Durante días, Madrid está siendo un hervidero de personas, cámaras, banderas y expectativas. Las imágenes han recorrido el mundo: calles abarrotadas, largas horas de espera, miles de fieles buscando un lugar desde el que ver pasar al papa, actos multitudinarios, una cobertura mediática extraordinaria y una ciudad prácticamente detenida por la visita de León XIV.
Se habla de más de un millón de asistentes en algunos de los encuentros principales. Reyes, ministros, alcaldes, representantes institucionales, deportistas, artistas y personalidades de muy distintos ámbitos han querido estar presentes. En uno de los eventos celebrados durante la visita, el actor Antonio Banderas expresó su experiencia con una frase que ha sido ampliamente compartida: «He sido víctima del hechizo de Dios».
Más allá de las simpatías o diferencias que cada uno pueda tener respecto al pontífice o a la Iglesia católica, resulta difícil contemplar estas escenas sin reconocer que estamos ante un acontecimiento de enorme magnitud.
Y quizás esa sea la primera reflexión que merece nuestra atención.
¿UNA SOCIEDAD SECULARIZADA? LAS IMÁGENES INVITAN A MATIZAR
Durante años hemos escuchado que vivimos en una sociedad secularizada, postcristiana y cada vez más distante de la religión. Sin embargo, acontecimientos como éste nos obligan, al menos, a matizar algunos análisis. Son pocas las figuras públicas capaces de movilizar semejantes multitudes. Son pocas las instituciones que conservan una capacidad de convocatoria comparable. Son pocos los acontecimientos que logran despertar una respuesta emocional de esta intensidad.
No significa necesariamente que España se esté volviendo más creyente. Tampoco que quienes llenan las calles compartan una misma experiencia espiritual. Las multitudes siempre son complejas. En ellas conviven convicciones profundas, tradiciones familiares, emociones colectivas, identidades culturales, búsquedas personales y motivaciones que solo Dios conoce.
Pero sí parecen recordarnos algo que a veces olvidamos: la dimensión religiosa continúa ocupando un lugar importante en el corazón de nuestra sociedad.
DETRÁS DE CADA ROSTRO, UNA PERSONA SINCERA
Como adventistas observamos estas imágenes desde una perspectiva particular. No compartimos muchas de las doctrinas representadas por la institución que el papa encabeza. Tampoco compartimos la comprensión que millones de católicos tienen acerca de la autoridad religiosa. Sin embargo, nuestras diferencias doctrinales no deberían impedirnos reconocer algo evidente: detrás de estas multitudes hay personas sinceras.
«Detrás de cada aplauso hay una historia. Detrás de cada peregrino hay una experiencia personal. Detrás de cada rostro emocionado hay una persona que intenta vivir su fe con la luz que posee.»
No nos corresponde juzgar la sinceridad de esas personas. Esa tarea pertenece únicamente a Dios.
Y precisamente por eso, cualquier análisis que se limite a ridiculizar o despreciar lo ocurrido estos días terminará comprendiendo muy poco de lo que realmente ha sucedido.
Hay algo genuino en muchas de las expresiones de devoción que hemos visto, algo auténtico en las emociones que han aflorado y algo profundamente humano en esa necesidad de creer, de pertenecer y de conectar con una realidad que trasciende nuestra existencia cotidiana.
Reconocer esa sinceridad no implica compartir todas las creencias que la acompañan. Pero sí nos ayuda a mirar a las personas con respeto y compasión en lugar de hacerlo con superioridad.
RELIGIÓN Y PODER: UNA REFLEXIÓN QUE INVITA A PENSAR
Al mismo tiempo, la visita también ha dejado algunas imágenes que invitan a la reflexión.
Resulta llamativo observar cómo representantes de sensibilidades políticas muy distintas han buscado un momento junto al pontífice. No hablamos únicamente de la relación protocolaria que corresponde a un jefe de Estado. Hablamos de algo más profundo: del reconocimiento de una autoridad moral capaz de ejercer influencia mucho más allá de los límites de la Iglesia católica.
Y aquí aparece un contraste interesante.
Durante estos días, León XIV ha insistido repetidamente en la necesidad del diálogo, ha cuestionado la descalificación del adversario, ha defendido la dignidad de los inmigrantes y ha apelado al respeto hacia los más vulnerables. Sin embargo, algunas de las personas y movimientos que han buscado identificarse con su figura no siempre parecen compartir esos mismos valores.
No es una crítica dirigida a nadie en particular. Es simplemente una observación. Admirar una figura pública no equivale necesariamente a asumir aquello que dicha figura representa.
Quizás esa observación nos conduce a una reflexión todavía más amplia.
Las multitudes impresionan, la emoción conmueve, la tradición moviliza y la admiración une. Sin embargo, ninguna de estas realidades, por sí sola, nos permite medir la profundidad de una experiencia espiritual. Las cifras nos hablan de capacidad de convocatoria, las imágenes nos muestran el impacto social de un acontecimiento y los aplausos reflejan el entusiasmo que puede despertar una determinada figura pública. Pero ninguna de esas cosas puede decirnos nada definitivo acerca de la fe, la conversión o la relación personal de cada individuo con Dios.
Las multitudes revelan fenómenos colectivos; el corazón humano, en cambio, permanece fuera del alcance de las cámaras, de las encuestas y de los análisis sociológicos. Solo Dios conoce plenamente las motivaciones, las convicciones y las experiencias espirituales de cada persona.
UNA DIMENSIÓN PROFÉTICA
Por eso, más allá de las cifras, los titulares o las imágenes, esta visita posee también una dimensión profética.
Los adventistas hemos estudiado durante generaciones las profecías de Apocalipsis. En ellas encontramos descripciones de poderes religiosos con una extraordinaria capacidad de influencia mundial. Leemos acerca de pueblos, naciones y lenguas. Leemos acerca de gobernantes y reyes de la tierra. Leemos acerca de sistemas capaces de despertar admiración, lealtad y seguimiento a una escala difícil de imaginar.
Por supuesto, no estamos hablando aquí de León XIV como individuo. Tampoco estamos juzgando las motivaciones de quienes han acudido a recibirlo. Pero sí observamos cómo acontecimientos de esta magnitud hacen que ciertas escenas descritas por la profecía resulten cada vez más comprensibles.
Ver a más de un millón de personas reunidas alrededor de una figura religiosa impresiona. Ver a representantes de prácticamente todo el espectro político buscando un espacio junto a ella impresiona. Ver cómo una institución religiosa continúa ejerciendo una influencia moral, cultural y social de semejante alcance impresiona.
Pero no sorprende.
No sorprende a quienes conocen unas profecías que describen una realidad religiosa con capacidad para influir sobre pueblos, naciones y gobernantes. No sorprende a quienes leen textos que hablan de «los reyes de la tierra», de «los moradores de la tierra» y de una influencia espiritual que alcanzará dimensiones globales. No sorprende a quienes llevan décadas estudiando unas profecías que presentan la religión como uno de los actores principales de los acontecimientos finales de la historia.
TAL VEZ NO SOMOS TAN IRRELIGIOSOS COMO PENSAMOS
Quizás, después de todo, la visita de León XIV nos deja una reflexión más amplia que cualquier debate sobre el catolicismo.
Durante años se nos ha dicho que vivimos en una sociedad secularizada, distante de la religión y cada vez menos interesada por las cuestiones espirituales. Sin embargo, las imágenes de Madrid parecen contar una historia más compleja.
Tal vez nuestra sociedad no sea tan irreligiosa como pensamos. Tal vez la necesidad de creer, de admirar, de seguir referentes y de buscar respuestas siga estando mucho más viva de lo que solemos reconocer.
La sinceridad de muchas de las personas que han llenado las calles merece nuestro respeto. La enorme capacidad de influencia de la institución representada por el papa merece nuestra atención. Y las profecías bíblicas que describen un mundo en el que religión y poder volverán a ocupar un lugar central merecen ser estudiadas con seriedad.
Las multitudes reunidas en Madrid nos recuerdan que la religión sigue teniendo una extraordinaria capacidad de movilización. Las Escrituras nos recuerdan que esa influencia no desaparecerá en el futuro. Por eso estas imágenes impresionan. Pero, para quien conoce la Biblia, no sorprenden.


