Quien se junta con sabios, sabio se vuelve.  (Proverbios 13:20a)

La culpa la tiene Platón. Ya sé que no está bien señalar a quien no se puede defender pero, esto mismo, se lo diré a la cara cuando nos veamos en la Tierra Nueva. Entonces no le importará y creo que a mí tampoco. Platón separó a los intelectuales de las personas normales. Y nos lo creímos. Pensamos que éramos distintos y nos construímos torres de marfil desde las que intentamos alcanzar los misterios del universo. Y veíamos el mundo desde arriba. Pero estos tiempos posmodernos, tan criticados por muchos, nos han obligado a bajar de las alturas y sentarnos a la puerta de las torres. ¡Qué bueno ha sido! Allí, donde todos somos iguales, con nuestras sillas de plástico y tomando la fresca, la visión es distinta. Y lo aprendido se suma con lo vivido de tantos y surge la reflexión. Y se comprende mejor la vida.

Desde aquí abajo no hay tiempo para nada. El reloj es un tirano que esclaviza las existencias hasta vaciarlas de contenido. ¿Por qué se hace lo que se hace? ¿Es necesario todo lo urgente? ¿Puede ser instantáneo todo lo relevante? ¿Satisface vivir así? Es entonces cuando subo hasta mi biblioteca y bajo el libro del Eclesiastés. Leo que todo tiene su momento y que hemos de hallar equilibrio en un tiempo de calidad. Hay más. La influencia es un monopolio que asumen los medios de comunicación. Ya puede decirlo el más experimentado de los ancianos que si la tele lo contradice, no hay nada que hacer. Pero las directrices de dichos medios evolucionan y no precisamente hacia plataformas de moral y ética. De nuevo, me acerco a los estantes de mi biblioteca y leo el Evangelio. Cristo sí que es un “influencer”. ¡Qué coherencia y compromiso! Además, observo que mi gente está absorta, triste, en ocasiones desanimada y recuerdo que el Apocalipsis nos da esperanza. No le queda tanto a este mundo y lo que se nos avecina es espectacular. Y eso nunca debe dejar de comentarse.

Rato a rato, pasan los días. Se nos acaba el año y diciembre no es una estación como para salir a la calle a departir o a tomar casi nada (apenas un chocolate con churros superlight). Pero tenemos la iglesia y es una oportunidad de reflexionar qué vamos a hacer con nuestro tiempo el próximo año, quién va a influir en nuestras vidas y cómo vamos a influir en los demás, y, por supuesto, cómo anda nuestra esperanza. Y después de pensar, descendamos de nuestras torres (intelectualidad, trabajo, consumo, necesidades, proyectos) y reunámonos entre hermanos y abracemos el año con nuevos propósitos, con menos esclavitudes y más certezas.

 

Víctor Armenteros. Doctor en Teología. Doctorado en Filología Semítica. Máster Universitario en Dirección y Gestión de centros educativos. Responsable del Ministerio de Gestión de vida cristiana de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en España.

Foto: Jake Sloop en Unsplash

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