Existe una pregunta que muchas personas se hacen en su corazón. No suele aparecer en los cultos ni se expresa en voz alta, pero está allí, en lo profundo, especialmente en las noches en las que la soledad aprieta un poco más: «¿Será que algún día me voy a casar? ¿Será que algún día alguien me elegirá?».
Quien nunca se ha hecho esta pregunta quizá no necesite este artículo. Pero quien ya ha sentido ese peso sabe que no se trata solamente de matrimonio, sino de pertenencia. Se trata del temor de no ser amado, de mirar alrededor y sentir que todos avanzan mientras uno permanece en el mismo lugar. Es sobre ese dolor, real, legítimo y mucho más común de lo que parece, que queremos hablar aquí.
CUANDO LA ESPERA COMIENZA A DOLER
Cuando la espera duele demasiado, cambia a las personas. El corazón que ha esperado durante mucho tiempo comienza a hacer concesiones que antes jamás habría hecho: baja sus estándares, ignora señales evidentes, acepta migajas de atención como si fueran amor y permanece en una relación dañina por miedo al vacío. Confunde, así, intensidad con profundidad, y compañía con felicidad.
Lo vemos de cerca: personas que entran en relaciones sabiendo que algo no está bien, pero que prefieren un dolor conocido a la incertidumbre de la soledad. Y eso no es una debilidad de carácter; es el resultado de una herida que nunca fue curada. La carencia afectiva no es falta de fe, y no desaparece cuando finalmente se encuentra a alguien. Va junto con la persona al matrimonio o a la relación, y desde allí comienza a cobrar intereses.
EL ERROR QUE NADIE TE CUENTA
La mayoría de las malas decisiones en las relaciones no comienzan con un error consciente, sino con el cansancio y la desesperación disfrazada de amor. Poco a poco, una afirmación sustituye a una pregunta. En lugar de preguntarse: «¿Esta persona es buena para mí?», el corazón cansado simplemente decide: «Estoy tan cansado de esperar… esta persona me sirve».
El problema no es amar demasiado. El problema es necesitar demasiado y no saber distinguir una cosa de la otra. Quien no ha trabajado sus heridas lleva al matrimonio expectativas que ningún ser humano puede satisfacer. Y cuando la persona real decepciona la fantasía creada, el dolor es aún mayor. Proverbios 4:23 nos recuerda: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón». Guardar el corazón no significa cerrarse al amor, sino no entregar el centro de la propia vida a cualquiera que aparezca en medio de la soledad.
ESPERAR EN DIOS NO ES CRUZARSE DE BRAZOS
Eclesiastés 3:1 subraya que todo tiene su tiempo. No como un consuelo vacío, sino como una realidad teológica: Dios ve procesos que nosotros todavía no vemos. Muchas veces, la espera no es un castigo, sino una protección, no solo contra personas incorrectas, sino también contra versiones aún inmaduras de nosotros mismos.
«¡No despertéis a mi amor! ¡Dejadla dormir mientras quiera!». Cantares 8:4
El amor despertado fuera de tiempo deja heridas que Dios nunca deseó. La prisa por resolver la soledad puede producir un dolor mucho mayor que aquel que se intentaba evitar. Esto no significa esperar con los brazos cruzados, sino vivir con propósito mientras el futuro todavía no ha llegado: crecer, sanar y servir. Eso también incluye cuidarse a uno mismo, no para encajar en un estándar determinado, sino porque cada persona merece invertir en sí misma.
Existe, por tanto, una gran diferencia entre esperar que la vida suceda y prepararse para ella con alegría. Quien no aprende a sentirse completo estando solo difícilmente construirá algo saludable con otra persona.
NO ESTÁS ATRASADO
Sabemos que duele ver a todos avanzar mientras tú pareces estar estancado: las fotos de bodas en redes sociales, las propuestas de noviazgo en la iglesia, las preguntas incómodas de la familia. Pero necesitamos decirlo con claridad: tu valor no depende de tu estado civil. La soltería no es una sala de espera donde la vida comienza; también es vida. Tiene misión, crecimiento, amistades genuinas e intimidad con Dios, cosas que ninguna relación puede reemplazar.
El matrimonio no completará quién eres. El matrimonio revelará en quién ya te has convertido.
LO QUE REALMENTE PREPARA PARA EL AMOR
Un matrimonio saludable comienza mucho antes del altar. Comienza en la manera en que tratas a las personas, administras tu dinero, reaccionas cuando te contradicen y te relacionas con Dios. Por eso, antes del «sí», es necesario tener conversaciones maduras sobre fe, familia, finanzas, expectativas y conflictos.
Muchos matrimonios sufren después por haber evitado conversaciones necesarias antes. El amor verdadero, en efecto, no tiene miedo de la honestidad. Por tanto, busca orientación: los consejos de líderes espirituales y de matrimonios maduros aportan equilibrio cuando el corazón está demasiado acelerado para ver con claridad.
Asimismo, observa los frutos, no solamente la apariencia: ¿Cómo ora esa persona? ¿Cómo trata a sus padres? ¿Cómo reacciona cuando se equivoca? Y, sobre todo, permite que Dios sea el primer amor de tu vida, no como un cliché espiritual, sino como un fundamento real.
Artículo original de Gustavo Marques y Sabrina Marques, publicado en Noticias Adventistas — Países Hispanos.


