Espiritual

Dios quiere enviarle un mensaje

La manera en la que los escritores bíblicos se expresaron –las palabras– fueron de su propia elección, guiados por el Espíritu Santo.

La manera en la que los escritores bíblicos se expresaron –las palabras– fueron de su propia elección, guiados por el Espíritu Santo.

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Imagine por un momento que jamás ha escuchado hablar del cristianismo. De pronto encuentra un libro en la calle. Lo toma y solo dice «Santa Biblia» en la tapa. No dice nada de su autor. ¿Quién lo escribió?

Lo primero que hago cuando tomo un libro, además de leer su título, es buscar datos de su autor. Al haber trabajado en el área de publicaciones, sé exactamente dónde hallar esa información: en la página de derechos de autor. No obstante, he aquí la sorpresa: Cuando abrimos la «Santa Biblia», la información sobre el autor de la Biblia no está allí.

¿Qué debería suponer el lector que se acerca a la Biblia por primera vez? ¿Quién la escribió? ¿Cómo llegó hasta nosotros? ¿Quién la compiló? Por supuesto, aun alguien no versado en cuestiones religiosas sabe que los cristianos afirman que la Biblia se originó en Dios mismo. ¿Significa eso que la Biblia tal cual la conocemos hoy cayó del cielo? ¿Tiene Dios «secretarios» o editores? ¿Fue escrita por Dios o por seres humanos?

Al aproximarnos al fenómeno de la Biblia, una decisión clave que tenemos que tomar es determinar si la analizaremos desde perspectivas ajenas a ella, o si daremos prioridad a la manera en que ella misma se define. Para captar su significado, no le haríamos justicia al libro y su autor (o autores) ignorando lo que la Biblia dice de sí misma y de su origen.

Uno de los escritores más prolíficos de la Biblia, el apóstol Pablo, afirmó sin rodeos: «Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra» (2 Tim. 3:16, 17)[1].

En ese mismo sentido, el apóstol Pedro expresa: «Esto ha venido a confirmarnos la palabra de los profetas, a la cual ustedes hacen bien en prestar atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día y salga el lucero de la mañana en sus corazones. Ante todo, tengan muy presente que ninguna profecía de la Escritura surge de la interpretación particular de nadie. Porque la profecía no ha tenido su origen en la voluntad humana, sino que los profetas hablaron de parte de Dios, impulsados por el Espíritu Santo» (2 Ped. 1:19-21).

Ese testimonio personal afirma que las Escrituras son «inspiradas» por Dios. Los profetas hablaron «siendo inspirados» por el Espíritu Santo.

Estos dos pasajes bíblicos contienen una riqueza de información sobre el origen y la naturaleza de la Biblia. Expresan (1) que las Escrituras se originaron en Dios, y que él es el que asume la delantera para revelarse a sí mismo al comunicarse con los seres humanos; (2) que la revelación se produce mediante el fenómeno de la «inspiración» (del griego theopneustos); y (3) que ese fenómeno se aplica a toda la Biblia.

Cuando analizamos estos versículos sobre el origen de la Biblia, es importante tener presente tanto lo que afirman como lo que no dicen. Aunque se enfatiza que Dios es el autor de la Biblia, los pasajes no afirman que él es el escritor. Los escritores, «santos hombres de Dios», fueron los que registraron la revelación bajo «inspiración» divina.

Por ello, el apóstol Pedro expresa claramente que aunque los seres humanos son los agentes físicos de las Escrituras, el origen de la revelación –la fuente del contenido que hallamos en las Escrituras– es el mismo Dios. La actividad humana es parte del proceso, pero no es la fuente de la cual emergen la explicaciones, exposiciones o interpretaciones contenidas en las Escrituras.

Cómo se produce la inspiración

Sigue vigente la pregunta: ¿Cómo deberíamos entender la relación entre el Autor divino y los escritores humanos? ¿Qué papel juega cada uno de esos actores? ¿Cómo se encarnó en las Escrituras este proceso de revelación?

Aun un enfoque superficial de la Biblia como libro es suficiente para darse cuenta de que la escritura de la Biblia no fue un fenómeno monolítico que se desarrolló en un período breve y de manera uniforme de principio a fin. Por el contrario, la Biblia así como nos ha llegado, es resultado de la tarea de unos cuarenta escritores que dejaron su testimonio durante quince siglos en diversos idiomas: hebreo, arameo y griego. Un enfoque más erudito mostrará que los muchos estilos literarios guardan correlación con el número de autores y la diversidad de culturas representadas.

¿Entonces, cómo fue compilada la Biblia?

Los versículos que hemos analizado brevemente (2 Tim. 3:16; 2 Ped. 1:21) expresan categóricamente que Dios «inspiró» las Escrituras. El término, sin embargo, es demasiado amplio para brindar una explicación acabada de cómo funciona en la práctica el método de Dios para comunicar su voluntad.

Al analizar las declaraciones de las mismas Escrituras –la Biblia en su forma escrita– los estudiosos han tratado de entender cómo funciona el fenómeno de la inspiración. Como adventistas rechazamos la teoría de la inspiración mecánica o verbal (no creemos que cada palabra de las Escrituras fue dictada por el Espíritu Santo), sí creemos que el proceso de revelación e inspiración influyó las palabras de los profetas. El Espíritu Santo guió a los profetas en el proceso de escritura, garantizando que las propias palabras de los profetas expresaran con autoridad y de manera fidedigna el mensaje recibido. Por ello, «las palabras son intrínsecas al proceso de revelación e inspiración».[2]

En efecto, Dios guió a los mismos escritores, quienes a su vez expresaron la revelación divina en sus propias palabras. En consecuencia, la manera de expresarse de los escritores bíblicos –las palabras escogidas para transmitir el mensaje divino– fueron de su propia elección, guiados por el Espíritu Santo. En otras palabras, los escritores de la Biblia fueron los escribas de Dios, no su pluma.

Aunque los escritores bíblicos usaron el vehículo «imperfecto» del lenguaje humano, la Palabra de Dios es la revelación suprema, infalible y plena de autoridad de la voluntad divina. Por ello, el vehículo humano imperfecto comunica la verdad. Sin embargo, de la misma manera en que la naturaleza divino-humana de Dios es indivisible, en la Biblia, el contenido y su vehículo tampoco pueden ser separados, porque es imposible. En este fenómeno divino-humano, Dios genera información y guía el proceso de escritura sin anular ninguna individualidad o capacidad humana, pero se asegura de que el resultado de todo el proceso sea confiable y fiel a su propósito.

Sugerencias de oración

  1. Ore pidiendo entender mejor las diversas partes de la Biblia y lo que Dios desea darle de sus diferentes partes para incrementar su comprensión.
  2. Pida confianza y discernimiento en el proceso de inspiración mediante el cual se nos dieron las Escrituras.
  3. Alabe a Dios por la diversidad de mensajes dados en su Palabra, lo que incluye parábolas, proverbios, poemas y profecías.

Autores: Marcos y Claudia Blanco. Han trabajado en el ministerio de las publicaciones adventistas durante casi veinte años. Marcos es pastor y gerente de redacción de la Asociación Casa Editora Sudamericana (ACES), mientras que Claudia es traductora independiente y ama de casa. Ambos son ávidos lectores de los escritos de Elena White, y han traducido y editado varios de sus libros al español. Los Blanco tiene dos hijos: Gabriel, de 15 años, y Julieta, de 13. Viven en Buenos Aires, Argentina.

NOTAS

[1] Los textos bíblicos han sido extraídos de la Santa Biblia, Nueva Versión Internacional® NVI® © 1999, 2015 de Biblica, Inc.®, Inc.® Usada con autorización® Reservados todos los derechos en todo el mundo.
[2] Raoul Dederen, «Toward a Seventh-day Adventist Theology of Revelation-Inspiration», en North American Bible Conference 1974 (Silver Spring, Md: North American Division of Seventh-day Adventists, 1974), p. 10.

ESPECIAL NIÑOS: El poder que impulsaba a los profetas

Gema para memorizar: «Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo» (2 Ped. 1:21).

¡Arriba las manos!

Diane miró los cañones de tres ametralladoras. «¡Los vamos a llenar de agujeros!», gritó uno de los guerrilleros. El país estaba en un estado de agitación ya por un tiempo, y ahora Diane lo estaba experimentando. Después de visitar un orfanato, regresaba a su casa, pero los soldados habían salido de la lodosa selva y habían detenido el autobús.

—¿Escucharon que pusieron una bomba en la torre de comunicaciones de San Luis? –había susurrado un pasajero.

—¡Sí, y en el este han matado a varias personas! –dijo otro.

Los guerrilleros subieron al autobús. «¡Todos abajo!», había ordenado uno de los soldados. Armados con ametralladoras, habían abierto a la fuerza la puerta del autobús.

Uno por uno, los pasajeros habían saltado al piso a través de la salida trasera. Entonces había llegado el turno de Diane, y ella también había saltado. Allí fue cuando el soldado dijo que les iban a disparar.

Diane miró entonces otra vez a la puerta trasera del autobús y vio una anciana encorvada allí parada, que no se atrevía a saltar. De pronto, escuchó una voz calma dentro de su mente que le decía: Ayuda a esa anciana. Con valor, Diane les dio la espalda a las ametralladoras y le dijo a la anciana: «Venga, señora; permítame que le ayude» y la ayudó a bajar mientras los guerrilleros miraban asombrados.

Diane siguió ayudando a otras personas: los niños, una madre con un bebé y otra anciana. Después de terminar, Diane se volvió a ver a los soldados allí parados, con sus ametralladoras colgando a los lados.

Pasarían más cosas antes de que terminara ese calvario, pero ninguno de los pasajeros perdió la vida. Gracias a que Diane escuchó esa voz suave y apacible, sus acciones frustraron los planes malvados que tenían los guerrilleros. ¡Siempre es mejor seguir las instrucciones de la voz celestial!*

*Historia adaptada de Diane Aguirre, «Guerrillas, Machine Guns, and God», Guide, 12 de septiembre de 2015.

Para pensar

  • Piensa en algún momento en que te pidieron que transmitieras un mensaje. ¿Fue un mensaje escrito o hablado?
  • ¿Puedes pensar en un momento en que alguien te dijo algo que no querías escuchar? ¿Qué hiciste?
  • ¿Por qué crees que Dios usa a profetas en lugar de darnos simplemente mensajes en forma directa?

Manos a la obra

Reúne unos pocos amigos y pónganse en círculo. Entonces susurra un mensaje al oído de la primera persona, y cada uno se lo dirá al que está a su lado. Recuerda que solo se lo dice una vez (no se repite). Cuando llegue el mensaje al último, lo dirá en voz alta, y podrás comparar cuán exacto es el mensaje cuando llega a la última persona. ¿Qué ayuda a que el mensaje del profeta no sea confuso?

Pide a uno de tus padres u otro ser querido que comparta un momento en el que recibieron un mensaje que les cambió la vida. ¿Se sintieron felices de hacer lo que el mensaje les pedía? ¿Por qué sí o por qué no?

Autor de las Lecturas de niños: Randy Fishell. Fue editor de la revista Guide.