¿Qué significa que Jesús es el Hijo de Dios? Una mirada bíblica profunda a un lenguaje que revela más de lo que aparenta.
En los artículos anteriores de esta serie hemos considerado distintas dimensiones de la doctrina de Dios, aparte de la opinión de los pioneros adventistas: su fundamento bíblico, la personalidad del Espíritu Santo y la promesa del «otro Consolador».
En esta ocasión nos detenemos en una expresión central del Nuevo Testamento: «Hijo de Dios». Es una de las formas más frecuentes de referirse a Jesús, pero también una de las más susceptibles de ser malinterpretadas.
La pregunta es sencilla en apariencia, pero profunda en sus implicaciones:
¿Qué significa realmente que Jesús es el Hijo de Dios?
El riesgo de leer la Biblia con categorías humanas
Cuando escuchamos las palabras «padre» e «hijo», nuestra mente se mueve automáticamente en un marco humano:
- Un padre existe antes.
- El hijo procede de él.
- Hay un origen y una secuencia temporal.
Si trasladamos ese esquema directamente a Dios, la conclusión parece inevitable: el Hijo habría tenido un comienzo.
Sin embargo, este razonamiento parte de un supuesto que debemos cuestionar: ¿está usando la Biblia el lenguaje de «Padre» e «Hijo» en un sentido biológico o cronológico?
El estudio bíblico muestra que no.
«Hijo de Dios» en la Escritura: un lenguaje relacional
El estudio de Robert K. McIver, Why is Jesus called the Son of God?, subraya un punto clave: el título «Hijo de Dios» en la Biblia no describe origen biológico, sino relación, identidad y función.
Esto se observa claramente en el uso del término en distintos contextos.
- Israel es llamado «mi hijo, mi primogénito» (Éxodo 4:22). Aquí no hay una generación literal, sino una relación de pacto.
- El rey mesiánico recibe la declaración: «Tú eres mi hijo» (Salmo 2:7). Este lenguaje expresa entronización, autoridad y misión.
- Los creyentes son llamados «hijos de Dios». Evidentemente, aquí el término describe una relación espiritual.
- El lenguaje, por tanto, no es biológico, sino teológico. Describe una relación especial con Dios.
Jesús como Hijo: un sentido único
Cuando la Escritura llama a Jesús «Hijo de Dios», lo hace en un sentido claramente distinto.
No se trata simplemente de un título más, sino de una afirmación central sobre su identidad. El evangelio de Juan lo expresa con claridad: «Estas cosas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios» (Juan 20:31).
Jesús no es un hijo entre otros. Es el Hijo en un sentido único, que lo distingue de cualquier otro uso del término.
Una interpretación frecuente… y su dificultad
En ocasiones, este lenguaje se entiende de forma estrictamente literal. Se asume que, si Jesús es el Hijo, entonces debió haber un momento en el que fue engendrado por el Padre y, por tanto, tuvo un comienzo.
A primera vista, esta interpretación puede parecer coherente, porque refleja nuestra experiencia humana. Sin embargo, al contrastarla con el conjunto del testimonio bíblico, surgen dificultades importantes.
El mismo Nuevo Testamento que llama a Jesús «Hijo» afirma también su existencia desde el principio y su participación en la creación de todas las cosas. Esto obliga a reconsiderar si el término «Hijo» debe entenderse en un sentido literal o en un sentido teológico más profundo.
El Hijo como revelación del Padre
Uno de los aspectos más profundos del título aparece en el evangelio de Juan: «A Dios nadie le vio jamás; el Hijo… Él le ha dado a conocer» (Juan 1:18).
Ser Hijo significa revelar perfectamente al Padre. No se trata de origen, sino de manifestación. El Hijo es quien hace visible lo invisible, quien da a conocer a Dios de manera plena.
Unidad con el Padre
El evangelio de Juan desarrolla esta relación en términos de profunda unidad:
«El Padre y yo uno somos» (Juan 10:30).
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9).
Este lenguaje no apunta a una relación de inferioridad ontológica, sino a una unidad profunda en naturaleza, propósito y acción.
El testimonio completo de la Escritura
Para evitar interpretaciones reduccionistas, es necesario considerar el conjunto del testimonio bíblico.
El mismo evangelio que presenta a Jesús como Hijo afirma también:
«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho hubiera sido hecho». (Juan 1:1-3). Este texto no solo afirma su existencia desde el principio, sino también su plena divinidad y su participación en la creación de todas las cosas.
Si todas las cosas fueron hechas por medio de Él, el Hijo no puede formar parte de lo creado.
En esta misma línea, Elena White escribe: «Cristo es el Hijo de Dios preexistente y existente por sí mismo… Al hablar de esta preexistencia, Cristo hace retroceder la mente hacia las edades sin fin. Nos asegura que nunca hubo un tiempo cuando él no haya estado en estrecha relación con el Dios eterno». (The Signs of the Times, 29 de agosto de 1900; Evangelismo, página 446)
Esta afirmación no deja espacio para entender la filiación en términos de origen temporal. El Hijo no comienza a existir, sino que comparte una relación eterna con el Padre.
El lenguaje del Hijo: una revelación adaptada
La Biblia utiliza lenguaje humano para hablar de realidades divinas. Por eso términos como «Padre» e «Hijo» deben entenderse de forma analógica.
Describen algo real, pero no en términos biológicos. Expresan relación, comunión y revelación.
El problema no está en el lenguaje bíblico, sino en cómo lo interpretamos cuando lo leemos exclusivamente desde categorías humanas.
¿Por qué es importante entenderlo bien?
Este punto no es secundario.
Si entendemos «Hijo» como origen literal, inevitablemente concluiremos que el Hijo es posterior y dependiente. Pero ese no es el retrato que ofrece el Nuevo Testamento.
Cuando dejamos que la Escritura defina sus propios términos, encontramos un equilibrio sólido:
- Distinción entre Padre e Hijo.
- Unidad profunda entre ambos.
- Relación que no implica un comienzo en el tiempo.
En este sentido, resulta especialmente significativa otra declaración: «En Cristo hay vida original, que no proviene ni deriva de otra». (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, página 489)
Si la vida de Cristo no es derivada, entonces su condición como Hijo no puede entenderse como dependencia ontológica, sino como una relación única dentro de la divinidad.
Conclusión
El título «Hijo de Dios» no pretende enseñarnos que Cristo tuvo un comienzo, sino ayudarnos a comprender su relación única con el Padre.
- No describe un origen en el tiempo, sino una relación eterna.
- Tampoco habla de generación biológica, sino de comunión divina.
- No indica inferioridad, sino revelación.
En los próximos artículos de esta serie nos detendremos en algunas expresiones clave que han dado lugar a interpretaciones diversas, como el significado de «Hijo unigénito» o el uso del término «primogénito», para seguir profundizando en el testimonio bíblico.
Cuando dejamos que la Escritura hable por sí misma, descubrimos que este lenguaje no reduce a Cristo, sino que nos permite comprender mejor quién es Él.
Autor: Óscar López Teulé, presidente de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en España.


