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Mientras el mundo inicia el año entre conflictos e incertidumbre, los cristianos necesitamos afirmarnos en la esperanza eterna que no falla.
El calendario ha cambiado, pero el clamor mundial no ha cesado. Mientras para algunos brillaban coloridos fuegos artificiales, multitudes entraban en un nuevo año bajo el rugido de la artillería, las sirenas y las bombas.
Las guerras persisten en todos los continentes, las catástrofes humanitarias se agravan, algunas naciones se encuentran en conflicto civil y lugares que antes eran pacíficos, ahora enfrentan violencia a una escala sin precedentes. Los principales actores mundiales reafirman sus arsenales en el tablero nuclear. Las relaciones entre las grandes potencias son tensas y los ejercicios militares desestabilizan la arquitectura de la seguridad global. Todas estas dinámicas confirman el diagnóstico más reciente: vivimos en un nivel histórico de conflicto armado. Si la situación no mejora, ¿qué ocurrirá?
Guerras y rumores de guerra
Las Escrituras profetizaron este escenario: «Y oiréis de guerras y rumores de guerras; no os turbéis» (Mateo 24:6). Este mandato de Jesús no es ingenuidad; es soberanía. Él no niega el conflicto, sino que llama a su pueblo a una vida con propósito, libre de pánico. Por lo tanto, al entrar en el 2026, que nuestro punto de referencia no resida en la euforia de lo nuevo, sino en la certeza de lo eterno. ¿Mejorará? Absolutamente, y eternamente. «Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia» (2 Pedro 3:13).
Para el cristiano adventista, la esperanza no ignora las alarmas; pero espera una trompeta mucho más fuerte: «Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo» (Tito 2:13).
La voz bíblica y profética convoca a la iglesia a responder con misión, no con miedo. Un ángel veloz anuncia el evangelio eterno al mundo entero; no espera la estabilidad para predicarlo (Apocalipsis 14:6). Donde crece la incertidumbre, surge la identidad. Cuando la violencia se expande, crece la compasión. Y si la geopolítica se tambalea, la fidelidad se mantiene firme. «Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad la cabeza, porque vuestra redención está cerca» (Lucas 21:28).
En medio de la tormenta, la Palabra ancla nuestros corazones: «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en los momentos de angustia» (Salmo 46:1).
«¿Mejorará? Sin duda, y para siempre»
Nuestros pioneros ya nos han enseñado a soportar tiempos como estos. «Se acerca una tormenta, implacable en su furia. ¿Estamos preparados para afrontarla?»[1] Quienes se preparan para el cielo no acumulan temor en esta tierra; dirigen su vida, sus horarios y sus recursos a la misión. Fortalecen sus rodillas en la oración, sus manos en el servicio y sus voces en la proclamación. También cultivan un corazón agradecido, pues la gratitud nutre la valentía.
«No tenemos nada que temer del futuro, salvo que olvidemos la forma en que el Señor nos ha guiado y sus enseñanzas en nuestra historia pasada».[2] Quienes recuerdan la poderosa guía de Dios avanzan con una convicción sobrenatural.
¡Mejorará! Créelo.
Al entrar en el 2026, nuestros pies se posan en la realidad y nuestra mirada se fija en la eternidad. Que cada hogar comience el año en comunión, que cada adorador renueve su confianza y que cada iglesia reafirme su llamado.
Mientras el ruido del mundo aumenta, aumentemos la audacia de nuestro testimonio. Si los mapas se vuelven inestables, afiancemos nuestros pasos en la Palabra. Y sigamos adelante, cimentados en la Biblia, enfocados en la misión, sin retroceder. Hasta el precioso día en que «Dios enjugará toda lágrima de sus ojos» (Apocalipsis 21:4).
Feliz año nuevo.
Feliz nuevo cielo.
Maranatha.
Autor: Erton C. Köhler, presidente mundial de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.
La versión original de este artículo fue publicada en Adventist Review.


