Decía Jacques Maritain (1882–1973), un filósofo francés y uno de los pensadores cristianos más influyentes del siglo XX, especialmente dentro del humanismo cristiano y del neotomismo (la renovación del pensamiento de santo Tomás de Aquino) que: «El cristianismo enseñó a los hombres que el amor tiene mucho más valor que la inteligencia».
Jesús era extremadamente inteligente, aunque nunca se jactó de ello. Pero sin lugar a dudas, no hay nada más valioso que el Amor.
Dios encarnado, no existe nadie más sabio. Cristo marcó un antes y un después en la historia de la humandiad (AC y DC), y dejó millones de seguidores a través de los siglos. Pero no fue tanto por lo que dijo, como por lo que hizo: Amó, y lo hizo hasta lo sumo. Juan 13:1 («los amó hasta el fin») y Filipenses 2:8 («se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!»).
Jesús es el amén del Amor
Sus palabras resuenan hoy, y sigue teniendo discípulos, porque sus acciones, su vida, su muerte y su resurrección les dieron significado y verdadero sentido. ¡Nos Amó! Y nos salvó como resultado de ese Amor. Realizó lo que estaba escrito. Cumplió su parte en el Plan de Salvación y murió para que nosotros podamos elegir reconciliarnos con Dios. ¡Amén (‘así sea’), ¡así fue!, ¡lo hizo! (y volverá para completarlo).
No se trata de despreciar la razón ni el conocimiento, pues toda la verdadera sabiduría viene de Dios, sino de recordar que no ocupan el trono en el Evangelio. En el corazón del cristianismo no está la brillantez intelectual, sino el Amor, la esencia del carácter de Dios, de la Salvación y la relación personal con Él que nos transforma. No está el saber, sino el Amar.
Cristo es el «amén» (así sea) del amor de Dios hecho carne, Quien nos amó hasta lo sumo. Y también es el «amen», como imperativo del verbo amar… y no de cualquier manera, Él es nuestro ejemplo. (Juan 13:34-15:12).
Y es que, en contraposición al título (¡solamente el título!, y con muchísimo respeto y cariño) del libro de uno de mis profesores preferidos de teología, «Amor se escribe sin H» [1] del doctor Víctor Armenteros, creo que Amor sí debería escribirse con ‘h’… del verbo hacer, porque más que una idea, un sentimiento, o una emoción, es un principio y, sobre todo, una decisión. No podemos amar sin hacer. Amar es un verbo y, como todos los verbos, implica acción.
Amamos, porque Dios nos Amó primero
Y no podemos amar de verdad sin conocer a Dios, porque Dios es Amor (1º Juan 4:8-16). Sí, así con mayúscula, porque es su esencia, y le conocemos porque Cristo nos lo ha revelado.
«Amamos porque Él nos Amó primero» (1º Juan 4:19) dice la Biblia, hinchando nuestro corazón de emoción, para seguidamente pincharlo con la «aguja de la realidad» al completar la frase diciendo «Si alguno dice: «Yo amo a Dios», y al mismo tiempo aborrece (no ama) a su hermano, es un mentiroso». ¡Pfffffff!, y nos deja sin aire.
No, definitivamente amar (y sobre todo Amar como Ama Dios (ágape)) no es fácil para nuestra naturaleza caída. Es un cambio de la mente y del corazón. La propuesta de un estilo de vida totalmente contrario a nuestra naturaleza pecaminosa, que solamente es posible a través de la conversión (la obra del Espíritu Santo en nuestro interior).
Por eso dice la Biblia que «Amamos porque Él nos amó primero». La acción no comienza en nosotros, empieza en el Amor de Dios, que nos transforma y rebosa hacia los demás. No somos nosotros, es Él en ti y en mí.
Acción de principio a fin
El amor de Dios en Cristo no es palabrería… no es emoción ni sentimiento, es acción de principio a fin. Desde el Plan de salvación; pasando por su encarnación y vida aquí, mostrándonos como debería ser nuestro carácter y como comportarnos; hasta entregar su vida perfecta a cambio de la nuestra enferma, resucitar y prometer que volverá a buscarnos. Así es como Ama (sí, así con mayúscula) Dios y por eso Él es nuestra esperanza. Su Amor no puede ser más activo.
«Porque de tal manera Amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16). «El verbo (amar), se hizo carne» (Juan 1:14) y vivió, murió, resucitó y volverá, para y por nosotros.
Amor ágape, amor desinteresado, amor perfecto, Amor de Dios. Una clase de amor que debemos aspirar a dar, como canales limpios, todos los que nos permitimos llamarnos cristianos (seguidores de Cristo). ¿Y cómo dar lo que no tenemos? Necesitamos experimentar el Amor de Dios para poderlo compartir con los demás. Necesitamos que el Espíritu Santo transforme nuestro carácter, a imagen del de Jesús.
Vivir «enchufados» a Jesús y reflejar su carácter

Imagen de Adam Birkett.
Nuestra meta aquí no es saber más de Dios (que está muy bien); no es teologizar (que puede ser interesante, mientras no nos inventemos cosas que la Biblia no dice); es vivir en constante transformación hasta que Cristo vuelva y seamos definitiva y totalmente curados de cualquier rastro de pecado. Es aprender a Amar, como Jesús Ama.
La vida del cristiano es un camino hacia adelante y hacia arriba, de la mano de Jesús. Y si caemos, Él nos levanta de nuevo y seguimos andando juntos. Y si no podemos más, Él nos lleva en Sus brazos. «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» dice la Biblia en Filipenses 4:13. ¡Todo lo podemos conectados a Él, porque Él es nuestra fuerza!
El secreto de la vida cristiana es solamente uno: vivir «enchufados» a Jesús. Depender de Él como Él dependía del Padre. Todo lo demás, Él lo hace en nosotros (Filipenses 2:13).
El valor del amor
El amor tiene más valor que el poder —que seduce y domina—, más valor que el estatus —que separa y clasifica—, más valor que una religiosidad de formas sin fondo —como la de los fariseos— y más valor incluso que la inteligencia o el conocimiento humanos, especialmente cuando estos no se alinean con los pensamientos de Dios, o impiden una vida entregada y un amor sincero.
San Pablo lo proclama con claridad:
«Si no tengo amor, no soy nada» (1ª de Corintios 13:2). Así, corto, claro, contundente.
No dice «soy poca cosa», sino «nada». El amor no es un añadido: es la base, el criterio.
Cristo, la acción del verbo Amar
El cimiento del cristianismo no es una idea, sino una persona. Y esa persona es Cristo, el verbo, la acción del verbo Amar (ágape, como Ama Dios, no cualquier tipo de amor).
Esta afirmación lo cambia todo. Si Dios es Amor, conocer a Dios no consiste solo en saber cosas sobre Él, sino en tener una relación intensa, real y personal con Él y dejarnos transformar por ese Amor en nosotros. Amar como él Ama, o al menos vivir intentándolo.
Y es que amar a Dios no es lo mismo que saber de Dios o creer en Dios. Los demonios también creen… y tiemblan (Santiago 2:19). Podemos conocer doctrinas y, sin embargo, vivir lejos del corazón de Dios. Jesús lo denunció con fuerza en quienes sabían mucho de la Ley, pero no conocían la misericordia: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Mateo 15:8).
El verdadero Amor convierte y transforma
Si no hay transformación del carácter, de las actitudes y de las relaciones, entonces no hay verdadera conversión.
El Evangelio no se limita a corregir comportamientos externos; va al corazón. No es forma sin fondo (vasija vacía); es el fondo lo que da sentido a la forma (la vasija creada para contener agua, y en nuestro caso ¡Agua de Vida!).
«Sed hacedores de la Palabra y no solamente oidores», dice Santiago 1:22. Y es que si La Palabra no nos cambia, si nos «entra por una oreja y sale por la otra»… no sirve para nada. Debe quedarse dentro, anidar en el corazón como una semilla en tierra fértil, crecer, florecer y dar fruto que alimente a otros.
El amor cristiano se verifica en lo concreto: en el perdón ofrecido, en la paciencia ejercitada, en la misericordia practicada, en la verdad dicha con amor. Donde no hay frutos visibles de amor, por muy correcta que sea la confesión de fe, algo esencial falta (Mateo 7:21-23).
Amar a Dios y amar al hermano
Parecen dos amores, pero en realidad es uno en tres partes.
«Amarás al Señor tu Dios… y a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:37-39).
No son dos mandamientos separados, sino uno solo vivido en tres direcciones, partiendo de que «Dios nos amó primero» (1ª Juan 4:19). No se puede amar a Dios ignorando al hermano; ni servir al hermano sin abrirse a Dios; ni amar a otros sin permitir que el amor de Dios anide en nuestro corazón.
Juan es tajante:
«El que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1ª de Juan 4:20). Hechos, no palabras. Un corazón de carne en lugar del de piedra (Ezequiel 36:26-27).
Pero, además, el amor del Evangelio alcanza su punto más alto cuando rompe la lógica humana: «Amad a vuestros enemigos» (Mateo 5:44). ¡Boom! ¡No podemos! ¡Necesitamos un corazón transformado!
Este mandato es profundamente revolucionario. No se trata de permitir el mal, sino de vencerlo con el bien. Amar al enemigo es negarse a vivir prisionero del odio y elegir la libertad del amor.
El enemigo no es un desconocido. Es aquel directamente inverso al amigo. Es el que no te quiere, el que te odia, el que te hace daño, el que te humilla o menosprecia. ¿Cómo le vas a amar? Humanamente imposible.
Pero todo lo podemos en Cristo. Él amó, y pidió al Padre que perdonara incluso a sus asesinos. A aquellos que se jugaron sus ropas, se burlaron de Él, le hirieron y le crucificaron. ¡El les amó y murió también por ellos!
Pero algo así, sin Cristo y sin la transformación del corazón es imposible. Y aún con Él, es un camino de crecimiento espiritual, una lucha contra nuestra naturaleza, no es fácil, ni es algo de un instante. Pero lo que sí es: es una decisión, un camino, una elección, una dirección (hacia adelante y hacia arriba, ¿recuerdas?). Nadie dijo que fuera fácil, pero de la mano de Dios es posible… ¡y es un mandato de Cristo! (Mateo 5:44:48).
Un cambio de naturaleza que comienza aquí y ahora con una decisión de entrega a Cristo, que el Espíritu Santo va obrando a través de nuestra vida, y que finalizará en la transformación final, en el momento de la resurrección, cuando seremos totalmente limpios de pecado y renovados. Ahora somos «perfectos en Cristo», perfeccionados por Él y en Él, pero no somos perfectos en absoluto, estamos en el camino de la perfección (sí, hacia adelante y hacia arriba, con alguna caída, y siempre, siempre de la mano de Jesús). Solamente seremos completamente perfectos y restaurados cuando Él vuelva a buscarnos en las nubes de los cielos, cuando el pecado sea total y definitivamente erradicado.
El amor ágape, señal de verdadero cristianismo
El amor ágape, el Amor de Dios, no nace del deseo ni de la simpatía, sino de la decisión. Es un amor gratuito, fiel y sacrificial. Es el amor de la cruz.
«Como el Padre me Amó, así os he Amado yo; permaneced en mi Amor» (Juan 15:9). Y este Amor tiene una medida concreta: «Que os Améis unos a otros como Yo os he Amado» (Juan 13:34). ¿Cuál es esa medida? ¡Completa! ¡hasta entregar la propia vida!
Jesús no dejó dudas sobre la señal de autenticidad cristiana:
«En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros» (Juan 13:35).
El tamaño del Amor de Jesús

«Cristo de San Juan de la Cruz», pintado por Salvador Dalí.
Cuentan que un joven, lleno de dudas y anhelos en su corazón, se acercó al cuadro Cristo, de San Juan de la Cruz, pintado por Dalí. Con el corazón palpitando, el joven le preguntó:
—Señor, ¿cuánto me amas?
Y sus ojos se llenaron de lágrimas al darse cuenta de que, en esa imagen, a Jesús no se le ve el rostro, ya que la perspectiva es de plano cenital o perspectiva aérea (con tres puntos de fuga, desde arriba); pero precisamente por eso, destacan sus brazos abiertos. Entonces, en su interior, recibió la respuesta:
—Todo esto.
Y en ese gesto entendió que el amor de Dios no tiene medida, se dió completo y es eterno.
En ese instante, el joven entendió que ese abrazo infinito era suyo, que el Amor verdadero no se calcula, simplemente se entrega.
En la práctica
El Maestro no dijo: «si tenéis razón en todo, si defendéis bien la doctrina, si sois irreprochables exteriormente…». El mundo no necesita religiosos de formas, sino cristianos verdaderos con fondo que de sentido a la forma, templados, marcados y transformados por el amor de Dios.
Quizá por eso tantos jóvenes, y no tan jóvenes, abandonan nuestras iglesias hoy. La mayoría no se va por problemas teológicos, sino porque no pueden llegar a sentir el Amor de Dios a través de nosotros, sus representantes aquí. No somos canales limpios de ese Amor. Y donde no hay Amor, acogida, misericordia y verdad vivida con ternura, el Evangelio pierde credibilidad.
«Lo que haces grita tan fuerte que no me permite escuchar lo que dices», argumentaba Ralph Waldo Emerson, el escritor y filósofo estdounidense (1803-1882).
(Waldo dejó, además, otras ‘perlas de sabiduría’ como: «El propósito de la vida no es solo ser feliz. Es ser útil, compasivo, dejar el mundo un poco mejor de como lo encontraste», o «El verdadero éxito no está en los aplausos, sino en saber que, por tu causa, al menos una vida respiró con más calma. Eso es vivir bien»).
Si amar es acción, la mansedumbre y la obediencia son su mejor expresión
La Biblia dice: «Los mansos heredarán la Tierra» (Salmo 37:11) y «Bienaventurados los mansos, porque ellos verán a Dios» (Mateo 5:5).
La mansedumbre no es debilidad ni pasividad. Es obediencia confiada y bondad activa. Es la fuerza de quien no necesita imponerse porque descansa en Dios. El manso no responde con violencia, pero tampoco con indiferencia; responde con verdad, paz y amor.
Jesús se presentó a sí mismo así:
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11:29).
La mansedumbre es el terreno donde el amor puede crecer sin convertirse en orgullo. Solo el corazón manso puede ‘ver’ a Dios, porque solo el que renuncia a dominar aprende a contemplar.
La mansedumbre hace posible amar al enemigo, perdonar al que hiere y obedecer incluso cuando cuesta. Es amor hecho humildad. Y es la verdadera forma de Amar, la única que Jesús nos enseñó.
Si Amar es una acción, la humildad y la mansedumbre son su verdadera expresión.
¡Amen!, y amén
Decir «amén» no es cerrar una oración; es abrir una vida.
Amén (en hebreo: אמן ʾāmēn, en griego: ἀμήν amḗn, en arameo: ܐܡܝܢ ‘amīn) es una palabra de origen semítico que suele traducirse como «así sea», con un sentido aprobatorio, o «así es», como señal de reafirmación.
Decir «amén» al Evangelio es vivirlo: es amar cuando no es fácil, ser manso cuando el mundo invita a imponerse, obedecer cuando el orgullo pide resistirse, y actuar no conforme a nuestra voluntad, sino a la voluntad de Dios. Es aprender a Amar, pero no como el mundo ama, sino como Jesús nos enseñó.
«El amén del Amor» es ir del «amén» como deseo profundo de que se haga la voluntad de Dios al «amen», como imperativo del verbo amar. Significa aceptar Su Plan, confiar en Él, obedecer, ser fieles y ser mansos como Jesús y permitir que el Espíritu Santo transforme nuestro carácter a imagen del de Cristo, el Verbo de Dios, el Amor en acción.
El «amén del amor» nos recuerda que la fe se traduce en acción.
Decir «amén» es afirmar la verdad de Dios; vivir el «amen» del verbo amar es reflejar ese Amor, actuar con mansedumbre, misericordia y entrega.
Amar no es solo sentir o creer: amar es acción, es verbo… y el «amén» nos invita a conjugarlo cada día, como Jesús nos enseñó.
«Así sea».
Autora: Esther Azón, teóloga y comunicadora. Editora y redactora de revista.adventista.es
Imagen de Shutterstock.
NOTA:
[1] Ya que lo he mencionado, aprovecho para invitarte a leer el libro Amor se escribe sin H, del doctor Víctor Armenteros. Es un libro de reflexión cristiana que analiza cómo se vive y se entiende el amor en la actualidad frente al Amor según la Biblia. En él, el profesor Armenteros plantea que muchas concepciones modernas del amor son incompletas o distorsionadas y nos invita a redescubrir un amor auténtico, basado en principios espirituales, que transforma las relaciones humanas.
A través de una combinación de estudio bíblico y reflexiones personales, Víctor enfatiza la complementariedad entre hombre y mujer y propone que el verdadero amor es un don divino que trasciende lo romántico para guiar nuestra vida y nuestras relaciones hacia un ideal de fidelidad, entrega y plenitud. Un libro hermoso, para entender mejor el Plan de Dios para la humanidad, que te recomiendo.
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