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La respuesta bíblica a la pregunta que da título a esta reflexión es: “La salvación viene del Señor” (Salmo 3:8)

Las palabras tienen un sentido dentro de un idioma y expresan ideas muy específicas que hay que rastrear para poder comprender correctamente. Por ejemplo, la palabra “salvación” en su raíz hebrea significa ser amplio, volverse espacioso, agrandarse. “Lleva en sí el sentido de liberación con respecto a una existencia que se ha vuelto oprimida, confinada y estrecha”.[1] Dios quiere liberarnos, no para ponernos cadenas, sino para que transitemos por vías que ensanchen nuestra vida. No busca hacernos esclavos sino libres. Trata por todos los medios que comprendamos que Su amor nos libera, no nos ata o encarcela.

Lamentablemente, cuando la religiosidad se pinta o se presenta sólo en términos de normas y reglas de vida, lo que se percibe es todo lo contrario. Muchas personas suelen decir que no quieren una religión en sus vidas que les ate o los haga esclavos. ¡Yo tampoco! Porque eso no es religión, es una forma burda de control social practicado por gente que cree que Dios busca premeditamente tener un control arbitrario y despótico sobre el ser humano.

Incluso la ley de Dios es definida en términos de libertad (Santiago 1:25; 2:12). El problema no es de parte de Dios, sino algunos seres humanos que temen ser libres y, por lo tanto, sólo son felices o se sienten contenidos y tranquilos en tanto son sometidos a fuerzas externas que llevan el control de sus existencias.

En cierto modo es como los presidiarios que temen ser libres porque llevan tanto tiempo en una cárcel, con movimientos restringidos y con personas que a todas horas les indican qué hacer, que le temen a un contexto donde son ellos mismos los que tienen que tomar esas decisiones. No es extraño que muchos de ellos delincan sólo con el propósito de volver a estar en un contexto de privación de libertad, pero, con un contexto restringido y regulado.

La libertad exige ensanchar la vista y la experiencia. Dios no nos salva para esclavizarnos de manera autocrática, sino para darnos la oportunidad de vivir mejor en un contexto donde, al conocer su voluntad, sepamos con exactitud qué es mejor para nosotros. Es como los padres que le dan a sus hijos determinadas pautas, no porque los odian, sino porque quieren para ellos lo mejor y saben que por esa línea lograrán ser más felices.

[1] Philip Yancey, La desaparición de la gracia: ¿Qué le pasó a las buenas nuevas? (Miami, FL.: Editorial Vida, 2015), 91.

 

Autor: Miguel Ángel Núñez, es pastor adventista ordenado. Doctor en Teología Sistemática; Licenciado en Filosofía; Orientador familiar. Ha escrito 60 libros y muchos artículos. Ha sido profesor universitario en Chile, Argentina, Perú y México. Consejero matrimonial y conferencista internacional. Reside en España.

Foto: Ian Espinosa en Unsplash

Revista Adventista de España