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Finalizada la Segunda Guerra Mundial, la recién fundada Organización de las Naciones Unidas abordó la posibilidad de establecer una institución mundial dedicada a la salud. Así, la Organización Mundial de la Salud  se constituyó el 7 de abril de 1948, fecha en que se conmemora anualmente el Día Mundial de la Salud.

Salud

En la mitología griega, ‘Hygieia’ era la diosa de la curación, la limpieza y la sanidad. Nuestra actual ‘higiene’ deriva de su nombre. Los romanos la renombraron ‘Salus’. Y del latín hasta nuestros días, salud, saludar, sanar y salvación tienen un pasado etimológico común.

Si la OMS definió salud como “estado completo de bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades[1], en un tiempo en que el mundo ansiaba dejar atrás su bélica convulsión para recuperar la paz, ¿por qué ahora, en pleno tiempo de paz, la alarma de enfermedad amenaza nuestro completo bienestar?

Sanidad y salvación

El pueblo de Israel había dejado atrás el monte Hor, donde durante 30 días la pérdida del Sumo Sacerdote Aarón paralizó toda actividad por duelo del anciano y amado líder. Una contienda armada contra el rey cananeo Arad, les indujo a solicitar la intervención divina, que una vez más les otorgó el triunfo sobre el enemigo.

“La victoria, en lugar de inspirarles gratitud e inducirlos a reconocer cuánto dependían de Dios, los volvió jactanciosos y seguros de sí mismos. Pronto se entregaron de nuevo a su viejo hábito de murmurar.”[2]

“Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para que muramos en este desierto? Pues no hay pan ni agua, y nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano.” (Números 21:5)

“Cuando los israelitas daban rienda suelta a su espíritu de descontento, llegaban hasta encontrar faltas en las mismas bendiciones que recibían.”[3]

La terrible mortandad por la mordedura de las serpientes, que se produjo seguidamente después, indujo al pueblo a humillarse ante Dios y suplicar por sanidad y salvación (Números 21:4-9).

Entonces Moisés recibió instrucciones sorprendentes de Aquel que hablaba con él cara a cara: debía fabricar una serpiente de bronce, colocarla sobre un asta y que cualquiera que fuera mordido, mirara hacia la serpiente para ser sanado.

Y así fue. La fe implicaba una acción. Quizá más que una acción, una actitud: ejercer la confianza en que solo Él podía restaurar su salud y mantenerlos con vida. El acto de mirar, solamente mirar,  atestiguaba que la vida dependía del Creador, del dador de la vida. Que el hombre por sí solo, nada podía hacer, más que creer. La única salvación provenía del Señor.

La autosuficiencia humana, la arrogancia de ‘ser como dioses’, la pretensión de dominar el propio destino, el malentendido empoderamiento que prescinde del Creador, está abocado al desastre de un vacío de vida, de un final sin retorno, de un ‘Hades’ sin existencia.

Mirar a la serpiente anticipaba la mirada fija en la cruz de Cristo que debemos mantener las generaciones actuales.

Salud y vida

Así pues, Dios, el que Es, el que es Vida en sí mismo, es quien da la vida. Y la vida por el hecho de serlo, contiene salud, porque es Dios quien la da. A nosotros, que la recibimos, nos corresponde cuidarla, protegerla y conservarla.

En el origen de la existencia humana, Dios hizo al ser humano a su imagen y semejanza, instilándole su aliento de vida, y todo fue hecho “bueno en gran manera” (Génesis 1:31).

La vida en el Edén, a cualquier nivel, era un ‘estado completo de bienestar físico, mental, social’… y también espiritual.

La comunión con el Creador era absoluta, y la pureza saludable de sus criaturas rendía, con toda su vitalidad, alabanza al Dador de la vida. El sentido de la existencia es y debe ser honrar al Creador.

Reforma de la salud[4]

Estudiando a Ellen G. White, observamos que la reforma de la salud tiene matices diferentes para Dios y para los seres humanos.

En la cosmovisión centrada en lo humano, la fuente de la salud es la naturaleza y la salud es un objetivo en sí misma, así como causa de salvación y de realización propia de un ‘paraíso natural’.

Desde la cosmovisión que pone a Dios en el centro, la fuente de la salud es Dios mismo. La salud es un medio para alcanzar una mejor comunicación espiritual con Dios. No es salvación, sino que coopera con el Salvador, y alcanzarla va a favor del gozo de la vida eterna. La reforma de la salud, estando en esta tierra, es solo una preparación para la auténtica ‘re-forma’ de la nueva vida en Jesús que gozaremos en el Paraíso celestial.

La salud es pues para gloria de Dios y no para gloria de los seres humanos.

Defensa de la vida

Cuando el pecado asoló la vida, las relaciones y la salud, el plan de redención divino tuvo que activarse en todas las dimensiones de la existencia. Y por qué no también a nivel intracelular, siendo como es la célula la unidad morfológica y funcional de todo ser vivo.

Aun desconociendo al detalle los mecanismos de biología molecular implicados entonces, observamos ahora evidencias del diseño providencial con el que Dios dotó a sus criaturas.

De una sola célula madre (célula madre hematopoyética) se derivan todas las demás células sanguíneas: glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas.

Los diferentes tipos de glóbulos blancos (leucocitos), son las células especializadas en la función inmune o defensiva. Forman parte, junto con otros muchos elementos moleculares, de la respuesta inmunitaria, tanto innata como adquirida.

  • La respuesta inmunitaria innata está presente en todos los seres vivos, desde organismos unicelulares hasta la complejidad de los vertebrados. Proporciona defensa inmediata contra cualquier agente patógeno.
  • Con la respuesta inmunitaria adquirida, además, se sofistica la defensa permitiendo generar memoria (anticuerpos, entre otros) ante un ataque que proteja eficazmente contra futuras agresiones.

Tanto en el combate microscópico como en el conflicto cósmico entre el bien y el mal, conocemos ya al Vencedor. El mismo que nos da la vida, nos regala herramientas para seguir #adelante cuidándola con salud: agua, descanso, ejercicio, luz solar, aire puro, nutrición, temperancia y esperanza.

Jesús

Jesús, a quien la serpiente del desierto anticipaba, declaró: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10).

“Y tiene todavía el mismo poder vivificante que, mientras estaba en la tierra, sanaba a los enfermos y perdonaba al pecador”.[5]

Los antiguos griegos utilizaban mitos para explicar su mundo.

Este mundo en guerra necesita sus héroes de quien anhelar victorias.

La victoria y completo bienestar que conocemos proviene del Salvador, Sanador y Creador.

A Él solo sea la gloria, la honra -y los aplausos-.

Autora: Sarai de la Fuente Gelabert, médico especialista en medicina familiar y comunitaria. Pediatra de atención primaria y urgencias hospitalarias. 

NOTAS

[1] Preámbulo de la Constitución de la Organización Mundial de la Salud. Official Records of the World Health Organization, nº2, p.100.
[2] E.G.White. Historia de los patriarcas y profetas. PP 403.2
[3] Ibíd. PP 404.1
[4] Este párrafo entero se basa completamente en la reflexión final del documento de Ramón C. Gelabert “Ellen G. White: Los préstamos literarios y la reforma de la salud”. Página 55. Aula7activa-AEGUAE, 2007. http://aula7activa.org/edu/documentos/documentos/dewprestamossalud.pdf
[5] Ellen G. White. El Deseado de todas las gentes. DTG 236.1

Revista Adventista de España