Dios….

  • Mientras hablaba con libertad a las multitudes.
  • Mientras era juzgado injustamente por el emperador.
  • Cuando fue echado en una caldera de aceite hirviendo.
  • Cuando estaba solo en Patmos.
  • Siempre, en cualquier situación.

Tú también puedes adoraba a Dios en cualquier situación.

¿En qué situación adoraron a Dios estos personajes?

TEXTO BÍBLICOPERSONAJE/SSITUACIÓNCÓMO ADORARON
Hechos 16:23-26
Daniel 3:14-27
1ª de Samuel 1:11, 24-28
Salmo 57
Génesis 8:15-20
Lucas 17:11-16
Daniel 6:6-10

Sopa de letras

Busca las palabras que necesitas para completar el texto de Apocalipsis 1:7.

TACANDIDOSERE
ORLAMENTACION
IRACISPARNTUE
PEZSOVERAVASM
RINUPISODOTEA
ATILHAMBREAXL
QUISETSIDFHIR
UNTNDORACINTI
IPEDECISRAYEC
SIMPLECOJODÑO
VARADODETCNIP
OJNUBESVIRARU

“He aquí que ________ con las _______, y todo _____ le ______, y los que le _____________; y ______ los _______ de la ______ harán _____________ por él. Sí, ______”

¿Cuándo crees que se cumplirá esta profecía?

Historias para reflexionar

Ella escuchó cantar

Por Molly K. Rankin

La misión «Sietedías»

La nueva misión «Sietedías» era el tema principal de conversación de la pequeña aldea en la región montañosa en el centro de Papúa Nueva Guinea.

Allí vivía Angawon, con su mamá y su papá, en una pequeña casa hecha de pitpit y hojas de pandándea.

—Oigan, ¿ya conocen a estos sietedías? Ellos no comen cerdo, y aconsejan a todos que no deben criar dicho animal —dijo alguien.

—¡¿No me digas?! —dijo el papá— . ¿Y qué esperan que comamos en nuestras fiestas?

—Esos sietedías van a la lotu (iglesia) en sábado y no en domingo —dijo otra persona—. Dicen que fumar es malo para la salud y que hará que nos enfermemos.

—¡Bah! —dijo el papá despectivamente—. Me alegro de que mi familia no tenga nada que ver con esos sietedías. ¡Esa gente está desquiciada!

Pero Angawon estaba escuchando historias diferentes de sus amigos.

—Los sietedías cuentan historias de Jesús como nunca habíamos oído —decían sus amigos—. Y nos enseñan cantos muy bonitos.

Angawon visita a los sietedias

Cierto día, mientras el papá y los demás hombres andaban en el campo, la mamá le dijo a Angawon que podía salir a jugar. Salió corriendo y brincando entre las piedras y por los pastizales. Jugó a la roña con los demás niños entre los árboles. Corrían riendo de buena gana y gritando de alegría; sus pies cobrizos y descalzos golpeaban la tierra al correr. Sus ojos brillaban de felicidad.

Cuando Angawon quedó completamente sin aliento de tanto correr, se dejó caer al suelo.

Acostada boca arriba, miraba al inmenso cielo, aspiraba profundamente en su intento por “tomar un respiro». Uno a uno los demás niños se dejaron caer también.

Y ahora ¿Qué hacemos?

Angawon se quedó pensando qué podrían hacer. Luego recordó la misión de los sietedías.

—Oíd, ¿ya conocéis la nueva misión que está más adelante yendo por este camino? El tío nos habló acerca de ella. ¿Vamos a verla?

—¡Sí! ¡Sí! —dijeron los demás—¡Vayamos!

Cuando los niños llegaron a la misión se detuvieron y quedaron mirando llenos de asombro. Angawon nunca había visto una casa como esa. Era cuadrada, con paredes hechas de pitpit tejido nítidamente, mucho más altas que las de su propia casa. La puerta era suficientemente alta como para que un hombre pudiera entrar sin tener que agacharse. Al lado de la casa había una huerta con hileras ordenadas de verduras, y alrededor de las paredes de la casa, había hermosas flores de colores brillantes.

El sonido de la música

Del interior de la casa salía el sonido más hermoso que Angawon jamás había oído. Era más dulce que el canto de los pájaros en una mañana despejada. Su cuerpo entero vibraba con la melodía mientras ésta inundaba su ser. Sentía como si hubiera sido atrapada por un torrente de lluvia tibia.

Se preguntaba, ¿Cómo puede alguien cantar tan dulcemente? Los hombres que ella conocía cantaban melodías monótonas, sin una frase agradable y cadenciosa en sus singsing y antes de sus fiestas. La voz de este hombre, en cambio, estaba llena de belleza y felicidad.

¡Si tan sólo pudiera cantar cantos como esos!, pensaba Angawon. Escuchó la palabra Jesús varias veces.

Eso es. Este hombre seguramente conoce a Jesús, y por eso canta así.

—Me pregunto —dijo Angawon—, si viniera a esta misión, ¿podría aprender a cantar los cantos que entona este hombre? Cómo quisiera que saliera. Me gustaría verlo.

El misionero

Entonces, cesó el canto. Un hombre, musitando para sus adentros, salió de la casa. Tenía puesto un laplap limpio (un trozo largo de material alrededor de la cintura como si fuera una falda), y una camisa. Había cristales de agua en su cabello y rostro, señal de su aseo matutino. El hombre sonrió a los niños.

—Buenos días, pikininis —les dijo.

Su voz era amable y optimista. ¿Os gustaría escuchar historias acerca de Jesús? Tal vez os gustaría ayudarme a cultivar mi huerta.

Angawon y los demás niños cubrieron sus rostros con los brazos y rieron de buena gana. Luego, se dieron vuelta y salieron corriendo por el camino que los había conducido hasta la misión. Angawon quería quedarse y escuchar al hombre, pero era demasiado tímida para hacerlo.

-Me gustaría aprender y conocer al Jesús de este hombre, pensaba Angawon. Me gustaría cantar esos cantos. Espero regresar muy pronto a esta misión de los sietedías. Es un lugar muy agradable.

Angawon va a la iglesia

Angawon quería ir, pero no podía.

Su padre no quería que fuera a la misión de los sietedías. Él se sentaba en frente de la casa y fumaba cigarrillos, asegurándose de que ella cuidara a los cerdos. Cada vez que Angawon salía a jugar con los demás niños, su papá la llamaba.

—¡Angawon! ¡Regresa de inmediato! —la regañaba su papá—. El puerco (cerdo) volvió a salir de su corral. Angawon odiaba a esos cerdos.

Ella quería jugar con los demás niños, pero sobre todo, quería visitar al misionero de los sietedías. Quería oírlo cantar una vez más.

Papá sale de cacería

Un día, el papá salió a cazar en la selva con su arco y flechas. Esta vez no le pidió a Angawon que cuidara de los cerdos. Y la mamá salió temprano para trabajar en su huerta, y por esta vez, no le pidió a Angawon que la acompañara. Esta era la oportunidad que Angawon había estado esperando. Hoy iría a ver al misionero.

Sin decirle nada a nadie, Angawon corrió por el sendero que la conduciría a la misión. Una vez que se había alejado lo suficientemente de la casa como para no ser vista ni pudieran llamarla, se detuvo y empezó a caminar.

Se sentía emocionada y nerviosa. ¡Se dirigía a la misión de los sietedías!

– ¿Qué descubriré?, se preguntaba Angawon.

La reunión de los sietedías

El polvo debajo de sus pies se sentía calentito y suave bajo la luz del sol de la mañana Al dar la vuelta en el camino, vio la casa del misionero, y junto a ésta, había otro edificio. Tenía forma rectangular con un techo empinado hecho de pasto kunai.

El pitpit tejido de las paredes no llegaba hasta el techo. Esta debe de ser la iglesia, pensó Angawon.

Había mucha gente allí reunida que conversaba y reía. Algunos se saludaban con un apretón de manos, y otros se daban abrazos. Las mujeres usaban vestidos y los hombres camisas y pantalones. Tenían sus caras limpias, y se veían muy felices.

– Estos deben de ser los sietedías, pensó Angawon. ¿Por qué estarán tan felices?, -se preguntaba Angawon-.

Ella quería entrar en la iglesia para ver qué hacía tan felices a estas personas. Luego miró su pupur (falda corta) de pasto. Estaba vieja y casi raída. De repente sintió vergüenza de sus piernas sucias…y pensar que no traía blusa. Probablemente su cara también estaba sucia.

Angawon permaneció junto al camino, observando a las personas y deseando estar lo más cerca posible para escuchar lo que decían.

Entonces escuchó la música que provenía de la iglesia. Toda la gente empezó a entrar. Atraída por la música, Angawon se acercó y se detuvo en la puerta. Allí permaneció calladita, con la espalda contra la pared de pitpit, donde nadie la podía ver, pero sí escuchar todo lo que sucedía dentro.

Escuchó cada canto, sumergiéndose en ellos como en una poza de agua fresca. Escuchó al misionero contar una historia y enseñar acerca de la Biblia. La gente cantó otro canto y comenzó a salir de la iglesia.

Angawon corrió rápidamente hacia unos arbustos y se escondió. No quería que nadie supiera que había estado allí.

Desde aquel día, Angawon iba todas las veces que podía a la iglesia de los sietedías. Nunca entraba, pero se quedaba afuera quietecita, escuchando los himnos y las historias que tanto le gustaban.

Angawon tiene problemas

Llegó el día cuando el papá de Angawon descubrió que los sábados por la mañana ella no cuidaba a los cerdos. Aquel día, cuando ella volvió de la iglesia, él estaba muy enfadado.

—¡Eres una niña desobediente! — le gritó—. ¡Fuiste a esa misión de los sietedías!

¡Ya te he dicho que no vayas a ese lugar! Ellos molestan a los espíritus. Ellos nos dicen que no fumemos y que no tengamos cerdos. No me gustan esas personas. Jamás debes ir a ese lugar. ¡Quédate en casa y cuida mis cerdos! Trabaja en la huerta y ayuda a tu madre. ¡Y sobre todo, aléjate de esos sietedías!

Un vestido para Angawon

Angawon había decidido desobedecer las órdenes de su papá. Le gustaban demasiado oír hablar de Jesús y escuchar aquellos cantos celestiales. No podía evitarlo ¡tenía que volver! De modo que, cuando su papá se fue a la jungla con su arco y sus flechas, ella corrió hacia la iglesia.

Esta vez alguien la vio allí, de pie,y  le dijo:

—Adelante ¡Eres bienvenida!

Tímidamente Angawon entró en la iglesia y se sentó junto a los demás niños. El misionero le sonrió. Él no la hizo sentirse mal por no traer un vestido.

—Ojalá pronto puedas tener un vestido —le dijo después de la reunión.

Qué cosa más extraña, pensó Angawon. No tenemos dinero para comprar un vestido. Ni mi mamá tiene un vestido. ¿Por qué habrá dicho eso?

Ella pensó acerca de lo que el misionero dijo durante toda la semana. Al llegar el sábado, ella regresó a la iglesia para escuchar los cantos y las historias.

De pronto, a mitad del servicio se escuchó un ruido en la parte de atrás de la iglesia.

—¿Dónde está? —gritó su papá—. Ninguna hija mía va a perder el tiempo en una iglesia de los sietedías cuando debería estar en casa cuidando a los cerdos. ¡Hay demasiado trabajo que hacer!

¿Adónde puedo ir?, pensó Angawon, mientras buscaba por todos lados una vía de escape. Pero no había escapatoria.

—¡Allí estás! —el papá caminó por el pasillo central hasta donde estaba Angawon—. ¡Muchacha inútil! ¡Vamos a casa a donde perteneces! —La tomó del brazo y la sacó a tirones de la iglesia. Marchó por todo el camino con su hija a rastras. Ella corría y tropezaba a su lado.

Los visitantes

A la siguiente semana Angawon regresó a la misión sietedías. Se sorprendió al ver a algunas jóvenes desconocidas que dirigían la escuela sabática. Ellas enseñaban la lección con un portafolios, dirigían los cantos y hasta les enseñaban cantos nuevos.

Las muchachas cantaron juntas, haciendo una armonía como Angawon nunca había escuchado. Todos los cantos antiguos adquirían una nueva dimensión cuando ellas cantaban.

—¿Quiénes son? —le preguntó a una amiga.

—Son enfermeras del Hospital —le contestó su amiga—. Vienen de vez en cuando para enseñarnos.

Sorpresa de «segunda mano»

Después de la escuela sabática, toda la gente salió para saludarse. Angawon observó cómo las enfermeras se dirigían a su coche y regresaban con unas bolsas. Ella notó, por la emoción que esto causó, que las bolsas contenían algo muy especial.

—¡De segunda mano! ¡De segunda mano! —decían los niños al acercarse al jeep.

Angawon se preguntaba qué significaría esto. Esperó mientras las enfermeras cortaban los hilos, abrían los paquetes y sacaban el contenido. Se sorprendió mucho al ver los vestidos, pantalones, blusas y camisas. ¡»De segunda mano», quería decir ropa!

Oh, pensó Angawon. Si tan sólo pudiera tener un vestido para ir a la iglesia… Cómo quisiera recibir uno. Esto debe de ser lo que quiso decir el misionero cuando mencionó que tal vez conseguiría un vestido. Con esto en mente, trató de acercarse un poco más.

—¡Eh, amiga! ¡Eh, amiga! «Mi laikum trausa» [quisiera unos pantalones] —dijo un hombre.

—Lo siento —respondió una enfermera—. Los estamos dando sólo a aquellos que han venido a la iglesia fielmente todas las semanas.

Angawon esperó hasta que finalmente las bolsas se vaciaron. Nadie le dio un vestido. Llorando salió corriendo hacia un lado de la iglesia. Una de las enfermeras la vio.

—¿Qué sucede, pikinini? — preguntó la enfermera.

—He venido a la escuela sabática durante varias semanas y no tengo ropa para ponerme. Todos los demás tienen vestidos para asistir a la iglesia.

Quería un vestido más que cualquier otra cosa, pero ya se han acabado. Y yo no tengo nada. —Ella comenzó a sollozar otra vez.

La enfermera le limpió las lágrimas tiernamente. La llevó hacia el jeep.

Buscaron en todos los paquetes.

—¡Aquí hay algo! —dijo la enfermera. Entonces sacó un par de pantalones y un pañuelo.

Angawon quedó paralizada con aquel tesoro. Pantalones, los primeros pantalones que ella había poseído. Los abrazó y se cubrió la cara con los pantalones mientras reía nerviosamente. Finalmente los levantó sobre la cabeza y dijo, —¡Vean! ¡Vean lo que yo tengo!

Todos rieron de buena gana. Súbitamente se avergonzó. Escondió su rostro en la ropa y corrió rápidamente hacia su casa. Cuando quedó fuera de la vista de todos, nuevamente admiró su precioso tesoro.

—¡Qué suerte tengo! —dijo riendo de alegría—. ¡Tengo ropa! ¡Cuán feliz estoy! —Corrió el resto del camino hacia su casa para mostrarle su tesoro a su mamá.

Angawon quiere ir a la escuela

Un día en la iglesia de los sietedías, el pastor hizo un anuncio importante.

—Pronto vamos a tener una escuela. Les voy a enseñar a leer. Los que quieran asistir a ella deberán obtener el permiso de sus papás.

Angawon tenía muchas ganas de aprender a leer, pero tenía miedo de pedirle permiso a su padre. Sabía que su mamá le daría permiso, ya que recientemente había estado asistiendo a la iglesia con ella. Pero el papá todavía no quería saber nada de los sietedías.

Papá dice que no

Angawon finalmente se armó de valor y le fue a pedir permiso a su papá.

—Papá, he venido para hablar contigo. Quiero ir a la escuela. ¿Me das permiso para asistir?

—¿Y dónde se supone que hay escuela? —le preguntó su papá.

—El misionero de nuestra iglesia dice que nos enseñaría si conseguimos el permiso de nuestros papas.

—jBah! ¡El misionero! ¡El misionero! —dijo el papá frunciendo el ceño—. ¡No! No puedes ir a la escuela. ¿De qué te servirá aprender todo lo que te enseñe?

—Pero papá, quiero ir a la escuela. ¿Acaso no te gustaría que aprenda a leer? Podría leerte todo lo que necesites.

—Saca toda esa basura de tu cabeza —le respondió su papá—. No, no puedes ir a la escuela.

Angawon se dio la vuelta y se alejó de su papá llorando tristemente. Corrió hacia donde estaba su mamá.

—Mamá… Me dijo que no. —La mamá la estrechó entre sus brazos, y Angawon lloró amargamente su desilusión.

Papá cambia de idea

Si bien el papá no le dio permiso a Angawon para que asistiera a la escuela, el misionero le permitió observar cómo le enseñaba a los demás niños y niñas. Parecía tan interesante. Cada tarde Angawon le rogaba a su padre que le permitiera asistir a la escuela.

—Está bien, ve a la escuela. Pero si no sobresales en tus estudios te retiraré inmediatamente —le dijo.

—¡Siiiiii! —gritó Angawon. Salió corriendo y brincando por todo el camino a la escuela—. ¡Puedo asistir a la escuela! —le dijo al misionero—. ¡Me dieron permiso para asistir a la escuela!.

El misionero sonrió. Los demás niños le hicieron un sitio en el suelo donde se sentaban en esteras de bambú.

Angawon estudiaba arduamente. Aprendió muy bien sus lecciones. Pasó todos los exámenes y recibió buenas calificaciones. Avanzó rápidamente del curso elemental al curso básico 1, básico 2, básico 3, básico 4, básico 5 y básico 6.

Angawon quiere ser maestra

—Has aprendido mucho —le dijo el maestro—. ¡Ojalá puedas ir a la escuela preparatoria (nivel medio o bachillerato) y estudiar para maestra! Dios necesita muchos maestros en Papúa Nueva Guinea, para que le cuenten a los niños y niñas acerca de su Padre amoroso que está en los cielos y de su Hijo Jesús.

Angawon se quedó pensativa.

-¡Sí! Me gustaría ser maestra, pensó para sus adentros. Sería fantástico ser maestra de escuela de iglesia. Me encantaría hablarles a los niños acerca de Jesús. ¿Pero cómo podré estudiar la preparatoria? Sólo los mejores estudiantes son escogidos para asistir a Kabiufa High School.

Angawon decidió pedirle a Dios que le ayudara a llegar a ser maestra.

«Padre nuestro que estás en los cielos», oró Angawon, «cómo quisiera estudiar la preparatoria para llegar a ser maestra. Por favor, ayúdame a conseguir buenas calificaciones para que me elijan para asistir a Kabiufa».

Por fin terminó el curso escolar y llegó el momento de salir de vacaciones. Angawon oraba todos los días. Le decía a Jesús cuánto quería ir a la escuela preparatoria.

Un día, ya al final del período vacacional, el misionero citó a todos los niños a su casa. La esposa del pastor les abrió la puerta. Cuando todos se acomodaron, algunos en sillas, y otros en el piso, el pastor sacó una carta y una lista de nombres.

—Hay dos estudiantes que han terminado el básico 6 y fueron aceptados en Kabiufa High School —dijo el pastor.

El corazón de Angawon comenzó a latir rápidamente. Acercó su rostro a sus piernas y lo cubrió con las manos.

Casi no podía respirar de pura emoción. ¿Sería uno de los nombres el suyo?

El pastor sonriendo dijo: —Un niño y una niña podrán asistir a la preparatoria. Sí, Angawon, has pasado. ¡Podrás ir a Kabiufa!

Angawon levantó la cabeza y le sonrió al pastor y a su esposa. Sus sueños se hacían realidad. Dios había contestado sus oraciones.

—¡Felicidades! —le dijeron el pastor y su esposa.

—Oh Dios mío, ¡gracias, gracias, gracias! —dijo Angawon con lágrimas. El Dios de los sietedías es verdadero.

Angawon tenía muchas razones para estar feliz. Era una cristiana. Asistía a la escuela de la misión. Su mamá y su hermana también se habían convertido al cristianismo. Sólo una cosa entristecía a Angawon.

Pukali, su papá, todavía no amaba a Jesús. Ella oraba por él todos los días, pero siempre se molestaba cuando ella iba a la iglesia. Les decía a todos lo molesto que estaba con su esposa y sus hijos.

—Bah, ellos todavía siguen a su Dios —decía despectivamente—. El Dios de los sietedías. Ahora mi esposa va a la iglesia todos los sábados. Ya no quiere comer puerco, no asiste a los sing-sing. Es una basura. Angawon también es una sietedías. Hasta asiste a una escuela de los sietedías.

—Pobre Pukali —decían sus parientes cuando él asistió a su fiesta en una aldea distante—. ¡Eso es muy desafortunado! ¡Muy malo! Lo sentimos mucho, Pukali. Tu esposa y tus niños no comen cerdo. Tampoco asisten a los sing-sing. Pobre, pobre Pukali.

Atrapado en la tormenta

Después de la fiesta celebrada en la aldea de sus parientes, Pukali emprendió el camino de regreso a su aldea. Caminó muy rápidamente por la selva. De pronto, las personas que iban por el camino delante de él se detuvieron y se quedaron observando las montañas que estaban frente a ellos.

—¿Qué sucede? —preguntó Pukali—. ¿Por qué se os detenéis?

—»Lukim, bigpela rain i kum» — Pukali miró en la dirección que señalaba la gente. Allá en la distancia había negros nubarrones, señal inconfundible de una tormenta. De las nubes colgaban cortinas grises con rayas blancas de lluvia, y venía rápidamente hacia ellos. Pukali y los demás viajeros corrieron a buscar un refugio.

Uno o dos de ellos tenían paraguas; otros sacaron de sus bolsas una sábana hecha de hojas de pandáneas finamente cocidas, dobladas a semejanza de unos pequeños techitos, que sostenían sobre sus cabezas. Todos buscaron refugio, pero la lluvia era tan intensa que nada los podía proteger.

El camino de arena rápidamente se convirtió en un inmenso lodazal. Las zanjas a ambos lados del camino se llenaron de agua y corrían como si fueran ríos. Al alcanzarles la tormenta con todo su furor, los viajeros se juntaron en pequeños grupos, temblando de frío.

Luego llegó el granizo, golpeándolos tan fuertemente que todos se quejaban de dolor. Nadie pudo protegerse de los trocitos de hielo que caían velozmente. Las personas gritaban y lloraban, clamando a los espíritus para que detuvieran el granizo.

—Va a destruir nuestras huertas —decían algunos.

—Nos va a matar —se quejaban otros.

—¿Qué podemos hacer? —gritó alguien.

La oración de Pukali

Pukali tenía miedo. Los espíritus no prestaban atención a sus peticiones.

Luego recordó cómo su esposa y su hija oraban cuando necesitaban ayuda.

—¡Voy a orar al Dios de los sietedías! —gritó para hacerse oír por encima del ruido de la tormenta.

—¡Sí, hazlo! —contestaron los demás—. ¡Haz lo que sea necesario para detener el granizo!

—¡Todos deben arrodillarse y cerrar los ojos! —les gritó. Todos obedecieron. Se arrodillaron y cerraron bien los ojos.

—Si eres el Dios verdadero —gritó Pukali—, haz que se detenga el granizo. Danos un día soleado para que podamos regresar a casa sin contratiempos. Amén.

No había terminado de decir «Amén», cuando el granizo se detuvo.

Comenzó a caer una lluvia suave.

Luego se detuvo. Pronto salió el sol.

—¡Se detuvo! ¡Se detuvo! —decían los unos a los otros—. Miren, el sol está saliendo. El tiempo ha cambiado. Pukali, tu Dios es el Dios verdadero.

—Todos se acercaron a él y le daban palmadas en la espalda y lo saludaban estrechándole la mano.

—El Dios de los sietedías no es mi Dios —dijo Pukali quedamente—. Es el Dios de mi esposa y de mis hijas.

—Pero el Dios de los sietedías contestó tu oración. Se detuvo la lluvia y el sol está brillando. Ahora no se arruinarán nuestras huertas. Podemos regresar a casa con seguridad. Bien hecho, Pukali.

Un anciano que había conocido a Pukali toda la vida, se le acercó y le puso el brazo sobre los hombros.

—Sabes Pukali, el Dios de tu esposa es un Dios bueno. Tiene razón en adorarlo —le dijo el hombre seriamente—. Te has portado mal con ella en el pasado, pero si su Dios puede detener el granizo y la lluvia cuando tú se lo pides, entonces debe ser el Dios verdadero.

Pukali asintió con la cabeza en señal de reconocimiento, hizo un ruido con la boca y se fue caminando solo. Necesitaba más tiempo para pensar en lo que acababa de suceder.

Tal vez disfrutaría siendo un sietedías, pensó Pukali. Pero la gente se va a reír de mí. Voy a tener que dejar de comer cerdo y fumar. Pero, la verdad es que Dios contestó mi oración. Tal vez deba seguirlo. Tal vez deba hacerlo.

Finalmente llegó a su aldea. Apretó el paso para llegar a su casa.

—¡Hay ha! ¡Pepom! —llamó a su esposa. Abrió la puerta y volvió a gritar—. ¡Pepom! —Su esposa se levantó rápidamente de donde había estado sentada al lado del fuego. Tuvo miedo. ¿¡Qué le sucederá a Pukali que viene gritando de esa manera!?

—Pepom —le dijo a su esposa—. ¡Me voy a hacer un sietedías y quiero ser bautizado!

Pukali cumplió su promesa. Comenzó a asistir a la iglesia los sábados. Aprendió a cantar los cantos de la misión. Estudió su Biblia. Dejó de fumar; de asistir a los sing-sing; de comer cerdo… Después de varios meses, se bautizó y se hizo un sietedías al igual que su esposa y sus hijas.

Las noticias de la conversión de Pukali se difundieron por toda la comarca. Pronto, todos escucharon la historia del cambio en su vida. Lejos, en la escuela de la misión, Angawon se enteró de cómo Dios contestó la oración de su padre en medio de una tormenta. Al volver a casa, supo que era verdad, y ciertamente él había cambiado.

—¡Me siento tan feliz! —An Angawon le brillaban los ojos—. He orado por mi padre durante años, y ahora Dios ha obrado un milagro.

Tu también puedes orar por los demás para que conozcan a Jesús.

 «Un niño los guiará…»

Por Eduardo Quero Ibarra (Ex director de los Departamentos de Escuela Sabática y Ministerio Personal de la Misión del Pacífico, México)

El pastor Rosario Lara se despidió dándole la mano a la anciana que había quedado última en la iglesia. Ya toda la pequeña congregación se había ido. Luego sus pensamientos se concentraron en la manera como podría obtener dinero para construir una iglesia en ese pueblo del noroeste de México. Los miembros se habían estado reuniendo, para la celebración de su culto, en el salón de los Lara pero no era lo suficientemente grande para que todos cupieran cómodamente.

El insistente tirón que le daba su hijo Chayín, de seis años, en la manga del abrigo le hizo alejar de esos pensamientos. Y tuvo que reprimir una sonrisa cuando vio que el niño tenía bajo el brazo una vieja Biblia y un himnario de la misma edad, ambos sin tapa, además de llevar una linterna sin bombilla ni baterías en la mano.

Junto al muchacho había un cajón para limpiar zapatos.

—Papá, necesito que ores por mí. Voy a ir a predicar el Evangelio —dijo Chayín.

—Está bien, hijo —le contestó el padre.

Ambos se arrodillaron y el pastor Lara pidió fervientemente que Jesús enviara un ángel para guiar a su hijito hacia alguien que aceptara a Cristo.

Cuando se levantaron, el pastor Lara estaba listo para dirigirle toda clase de consejos como: «Ten cuidado al cruzar la calle», «Ve solamente a las casas cuyas gentes conoces», y otros por el estilo. Pero antes de que dijera el pastor una palabra, Chayín había salido como una flecha y ya estaba en la casa de su vecina.

El pastor Lara tragó saliva cuando vio que el muchachito se había dirigido nada menos que a la casa de doña Gume. Los niños, los ancianos y hasta los animales del pueblo habían aprendido a no pasar frente a la casa de esta mujer, pues querían evitar las maldiciones que ella solía decir a todo aquel que se le acercaba.

Doña Gume estaba revolviendo las alubias con una mano y atendiendo el cigarrillo que colgaba de sus labios con la otra, cuando oyó al niño que le decía:

—Doña Gume, deje de fumar y siéntese. He venido a hablar con Ud. acerca de la Palabra de Dios.

Cuando ella miró hacia abajo y vio la candorosa carita del niño, la burla que estaba por salir de sus labios se detuvo. Algo la obligó a poner a un lado el cigarrillo y a seguir a Chayín hacia la sala, donde se sentó.

Chayín primeramente cantó: «Cristo ama a niños como yo, yo, yo… Cristo ama a grandes como tú, tú, tú». Entonces le pidió a doña Gume que se arrodillara con él para orar juntos. Ella no pudo retener las lágrimas cuando el niñito oró por ella y su familia pidiéndole a Jesús que le ayudara a dejar el mal hábito de usar palabras duras y de maldecir, y que en cambio fuera amable con los demás.

Después Chayín se subió en el cajón de zapatero que llevaba, abrió su vieja Biblia y, haciendo que leía, recitó el Salmo 23 de memoria. Luego dijo:

—Doña Gume, quiero que Ud. preste atención porque va a ver a Jesús.

Acto seguido hizo gestos con su vieja linterna hacia la pared de la sala, como si estuviera mostrando diapositivas proyectadas en una pantalla.

—Mire, doña Gume. Ese es Jesús que viene de los cielos en gloria con sus ángeles. Él habla a gran voz. Algunos salen de sus tumbas con caras felices. Pero, Ud. ve, algunas tumbas no se abren. ¿Ve Ud. a la gente que corre, alejándose, porque tiene miedo? Y mire las montañas, doña Gume. Es que un gran terremoto las está moviendo. ¿Ve cómo caen los edificios? ¿Por qué está llorando la gente? Es porque ha venido el fin del mundo y ellos no están listos.

Cuando llegó a este punto, doña Gume comenzó a llorar. Cristo había hablado a su corazón por medio de este niñito de seis años. Pero su conversión fue lenta, porque no estaba preparada para recibir a Jesús.

—Doña Gume, ¿Ud. está llorando porque tiene miedo? Tal vez tenga miedo porque no ama a Jesús, ni guarda sus mandamientos, ni le pertenece. Si Ud. no cambia, estará entre aquellos que corren a esconderse de la vista de Jesús, cuando él venga. Pero si Ud. le ama, mostrándole amor, guardando sus mandamientos, levantará los brazos para recibirle cuando él venga. ¿No quiere Ud. entregar su corazón a Jesús, doña Gume?

—Sí, Chayín —contestó ella, y ambos se arrodillaron juntos otra vez. Y el niño oró para que Jesús recibiera a doña Gume como su hija. Cuando terminaron de orar, las arrugadas mejillas de la anciana, y las suaves del niño, estaban mojadas.

Doña Gume abrazó a Chayín y le agradeció, diciendo:

—Nadie me había explicado estas cosas antes. —Y éste fue el comienzo de una nueva vida para doña Gume y su familia.

Cuando Chayín le contó la historia a su padre, éste apenas podía creerlo. Pero cuando vio el cambio que experimentó doña Gume después de la visita de su hijo, supo que Dios había usado al pequeño como un instrumento efectivo.

Chayín continuó dando el mensaje en diferentes hogares del vecindario. Y antes de que su padre fuera llamado para ser pastor en otro lugar, cuatro familias habían aceptado a Cristo, gracias al trabajo del muchacho. En el nuevo lugar, el niño comenzó a hacer su obra misionera otra vez. Pero esta vez se encontró con gente hostil, que le amenazó con hacerle daño si él continuaba su obra. ¿Pero asustó esto a Chayín?

Bueno, sí, un poco. Pero oró a Jesús para que le ayudara a ser valiente, y a tratar amablemente a aquellos que lo hostigaban. Pronto pudo realizar reuniones en el mismo hogar donde había sido recibido con las peores amenazas. Finalmente, seis de las sesenta personas que asistieron a las reuniones fueron bautizadas y formaron parte del pueblo de Dios. Como vemos, nadie puede decir que es demasiado joven, o demasiado tímido, o no tiene elocuencia para hacer el trabajo por Cristo. Ojalá todos colaboremos en la predicación del Evangelio como lo hacía Chayín.

Resumen, y selección de materiales, de Eunice Laveda, miembro de la Iglesia Adventista del 7º Día en Castellón. Eunice Laveda es responsable, junto con su esposo, Sergio Fustero, de la web de recursos para la E.S. Fustero.es
Imagen: Photo by Bryan Garcia on Unsplash 

 

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