Sociedad

El cristiano y la política

¿Debe desempeñar el cristiano algún papel en la política? ¿Pueden un miembro o la iglesia misma estar involucrados en la política? ¿Cómo deben relacionarse ellos con el estado y con las autoridades políticas del momento?

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¿Debe desempeñar el cristiano algún papel en la política? ¿Pueden un miembro o la iglesia misma estar involucrados en la política? ¿Cómo deben relacionarse ellos con el estado y con las autoridades políticas del momento?

El Dr. Bert Beach empezó su artículo «El cristiano y la política» [1] con estas tres preguntas. Muchos adventistas del séptimo día piensan que la iglesia no tiene un papel político que jugar y que sus miembros no debieran involucrarse en la política. Muchos cristianos mantienen un punto de vista opuesto y creen que es la responsabilidad de todo cristiano influir sobre los políticos con el fin de forjar un mundo mejor. Muchos cristianos también piensan que no hacer nada es equivalente a apoyar lo malo y permitir que la injusticia domine el mundo, mientras que una minoría de los cristianos piensa que la misión de la iglesia se centra únicamente en edificar la ciudad de Dios aquí en la tierra.

¿Cómo elegir la posición correcta? En primer lugar, debemos fijar nuestra mirada en Jesús. ¿Qué hizo Él? ¿Cuál fue su postura ante la política? Jesús no fue un líder político. Su tentación en el desierto sí tuvo una dimensión política. La alimentación de la multitud pudo haber sido el primer paso para asumir Su poder como rey. ¿Y qué de la entrada triunfal a Jerusalén? Sin embargo, Jesús resistió la tentación de convertirse en una figura política. Su misión fue primordialmente espiritual, y sin embargo tuvo importantes implicaciones políticas. Enseñó sobre la justicia y la honestidad. Condenó a los líderes y a los ricos que oprimían a los pobres. Dedicó tiempo a estar con los pobres y los oprimidos. Los pioneros adventistas estuvieron involucrados en algunos temas sociales. La línea que separa los asuntos sociales de los políticos no es siempre fácil de determinar. Al principio, los adventistas se preocupaban por temas como el alcoholismo, la esclavitud, la opresión de las mujeres y las necesidades educativas de jóvenes y niños.

El Dr. Beach escribió: «El cristianismo no es una religión de un individualismo insular o de una introversión aislante, sino que es una religión de comunidad. Los dones y las virtudes cristianas conllevan implicaciones sociales. La dedicación a Jesucristo significa dedicación a todos los hijos de Dios, lo cual engendra la responsabilidad por el bienestar de otros» [2].

A continuación, compartiré algunos principios que pueden resultar útiles al lidiar con este tema tan importante. The Religious Liberty Leader’s Hand-book [3] ha sido una considerable fuente de sugerencias e información para la redacción de este texto.

El cristiano es un siervo.

La Biblia nos da varios ejemplos de personas que sirvieron a su país y a sus reyes al ocupar puestos relevantes de responsabilidad. Dios fue capaz de usarlos por su fidelidad. El principio que encontramos en el Nuevo Testamento consiste en que el cristiano debe amar y servir a su prójimo. Mi prójimo es cualquier persona que forme parte de una sociedad, un país o el mundo. Servir a mi prójimo también significa servir a mi ciudad, a mi país, e incluso al mundo. Jesús le dijo a Sus discípulos: «Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven, y el que dirige, como el que sirve» (Lucas 22:25-26) [4].

La motivación del cristiano es el amor.

La motivación del cristiano para servir debe ir más allá de la recompensa económica o el prestigio social. Debe revelar el tipo de Dios en el que cree —un Dios que ama a las personas—. Jesús dijo: «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Juan 3:16). Jesús se convirtió en siervo porque nos ama.

Ellen G. White escribió lo siguiente: «El ejercicio de la fuerza es contrario a los principios del gobierno de Dios; Él desea tan sólo el servicio de amor; y el amor no puede ser exigido; no puede ser obtenido por la fuerza o la autoridad. El amor se despierta únicamente por el amor» [5]. Esto es fundamental.

El cristiano trabaja en primer lugar para la gloria de Dios.

En primer lugar, somos ciudadanos que debemos lealtad al Rey de reyes. No somos de este mundo, aunque trabajamos en este mundo como embajadores de Dios y de Su reino. «Todo lo que te venga a mano para hacer, hazlo según tus fuerzas» (Eclesiastés 9:10). Y, «todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Colosenses 3:23).

No existe una oposición radical entre servir a Dios y servir a la comunidad y al país. Los dos reinos tienen reglas comunes. También tienen reglas opuestas. En caso de conflicto, el cristiano debe obedecer a su Maestro. Como adventistas, creemos en la validez de los Diez Mandamientos, que señalan ciertos valores y nos hacen de guía. Reconocemos en ellos las reglas del reino de Dios. El apóstol Pedro dijo: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hechos 5:29). Los valores de nuestra fe y de la ley de Dios identifican la línea divisoria entre estos dos en los momentos en los que entran en conflicto.

Para el cristiano, los gobernantes son siervos de Dios, ya sea que así lo reconozcan o no. Ellen G. White escribió: «Los gobernantes son siervos de Dios, y deben cumplir con su mandato siendo Sus aprendices… No deben confabularse para cometer ni siquiera un acto deshonesto o injusto. No deben llevar a cabo ninguna acción injusta, ni deben ayudar a otros a cometer actos de opresión. Los gobernantes sabios no permitirán que el pueblo sea oprimido por causa de la envidia y de los celos de quienes no respetan la ley de Dios» [6].

Un cristiano puede ser un alto cargo.

Existen grandes oportunidades para los cristianos que trabajen para el gobierno en posiciones de liderazgo o de servicio público. Deben utilizar sus dones y talentos divinos para el bien de la comunidad y la nación. Deben continuar con el trabajo de hacer el bien para con todos, y «hacerlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10:31), en lugar de seguir motivaciones egoístas o hacerlo por su propio interés y beneficio. En tiempos bíblicos, los hombres y las mujeres de Dios que ocupaban altos puestos de poder y autoridad se comprometían con su trabajo, su pueblo, y su Dios. Pensad en José, Daniel, Ester y Nehemías. Todos ellos cumplieron fielmente con la parte importante del plan de Dios que les tocó llevar a cabo.

Un cristiano puede ejercer una influencia positiva sobre el gobierno.

Cuando los miembros de la iglesia ostentan cargos importantes en el servicio público, la influencia de sus vidas y de su ejemplo cobra aun mayor importancia, y requiere además de una atención minuciosa. Con sus actos y su estilo de vida pueden ejercer una poderosa influencia ya sea para bien o para mal. Tienen la oportunidad de ser valiosos testigos de la verdad, tal y como lo fueron Daniel y sus tres amigos en Babilonia.

A menudo, se juzga a la iglesia por el testimonio y el estilo de vida de aquellos miembros que sirven en puestos públicos. Muchas veces dan un buen testimonio, pero a veces pueden llegar a ser una fuente de vergüenza y mala prensa para la iglesia. Pedro instó a los cristianos a conducirse correctamente entre los gentiles con el fin de glorificar a Dios (1 Pedro 1:12).

Un cristiano que sea un alto cargo puede ayudar a proteger al pueblo de Dios.

Por medio de la representación cuidadosa y la diplomacia, los cristianos comprometidos que ocupen cargos de responsabilidad pueden ayudar a evitar peligros. José ayudó a salvar a Egipto de una hambruna, y además proporcionó protección a los hijos de Israel en Gosén; Esdras y Nehemías consiguieron el apoyo de Artajerjes para llevar a cabo su plan de reconstrucción; Ester jugó un papel crucial para evitar el genocidio de su pueblo. A aquellos cristianos que sirven a su país en momentos de crisis, Dios les dice lo mismo que le dijo Mardoqueo a Ester: «¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?» (Ester 4:14).

La Iglesia Adventista del Séptimo Día se mantiene neutral en cuanto a partidos políticos.

La Iglesia Adventista del Séptimo Día evita aconsejar a sus miembros en relación a cuestiones políticas y no apoya ningún partido político. Algunos miembros de la iglesia se han involucrado en la política, como una decisión personal. Sin embargo, debido a la rivalidad que suele existir entre partidos políticos, es mejor, en los casos en que sea posible, que los cristianos que deseen presentarse a las elecciones para ocupar cargos públicos lo hagan como independientes.

La Iglesia Adventista del Séptimo Día no se mantiene neutral en cuestiones morales.

Se deben compartir, promover y proteger los valores cristianos. Cuando un programa político se encuentra en oposición a los valores cristianos —tales como la justicia, la temperancia, la libertad, y la separación entre iglesia y estado— el ciudadano adventista debe cumplir con su misión siguiendo el dictado de sus creencias y su conciencia. No votar no es una medida efectiva para contribuir a la mejora de la sociedad. Algunas leyes y algunos programas políticos pueden traer resultados muy negativos.

Ellen G. White escribió: «En nuestro favorecido país, cada votante tiene voz para determinar qué leyes regirán la nación. ¿No deben esa influencia y ese voto ser echados del lado de la temperancia y de la virtud?» [7].

La Iglesia Adventista del Séptimo Día no dictamina cómo se debe votar.

La decisión sobre cómo votar o a quién se debe apoyar constituye una decisión individual. Se debería tomar bajo oración y basándonos en lo que entendemos que será lo mejor para el país y para la proclamación del evangelio. La iglesia no debiera involucrarse en campañas políticas.

No se debiera utilizar jamás el púlpito o las reuniones de iglesia como una plataforma para hacer campañas políticas. Ellen G. White escribió: «¿Queremos saber cómo agradar mejor al Salvador? No lo haremos dando discursos políticos, ora sea en el púlpito o fuera del púlpito, sino considerando con temor y temblor toda palabra que pronunciamos» [8]. En el caso de los pastores y maestros adventistas, hacer tal cosa provocaría mucha división en la iglesia.

El cristiano apostará por la separación iglesia-estado.

Ningún poder o gobierno terrenal tiene el derecho de legislar sobre cuestiones de religión, y nunca debiera la iglesia utilizar su influencia o su poder para elaborar leyes religiosas o forzar a otros a atenerse a sus creencias o prácticas.

Ellen G. White enfatiza el carácter satánico de forzar la conciencia de los demás: «Toda persecución, todo uso de la fuerza para doblegar la conciencia persigue el modus operandi de Satanás; quienes así actúen se convierten en sus agentes, ejecutando sus propósitos diabólicos. Al seguir los propuestas crueles de Satanás, al convertirse en sus agentes, los hombres pasan a ser enemigos de Dios y de Su iglesia, y serán juzgados en el gran día por aquel hombre a quien Dios designó; pues Él ha confiado todo el juicio a Su Hijo» [9].

 

Autor: John Graz. Licenciado en Teología. Máster y doctor en Historia y Sociología de la Religión.

Traducción: Alexandra Mora.

Fuente: AEGUAE, aula7activa.org

Imagen: by Element5 Digital on Unsplash

 

Notas:

[1] Beach, Bert. «El cristiano y la política», Diálogo, vol. 9, n.o 1 (1997). [En línea] http://dialogue.adventist.org/es/09-1/beach/el-cristiano- y-la-politica

[2] Ibídem.

[3] Department of Public Affairs and Religious Liberty, South England Conference, 1993.

[4] Todas las citas bíblicas se han tomado de la versión Reina-Valera revisada 1995 [N. del T.].

[5] Ellen G. White, El Deseado de todas las gentes, p. 13.

[6] Ellen G. White, Review and Herald, 1 octubre 1895.

[7] Ellen G. White, Obreros evangélicos, p. 401.

[8] Ellen G. White, Testimonios para los ministros, p. 331.

[9] Ellen G. White, Review and Herald, 10 enero 1893.

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