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el estrésLa palabra estrés era en su origen un término de ingeniería usado para referirse a la cantidad de fuerza que un soporte podía sostener bajo presión sin romperse. Hoy en día esa palabra es más común de lo que nos gustaría, y el significado sigue siendo el mismo: la presión que eres capaz de soportar sin romperte.

La rotura, cuando el estrés al que estás sometido excede tu capacidad para soportarlo, no suele verse. Es interna y se traduce en enfermedades «psicosomáticas» que afectan a tu sistema nervioso y físicamente a la parte más sensible de tu organismo.

A veces la presión viene de fuera, pero otras veces, (la mayoría) eres tú mismo quien fuerza al límite la máquina. Nadie te persigue. Es tu sentido de la «responsabilidad» el que te mueve a ese comportamiento casi obsesivo.

Dios no quiere eso. Ni siquiera cuando el estrés lo producen proyectos o actividades dedicadas a buenas causas o a Él. El Creador no desea que te autolesiones y que hagas daño a los que nos rodean con esa actitud.

El remedio contra el estrés es la temperancia, la moderación, el equilibrio. Todo, hasta lo mejor, es malo en exceso.

Necesitas ser temperante en tu forma de vivir. Temperante al comer, al dormir, al trabajar… Dios es Señor del orden y equilibrio, y tú estás llamado a reflejar Su carácter.

Si tu salud o tus seres queridos te dan un toque de atención, debes bajar la intensidad con la que vives las cosas. Para un momento y respira hondo. Toma unos minutos para relajarte. Levántate y camina. Deja lo que estás haciendo de forma compulsiva y eleva una oración. Pide a Dios que te de paz.

Algunos consejos para combatir el estrés:

  •  Confía en Dios, y no permitas que nada descoloque tu tiempo de oración y estudio de la Biblia diario.
  • Busca tiempo para estar con tu pareja a solas; también para tu familia y tus amigos. Pero sobre todo, busca un tiempo para ti. Tú también te necesitas.
  • Toma unos minutos cada hora para respirar profundamente y parar tu frenética actividad. Haz algunos estiramientos.
  • Conoce tus límites. Planifica, organiza, clasifica… Busca herramientas que mejoren tu productividad y no te exijas más de lo que puedes dar.
  • Divide el día en partes (tiempo con Dios, trabajo, familia, tiempo para ti, formación, tiempo con amigos, etc.) y determina una duración apropiada para cada una. No permitas que unas áreas invadan el espacio de otras.
  • Aprende que lo importante no es siempre lo urgente, ni lo urgente es siempre importante. Prioriza lo importante.
  • Haz ejercicio físico diariamente. Al menos media hora.
  • Come adecuadamente y lo más sano posible. Bebe mucha agua. Hazte analíticas y verifica el estado de tu salud física.
  • Busca momentos y actividades que te relajen. Cada día disfruta de alguno de ellos.
  • Aprende a «flotar» cuando sientas que te ahogas en un mar de tareas. Cierra los ojos y visualiza lo importante. Ordena las tareas y, ya sabes: «una cosa después de otra». No intentes llegar a todo a la vez.
  • Recuerda que «la vida no consiste en esperar a que pase la tormenta, sino en aprender a bailar bajo la lluvia».
  • No lo olvides: «Si tiene solución, ¿por qué te preocupas?; y si no la tiene, ¿por qué te preocupas?». Dios llega siempre, donde tú no puedes. Haz todo lo que esté en tu mano, y después deja de pensar en ello y colócalo a sus pies.
  • Si te sientes sobrepasado, busca ayuda profesional con un psicólogo cristiano.

Aprende a combatir el estrés tomando medidas y descansando en Dios. Lo necesitas para ser feliz y para hacer felices a los demás.

«Alma mía, en Dios solamente reposa; porque de él es mi esperanza» (Salmo 62:5).

Autora: Esther Azón, teóloga y comunicadora. Coeditora de la Revista Adventista; gestora de RRSS de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en España; editora y presentadora del Informativo Adventista de España; presentadora de RadioAdventista.es y editora de contenidos web en HopeMedia.es.