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La felicidad de los hijos está directamente relacionada a las actitudes de los padres con respecto a la rutina y a sí mismos. Los padres necesitan entender y aceptar que no son perfectos. La auto-reclamación exagerada tiene reflejos en la felicidad de los hijos.

«Educa al niño en su camino y aun cuando fuere viejo no se apartará de él» (Proverbios 22: 6).

El texto está en imperativo. Sin embargo, educar no es una tarea fácil. Lejos de eso, ¡es un gran desafío! Y si queremos educar niños felices, entonces, el desafío es doble o triple. Podemos educar hasta accidentalmente, pero la salud emocional no se desarrolla al azar. Entonces, accidentalmente, educamos niños ansiosos, con baja autoestima, inseguros, egoístas, agresivos. Pero niños felices, no.

Educar puede asustarnos, hacer que nos sintamos incapaces. Los niños son seres inteligentes, atentos, que nos sorprenden constantemente, poniéndonos en aprietos. Uno de los aspectos delicados de la maternidad, o paternidad, es que el hijo refleja quiénes somos. Es como un espejo que refleja nuestras debilidades, nuestro temperamento, nuestros defectos, especialmente aquellos que no nos gusta reconocer. Entonces, nos vemos en una mezcla de sentimientos; la sensación de incapacidad, la irritación ante el reflejo de nuestros propios defectos, el miedo ante la posibilidad de equivocarnos… Frente a eso, algunas cosas se vuelven esenciales, y quiero compartir tres de ellas:

Aceptación:

La forma como se sienten nuestros hijos es afectada, en gran parte, por la forma como nos sentimos nosotros. Y, especialmente las madres, solemos a exagerar al culparnos o hacernos responsables por aquello que no es el ideal que nos gustaría vivir en la maternidad. Nos culpamos por no saber qué hacer en algunas situaciones, por sentirnos cansadas, por utilizar métodos poco eficientes (aunque sean los únicos que conocemos), etc. Necesitamos aprender a aceptar el hecho de que somos fallidas, limitadas, y no recibimos una educación perfecta; por lo tanto, nuestro repertorio de educador no es perfecto.

No se trata de conformismo. ¡De ninguna manera! Estoy hablando de ser realista. Un hijo es capaz de evocar nuestra historia de una vida entera en pocos segundos, de sacar nuestros traumas de debajo de las alfombras. Necesitamos aceptar que tenemos debilidades, parar de creer que deberíamos dar cuenta de todo como si tuviéramos superpoderes, para poder recurrir a Aquel que es omnisciente. La sabiduría que necesitamos viene del cielo, no está dentro de nosotros. ¡Necesitamos aceptar eso! Aceptar que la misión es realmente grande, y, entonces, podremos lanzarnos, sin reservas, a los brazos del Omnipotente.

Haga la vida más simple:

El exceso de responsabilidades y cosas para cuidar hace que nuestra rutina sea pesada, y en consecuencia, nuestro tiempo con los hijos y nuestra disposición se vuelven deficientes. ¿Necesita, realmente, estar en tantos grupos de WhatsApp? ¿Debe revisar sus redes sociales con tanta frecuencia? ¿Necesita tener todos esos objetos en casa, cuya mayor utilidad es el acúmulo de polvo? ¿Es necesario tener tantos compromisos? ¿Necesita usar ropas que son complicadas para lavar y planchar? Podría seguir con otras preguntas, con muchas de las cuales usted podría identificarse.

¡El hecho es que nos complicamos la vida! Si ella fuera más simple, tendríamos más tiempo de calidad para nosotros mismos y para nuestros hijos, en lugar de estar al lado de ellos, pero con la mente en otro lugar. Una vida simplificada reduce drásticamente el estrés del día a día, y con eso, nos volvemos más pacientes con nuestros hijos, más alegres y dispuestos. Y, para educar niños felices, necesitamos estar ligeras, ¡necesitamos estar bien!

Imite al modelo:

Las dudas más frecuentes que recibo de madres se refieren a la disciplina. ¿Cómo tratar los errores de los hijos? ¿Podemos enseñarles a controlar su temperamento? ¿Cómo corregirlos? Para educar niños felices, necesitamos imitar al Modelo: Nuestro Padre celestial. ¿Cómo trata Dios nuestros errores? ¿Qué herramientas usa para modelarnos? ¿Cómo nos corrige? Recientemente, estaba leyendo un texto en el libro Mente, carácter y personalidad, vol. 2, que hablaba sobre la culpa, arrepentimiento y perdón. No era un texto sobre educación, pero abrió mucho mi mente sobre cómo ser más eficiente en la corrección de los errores de mi hijo.

Educar hijos felices puede exigir de nosotros un cambio de perspectiva sobre lo que es la felicidad y lo que es la educación. Muchos padres tienen formas no saludables de ver la vida, de enfrentar los problemas, de comprender la felicidad y la educación, y así, crían hijos que, desde temprano, se nutren de problemas emocionales, como la ansiedad.

Podemos, con la ayuda de Dios

Para terminar, quiero compartir con usted estas palabras que trajeron alegría y paz a mi corazón:

«A la madre le parece muchas veces que su tarea es un servicio sin importancia, un trabajo que rara vez se aprecia. Las demás personas se dan escasa cuenta de sus muchos cuidados y responsabilidades. Pasa sus días ocupada en un sinnúmero de pequeños deberes que requieren esfuerzo, dominio propio, tacto, sabiduría y amor abnegado; y, sin embargo, no puede jactarse de lo que ha hecho como si fuese una hazaña. Solo ha hecho marchar suavemente la rutina de la casa.

A menudo, cansada y perpleja, ha procurado hablar bondadosamente con los niños, tenerlos ocupados y contentos, y guiar sus piececitos por el camino recto. Le parece que no ha hecho nada. Pero no es así. Los ángeles celestiales observan a la madre apesadumbrada, y anotan las cargas que lleva día tras día. Su nombre puede ser desconocido para el mundo, pero está escrito en el libro de vida del Cordero» (Elena G. White, El ministerio de curación, p. 291, 292).

Autora: Karyne Correia, psicóloga y magíster en Psicología, trabaja en el área clínica y realiza atención psicológica online.
Imagen: Foto de Jose Ibarra en Unsplash 

Contenido original: Cómo educar niños felices

Revista Adventista de España