Espiritual

Atrapados por la tormenta

Una lectura de Mateo 14:22-33 desde el confinamiento ante el COVID-19.

Una lectura de Mateo 14:22-33 desde el confinamiento ante el COVID-19.

Una lectura de Mateo 14:22-33 desde el confinamiento ante el COVID-19

¿Cómo vivir nuestro encierro forzado a la luz del evangelio?

Esta crisis causada por el virus COVID-19 tiene, para mí, paralelos interesantes con un pasaje muy conocido del Evangelio de Mateo (14:22-33). Los discípulos se encuentran confinados en un pequeño bote en medio de una tormenta. Un poco como nosotros, encerrados en nuestro hogar por un aislamiento impuesto por circunstancias contrarias a nuestra voluntad. Sorprendidos en la tormenta, los discípulos han perdido el control de su situación. Paralizados por la violencia de la tempestad, no pueden salir del medio del lago. Indefensos y preocupados, nosotros también como ellos, nos vemos obligados a esperar, sin saber cómo se resolverá esta situación…

El texto deja claro que Jesús «obligó a sus discípulos a entrar en la barca e ir delante de él a la otra orilla» (Mt 14:22). Es decir, que los discípulos están atrapados allí, en contra de su voluntad. Han obedecido a Jesús, han hecho lo que él les ha dicho… y ahora su barca se encuentra zarandeada en medio del mar, a la merced de las olas, “porque el viento les era contrario” (v. 24). Han cumplido fielmente la voluntad de Cristo y… ¡ahora están a punto de perecer! Sin duda se preguntaron, como lo hacemos nosotros en circunstancias comparables: «¿Por qué, Señor? ¿Por qué nos pasa esto? ¿y por qué precisamente a nosotros?»

Aunque Jesús enseñó indiscutiblemente que Dios “hace salir su sol salga sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos» (Mt 5:45), a todos nos resulta difícil aceptar la idea de un Dios imparcial, que trata a creyentes e incrédulos con el mismo nivel de igualdad.

¿Cómo puede un Dios justo y poderoso, bueno y lleno de misericordia, ser capaz a la vez de dejar que una simple tormenta, o que un pequeño virus, destruyan nuestras vidas ? ¿Cómo puede permitir que las olas inunden nuestra barca y que el viento nos aplaste contra los arrecifes? Si Dios es tan poderoso y sabio como nos gustaría creer, ¿por qué no evita que caiga un rayo sobre el mástil y lo parta? ¿Por qué no nos protege del contagio, en medio de la pandemia?

Y nos decimos que, si Dios, por ser imparcial, no protege a su pueblo de tormentas, accidentes, enfermedades, epidemias, coronavirus y muertes estúpidas, ¿de qué nos sirve pertenece a su pueblo…? Preguntas importantes, pero que parecen poner en tela de juicio nuestra confianza en Dios …

Porque también podríamos hacernos preguntas diferentes. Por ejemplo, ¿por qué un Dios justo cometería la injusticia de preservar a su pueblo de todo tipo de dificultades, en un mundo donde tanto nosotros los creyentes como los no creyentes, somos igualmente responsables y víctimas de nuestras propias acciones? Esa protección ¿nos haría más sensibles con el sufrimiento ajeno (un sufrimiento que ignoraríamos por completo)? Esa ignorancia practica del dolor del prójimo ¿nos haría más solidarios con él ?

La respuesta es obvia. ¿Podría entonces la intervención divina para con sus hijos tener lugar en otro nivel? A todos nos gustaría estar libres de problemas solo por ser creyentes. Sin embargo, las tormentas y las enfermedades también afectan a los mejores hijos de Dios. Toda la Biblia concuerda en que Dios «no hace acepción de personas, ni tiene favoritismos» (De 10:17; Hch 10:34; Ro 2:11; Ga 2: 6; Ef 6: 9; Col 3:25) .

¿Cómo, entonces, está Dios con nosotros?

Al igual que los discípulos en medio de la tormenta, a veces nos sentimos solos en un mundo en el que Dios parece estar ausente… Y nos vemos, sin duda como ellos, prácticamente abandonados a nuestra suerte. Y deducimos que depende de nosotros aprender a sortear, en solitario, nuestras frágiles embarcaciones, entre los arrecifes de nuestras crisis. Que depende de nosotros encontrar los medios para salir de las aguas turbulentas de nuestra vida personal y capear nuestras borrascas solos…

Además, el mar, con sus calmas y tormentas, con el constante ir y venir de las olas, es una parábola permanente de la realidad de nuestra existencia, de la fragilidad inestable de nuestra salud, de nuestros altibajos financieros, de nuestros conflictos relacionales. Al mismo tiempo, este barco vulnerable, sacudido por las olas, golpeado por el viento y el oleaje, a veces arrastrado al borde del naufragio por el vendaval, también es una imagen realista de nuestra vida. Sacudidos por chubascos inesperados, borrascas personales, tormentas familiares, dificultades laborales, reveses financieros, huracanes emocionales, tinieblas espirituales… ¿Cómo salir ilesos de nuestros problemas cuando no conseguimos dominar el timón de frágil barco de nuestra vida… y hemos perdido la brújula o nos falla el GPS?

Cuando nos encontramos como los discípulos, confinados, sin salida a la vista en medio del lago, llegamos a la cuarta vigilia de la noche, exhaustos y desorientados… Al igual que ellos, hacemos todo lo que podemos para capear la situación. Pero ahora, creemos haber llegado a un punto en que, vencidos por el cansancio, nos encontramos como ellos al borde de la crispación. Agotados por la lucha contra la tormenta, nos sentimos, como ellos, solos, abandonados, perdidos ante el peligro, orando a un Dios que parece no escucharnos.

Pero nuestro texto continúa, y dice que justo a esa hora, en la “cuarta vigilia de la noche” Jesús ya estaba en marcha al auxilio de sus discípulos, caminando sobre el mar (v. 25). Precisamente en esta terrible cuarta vigilia de la noche, cuando las tinieblas son más oscuras, justo antes de que aparezca la primera luz del día, Jesús ya está en camino para ayudar a sus amigos. Porque nunca dejó de cuidarlos como un padre cuida a sus hijos, o como un hermano mayor cuida de sus hermanos pequeños. Así como nos cuida hoy a nosotros.

En el mismo momento en que los discípulos creen que van a sucumbir a las fuerzas de los elementos, los relámpagos les permiten entrever una misteriosa figura que avanza hacia ellos. Ignorando que es Jesús, piensan que la sombra que se les acerca es otro enemigo más, algo desconocido, quizás más peligroso que el viento y las olas… El terror los paraliza; sueltan los remos y su bote queda, ahora más que nunca, a merced de la tormenta…

Hay pocas emociones tan contagiosas como el miedo. En desastres y catástrofes de todo tipo, incluida la pandemia COVID-19, el pánico puede causar más percances que la epidemia en sí. Cuando el miedo nos domina y se convierte en pánico, dejamos de pensar. El terror nubla nuestra visión. El espanto ante lo sobrenatural aterroriza a los discípulos, y al ver avanzar hacia ellos sobre las olas lo que toman por un espectro, un grito de espanto se les escapa: “¡Un fantasma!” (v. 26).

Pero Jesús continúa acercándose a ellos y les dice: “¡Tened ánimo; soy yo; no tengáis miedo!” (v. 27).

¿Desafiar el peligro? ¿Salir a cualquier precio?

Los discípulos apenas pueden creer lo que ven y oyen: su querido Señor, a quien creían ausente, está allí, con ellos, justo en el ojo de la tormenta.

Pedro, excitado de alegría, lo llama: «Señor, si eres tú, ¡ordena que vaya a ti sobre el agua!” (V. 28). Y Jesús, ante la descabellada ocurrencia del joven discípulo, sorprende a todos respondiendo: «Ven» (v. 29).

Pedro se aventura sobre las olas avanzando hacia Jesús. Pero sin darse cuenta, olvidando lo portentoso del milagro, embargado por la emoción de surfear sin tabla, se deja distraer un momento por un sentimiento de vanidad casi inevitable frente a sus compañeros…

El viento sopla violentamente. Se levantan grandes olas entre el Maestro y Pedro, quien de repente pierde de vista a Jesús. El pánico se apodera de él, su confianza lo abandona, y comienza a hundirse. Viéndose arrastrado hacia el abismo, grita desesperadamente: «¡Señor, sálvame!” (v. 30).

No haya una oración más corta que esta en toda la Biblia. Y tal vez no haya tampoco una oración más importante que esta, entonces y siempre. Para él y para nosotros. En medio de una tormenta o en medio de una pandemia. Y como el amor divino siempre está pendiente de nuestras oraciones sinceras y de nuestras necesidades desesperadas, la respuesta de Cristo no se hizo esperar: Inmediatamente Jesús extiende su brazo y lo agarra (v. 31).

Mientras que Cristo lleva a Pedro de nuevo al barco, le hace, sin embargo, un importante reproche: «Hombre de poca fe. ¿Por qué dudaste?” (v. 31). Sin soltar la mano del Señor, el discípulo regresa al bote, silencioso, avergonzado y confundido. Su osadía casi le había costado la vida. Necesita aprender, casi a riesgo de su propia existencia, que cuando desafiamos los límites de lo razonable, cuando afrontamos innecesariamente los peligros que están fuera de nuestro control, podemos poner en peligro nuestra seguridad o la de otros. Cuando perdemos de vista a Jesús para hacer de “supermán», nos estamos alejando de la protección divina.

Pero el error de Pedro no fue tener miedo. El miedo ante el peligro es inevitable, y hasta puede salvar vidas. Su culpa fue olvidar que con una fe tan pequeña como la suya (es decir, con una fe más o menos como la nuestra), en un entorno tan peligroso como un mar agitado, la imprudencia siempre nos hace vulnerables. El error de Pedro fue perder de vista a Jesús, mirar en otra dirección en un momento en que su supervivencia dependía de su comunión con él. Su problema era, además de querer salir de donde no debía cuando fuera estaba el mayor peligro, dejar a otros la tarea de achicar el bote, de remar, de manejar las velas… porque le apetecía más hacer de héroe. Sus riesgos empiezan al querer caminar sobre el agua cuando ese no era du deber, y pensar que podría hacerlo solo, sin la ayuda divina.

Pero Jesús conocía a Pedro y él también nos conoce a nosotros. A él y a nosotros, quería enseñarnos, de una vez por todas, que la estupidez temeraria nunca será una virtud cristiana: “No tentarás al Señor tu Dios” (Mateo 4:7) le había dicho ya Jesús al mismo diablo. Porque sin la ayuda divina estamos perdidos. Hay situaciones en la vida, como la que vivimos, donde la prudencia es la actitud más sabia. Ya llegará el momento de los grandes actos heroicos, cuando lo exijan las circunstancias.

Este pasaje nos invita a pensar que no podremos enfrentar ciertos peligros sin ser transportados por el poder divino. Pero también que, cualquiera que sea la gravedad de la situación en la que nos encontremos, si nos dejamos guiar por Dios, incluso podemos caminar sobre las olas.

La experiencia de Pedro nos ayuda a comprender mejor nuestros propios límites: cuando nos dejamos llevar por nuestra voluntad sin pasarla por el filtro de la divina, corremos el riesgo de hundirnos: hay circunstancias que nos superan. Sin Dios, el mar de la vida siempre termina en muerte. Para cruzarlo ilesos, debemos aferrarnos al brazo firme de Cristo, que nos salva, nos levanta, nos lleva de vuelta al bote (de donde sin duda no deberíamos haber salido), y nos pone de vuelta allí donde, de momento, deberíamos estar.

Afortunadamente, su amor es más poderoso que los caprichos de nuestra vanidad, que las mareas altas de nuestro orgullo, las ráfagas de nuestra arrogancia, el tornado de nuestro egoísmo y la peligrosa insolencia de nuestra falsa fe. Y sin embargo, Cristo está ahí para tendernos la mano : “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Será tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro o espada? (…) Tengo la seguridad de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni las cosas presentes ni las cosas por venir (…) ni ninguna otra criatura (¡ni siquiera el coronavirus!) podrán separarnos de el amor de Dios manifestado en Jesucristo nuestro Señor” (Rom. 8:35, 38-39).

Igual que en medio de aquella tormenta Jesús fue en ayuda de sus discípulos, e igual que entonces detuvo el viento y obligó a las olas a calmarse, es capaz de superar cualquier epidemia que nos abrume, y aportar su paz a nuestros corazones. De la misma manera que devolvió a Pedro sano y salvo al bote del que no tenía por qué haber salido, Jesús está listo a tendernos la mano hoy para devolvernos la seguridad y resolver nuestros problemas.

Autor: Roberto Badenas es licenciado en Filología Moderna y en Teología. Tiene un máster en Filología Clásica y un doctorado en Teología por la Universidad de Andrews. Ha servido como pastor, profesor de Teología, decano de la Universidad Adventista del Salève, miembro del Biblical Research Committe y director del departamento de Educación y Familia de la División Euroafricana de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.
Imagen: ShutterStock

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