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uvaEsta mañana, para desayunar, le preparé a mi hijo Daniel un tazón de uvas junto con un sandwich de crema de cacahuete. Iba cogiendo uva a uva del racimo situado en el cesto de plástico transparente en el que vienen, lavando cada una y colocándolas en el tazón. De pronto me di cuenta de que en el fondo quedaban uvas sueltas. Me alegré. Es tedioso andar «desenchufando» cada uva una por una. Inmediatamente, metí la mano en el fondo para recolectar las que no iba a costarme esfuerzo alguno tomar. Sin embargo, me sentí decepcionada al comprobar que todas y cada una de ellas tenía algún tipo de «tara». Unas estaban podridas por algún lado, otras chafadas, otras con zonas negras… No se salvaba ni una sola uva. Solamente las que permanecían «conectadas», «incrustadas», «pegadas» al racimo estaban «sanas». Esto me hizo reflexionar.

Recordé cuando Jesús dijo, en Juan 15: 4-5 (Reina-Valera 1960) «Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer». Bueno… de pronto comprendí que las uvas que se separan del racimo se pudren más rápido. No sé bien si todas se deterioraron al separarse o si se separaron porque estaban deterioradas, pero el caso es que ninguna de esas uvas «fáciles» resultaba comestible. Tuve que tirarlas todas.

Enseñanzas de las uvas

Solamente pude aprovechar las que tuve que arrancar. Y de ahí extraje algunas enseñanzas: 1) Necesitamos estar unidos al Señor para que su savia de vida y sabiduría fluya a través nuestro y nos ayude a no pudrirnos; 2) Tal vez estamos un poco podridos y podemos acabar soltándonos si no estamos realmente unidos al racimo; 3) Lo más fácil no es siempre lo mejor. 4) Las apariencias engañan.

1. Necesitamos estar unidos al Señor

Así es. Debemos vivir «enchufados», «conectados», «enganchados», a Jesús cada minuto de nuestra vida. Precisamos que su flujo de amor perfecto, de bondad infinita, de sabiduría, nos llene, nos limpie, nos dignifique, nos ayude a ser más como Él. Si lo hacemos, Él se encarga de «fluir» dentro de nosotros e ir cambiándonos poco a poco a través de la acción del Espíritu Santo.

En la práctica, estar conectado a Jesús es estar con Él. Sentir su presencia en cada momento, preguntarnos QHJ (¿Qué haría Jesús?) en cada situación y actuar en consecuencia; escuchar música que nos acerque a Él; estudiar Su Palabra; reflexionar en su vida (te recomiendo mucho el libro de El Deseado de Todas las Gentes, que también tienes en este Podcast de HopeMedia); viviendo en oración (conduce hablando con Dios, desayuna con Dios, conversa con Él cada momento mientras caminas al trabajo, mientras haces la comida… como Enoc, ¡vive cada instante de Su mano!); ayudando a otros como Él hacía; enseñando sobre la Biblia y sobre Dios como Él (cuando más aprendemos es cuando enseñamos); etc. Prueba un día ¡Es adictivo! ¡Te hace sentir tan bien! ¡Notas una paz! ¡Es una sensación indescriptible que tienes que experimentar! Yo creo que es la savia de Jesús fluyendo en ti.

Vivir con Jesús te cambia

Y si no te cambia, es que no estás realmente conectado al racimo. Puede sonar fuerte, pero es así. Vivir con Jesús te cambia por dentro, ¡pero también por fuera! Tu cara de estresado, amargado, triste… poco a poco va cambiando por un rostro feliz, en paz. Tu actitud ahora es cariñosa, amable con los demás, afectas positivamente a quienes te rodean.

Como tratas a otros, incluso tu forma de mirarlos, cambia. ¿No te ha pasado montarte en el ascensor y que la persona que entra te mire con mala cara, ni buenos días te dice, te repasa con la mirada, se da la vuelta y te ignora? ¿Cómo te hizo sentir eso? En cambio, si quien entra te espeta un alegre «Buenos días» con una sonrisa, aunque no la conozcas de nada, te alegra el día, ¿cierto?. Nuestra actitud afecta a quienes nos rodean. Es un hecho. Impactemos el mundo de manera positiva, con cariño, con simpatía, como hacía Jesús. Y eso solamente podemos hacerlo si vivimos «conectados», «enchufados» a Él, como un USB al ordenador, o una uva al racimo.

2. Si estamos un poco «podridos», y no cambiamos, acabaremos soltándonos del racimo

Tenemos que tener cuidado porque si estamos «pudriéndonos» (todos lo estamos un poco), y no cambiamos… acabaremos soltándonos del racimo. Es difícil darnos cuenta de que nos estamos «pudriendo». El pecado es sutil… Orgullo, egoísmo, celos, indiferencia… son sentimientos negativos que van anidando poco a poco en nuestro corazón sin que nos percatemos de ello. Por eso el carácter de Jesús es el mejor espejo y la Ley de Dios, nuestro manual. ¡Examinémonos diariamente! Cada noche, repasemos nuestro día y veamos qué cosas de nuestro carácter podemos cambiar con la ayuda de Dios.

Seamos cuidadosos. Esto es serio. Si no revisamos nuestro corazón cada día, la suciedad se irá acumulando y cada vez será más difícil limpiar. La podredumbre, al final, hará que nos soltemos del racimo de la vid de Dios, aunque realmente no fuera lo que queríamos. Satanás es muy inteligente y nos va separando poco a poco… de manera imperceptible ¡No le dejemos! Las consecuencias son terribles, para nosotros y para quienes nos rodean.

El único remedio contra la «podredumbre» es recibir, constantemente, la savia sanadora de Jesús. Por eso necesitamos vivir cada segundo conectados a Él a través de la oración, la música cristiana, la contemplación de su carácter, etc.

3. Lo más fácil no es siempre lo mejor

Lo más fácil no es siempre lo mejor. De hecho… casi nunca lo es. Normalmente, debemos esforzarnos por conseguir las cosas que realmente merecen la pena. Así que cuando algo sea demasiado fácil, pregúntate si realmente es lo que crees. Las uvas caídas tenían buena pinta aparentemente, al menos vistas desde arriba… fue al tomarlas en mi mano cuando pude comprobar su verdadero estado.

Si no quieres tomar decisiones equivocadas, lo mejor es que consultes TODO con el Señor. Él ve presente, pasado y futuro. Él sabe todo lo que hay escondido. Confía en Dios y pon cada decisión en sus poderosas manos. Proverbios 3: 5-8 (Reina-Valera 1960) dice: «Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas», y Proverbios 16:3-5 (Nueva Traducción Viviente) dice: «Pon todo lo que hagas en manos del Señor, y tus planes tendrán éxito».

Así que esfuérzate por aquello que quieres, no tomes lo fácil. Toma siempre lo mejor (aunque cueste un poco más).

4. Las apariencias engañan

Las apariencias engañan. De verdad pensé que las uvas «fáciles», las que estaban sueltas, eran tan buenas como las otras. A primera vista parecían iguales. Me llevé un buen chasco al verificar que no era así. En la vida, muchas veces, nos vamos a llevar desilusiones con cosas, personas y situaciones que parecían una cosa… pero eran otra. Debemos luchar para no entrar en ese grupo y ser lo que parecemos, ¡y parecer lo que somos!. Si somos cristianos, ¡debemos parecerlo! Jesús es nuestro ejemplo y Él era lo que parecía ser.

No podemos decir que somos cristianos cuando decimos cosas que Jesús no diría o tratamos a los demás como Él jamás haría. Cuidado, porque esto es atentar contra el mandamiento de «no tomar el nombre de Dios en vano». Si lo estudias en profundidad, va mucho más allá de no decir frases malsonantes que incluyan el nombre de Dios. Tiene que ver con tu forma de vivir el cristianismo. Si dices que eres cristiano (seguidor de Cristo), debes ser coherente con eso. Las consecuencias de no hacerlo te afectan negativamente a ti, pero también a quienes te rodean.

No había dos caras o dos tipos de Jesús. Parecía lo que era, un maestro, un amigo, ¡el Hijo de Dios!, porque se comportaba como tal. Nunca dejó de ser quien era, ni siquiera para salvar su propia vida. Jamás engañó a nadie, comenzando por sí mismo. Cuando le preguntaron si era el Cristo, podía haberlo negado… pero no lo hizo. Es una gran lección que debemos aprender. Seamos coherentes con lo que decimos ser.

¿Quién eres?  La respuesta a esa pregunta definirá muchas cosas en tu vida.

Yo, por mi parte, quiero ser una uva. Pero no cualquier clase de uva. Quiero ser una uva conectada al racimo, del sarmiento, de la vid, que es mi Dios. ¿Y tú?

Autora: Esther Azón, teóloga y comunicadora. Coeditora de la Revista Adventista; gestora de RRSS de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en España; editora y presentadora del Informativo Adventista de España; presentadora de RadioAdventista.es y editora de contenidos web en HopeMedia.es.
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